Una noche en el corazón de La Adicción

MONTERREY, NL., (proceso.com.mx).- En la cancha, Rayados intenta levantar la pelota para moverla por aire, porque los encharcamientos impiden el rodamiento. Y en la tribuna del Estadio BBVA, los integrantes de La Adicción no dejan de hinchar, con la batucada que les marca el ritmo, convencidos en que sus gritos ayudarán, con fuerza mística, a que el equipo haga el siguiente gol bajo la lluvia.

El juego ante Xolos, el sábado en la noche, se decidió desde temprano. Fue contundente el 3-0, que revitalizó a La Pandilla tras una racha de cuatro partidos sin ganar, pero lo más importante fue la serenidad que provocó el resultado, entre aficionados e institución, luego de una crisis generalizada en el futbol mexicano por la batalla campal del domingo 23, en el clásico regio.

Luego de aquella batalla, en calles del norte de Monterrey que dejó como saldo un fan felino herido de gravedad, se sentía una urgencia en la localidad por llevar la acción otra vez a la cancha y, entre los Rayados, de demostrar que La Adicción no es una runfla de violentos.

“Pídeme la Luna”

La asistencia al Gigante de Acero, en el municipio de Guadalupe, ha menguado en los últimos meses. Le pegó a Rayados la final perdida contra Tigres, en diciembre pasado. Entre los aficionados reprochan a la directiva por los incrementos al costo del abono. La feligresía está afectada e impaciente, porque el equipo no termina por carburar, pese a los cambios en la directiva y el cuerpo técnico, y desde hace años no les regala un campeonato de Liga.

En esta velada sabatina las ausencias son mayores, aún, por el diluvio que cayó en la zona metropolitana de Nuevo León. En esta noche, el clima veleidoso de la ciudad hace que, por momentos, el cielo se abra y deje de hostigarlos con su chipi chipi, aunque al siguiente minuto, de nuevo Tláloc derrama generosamente sus odres sobre los noctámbulos.

A un estadio con capacidad para 53 mil aficionados, acuden esta noche apenas poco más de 30 mil. La fanaticada está en reconstrucción.

Dentro y fuera del estadio se observa que la vigilancia no ha variado. Hay elementos de seguridad privada, pero los que imponen orden e inhiben con su sola presencia son los elementos de la policía estatal Fuerza Civil, impecablemente vestidos de negro, desarmados y con el kepí encasquetado hasta las cejas. Se espera que el evento transcurra en paz.

La mayoría de los seguidores del Monterrey cuentan con abono, así que deben acudir al juego, aunque no quieran, para desquitar el boleto pagado por adelantado. Miles fluyen por los pasos peatonales de la avenida Pablo Livas y otros acceden por la zona de la Exposición, sobre el puente bailarín.

Todo el perímetro es un enorme charco. Los accesos al inmueble al pie del Cerro de la Silla están anegados, pero el jolgorio futbolero puede transformar cualquier pronóstico lluvioso en ocasión para la fiesta. Los guardias del primer círculo de seguridad hacen cateos sin rigor. Parece que hay un entendimiento tácito, entre los miles de asistentes, de abstenerse de incurrir en tonterías.

Luego de cruzar el torniquete de la entrada, hay más policías y empleados con chalecos que guían por el enorme vestíbulo lleno de puertas, indicaciones y escaleras para ubicar el respectivo asiento.

Por la Puerta 3 se ingresa hacia el área para llegar a la zona de La Adicción, donde se encuentra la barra más colorida del futbol mexicano y, recientemente, considerada una de las más temibles.

En ese espacio, en la parte baja, en la esquina sur poniente, hay rejas que los copan a los lados. Adentro caben unas dos mil personas, pero en esta noche lluviosa hay menos, como en todo el estadio. Para ingresar hay que pasar una puerta única, donde se revisan rigurosamente las identificaciones.

Es inevitable un último cateo para acceder al espacio de los ultras regios. Aquí no hay butacas. La directiva de Rayados accedió, a petición de la barra, a dejar el concreto pelón para que pudieran hinchar a gusto.

Lo que sí hay aquí es una serie de rompeavalanchas, como le llaman a unas estructuras metálicas, en forma de pequeños arcos de poco más de un metro de alto, entre las gradas, para evitar los apelotonamientos y aludes de gente, como ocurría en el ya destruido Estadio Tecnológico, su antigua casa, cuando se marcaba el ansiado gol y la banda jubilosa se aplastaba peligrosamente para celebrar.

Una batucada de percusiones y metales obliga a acelerar sístole y diástole. Los músicos tocan con una coordinación tan exacta. Hay un enorme bombo que marca el ritmo y que es aporreado por un barrista que trae una gorra de colores jamaicanos, a la Bob Marley. Un muchachito hace redobles furiosos sobre su caja, y las trompetas y trombones se sincronizan a la perfección.

La mayoría de los barristas son jóvenes que rondan los 20 años, más o menos. Abundan los descamisados y muchos de ellos tienen tatuajes alusivos al Monterrey. Uno tiene en la parte alta de la espalda un círculo perfecto en forma de balón de gajos pentagonales, con dos alas extendidas a los lados y, abajo, en un listón, las siglas CFM.

Una decena de banderas es agitada con astas de plástico. Los palos para sostenerlas están prohibidos. Volando, a nivel de cancha, dificultan la visibilidad, pero nadie se queja.

Desde antes de que inicie el juego, los fanáticos están dale y dale con sus cantos. En ellos aseguran que entregarían su vida por obtener un campeonato, que harían lo imposible por acudir al estadio, que odian a Tigres, que anhelan una anotación, que nunca dejarán de respaldar al equipo.

En la ceremonia protocolaria de la presentación de los equipos, Juninho, zaguero de Tigres, enfundado en la camisa amarilla, y con jeans, se planta en la cancha del BBVA para enviar un mensaje de paz. En tiempos de reconciliación, el aplauso es generalizado.

El silbatazo inicial, a las 21:00 horas, no hace que el ambiente entre los adictos cambie. Si acaso, hay una ligera explosión de júbilo porque ya empezó la celebración que han estado esperando toda la semana. Abajo, donde inicia la cancha, los policías adustos le dan la espalda al juego y observan con atención los movimientos de la fanaticada.

La porra celebró con júbilo los goles de Rayados. Foto: Luciano Campos Garza

La porra celebró con júbilo los goles de Rayados. Foto: Luciano Campos Garza

Los adictos cantan con devoción completa. Saltan mientras recitan sus mantras. Aquí son importantes, son barristas, indispensables para que funcione el rayadismo. La atmósfera musical es de reggae y ska. Algunos, en trance, gritan llevando el ritmo con todo el torso, y los brazos untados a los costados. Los más tímidos y los indiferentes son arengados por los demás para que también hinchen. El apremio funciona porque, pronto, el coro se generaliza.

Jamás imaginaría Leo Dan que su canción “Pídeme la Luna” estaría en boca de una barra mexicana, que la adapta a sus anhelos: “Yo paro en la banda/ más loca de todas/ la banda que sigue a Rayados adonde va./ La banda está loca,/ como ésta no hay otra,/ y a todos los Tigres los vamo’ a matar./ Pídeme la Luna y te la bajaré,/ pídeme que venga, yo te alentaré,/ mas nunca me pidas que no venga más / porque ser Rayado es una enfermedad”.

Existe una obsesión recíproca entre Tigres y Rayados. En casa de La Pandilla, se canta el deseo aniquilar a los felinos. Escuchándolos, animando entre ellos, se entiende que el estribillo, repetido una y otra vez, no tiene entonaciones homicidas, ni un mensaje de destrucción para “los de enfrente”. Lo que se expresa es, únicamente, rivalidad, aunque también un interés irreductible por que pierdan, sean goleados, los eliminen. Y son bien correspondidos, porque del lado de la barra felina Libres y Lokos sienten lo mismo y sus coplas son de idéntico encono futbolero.

Las chicas también tienen lugar en La Adicción. Aunque son menos, llevan las camisas bien pegadas y saltan igual que los chicos que las acompañan.

Al interior de la barra mencionan reiteradamente que no hay líderes, sólo referentes. Durante el juego, nadie lleva la batuta para moderar las canciones, o para organizar porras. La Adicción tiene 20 años de formada, por lo que ya todos se entienden a señas. El ritmo lo marca la batucada. Por entre el gentío se ve a Sabalero, uno de los “referentes”. Los chavos lo reconocen y lo saludan con reverencia, porque es uno de los fundadores del movimiento. Sin embargo, a diferencia de lo que se dice, que “parte el queso” en la barra, esta noche se la pasa tomando cerveza y gritando hasta quedar afónico.

Cantando bajo la lluvia

Al minuto 10, Rogelio Funes Mori le abre la puerta al invitado de lujo. El estallido es jubiloso. Los adictos saltan y se abrazan. “El Mellizo” ya les debía un gol a la Adicción, porque, recuperándose de su lesión, no había marcado en semanas.

Los cantos arrecian y también la lluvia. El juego se hace farragoso. El BBVA tiene un buen drenaje y la cancha se ve en buen estado, al menos durante el primer tiempo. La soberbia arquitectura hace que el agua caiga únicamente sobre el rectángulo verde. Los aficionados están secos y a gusto.

Termina el primer tiempo y el estadio se convierte en un enorme elefante que echa una siesta breve. Los barristas van al baño o a recargar cerveza. En el centro de la cancha hay unos muchachos, magos del balón, que practican futbol free style. No les hacen mucho caso.

Inicia el segundo tiempo y con él, se reanuda el aguacero. Inesperadamente, una columna de elementos de Fuerza Civil, de la unidad antimotines, sube a la tribuna en el espacio de la barra. Con sus escudos transparentes al frente, su actitud es reactiva. Algo buscan. Se comenta, rápidamente, que uno de los muchachos se atrevió a bañar a uno de ellos con una cerveza.

Al 54’, Dorlan Pabón es derribado en el área y el silbante Jonathan Hernández marca el penal. Un minuto después Nico Sánchez se encarga de convertirlo para el segundo tanto de los locales. El partido parece resuelto. La explanada verde comienza a encharcarse y el juego se hace cada más difícil.

Luego del segundo gol, un ligero aroma de cannabis flota sobre la tribuna, pero todo sigue igual. El comportamiento de la generalidad se mantiene inalterado. La agresividad está únicamente en los cantos.

El partido se convierte en una cáscara. Hay comicidad involuntaria entre los futbolistas de Monterrey y Tijuana, que buscan conducir la pelota que se enterca en quedarse atrás de ellos y no seguirlos. Los jugadores abanican el balón huidizo y lo rebanan, incapaces de domeñarlo en la piscina.

Aún así, los Rayados se dan tiempo para elaborar una descolgada entre Pabón y Jesús Gallardo, que empuja el balón a las redes, luego de la salida inútil del arquero xolo, Gibrán Lajoud. El 3-0 lapidario determina que los últimos minutos sean un trámite tortuoso, pues cumplir con el tiempo reglamentario es enfadoso. La cancha ya no soportó más, el césped está saturado y el drenaje colapsado.

Inesperadamente, policías pasan por el pasillo llevando sometido a un muchacho descamisado y asustado, quien inútilmente se resiste. Implacables, los uniformados lo sacan a rastras del graderío. Hay algunos tibios silbidos reprobatorios, pero nadie interviene. Quién sabe qué habrá hecho el detenido que, por la fuerza moderada con la que es retirado, seguramente será liberado en la calle.

Al 86, el árbitro hace reunión con los capitanes y los entrenadores y determina que el partido concluye, faltando cuatro minutos. Seguir es imposible y hacerlo expone a los 22 a lesiones. Nadie protesta. Hay alivio en la tribuna, porque termina un partido francamente malo, que vale solo por los tres puntos y por la oportunidad de la afición de reunirse en este coso, cómodo y funcional, considerado el mejor del subcontinente latinoamericano.

La Adicción, feliz, termina la liturgia. Remonta la tribuna y en el espacioso corredor que circunda el estadio por dentro, arma otra batucada para cantar la victoria y enaltecer a sus héroes. Personal de seguridad los va conduciendo al exterior, donde sigue la escandalera, con chavos cantando y bailando slam bajo la lluvia.

Es venturoso el desenlace del partido correspondiente a la jornada 11 del torneo Apertura 2018. No hubo daños, nadie salió lastimado y ganó Rayados.

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