“Cómo vuelan las centurias”, de Pino Páez

Fundación Cultural Trabajadores de Pascual y del Arte. Foto: Pascual Fundación Cultural Trabajadores de Pascual y del Arte. Foto: Pascual

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Los talleres de la Fundación Cultural Trabajadores de Pascual y del Arte, A. C. acaban de publicar el libro de estampas históricas Cómo vuelan las centurias, de Pino Páez, con prólogo denominado “A la sombra de un buen Pino”, redactado por los duchos programadores radiofónicos Cruz Mejía y Edmundo Cepeda, quienes afirman:

“Con motivo de la euforia de las conmemoraciones del bicentenario y del centenario, que cayó en manos de la manipulación oficial con tantos intentos fallidos, fraudes y fracasos, se abrió al aire una pequeña rendija en Radio Educación; por ella se colaron algunos rayitos para iluminar ‘los reflejados tomos de la historia’, un breve soplo del remolino de pensamientos de Pino Páez, que trastornan las estructuras de quienes han impuesto su visión tendenciosa en nuestro pasado”.

Es hasta recientemente cuando los escritos y aforismos de Páez alusivos a los mencionados festejos, que debieron aparecer en 2010, por fin ven la luz en 119 páginas. Entre ellos destacan los contenidos de Apuntes de dos centenarios a horcajadas de plata y Centenario y revolución sobre la misma cabalgadura, por ejemplo:

“El gran Hidalgo bajo la óptica de don Lucas”, “El íntimo decreto del gran Morelos”, “Iturbide y su imperio chocolate”, “Profesa: la independencia aterciopelada”, “Vicente Guerrero: coherencia del apellido”, “La santanera independencia de don Antonio”, “La mina de Mina: su persistente deambular”, “Juana Belén, ¡qué mujer!”, “Madero al interior de un poliedro”, “El Magón que perdió todas las flores”, “Paz, Paz, Paz”, “El amargo temporal contra el gran Zapata” y “Los dobleteados cañonazos del general Obregón”.

Pino Páez nació en la Ciudad de México el 23 de noviembre de 1946. En el periodismo se ha desempeñado en calidad de analista, cronista y reseñista en secciones de cultura y política en los diarios El Día, El Financiero, El Nacional, El Universal, Excélsior y Unomásuno. En el ámbito de la docencia ha dado cursos, talleres y diplomados de periodismo y literatura en diversas instituciones públicas y particulares.

Ha sido editor fundador de periódicos surgidos, la mayor parte, de los cursos que coordina.     Enseguida, reproducimos el capítulo “Internacionalismo contrarrevolucionario” de Cómo vuelan las centurias, respetando las negritas y puntos suspensivos de Páez por cortesía del mismo autor de la novela sobre Pancho Villa, Manos vacías de pan (2000), para nuestros lectores.

Internacionalismo contrarrevolucionario

“Contra los pueblos que se yerguen por la libertad, siempre asoma su culebreante intimidación: el internacionalismo contrarrevolucionario.

Trasnacionales o la mismísima metrópoli imperial se escurren reptilíneas por conducto de una intervención militar, a través de mercenarios y, muy en particular, por vía de personajes listos a ser comprados.

En el desarrollo de la Revolución Mexicana, varias conciencias y retaguardias estaban en barata. El imperialismo norteamericano, al principio, se abstuvo de traer su soldadesca. No tenía necesidad; varones de mucha toga y harta espada como Rodolfito Reyes y Victorianote Huerta… embelesados quedaron ante el gringuísimo postor.

En la misión “diplomática” estadunidense, don Victoriano y su gabinete de hecho, de puro facto, juraron el cargo presidencial y los ministeriales. En el Plan de la Embajada no tronaron chicharrones, pero sí “french potéiros” en la orden irrevocable de derrocamiento y magnicidio.

Woodrow Wilson, jefe de la Casa Blanca electo tras el crimen contra Madero, sí trajo, en 1914, marines para ensuciar aguas veracruzanas. Los huertistas huyeron. Muchos patriotas y revolucionarios permanecieron. Otros jarochos se quedaron, aunque no a combatir, sino a contratarse de burócratas pagados por el invasor. Entre éstos, según denuncia el general Francisco Mújica, estaba un jovencito que a cada rato perdía en dominó, y a cada rato bebía cargadísimo café: Adolfo Ruiz Cortines, a quien 38 años más tardecito rivales de juego en su honor se ahorcarían la de seises, y para que no le fuera tan pesado el cafecito… ellos mismos le cargaban el exprés.

Entre los internacionalistas contrarrevolucionarios figuró un argentino quien, como el general michoacano, se apellidaba Múgica, pero con la variante de una G. Su acento era marcadamente bonaerense y, en todos los sentidos, el encantaba el tango.

Le decían Gaucho Múgica y se pronunciaba “revolucionario” escondiendo en el paladar todo el arsenal de las comillas; en varias escaramuzas victimó carrancistas entre loas a Pancho Villa, a quien decía admirar más que una tupidita velada de bandoneón.

Tanto insistió en conocer personalmente a Pancho Villa, que lo consiguió. Lo que no pudo fue engañar al jefe de la División del Norte, quien ya sabía que el Gaucho Múgica era un agente carranclán, con la encomienda bien pagada de asesinarlo. En la reunión, el sudamericano se deshizo en zalamerías frente a Villa, quien le preguntó si estaba armado, dijo que no. Don Pancho ordenó lo registraran, le hallaron un arma por el área que el pudor no puede explicitar y gacho, de agachado, sudó el Gaucho.

Acabó por confesar que fue contratado para matar a Villa; entre sollozos proclamó su arrepentimiento, rogando no lo ajusticiaran; casi-casi en concierto y despedida chifló “Adiós Pampa Mía”, mientras una bala le hurgaba el silencio entre las sienes.

Algo similar acaecería en los inicios de la triunfante Revolución Cubana: un alemán de apellido Schwarzmann, naturalizado argentino, tenía en La Habana un negocito que le retribuía grandes dividendos: un teatro-bar con espectáculos de zoofilia, actos sexuales en que humanos, o mejor dicho inhumanos, sacrificaban animales, en especial aves pequeñitas.

Che Guevara dispuso el cierre de aquel desplumador divertimento. El señor Schwarzmann creía que los revolucionarios eran de opereta, hasta se burlaba de aquellas barbísimas… y rompía los sellos de clausura reduciéndolos a la lloviznada inutilidad del confeti.

Para concluir con ese rompedero de prohibiciones, el comandante Guevara ordenó la destrucción del inmueble… y el fusilamiento del señor Schwarzmann, quien al enterarse de la sentencia corrió hacia la embajada argentina más veloz que un estornudo; se olvidó de sus empajarados bisnes, el teutón sólo quería salir de la isla con el pellejo completito. La Revolución no podía enfrascarse en diferendos con otra nación, sin embargo, el acuerdo fue la salida inmediata del germano con la advertencia de que si regresaba en exclusiva le construirían un paredón. Gran alivio causó la expulsión en palomas, gallinas y cotorritas.

Otro teutón estuvo también en Latinoamérica: Ernst von Mercker, quien se convirtió en yerno del dictador guatemalteco Manuel Estrada Cabrera, quien le dio el máximo puesto en el Ministerio del Interior. El alemán vino luego a México donde impresionó a Saturnino Cedillo, dueño de un íntimo almacén de camisetas que lucía en vertiginosa mudanza como maderista y antimaderista, huertista y antihuertista, carrancista y anticarrancista, cardenista y anticardenista…

Una de las primeras medidas de don Saturnino al obtener la gubernatura potosina en 1927, fue nombrar jefe de la policía a von Mercker, en una designación que podría estar en los anales del récord Guinness, pues nunca antes un extranjero poseyó cargos de tanta relevancia en dos países.

El encamisetado señor Cedillo pronto sentiría los zangoloteos de la canija nostalgia: Ersnt von Mercker lo abandonó, retornó a Europa ganoso de cubrirse un bíceps con la cruz gamada y entonar un ¡Heil Hitler! Con la eructante armonía de un bufido en las hogueras”.

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