“Ana y Bruno”: Un Frankestein que apenas se mantiene

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- “Ana y Bruno” (México-2017), de Carlos Carrera, es una extravagante y particular cinta animada que habla acerca de abandono, la represión y la enfermedad mental de una forma que parece estar a medio camino entre el cuento de terror y el de hadas.

Las palabras “extravagante” y “particular” funcionan de manera negativa tanto positiva, y es que la película tiene un inicio prometedor, pero poco a poco se va descomponiendo y al final es un desafortunado esperpento.

En el inicio, Ana (Galia Mayer) va junto con su madre (Marina de Tavira) y su padre (Damián Alcázar) a un caserón (casi un castillo) en la punta de un risco que mira al mar. Por el coche que maneja el padre parecería ser que la historia está ubicada en los años 50. A momentos parece que la familia se dirige a un destino vacacional, pero luego vemos cómo el padre se aleja con una cara de consternación. Así que hay algo más en ese lugar…

Al poco tiempo de haber llegado, Ana conoce a un cariñoso perro xoloescuincle que anda por ahí, a un extraño anciano y a su marioneta –la cual parece tener vida propia– y a una extraña criatura verde llamada Bruno (Silverio Palacios), quien le mostrará la verdadera naturaleza del sitio.

Poco más se puede decir sobre la trama, ya que cualquier indiscreción podría echar los misterios que se ocultan.

La animación tiene trazos grotescos: humanos con ojos saltones, caras alargadas (salvo los niños, diseñados con caras redondas) y semblante lánguido, mientras que Bruno y algunos otros monstruos están lejos de ser estéticamente adorables. El arte de la animación, en conjunto con algunos detalles sórdidos de la trama que se va presentando, convierten a la cinta en algo un poco perturbador, incluso para un adulto.

El inicio interesante que gira en torno a las ataduras de la mente, poco a poco se va transformando en un acto de redención; el problema es que las reglas de este mundo son inconsistentes: el papel de los monstruos como Bruno es un poco ambiguo, así como las capacidades de lo que pueden hacer.

Un rol de estos entes es a veces despreciable, aunque en otras tantas bien intencionado y, sin embargo, su existencia es de alguna manera tóxica para los humanos y hasta esclavizante; de pronto, al guionista parece olvidársele y los usa como si fueran una bendición para los humanos, sin que esto quede del todo claro.

Además, el vínculo entre Ana y Bruno se siente bastante artificial, lo cual nos hace cuestionar el porqué del título.

Al final, hay un poco de redención de la cinta, y otro tanto de sanación… el drama llega a buen puerto con una agradable “brisa fresca”; sin embargo, no basta para decir que “Ana y Bruno” es una buena película.

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