Agustín de Iturbide ¿reivindicación?

Agustín de Iturbide. Foto: Tomada de Wikipedia Agustín de Iturbide. Foto: Tomada de Wikipedia

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Un anuncio publicitario de la Secretaría de la Defensa Nacional se repite constantemente en estos días en las pantallas televisivas, de manera previa a la celebración del tradicional Grito y el desfile militar de la noche del 15 y la mañana del 16 de septiembre, respectivamente.

En él se lanzan vítores a los héroes que protagonizaron el movimiento de Independencia en 1810 y que son enlistados por el presidente en turno durante la ceremonia del Grito en el balcón central de Palacio Nacional, entre ellos: Miguel Hidalgo, José María Morelos, Josefa Ortiz de Domínguez, Ignacio Allende, Ignacio Aldama y Vicente Guerrero.

Pero llama la atención porque el comercial televisivo incluye esta vez a Agustín de Iturbide y su Ejército Trigarante, en el marco del 208 aniversario de la gesta de Independencia. Sorprende porque, habiendo puesto fin a la guerra fratricida y consumado la independencia el 27 de septiembre de 1821, la historia de bronce no lo ha considerado héroe sino un traidor por haberse erigido como emperador, trastocando los ideales republicanos.

La ceremonia en la cual fue ungido como tal se llevó a cabo en la Catedral Metropolitana el 21 de julio de 1822:

Y “la exaltación de aquel simple soldado colonial, hijo de un campesino inmigrado, a los altos honores de la majestad, fue dirigida por el obispo de Guadalajara, don Juan de la Cruz Ruiz Cabañas, con la asistencia de los de Puebla, Durango y Oaxaca. Tocó al presidente del Congreso, Mangino, colocar sobre la cabeza del emperador la corona, y al emperador la de la emperatriz; las demás insignias las pusieron a Agustín I los generales que las habían conducido y a la emperatriz sus damas. Era la época de la unión de la espada y el altar; el poder civil y religioso unidos”, escribió el reportero Carlos Fazio en Proceso, el 18 de octubre de 1980.

Nacido en Valladolid, hoy Morelia, el 27 de septiembre de 1783, Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu fue desterrado del panteón de los héroes durante las celebraciones por el Centenario de la consumación de la Independencia, en 1921.

Se relata en el citado semanario del 5 de enero de 1985, que el malogrado emperador fue quien inició, mediante un decreto del Congreso, publicado el 19 de julio de 1823, el ritual de inscribir los nombres de los próceres de la patria en el recinto legislativo. Quedaron asentados ahí entonces los héroes de la Independencia: Hidalgo, Allende, Juan Aldama, Mariano Abasolo, Morelos, Mariano Matamoros, Leonardo Bravo, Miguel Bravo, Hermenegildo Galeana, José Mariano Jiménez, Francisco Javier Mina (cuyo nombre verdadero es Martín Javier Mina Larrea, no Francisco y es el único nacido fuera de México), Pedro Moreno y Víctor Rosales.

El 20 de mayo de 1835 se inscribe también el nombre de Iturbide, a iniciativa del entonces presidente Miguel Barragán. Su “descanonización” fue propuesta por Antonio Díaz Soto y Gama, quien fue ideólogo del zapatismo y en aquel momento diputado.

“Fueron cuatro violentas sesiones -22, 23, 24 y 25 de septiembre de 1921- en la Cámara de Diputados. Desordenadas, apasionadas. El cronista del Diario de los Debates hace notar -como es práctica legislativa- las constantes interrupciones a los oradores en pro o en contra. El ambiente del salón de sesiones. Apunta: ‘(Voces en el salón)’, ‘(Gritos)’, ‘(Aplausos)’, ‘(Siseos)’, ‘(Desorden Campanilla)’, ‘(Murmullos)’, ‘(Gritos en la galería)’, ‘(Aplausos en la galería)’, ‘(Desorden Campanilla Desorden)’.”

Hubo en los discursos contra Iturbide, diferentes calificativos, entre ellos “traidor”, “cruel y sanguinario”, “iniciador de cuartelazos” y “primer contrarrevolucionario mexicano”. Y se añade en el reportaje:

“La propuesta de retirar el nombre de Iturbide del Salón de sesiones del Congreso fue finalmente aprobada por 126 votos a favor y 11 en contra. El proyecto de decreto incluía un segundo artículo en el que se proponía como sustituto el nombre de Belisario Domínguez. Sin embargo, fue tal el desorden de la última sesión que ese artículo ni se discutió ni votó. Fue hasta 1936, mediante un decreto diferente, cuando se inscribió el nombre del senador chiapaneco mártir. Antes, durante los debates de 1921, esa propuesta había servido a algunos diputados que reclamaban mociones legales respecto al asunto de Iturbide. Argumentaban que el artículo 12 constitucional de 1917 prohíbe el otorgamiento de títulos de nobleza, prerrogativas y honores hereditarios y consideraban que la inscripción con letras de oro caía dentro de ese precepto.”

So pena de cárcel

Iturbide quedó también proscrito del Himno Nacional, escrito en 1860 por Francisco González Bocanegra, con música de Jaine Nunó. La versión original, decía en la estrofa VII:

“Si a la lid contra hueste enemiga

nos convoca la trompa guerrera,

de Iturbide la sacra bandera

¡mexicanos! Valientes seguid:

Y a los fieros bridones les sirvan

las vencidas enseñas de alfombra;

los laureles del triunfo den sombra

a la frente del bravo adalid.”

El fallecido poeta Miguel Ángel Flores, quien fue colaborador de Proceso, escribió en un texto publicado el 12 de septiembre de 1992, que en 1942 se emitió un decreto en el cual se precisaron las estrofas que deberían cantarse en el Himno Nacional. Y también las que no, referidas a Antonio López de Santa Anna y Agustín de Iturbide.

Desde las celebraciones del Centenario de la Independencia, en 1910, se fundó una Comisión correctora que modificó el Himno, pero hubo diferentes protestas y se decidió dejarlo tal cual, sólo con la supresión de las estrofas referidas al “guerrero inmortal de Zempoala” (Santa Anna), y al “bravo adalid” Iturbide.

El decreto de 1942 estableció, escribió Flores, las condiciones en que debería tocarse y las sanciones a quienes no cumplieran con las disposiciones de la ley sobre los símbolos patrios, entre ellos cárcel de uno a seis meses. La ley se refrendó en 1967 y posteriormente en 1985, por lo cual “sigue vigente la letra del Himno Nacional que se adoptó en 1910”. Pero la sanción referida a la prisión se redujo a 36 horas, “salvo en ceremonias solemnes, se acostumbra cantar una versión abreviada que incluye el coro y la primera y última estrofas”.

Durante una conferencia dictada hace un par de años en torno al Primer Imperio de México, la historiadora Guadalupe Jiménez Codinach declaró que la figura de Iturbide ha sido abordada en los extremos: del halago excesivo a la descalificación, por lo cual está a la espera de una investigación más equilibrada que sopese su papel en el periodo histórico que protagonizó.

Comentó que la imagen que hasta hoy ha trascendido de un Iturbide traidor y vil se fue conformando incluso desde que vivía, pues sus enemigos encargaron en 1822 una biografía a Vicente Roquefuerte, en la cual lo describió como “el vil americano que ha intentado usurpar la dominación del septentrión y por los medios que lo ha conseguido. Sanguinario, ambicioso, hipócrita, soberbio, falso, verdugo de sus hermanos, perjuro, traidor a todo partido, connaturalizado con la intriga, con la bajeza, con el robo y con la maldad… He aquí mexicanos al verdadero retrato de su emperador.”

¿Honores?

Cuando a finales de 2012 se estrenó la película Morelos, de Antonio Serrano, la historiadora recordó en entrevista con esta reportera que Iturbide ganó a Morelos su última batalla a las afueras de Valladolid, porque el generalísimo cometió el error de enviar a unos hombres a espiar a las fuerzas de Iturbide con las caras pintadas con carbón. El realista se dio cuenta e imitó el hecho pero con un grupo más grande, al cual envió vestido de paisano y pintado igual para introducirse a matar insurgentes a cuchilladas y balazos:

“Ciriaco del Llano y Agustín de Iturbide, con un reducido grupo de realistas, se internan entre las lomas de Santa María al oscurecer. Los insurgentes los atacan, los realistas se salen y regresan a Valladolid y las fuerzas insurgentes se disparan durante la noche y se destrozan entre sí”.

Añadió, sin embargo, que Iturbide dista de ser el ser cruel, represor y torturador que la historia ha mostrado.

Iturbide fue fusilado el 19 de julio de 1824. Sus cenizas están depositadas, en una urna de madera de cedro con lámina de oro, en la capilla de San Felipe de Jesús, primer santo mexicano.

Se lee en el pilar que lo aloja en su interior:

“Agustín de Iturbide Autor de la Independencia Mexicana. Compatriota llóralo, pasajero admíralo, este monumento guarda las cenizas de un héroe su alma descansa en el seno de Dios”.

Y agrega la nota de Fazio que “cada año, en septiembre, las Falanges Tradicionalistas Mexicanas y el Movimiento Cívico Tradicionalista de México rinden tributo a su héroe”.

Rendir homenaje a Iturbide o tratar de reivindicar su figura sin hacer la historia objetiva y profunda que la investigadora Jiménez Codinach sugiere, podría desembocar en un acre debate, como ya ha sucedido con la pretensión de regresar a México, con honores, los restos de Porfirio Díaz, o aprovechando el próximo V Centenario de la llegada de Hernán Cortés a Veracruz, reivindicar al conquistador cuyas atrocidades fueron relatadas por él mismo en sus cartas a Carlos V.

Hasta hoy ningún presidente ha mencionado siquiera el nombre de Agustín de Iturbide en la ceremonia del Grito. Y es hasta ahora que la Sedena lo incluye en su comercial. ¿Será que Peña Nieto le lance vítores el próximo 15 de septiembre? Habrá que ver.

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