Nicaragua, más que un levantamiento: Enrieth Martínez

Daniel Ortega, presidente de Nicaragua. Foto: AP Daniel Ortega, presidente de Nicaragua. Foto: AP

MANAGUA (apro).- Enrieth Martínez Palacios se convirtió en una de las caras públicas de las protestas. Siendo estudiante de Sociología, la activista representó a la Coalición Universitaria durante el diálogo fracasado entre la oposición social y el gobierno.

En entrevista con Apro, explica el significado que tiene Daniel Ortega para las generaciones jóvenes, su afán de “monopolizar, parcializar y patentar la historia del país”. Con una mirada cautelosa, ofrece una tercera salida de la situación sangrienta: Ni con Ortega ni con la derecha; y apuesta por la sociedad civil organizada para construir “instituciones sólidas y confiables que garanticen transparencia en los procesos”.

Pocos días después de la entrevista, el 25 de agosto, Martínez Palacios junto con 20 personas más fueron detenidas por policías cuando se dirigían a una marcha en Granada. Sin acusaciones en su contra, fueron retenidos seis horas en el centro preventivo “El Chipote”, “donde ya sabíamos de casos de tortura o de violación sexual a mujeres”, comenta.

Seis estudiantes más de la Coordinadora Universitaria por la Democracia y la Justicia (CUDJ), de la cual la activista también forma parte, seguían en “El Chipote” sin contacto alguno con el exterior. “Todos los estudiantes detenidos ese día somos líderes de diferentes organizaciones estudiantiles organizadas”, comenta la estudiante.

–Hace dos meses usted dijo que las protestas y manifestaciones tuvieron para el país el impacto de una revolución. ¿Hoy lo sigue afirmando?

–Más allá de la salida inmediata del presidente, los diferentes sectores apostaban por una transformación del país que tuviese como base las reivindicaciones de la sociedad civil en su diversidad. Esa diversidad de demandas y luchas me demostró que era una revolución, que era un proceso largo que apostaría por cambios estructurales.

–¿Qué representa Ortega para las generaciones jóvenes?

–A Ortega lo veo en los medios de comunicación desde que tengo 11 años. Daniel Ortega -y luego Rosario Murillo- se erigieron en mi imaginario como figuras míticas.

“No me atrevería a hablar por mi generación, pero puedo hablar por el significado que Ortega tiene para mí. Él es un monolito, una figura del siglo XX de los logros y errores que se alcanzaron en un momento de recomposición del país. Para mí es quien también ha monopolizado esta historia, quien la ha parcializado y patentado para que responda a una línea discursiva que no invita a la reflexión o el pensamiento crítico.

“Sin embargo, Daniel Ortega también es la figura de la descomposición institucional en el país, la instrumentalización de una historia romantizada para cubrir los pactos de cúpula, los intereses propios de una conciencia capitalista, patriarcal y colonial. Ortega, Murillo y su familia son para mí la figura de un proyecto que se descompuso por el caudillismo y autoritarismo, por la entrada de las élites sandinistas a las cúpulas económicas del país y por la obvia desvinculación entre la praxis y el discurso revolucionario que defiende”, dice.

–¿Puede haber reconciliación con él?

–No. Y la respuesta no viene de una necesidad de venganza. Pensar en una “reconciliación” es imposible porque clamamos y exigimos investigaciones independientes que ayuden a esclarecer los crímenes cometidos. En ese marco, y pensando que después de esto queremos construir instituciones sólidas que nos ayuden a garantizar que esos hechos no se repitan, la idea de “reconciliación” no puede venir si no ha ocurrido primero o en paralelo un proceso de justicia y verdad que nos asegure la no impunidad.

–¿Está tomando medidas de seguridad?

–Desde que comenzamos a salir en televisión decidí salir de un pequeño apartamento que venía alquilando junto con mi hermana. Pasé por varias casas de seguridad donde me acogieron personas muy amables. Tuve que salir de una, pues llegaron a buscarme.

“Recibimos donaciones materiales como medicina, hospedaje y alimentos. Desde un inicio hemos intentado tener mucho cuidado con el tema de los fondos. Hasta el momento sentimos que podemos manejar la solidaridad a través de personas de confianza que nos ayuden además a llevar un adecuado control de los gastos o el uso o asignación de las donaciones. Este apoyo, si bien ha sido de mucha utilidad, nunca ha sido constante, sino que han sido ayudas puntuales.

Las protestas

–Se dice que 70% de los nicaragüenses votaría contra Ortega. Las protestas incluso han tenido un carácter de huelga general. ¿De dónde proviene tanta amplitud de las protestas?

–La teoría de que este es un conflicto entre el gobierno y una oposición político-partidaria es un error. Desde un inicio vemos como es la sociedad civil, poco organizada o articulada, la que responde directamente a la violencia ejercida por el gobierno y sus grupos parapoliciales.

–¿Qué papel juegan los empresarios, que en el ahora cerrado diálogo nacional fueron los primeros en la mesa?

–Sabemos que en términos políticos el desgaste de las instituciones fue acompañado por la instauración de un diálogo entre el sector empresarial, el gobierno y algunos sindicados afines al partido. Este modelo fue el pilar de un gobierno corporativista que logró mantener políticas neoliberales de la mano con programas asistencialistas (que eran cubiertos en mayor medida gracias a la cooperación extranjera, especialmente la venezolana).

“Las relaciones entre el gobierno y la empresa privada se deterioraban en la medida en que era necesario ajustes más drásticos y reformas tributarias debido a la baja en la cooperación. El rompimiento entre la empresa privada y el gobierno era inminente, pero las protestas en el país aceleraron dicho proceso, pues crearon un clima de inestabilidad social que solo repelió la inversión extranjera”, comenta.

–¿Y cómo se manifiesta eso en el conflicto actual?

–La crisis social se volvió entonces una crisis con un marcado eje político pues las mismas alianzas del FSLN se deterioraron y el gobierno se quedó entonces sin posibilidad alguna de dialogar (entre cúpulas) una salida a la crisis social y las protestas autoconvocadas que ejercían una presión nacional e internacional.

“Me interesa mucho enfatizar que la empresa privada no está detrás de la movilización en las calles, que la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia (una alianza entre los diferentes sectores de sociedad civil que participan en el diálogo) no es la única expresión organizada de sociedad civil y que quienes se están organizando de cara a la movilización masiva y a la amplitud de propuestas y espacios de participación están diseminados en todo el territorio nacional”, agrega.

El FSLN y el diálogo

–¿Cómo está el clima dentro del aparato gubernamental?

–Sabemos que en todos estos meses personas que trabajan en el Estado han desertado de las filas del Frente y otros han dimitido a sus puestos por presión externa. Sin embargo, el aparato de control del Frente Sandinista sigue operando. Prueba de ello son los miles de trabajadores públicos que deben cumplir con sus horas laborales, pues de no hacerlo reciben amenazas. Lo mismo sucede con los policías.
“A pesar de todo el FSLN aún conserva una base que lo apoya, pero esta se encuentra mermada y en la actual situación del país, sabiendo que hay amenazas y monitoreo de por medio, es difícil saber cuál es el porcentaje de las personas que han desertado. Hay fisuras reales dentro del Partido Sandinista y también fisuras en sus bases.

–¿Cuál es el papel de los protagonistas sandinistas del pasado hoy en día?

–En medio de este proceso también se han acercado a mí viejos combatientes del Frente Sandinista, culpando a Ortega de traicionero. Lo que he visto de ellos es ánimos de contribuir desde sus espacios, ya sea con consejos, casas de seguridad o artículos en medios de comunicación. El papel de esta generación y de aquella es generar esos espacios de encuentro y diálogo que nos permita rescatar nuestra memoria histórica, pero también es preparar el terreno para un necesario relevo generacional.

–Si Ortega cae ¿cómo impedir un nuevo régimen autoritario y neoliberal que probablemente buscará legitimizarse a través del discurso por los derechos humanos?

–Nosotros apostamos por que, desde el diálogo, surjan los acuerdos necesarios para recomponer y sanear las instituciones del Estado, creando instituciones fuertes podemos apostar a procesos democráticos transparentes. La derecha, pensándola como partidos liberales o la empresa privada, es siempre un actor a considerar.

Sin embargo, dice, “es la sociedad civil quien está llevando la vanguardia en cuanto a organización y a posicionamiento de discurso y es esta misma quien ha reconocido el papel protagónico de los gobiernos de ‘oposición’ en la construcción de esta crisis. Nuestra crisis también es una crisis de partidos políticos. Nuevas opciones surgirán de la sociedad civil organizada que apuesten por alianzas estratégicas o que intenten representar mejor los intereses de las personas”.

Según Enrieth Martínez, al margen de esos procesos “que yo veo se están gestando no sólo en Managua sino en los diferentes territorios, surge la necesidad de crear instituciones sólidas y confiables que garanticen transparencia en los procesos”.

–No siempre es decisión de uno, quedarse con el pacifismo, a veces el otro te obliga a agarrar las armas. ¿Han hablado de este dilema?

–Creo que el diálogo nunca ha sido parte de nuestros procesos como país. La cultura de paz no ha estado presente sino hasta hace muy poco. Creo que para evitar la polarización y las posibles confrontaciones con grupos reaccionarios lo mejor sería comenzar un proceso que apueste por generar esos procesos amplios de diálogo, participación y representación, que hasta ahora sólo era posible a través de las filas del Partido Sandinista.

“Con respecto a una posible respuesta armada, no puedo contestar por las personas que estuvieron en los tranques (bloqueos), o clandestinas en las montañas. No puedo responder por sectores que han sido brutalmente reprimidos, no desde el 18 de abril, sino desde antes. Creo que la amenaza de un conflicto armado también es lo que nos hace seguir organizándonos y movilizándonos en las calles. Deseamos, en medio de la represión que viene del gobierno, crear alternativas que apuesten por la no violencia.

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*Este texto periodístico fue realizado con apoyo de la organización civil alemana Médico Internacional.

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