“La Ciudad Perdida del Dios Mono”, de Douglas Preston

Portada de La Ciudad Perdida del Dios Mono, de Douglas Preston. Foto: Especial Portada de La Ciudad Perdida del Dios Mono, de Douglas Preston. Foto: Especial

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Plagada de aventuras estremecedoras y dramáticos giros de tuerca, el libro del escritor Douglas Preston, La Ciudad Perdida del Dios Mono (Literatura Random House, traducción de Hugo López Araiza Bravo, 384 páginas con fotos) es el recuento verídico de uno de los grandes descubrimientos del siglo XXI.

Desde los días de Hernán Cortés circularon rumores acerca de una misteriosa región con inmensas riquezas ocultas, en alguna parte al interior de Honduras, llamada la Ciudad Perdida del Dios Mono.

Los pueblos indígenas hablan de ancestros que huyeron a ese lugar para escapar de los conquistadores españoles, y advierten que cualquiera que entre a dicha ciudad sagrada enferma y muere. Hacia 1940, el temerario periodista Theodore Morde regresó de la selva con cientos de objetos antiguos y una electrizante historia, según la cual había encontrado la Ciudad Perdida del Dios Mono.

Sin embargo, después se suicidó sin revelar su ubicación.

Tres cuartos de siglo después, el escritor Douglas Preston se unió a un equipo de exploradores y científicos en una nueva aventura, hacia 2012, llevando consigo una pieza de tecnología que lo cambiaría todo: un LIDAR, avanzado dispositivo láser que podría hacer el mapa del terreno debajo del denso follaje selvático. En un valle inexplorado rodeado por montañas, el vuelo reveló la imagen inconfundible de una metrópoli, estimulante evidencia no sólo de una ciudad no descubierta sino de una enigmática civilización perdida.

Douglas Preston (Cambridge, Massachusetts, 1956) trabajó como escritor y editor para el Museo Americano de Historia Natural y dio clases en la Universidad de Princeton. A continuación, fragmentos escogidos del capítulo 14 para nuestros lectores.

¡No recojan flores!

Al amanecer del 16 de febrero el equipo de avanzada se amontonó en una camioneta hacia el aeródromo de El Aguacate, una pista desgastada en la jungla construida por la CIA durante la Contra. […]

Juan Carlos y yo guardamos las mochilas en una canasta enganchada a babor del helicóptero, pues no había espacio adentro. Steve Elkins sacó su iPhone y me grabó en un video de diez segundos despidiéndome de mi esposa, Christine, porque estaría desconectado durante nueve o diez días. Era extraño pensar en lo que podría pasar antes de estar en contacto con ella otra vez. Steve prometió mandarle el video por correo al volver a Catacamas.

Justo antes de despegar tuve oportunidad de conversar con nuestro copiloto, Rolando Zúñiga Bode, teniente de la Fuerza Aérea Hondureña.

—Mi abuela hablaba todo el tiempo de la Ciudad Blanca —me dijo—. Se sabía muchas historias.

—¿Qué historias?

Rolando las descartó con un ademán de la mano.

—Ya sabe, las viejas supersticiones de costumbre. Decía que los conquistadores habían encontrado la Ciudad Blanca y entrado en ella. Pero cometieron un error: recogieron flores… y murieron todos.

Se rio y meneó el dedo.

—¡No recojan flores!

Juan Carlos y yo nos pusimos el casco y nos abrochamos el cinturón de seguridad. Él estaba emocionado.

—Cuando vi por primera vez las imágenes de los edificios, las dimensiones de esas cosas… son grandes… tuve diez mil preguntas. Ahora estamos a punto de encontrar las respuestas.

Cuando despegó el helicóptero nos quedamos callados y tomamos fotos del paisaje maravillosamente verde y escarpado que se desplegaba ante nosotros.

—Ahí está Las Crucitas –dijo Juan Carlos–. Le pedí al piloto que nos trajera por aquí.

Me asomé a ver el remoto sitio arqueológico, el más grande encontrado en la Mosquitia antes de la identificación de O1 y O3. En un área abierta y cubierta de hierba pude ver una serie de montículos escarpados, estructuras de tierra y plazas situadas a ambos lados del río Aner. Muchos habían especulado que ésa era la Ciudad Perdida del Dios Mono, de Morde, pero, por supuesto, ahora sabemos que él no había encontrado tal cosa: ni siquiera había entrado a esa región de la Mosquitia.

–Se parece mucho a O1, ¿no crees? –dijo Juan Carlos.

Asentí. Desde el aire se veía asombrosamente similar a las imágenes de LIDAR: los mismos montículos con forma de autobuses, las mismas plazas, los mismos terraplenes paralelos.

Más allá de Las Crucitas, las montañas de verdad emergían, algunas casi de kilómetro y medio de altura. Al maniobrar entre ellas los claros talados fueron desapareciendo. En cierto punto, con Rolando al timón, el helicóptero viró violentamente.

–Lo siento. Esquivé un buitre –dijo.

Al fin, la muesca reveladora de O1 emergió adelante, y en un instante la habíamos pasado y estábamos dentro del valle. Dos guacamayas planeaban debajo de nosotros mientras seguíamos el cauce del río. Pegado a la ventana, tomé fotos con mi Nikon. En pocos minutos pudimos ver la zona de aterrizaje, una franja verde regada de vegetación cortada; el helicóptero giró, bajó la velocidad y descendió. Woody estaba hincado al borde de la ZdA, haciendo señas al piloto mientras bajaba. Los árboles y matas a nuestro alrededor se agitaron con el viento de las hélices mientras descendíamos, la superficie del río se batió en espuma blanca. […]

Me maravilló que un valle tan primigenio y virgen pudiera existir en el siglo XXI. En verdad era un mundo perdido, un lugar que no nos quería ahí y al que no pertenecíamos. Al día siguiente planeábamos entrar en las ruinas. ¿Qué encontraríamos? Ni siquiera podía empezar a imaginarlo.

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