Constance Meyer, la lolita de Serge Gainsbourg

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Los cinco años finales en la vida del popular cantautor francés Serge Gainsbourg (abril 2 de 1928-marzo 3 de 1991) los llenó de amor la valiente jovencita Constance Meyer, parisina y de sangre judía como él, nacida en 1969.

Constance era una menor de edad pues el 16 de noviembre de 1985 había cumplido 16 años. Un miércoles 5 de diciembre de ese año llegó a la pared repleta de grafittis en el número 5 bis de la Rue de Verneuil, orilla izquierda del Sena, donde habitaba su ídolo, Serge Gainsbourg, de 57.

Se atrevió a tocar el timbre del interfono, sin obtener respuesta.

Entonces, decidió sentarse en la fría banqueta y escribirle una carta de cinco páginas, donde le explicaba al autor de “Te amo, yo tampoco” acerca de cuánto le había impresionado su disco de Larga Duración grabado en Nueva York Love On The Beat (Mercury-Phillips, 1984); las cinco veces que lo vio en concierto del Casino de París, hacia septiembre de 1985; sobre la biografía Gainsbourg, escrita por Gilles Verlant con Albin Michel (Livre de Poche) que devoró gracias a la recomendación de madre; o de cómo supo su dirección vía su profesora cincuentona de italiano, Madame Lapeyronnie, quien vivía en la calle Rue de Lille, y le platicó a Constance que solía verlo caminar paseando a su perro en aquel barrio justo allí, en ese lugar donde Constance Meyer al final de su misiva le daba el número telefónico de casa y tras su firma, ponía la frase terminal: “¡Qué locura!”. (ver video “Love On The Beat”:

Era miércoles, ese mismo miércoles. Constance lo recuerda como si fuese ayer. Se hallaba sola en su apartamento. El teléfono sonó y ella contestó.

-¿Me comunica con Constance?

-Sí, soy yo.

-Soy el hombre que ha recibido la carta.

-Buenas tardes.

-Tu carta es lo máximo, muy bien escrita. Me ha emocionado. Gracias.

-De nada.

-Me encantaría conocerte, ¿te gustaría venir a cenar conmigo esta noche?

-Eh, sí, pero… no creo que pueda. No me dan permiso de salir entre semana. Ah… pero mi mamá se va mañana a los Estados Unidos, así que podría ser mañana.

– OK, ¿a las 8 de la noche está bien?

-Sí.

-Perfecto. Toca tres veces.

-De acuerdo.

-Tú conoces la dirección…

-Sí, hasta mañana.

-Hasta mañana.

Constance Meyer y Serge Gainsbourg comenzaron un romance de enorme ternura mutua que perduraría a lo largo de cinco años, hasta la muerte del artista. Bueno, en verdad hubo un rompimiento, uno y nada más. Dejemos que ella nos narre el por qué…

Constante en la inconstancia

Tú me preguntas a menudo por qué te amo. Y yo te respondo: “Por siempre”. Tú me dices que amas mis ojos, mis labios, que dices están muy bien diseñados, y para evocar mis cabellos, hablas de su fineza extrema. Tu también amas mi voz, dulce, y que te enamora mi enorme frente.

Y aparte de todo ello, no sé realmente por qué me quieres, si nosotros pasamos tanto tiempo descansando y si no fuera porque me dices que te parezco verdadera, franca y natural. Te doy confianza. Una proximidad, una complicidad, unos lazos profundos se han instalado entre nosotros dos. Pero tú eres demasiado pudoroso, hablas poco de tus sentimientos íntimos. Un día me explicaste que, en vida, no osarías decirle a una chica que la amas, pues el simple “Yo te amo” te parece un cantar abstracto. Dices ser cual esponja que todo lo absorbe, pero no suelta nada.

Por lo mismo, estoy segura de por qué te amé durante cinco años y después, para siempre…

Gainsbourg es un nombre, pero también una nueva forma de arte. Un artista completo, único en su género. Un hombre que provoca, un ser vivo desesperado, un falso malévolo de una sinceridad absoluta

Te conmueve y sorprende mi amor constante. Me preguntas si no tengo ganas de salir con chicos de mi edad. No, ellos me importan un carajo. Eres tú a quien yo amo, y te sonríes, halagado. Aunque de hecho no exactamente así.

Yo intenté acostarme con otro hombre pero no resultó bien, me bloqueé, no pude venirme. Quise probar para ver qué sentiría. Nada. Ni siquiera vale la pena mencionarlo.

Sin embargo, te llamé para contártelo. Lo tomaste mal y, por teléfono, me dijiste de un sopetón que me abandonabas. Yo te revelé aquello como prueba de mi amor y tú, vejado, me cortaste. Me arrepentí inmediatamente de habértelo contado. Jamás hay que decirle a un hombre que una lo engañó o que simplemente hizo el intento, sobre todo si no fue nada importante. Yo me sentí desamparada. Escribí unas líneas negras, tristes:

 La vida sin ti

 Es una javanesa apagada

Un gran grito un largo llanto

Una necesidad de tu cuerpo tan dulce

No más de ti

Luvias y tempestades de pedos

Borran tu recuerdo en mi cabeza

Por culpa de quién sino de mí

Pinche teléfono inamovible

Fotos desgarradas y olvidadas

Discos incendiados y podridos

Regresa a mí amado mío

La vida sin ti

Es una chiquilla triste y sin ideas

Los pies que no saben caminar

Deseos tontos de un amor tabú       

Olvidemos todo y que nada se pierda…

“La jovencita y Gainsbourg”

Días después, Constance Meyer depositó los poemas escritos debajo de la puerta de Serge Gainsbourg. Él la llamó, se volvieron a ver y reanudaron su amor como si nada. La poesía había salvado el amor de Constance y meses más tarde, Gainsbourg moriría a los 63 años de edad.

Tras diplomarse en Letras Modernas y obtener un posgrado en Cinematografía, hasta el 2010 ella decidió romper sus silencios en torno a aquel amorío de un lustro con Gainsbourg y escribió las delicadas memorias de 31 capítulos La jeune fille et Gainsbourg (“La joven niña y Gainsbourg”, Éditions Archipoche), que para 2016 reeditaría corregidas y aumentadas en 165 páginas más fotos.

Hemos tomado fragmentos del capítulo cuarto “Quelle follie!”, y del número 29, “Constance dans l’inconstance”, que Constance culmina así:

“Nosotros tenemos otro lazo silencioso, del cual únicamente hablamos una sola vez juntos, pero de manera seria, impregnados de un sufrimiento respetuoso, pesado. Mis tatarabuelos paternos, de origen alsaciano, eran judíos que habían sido deportados en 1943 a Auschwitz, donde fueron exterminados. Cuando tú, Serge, eras pequeño, llevabas una estrella amarilla de David en el pecho del uniforme escolar, y debiste haberte escondido a menudo solo, entre el bosque, para no ser descubierto cuando los soldados entraban al colegio…”

 

 

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