Matteo Salvini, el aglutinador de la xenofobia

Desde sus inicios en la política, a finales del siglo pasado, Matteo Salvini ha venido consolidando su visión nacionalista y radicalmente xenófoba de Europa, una que –en el imaginario del italiano– debe oponerse a la inmigración, que él asocia con extremismo islámico y clandestinaje. Y con ese propósito ha ido tejiendo alianzas con los líderes de la ultraderecha del viejo continente, desde Marine Le Pen hasta Viktor Orbán, sin desdeñar el apoyo del estadunidense Steve Bannon, antigua mano derecha de Trump.

ROMA (Proceso) .- “¿Quiénes son mis amigos en Europa? (La ultraderechista jefa del Frente Nacional.) Marine Le Pen y también (líder del Partido por la Libertad) Geert Wilders”, decía Matteo Salvini, dirigente del soberanista y xenófobo partido de la Liga. Era febrero de este año, días de campaña electoral, y los “amigos” en la Unión Europea (UE) no le sobraban al hoy vicepresidente y ministro de Interior de Italia. Más bien lo contrario.

En ese entonces, la Liga, aún golpeada por los escándalos de corrupción de la época del fundador Umberto Bossi, se preparaba para las elecciones generales de la mano de Silvio Berlusconi, con el cual el partido de Salvini concurría en coalición pese a la pertenencia distinta de ambos a las grandes familias europeas.

La Liga, orientada al grupo Europa de las Naciones y de las Libertades. Forza Italia, al Partido Popular Europeo.

Siete meses después, archivada la alianza con Berlusconi y pactada –tras haber obtenido 17% de los votos– una coalición de gobierno con la formación contestataria Movimiento Cinco Estrellas (M5S), Salvini planifica ahora su expansión por Europa y los amigos ya no le faltan.

El pasado 28 de agosto Salvini se encontró con el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, quien estaba envuelto en una pugna sin precedente con la Comisión Europea por haber violado los derechos fundamentales europeos y el estado de derecho, algo que le ha valido la amenaza de la aplicación del llamado artículo 7, que implicaría retirar a Budapest sus derechos de voto en la UE. Unas sanciones que, anteriormente, sólo la Eurocámara había aplicado contra Polonia.

En este clima, Salvini y Orbán discutieron reducir el peso de Bruselas, blindar las fronteras europeas, apoyarse mutuamente con “toda la ayuda posible”, como llegó a decir Orbán, quien también calificó a su colega de “héroe” por sus políticas antiinmigrantes. Todo ello sin que el húngaro se sintiese incómodo por la pertenencia de Salvini a un grupo europeo distinto al suyo.

“Soy una persona fiel, pero queremos cambiar muchas cosas: la Comisión y el Parlamento Europeo. (Necesitamos) dos entidades que se pronuncien para defender fronteras con mano dura”, dijo Orbán, cuya formación últimamente ha provocado tensiones dentro de este grupo europeo que comparte con la Unión Demócrata Cristiana, de Angela Merkel; Forza Italia, de Berlusconi; y el Partido Popular de España.

“Veremos el tema de las alianzas después de las elecciones (europeas de mayo de 2019)”, añadió el húngaro, sin descartar posibles cambios en la configuración europea de su partido. Y todo ello pese a que hasta ese momento Salvini y Orbán apenas se conocían, al tiempo que el segundo mantenía una añosa amistad con Berlusconi.

“Le pedí a Berlusconi si podía reunirme con Salvini y él me respondió: ¡Claro!”, fue el comentario de Orbán, al margen de su encuentro con el líder de la Liga, en el que ambos esquivaron el hecho de que el actual socio de gobierno de Salvini, el M5S, ha criticado varias veces la negativa de Hungría de aceptar las cuotas de inmigrantes establecidas por Bruselas.

Luego Salvini apuntó hacia Suecia. El jueves 13, mediante un comunicado en papel oficial de su ministerio –algo fuera del protocolo habitual–, saludó a Jimmie Akesson, líder de Demócratas Suecos, formación política antiinmigración y con herencia neonazi, que en las elecciones del domingo 16 obtuvo 17.8% de los sufragios y se convirtió en la tercera formación más votada del país.

“Después de las elecciones espero ­reunirme con él y encontrarlo entonces ocupando nuevas y prestigiosas funciones institucionales”, afirmó Salvini. “Ahora también en Suecia dicen ‘no’ a esta Europa de burócratas y especuladores, ‘no’ a los clandestinos, ‘no’ al extremismo islámico”, volvió a escribir el domingo al saludar los resultados electorales de Akesson.

“El Movimiento”

Quizá por esta habilidad en olfatear el éxito político que se cuece en el descontento y en las tormentas que están por venir, Salvini acabó también cautivando la atención de otro personaje tan controvertido como él: Steve Bannon, antigua mano derecha de Donald Trump, ideólogo de la nueva extrema derecha estadunidense y especialista en estrategias de comunicación.

Bannon, de gira por Europa para promover sus ideas para desintegrar a la UE, no tardó mucho en incluir a Salvini en sus proyectos; el viernes 7 culminó esa iniciativa logrando la adhesión del ministro italiano a The Movement (El Movimiento), grupo con sede en Bruselas fundado para aglutinar a los partidos populistas de derecha de Europa.

El objetivo: poner en marcha “una red europea de derecha populista de cara a las elecciones europeas de (mayo de) 2019”, manifestó el abogado belga Mischael Modrikamen, director ejecutivo del grupo y quien participó en la reunión. “Se trata de un primer aval de importancia a nuestro movimiento, al que le seguirán otros”, añadió. La adhesión de Salvini “está confirmada”, ratificó asimismo a esta periodista una portavoz del italiano.

La idea es que The Movement ofrezca a sus afiliados “los componentes básicos para ganar” las elecciones al Parlamento europeo, aclaró Bannon. Algo que incluirá herramientas y analistas especializados en sondeos, análisis de datos y captación de votos, para dar respuestas rápidas a noticias de calado y declaraciones de opositores políticos.

En esta línea Bannon reveló que al encuentro también acudió Jeff Kwatinetz, su exsocio de Hollywood y un especialista en gestión de talentos.

Un personaje, Bannon, que también comparte con Salvini otro ‘nuevo’ amigo en común: el cardenal Raymond Burke, quien –con otros miembros conservadores de la Iglesia católica– en los últimos meses se ha convertido en uno de los principales opositores al papa Francisco, entre otras cosas por las fuertes críticas del pontífice argentino a las políticas contra los migrantes. Prueba fue, en junio, un encuentro de Salvini con el purpurado, tras el cual el político –entonces todavía inmerso en las negociaciones para formar gobierno– dijo que era la Iglesia “que le pedía seguir adelante”.

En unos 10 días, desde el encuentro con Orbán hasta su guiño a la ultraderecha sueca, Salvini cosechó así tres “amigos nuevos”, todos opositores de la idea de Europa federal, supranacional y multiétnica que promueven los líderes progresistas europeos, entre ellos el presidente francés Emmanuel Macron.

Un crisol de alianzas nuevas, a las que se añaden otras más consolidadas, como aquella con Marine Le Pen, con la cual existe una prologada relación al menos desde 2014, desde que Salvini se consolidó como líder de la entonces Liga Norte (la formación perdió la palabra ‘norte’ por voluntad de Salvini en el otoño de 2017). Y que también se suma a las amistades extraeuropeas de la Liga, entre ellas con la Rusia de Vladimir Putin y con los Estados Unidos de Donald Trump.

De ahí quizá la posibilidad, filtrada en agosto por el gobierno italiano, de que Trump acepte comprar parte de la deuda pública italiana en 2019, cuando el país deberá emitir 400 mil millones de euros en títulos de Estado. Un plan destinado a limitar los daños provocados por los inversores que en los últimos meses se han ido de Italia a causa de la inestabilidad política y la incertidumbre acerca de sus medidas económicas y el debate que puedan provocar en Bruselas el próximo otoño.

No son pocos los observadores que dentro y fuera de Italia tampoco descartan que próximamente Salvini se acerque también a otras fuerzas europeas ultranacionalistas y claramente hostiles a la inmigración. Entre ellas la alemana Alternativa para Alemania; el austriaco Partido de la Libertad, de Heinz-Christian Strache; el polaco Partido de Ley y Justicia, de Jarosław Kaczynski; e incluso el holandés Partido por la Libertad, de Geert Wilders.

Milanés

Salvini vivió su juventud e inició su carrera política en la capital financiera de Italia: Milán, ciudad en la que nació el 9 de marzo de 1973, en plena época de los “años de plomo”, cuando los grupos de extrema izquierda y extrema derecha se disparaban en las calles.

“Soy un defensor de la milanesidad. ¿Qué es eso? Dar prioridad a los milaneses”, decía en sus inicios políticos.

En los ochenta frecuentó el liceo Manzoni, en pleno centro de Milán, para luego emprender la carrera de historia en la Universidad Estatal, la que nunca terminó. En 1990, el joven Salvini, de 17 años, se afilió a la Liga Norte, cuando el Muro de Berlín ya había caído y una prologada crisis de corrupción había destruido a la Democracia Cristiana, la cual había gobernado Italia casi ininterrumpidamente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

En 1993, pasó a integrar el equipo de la Liga en el ayuntamiento de Milán, en un momento de recambio generacional de la clase política. Una década después, en 2004, ocupaba por primera vez una banca en la Eurocámara, elegido como diputado gracias a la Liga Norte para la región del noroeste de Italia.

La verdadera oportunidad para Salvini llegó, sin embargo, con los problemas de salud y escándalos de corrupción que envolvieron al viejo fundador de la Liga Norte, Umberto Bossi, quien finalmente dimitió en 2012.

En 2013 Salvini fue nombrado jefe de la Liga.

Así empezó el inicio del fin de la vieja guardia de la formación y de sus ideas secesionistas, que Salvini hizo virar hacia un mensaje de calado nacionalista, euroescéptico y radicalmente xenófobo.

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