Como “vacilante discípulo”, Juan Villoro recibe el primer Premio Jorge Ibargüengoitia

Juan Villoro al recibir el primer Premio Jorge Ibargüengoitia. Foto: Verónica Espinosa Juan Villoro al recibir el primer Premio Jorge Ibargüengoitia. Foto: Verónica Espinosa

GUANAJUATO, Gto. (apro).-  “Nadie puede estar objetivamente orgulloso de lo que escribe, pero sí puede estarlo de lo que admira”. Y con estas palabras, en su calidad “de fan fatal, vacilante discípulo” el escritor Juan Villoro aceptó el jueves el Premio Jorge Ibargüengoitia de Literatura otorgado por la Universidad de Guanajuato.

Juan Villoro se dijo autorizado por Ibargüengoitia para explorar “los estimulantes absurdos de lo cotidiano”, y en su condición de alumno ibargüengoitiano, dijo aceptar el reconocimiento de la universidad cuevanense, “que sin duda me excede”.

Tras recibir el premio –acompañado de una reproducción de las acuarelas del naturalista francés Alfredo Dugés, cuya colección es parte del patrimonio universitario- Juan Villoro leyó un texto titulado “El retablo de las maravillas”, que centró en los recuerdos de su madre, Estela Ruiz Milán, de la temporada en la que vivió en Guanajuato a sus 19 años, en 1954, tiempo en el que fue a la Universidad de Guanajuato a estudiar Letras y conoció a su padre, Luis Villoro, maestro de Filosofía.

“En la calle de Positos 13 vivían Luis Rius, Horacio López Suárez y Luis Villoro; el poeta Pedro Garfias había pasado también por ahí y más tarde lo haría Juan Espinasa. La característica decisiva de los jóvenes profesores españoles no era académica, sino física. Horacio López Suárez tenía el defecto de ser demasiado guapo. Luis Rius amaba a todas las mujeres y todas lo amaban. El tercero en discordia era un filósofo retraído, un tanto solemne, que había estudiado con los jesuitas y participaba en la vida como una liturgia”, dijo Villoro, refiriéndose a su padre.

Un día el entonces rector Olivares Carrillo no pudo representar –como cotidianamente lo hacía en el Teatro Universitario- a Miguel de Cervantes y lo sustituyó Luis Villoro. Allí lo conoció Estela Ruiz, quien “vio con detenimiento a ese hombre 11 años mayor que ella, que mejoraba al hablar en público, y consideró que mejoraría más si ella contribuía a revelarle que la emoción existe”, leyó Juan.

“En ese montaje –continuó- el pueblo inventado por Cervantes estaba en Guanajuato. Según conviene a la comedia, los enredos concluyeron después con una boda” y vino el nacimiento de un niño “que hoy, gracias a la generosa voluntad de todos ustedes, se agrega al elenco del Retablo de las maravillas, donde lo imaginario es  más fuerte que lo real”

El premio a Villoro, en la primera ocasión que lo otorga la Universidad de Guanajuato, fue el primer evento de la Feria del libro y festival cultural, que este año cambió de las fechas vacacionales de semana santa y pascua a los primeros días de septiembre.

La feria también cambió de escenario. La premiación a Villoro se entregó por parte del rector general Luis Felipe Guerrero Agripino en el patio de la Alhóndiga de Granaditas, ahora sede de la exposición y venta de libros y las actividades literarias que encabezará por cierto Villoro, con homenajes al propio Ibargüengoitia.

En el evento, el rector general Guerrero Agripino festinó que el pasado del Villoro futbolista haya dejado el paso al presente del Villoro escritor y a su capacidad “de acercarse de manera simple a la profundidad y hacer que lo ordinario se convierta en extraordinario”, con lo que hoy el autor de El testigo y articulista prolijo “es un crack de la literatura”.

Al recibir el galardón, Villoro destacó la importancia de Guanajuato en la historia de su familia. Foto: Verónica Espinosa
Al recibir el galardón, Villoro destacó la importancia de Guanajuato en la historia de su familia. Foto: Verónica Espinosa

La biografía del cronista galardonado fue presentada por el también escritor y cronista Jorge F. Hernández, con quien Villoro comparte además de la admiración y lectura del escritor guanajuatense, recuerdos y coincidencias con la ciudad de Guanajuato, la Universidad, el Teatro Universitario y la representación de los Entremeses de Cervantes dirigida por Enrique Ruelas Espinosa.

En estas coincidencias aparecen los jóvenes profesores traídos del exilio español a mediados de la década de los cincuenta por el entonces rector Armando Olivares Carrillo, entre ellos Luis Rius, Pedro Garfias, Horacio López Suárez, Juan Espinasa y el filósofo Luis Villoro, padre del hoy premiado.

Así habló Jorge F. Hernández:

“Juan Villoro nos enseñó el lado oscuro de la luna y a toda una generación nos enseñó a escuchar el rock y a entenderlo, a sentirlo, a ver las diferentes caras del rock…tú has dicho y es la mejor manera de describirlo, que estás en la misma estela, siempre has estado en la misma estela, que para colmo es el nombre de tu madre.  Cuando Jorge como Juan a mí me ayudaron como lector y como persona a procurar lo bello, buscar lo bello, embellecerlo, pero también me enseñaron a usar la bondad, la bondad no de conmiseración sino de solidaridad… Juan Villoro me resucitó el corazón…”.

“Pocas veces se le reconoce a Ibargüengoitia porque era un erudito sin pedanterías”, señaló.

Luego, dijo que a Villoro hay que seguirlo como dramaturgo, ensayista, conferencista, cuentista y cronista.

“La crónica es donde sustento yo la parte más grande de mi admiración porque permite la conversación, el diálogo feliz con un hombre sabio…Ibargüengoitia te abraza orgullosísimo de que el primer premio que lleva su nombre a mucha honra se te entregue a ti Juan, porque eres un ejemplo para todos los que conformamos la comunidad de lectores, estudiantes y cuevanenses que nos debemos a la literatura”, celebró el también escritor.

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