A 100 años de su natalicio Arreola regresa a Zapotlán: “No he podido ser el escritor que deseaba”

Juan José Arreola. Foto: Archivo Procesofoto Juan José Arreola. Foto: Archivo Procesofoto

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El 23 de febrero de 1980, Proceso publicó esta entrevista con el escritor Juan José Arreola en su casa de Zapotlán, en Ciudad Guzmán, Jalisco. El texto fue escrito por el periodista Armando Ponce y se reproduce con ocasión del centenario del nacimiento del escritor en esa ciudad.

 “A los 16 años el escritor Juan José Arreola dejó por vez primera el poblado natal, al que siempre se refiere por su nombre indígena: Zapotlán Hoy, casi medio siglo después, vuelve para radicar definitivamente Es su Itaca:

“Repito el asunto odiséico: la verdad es que yo he emprendido desde hace 45 años un larguísimo viaje de regreso a Zapotlán: tengo 45 años de estar regresando A pesar de tantos años no pude enraizar en ninguna parte, ni en Cuba, a donde fui con tanto entusiasmo, ni en París ni en Berkeley”. Para no hablar de ciudades como Guadalajara y México, que nostálgico recuerda con 150,000 y millón y medio de habitantes.

En los últimos meses sentía “angustia” de penetrar al área del México “desconocido” para él; sin broma comenta:

“No he atravesado aventuras semejantes atravesando la ciudad de México”.

Su regreso al terruño es también una huida. Relata por ejemplo, los penosos cambios de casa, “seis mudanzas en tres años, lo que me escandalizó”, y se refiere a la imposibilidad económica de siquiera vivir en alguna población cercana a la ciudad, “aunque esto fuera otra forma de dependencia”.

Hoy puede irse de México, porque luego de 50 años de pobreza, dice, ha tenido unos meses de ganar dinero suficiente (“no soy millonario como la gente piensa”) que le concedió “cierta libertad”.

Pero en medio de estas razones desliza una confesión:

“He querido dar mi vida por terminada en este orden que la ha ocupado por entero: no he sido el escritor que he querido, debido a cuestiones sentimentales”.

Aclara:

“Me ocurre que padezco un amor y me vuelvo un bueno para nada Me entrego entonces a la plenitud Ni siquiera sé capitalizar la experiencia ni la presencia misma de la persona Vivo más intensamente en su ausencia No puedo entonces escribir”.

Pero en Zapotlán no. Esto es otra cosa. Aquí vino a buscar “una especie de clímax interior” que le permitirá escribir sus memorias, que bien podrían empezar –improvisa– así:

“Cuando Marcel Proust terminó de escribir En busca del tiempo perdido, el 18 de julio de 1918, mi padre abrió su negocio de tepachería”.

Una vida monacal, expresa. Quizá aquí pueda suprimir “el terror al castigo y a la condena eterna, el ataque de angustia” que le provocó lo que llama el síndrome religioso.

“He tenido cosas bellas en la vida –cuenta–, pero casi me las echo a perder Por eso, suprimiendo las oportunidades de la tentación, creo que llego a la paz. Desde la infancia tengo la conciencia intranquila”.

El Zapotlán de La Feria bulle abajo (“La Feria no es sino los apuntes que tenía para La Feria”). En una colina Arreola ha construido su casa. La empezó hace diez años. Pudo terminarla con el dinero ganado en las televisiones.

Qué es más Arreola: ¿un hombre de las letras o un hombre de la televisión?

“La literatura ha jugado un papel reconfortante en mi vida –señala–. Me ha servido para convencerme de que no soy el más malo de los hombres. Para mí todo es lenguaje, incluso el monólogo interior. El hombre puede así ir desarrollando su ser como lenguaje”.

Pero, acota, hay buena literatura y mala literatura:

“Hay una que se nos va todos los días; la oral. Soy la persona que ha hecho más literatura oral en México. Nadie ha dado más conferencias, charlas, etcétera. Yo tengo grabados más de dos mil programas de televisión”.

Mezcla vino tinto con blanco frío. Hace calor, suda bajo el traje negro de pana característico en él:

“En la televisión yo tengo la libertad de trasmitir el conocimiento y la belleza ajenas. Porque dice mi maestro Papini: `Nada es mío’. Estoy contento de trasmitir el conocimiento de las obras inmortales: si no lo hiciera sería como un avaro que se fuera con su dinero. Pero yo recibí un legado no sólo material”.

Se le pregunta por qué dejó el canal estatal por el comercial.

“Fue en realidad un consenso general –responde–, una opinión entre los dirigentes de los tres canales (se refiere también al 11); este hombre debe ir a Televisa para que ahí suelte su rollo. Para llegar a muchos más lugares del país, aun del extranjero. Es lo bello de mi vida, que no es decisión personal sino a la que me empujaron personas y situaciones.

“Me siento en la televisión como una pieza de ajedrez magistral donde una computadora dice: `caballo 5 dama’, y de pronto estoy ahí, caballo de ajedrez muy bien movido. Tengo todo ahí. ¿Quién me podría dar una hora así? Un hombre puede facilitar la vía del conocimiento y del entendimiento, el encuentro de los valores en un mundo donde hay relajamiento total de ellos, un mundo que no acepto. Proust trató la degradación humana, pero escribió manejando un cuadro de valores. ¿Por qué la literatura y el cine pornográfico?”

Le ha dolido, conversa, vivir esta etapa de “derrocamiento” de los valores. Opone al hecho la moral tradicional en la que incluso los tabúes cumplían un rol benéfico: evitarle problemas al hombre:

“Mi papel es tratar de sostener esos valores, aunque mi propia vida no sea ejemplar para nadie”.

Se disculpa:

“Estoy deprimido, no puedo ocultar mi desencanto”.

Pero contrataca:

“Busco un mundo de justicia. No puedo cambiar: tengo cincuenta años de pensar lo mismo. El mío es un pensamiento social: cristiano, católico. Idealista de eso tan vagamente general que se llama la izquierda. No podré dejar de moverme en ese ámbito de la izquierda ni en el del catolicismo, porque están en mi sangre”.

Hay tópicos recurrentes en Arreola, pero tiende a extenderlos como un vuelo sobre el monólogo. En dos horas de conversación, por momentos se levanta alejado del mundo, solo y seguro:

“Siempre he sido un soñador”, musita

– ¿Qué es Itaca?– se le inquiere.
– Zapotlán –responde– es una ampliación del seno materno, del que me gustaría no haber salido nunca.

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