De promesas y realidades

 

En repetidas ocasiones esta columna ha abordado el tema del estudio de la música y su importancia en el desarrollo integral del individuo. En ese sentido, se ha mencionado que la edad idónea para acercarse al lenguaje musical debe avenir, en analogía con el aprendizaje de la lengua materna, en la más tierna infancia y que, por regla general, son tres elementos los que han de conjugarse para que un aspirante a músico logre fructificar sus empeños. Estos son, dicho de manera sucinta, el talento individual ‒va implícita la psicomotricidad, la morfología, la predisposición auditiva y la capacidad de trabajo‒, el entorno familiar o la circunstancia e, imprescindiblemente, la calidad de la enseñanza recibida. Huelga decir que cuando existe la carencia o la minoración de alguno de esos elementos, todo puede quedarse en el limbo de los anhelos que se malogran.

Asimismo, la historia enseña que el porcentaje en la interacción de los citados elementos, casi por norma, tiende al equilibrio; en otras palabras: el planeta está lleno de niños genios comparables a Mozart y Saint-Saëns, no obstante, pocos de ellos nacen en el ambiente adecuado para que sus dotes florezcan y un número aún menor cuenta con la dedicación absoluta de sus preceptores ‒por no hablar de la inoperancia de la mayoría de los sistemas educativos‒ para sumar los esfuerzos en esa empresa colectiva tan compleja como la de educar bien a un ser humano (asumido el verbo conforme a su etimología, es decir, sacar al exterior lo bueno que el hombre guarda en su interioridad).

Con tales premisas, Estro armónico se complace en presentar a tres jóvenes músicos quienes, amén de estar aún en una edad promisoria, han ya dado pruebas concretas de su talento y están proyectándose hacia el futuro con una contundencia que devendrá en orgullo para la nación. Cabe decir que dos son compatriotas y que el tercero es hijo de madre mexicana y padre norteamericano. Démosles la bienvenida a ese entramado de realidades donde el destino se cruza con la voluntad de forjarlo…

De Veracruz al mundo. Desde que hizo su debut como pianista y compositor en la Sala Nezahualcóyotl de la UNAM, quedó claro que Eduardo Andrade Azanza (Jalapa, 1993) estaba destinado a embellecer los ámbitos sonoros de cuanta realidad se topara en su camino. Tenía entonces ocho años de edad y ya era capaz de darle forma a sus pensamientos musicales;[1] mas la historia no inicia ahí, sino en el seno hogareño donde, previsiblemente, recibió una educación esmerada y la inteligente valoración de su potencial. En su casa, reducto de amorosos acuerdos conyugales, se creyó que poner a su disposición oportunidades y buenos maestros sería la siembra de una justificada plenitud familiar. Cuando Eduardo cumplió cuatro años fue inscrito en la Academia Musical Yamaha y una vez que avanzó lo suficiente fue puesto en manos de los maestros que acabarían de moldear sus capacidades. Entre estos, destacan las pianistas Guadalupe Parrondo y Kathron Sturrok y los compositores Humberto Hernández Medrano, Leonardo Coral, Mauricio Malagnini, Alison Kay y Vasco Hexel.

Hoy, a sus 25 años, Eduardo reside en el Reino Unido y cuenta en su haber con distinciones de notable valía. Citándolas quedará de manifiesto que cualquier inversión ‒de tiempo, esfuerzo y recursos‒ que se deposite en la formación de un niño, a la breve, rebosa perspectivas. Finalizó su maestría en el Royal College of Music de Londres con mención honorífica, después de haber ganado los premios Parnassus y Nickson y tras haber sido electo director de la Orquesta de Cine del propio colegio. En este rubro, el de la musicalización de cortos y largometrajes y de música para televisión, Eduardo ha encontrado su razón de ser. Suma ya 25 proyectos de esa índole con una resonancia internacional. Sus obras, presentadas en diversos festivales cinematográficos, se han escuchado en Finlandia, Suecia, España, Rusia, Croacia, Noruega, EUA y, por supuesto en México e Inglaterra. Sus últimas novedades refieren que recibió de manos del Príncipe Carlos el President´s Award, que fue convocado al palacio de Buckingham para celebrar los 70 años del heredero a la Corona inglesa y que la música de unos de sus cortometrajes es finalista en los “Oscares estudiantiles” que competirán el Los Ángeles el próximo octubre…

Certera intuición paterna. En el caso de Kevin Martínez (Ciudad de México, 1995), fue su padre quien decidió que la enseñanza de la música tenía que ser parte irrenunciable de su crecimiento humano y que, como tal, había de ser ofrecida en la edad idónea. Igualmente, la Academia Yamaha fue la mejor alternativa para la impartición de los primeros conocimientos, a pesar de que llegar a sus instalaciones implicara más de dos horas de trayecto. También Kevin tenía 4 años de edad cuando arrancó la aventura familiar y también a él se le compró un piano para que plasmara sus futuras ensoñaciones. Es digno de nota, que ni en la casa de la familia Martínez ni en la genealogía de sus miembros había habido vocaciones artísticas previas ‒de hecho, el Sr. Martínez es un eminente ingeniero egresado del Instituto Politécnico Nacional‒, salvo aficiones saltuarias por la música. Así, con la certeza de que educar configurando lo invisible haría una diferencia, a Kevin se le impusieron las tareas que destrabarían su potencial creativo.

Concluida la etapa inicial de Yamaha, fue imperativo ‒aún con ciertas reticencias maternas‒ pensar en el ingreso al Conservatorio Nacional. Para ello se dispuso de una maestra particular que allanó la senda. Lo interesante del asunto es que antes de ser admitido en el conservatorio, Kevin descubrió que improvisar en el piano era lo que llenaba su ánimo de sortilegios. No importaba que careciera de las herramientas técnicas para componer, lo prioritario era dejar fluir sus sentimientos a través del sonido. Cuando nació su hermana avino la fulguración. Cual bienvenida al mundo, Kevin le compuso una canción de cuna[2] ‒tenía él sólo 7 años‒ y de ahí, como torrente, vendría lo demás.

Hoy, Kevin es el orgulloso creador de cuatrocientas obras[3] ‒en el lindero de lo popular y lo culto‒, cursa el último año en la carrera de composición del conservatorio y se dedica con mucho entusiasmo a la producción musical. Cual evidencia de su admirable caudal de melodías es de anotar que en su primer año de la carrera y sin el consentimiento de su profesor, sometió a juicio una obra para arpa ‒instrumento del que no tenía aún nociones‒ en un concurso para compositores ya formados. La obra vencedora fue la de Kevin y ella se volvió pieza reglamentaria en el IV Concurso Académico de Arpa que organizan las escuelas de música del país…

Devoción maternal absoluta Para Pablo Rubin Jurado (Honolulu, 2001) la existencia ha corrido de la mano de un abanico sorprendente de oportunidades. Y todas ha sabido valorarlas sometiéndose con docilidad a la disciplina que se le ha inculcado desde que tuvo uso de razón. Solamente así es concebible que en tan pocos años haya conseguido manifestarse en tan variadas facetas. Sabe pintar, es campeón de natación, toca el piano y el violín desde los cinco años, es un cantante experimentado, compone y, desde luego, cumple con los estudios propios de su edad, mas estos últimos los ha cursado siempre desde su propia casa con la guía de su madre. Es ella, sin lugar a dudas, la principal artífice de su florecimiento, pues se ha echado a cuestas su educación general. La fórmula ha sido sencilla pero encierra un compromiso inmenso: suscitar el entusiasmo por el conocimiento a través de los catalizadores del ejemplo y buscar  su hermanamiento con las vertientes de sensibilidad que hay en las artes.

En cuanto a los medios para sufragar tal cúmulo de oportunidades es de apuntar que también la fórmula ha sido simple aunque presupone esfuerzos colectivos enormes: acuerdos familiares, mecenazgos particulares y apoyos institucionales, concertados todos en el convencimiento de que los talentos de Pablo los justifican. Y los resultados saltan a la vista y el oído. Con unos cuantos ejemplos se catará la cosecha que está en curso.[4] Pablo es alumno de la Juilliard School de Nueva York, donde ganó la beca Epstein del Pre College. Es acreedor del mecenazgo del filántropo Laurent Chabres, merced al cual ha podido, además de Juilliard, asistir a muchos cursos de verano (Tanglewood y Meadowmount de EUA, Mozarteum de Salzburgo, Academie d´Eté de Niza). Con respecto a los premios, despuntan los obtenidos en las competencias internacionales Forte, Enkor, Hal Leonard, New York Lyric Opera y Rondo Vanguard.

Hoy, Pablo puede vanagloriarse ‒no lo hace por la conciencia de lo que aún le falta por recorrer‒ de haber cantado en el Carnegie Hall y en la Metropolitan Opera House de Nueva York ‒aquí a los 11 años como soprano infantil‒ y de estar a la espera de la publicación comercial de una obra suya para marimba y piano…

[1]Audio 1: Eduardo Andrade Azanza – Canción mudéjar. (Andrade Azanza, pianista de ocho años de edad, Alauda Ensemble. Samuel Máynez, director. Nestlé, HIMFG. 2003)

[2] Audio 2: Kevin Martínez – Happiness (K. Martínez, de siete años de edad, al piano. LIVE RECORDING, 2002)

[3] Audio 3: Kevin Martínez – Sirio (Grabación, edición e interpretación de Kevin Martínez. 2011)

[4] Accédase a los siguientes vínculos de YOUTUBE para conocer varios de sus trabajos: https://www.enkorcompetition.com/2018/03/pablo-rubin-jurado-grand-prize-voice.html

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