El exorcismo del sistema

Gustavo Díaz Ordaz. Foto: Enrique Ibarra Gustavo Díaz Ordaz. Foto: Enrique Ibarra

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En la multiplicidad de experiencias sociopolíticas que acaecieron en el mundo durante la década de los sesenta del siglo XX destaca el movimiento estudiantil mexicano de 1968, que tuvo reverberaciones evidentes en la memoria colectiva nacional y, más aún, sobresalió por su carácter dominante en cuanto a la transmisión de las reivindicaciones de la época, aunque con ello opacó otras dimensiones sociales concurrentes de importancia cardinal.

La complejidad de su análisis se acrecienta por su espectro social homeostático, amplio en protagonistas: mandarines, fuerzas represoras, intelectuales, dirigentes de izquierda y estudiantes, por mencionar sólo algunos. Su notable carga ideológica es otro factor que complica el esfuerzo por esclarecer interrogantes orientadas a desentrañar su verdadero valor agregado histórico.

Para mencionar lo obvio, las experiencias asociadas a esta revuelta variaron en intensidad según las categorías sociales de las personas implicadas, ya fuera por sus orígenes, por sus convicciones políticas o religiosas, por sus orientaciones sexuales e incluso por sus edades, con un claro efecto transversal.

Por lo tanto, esta multiplicidad de experiencias no puede reducirse a un movimiento sociopolítico y cultural en sentido estricto, toda vez que la revuelta del 68 milita de manera concomitante con muchas otras vertientes de la década que, por su profundidad, coadyuvaron a provocar una de las crisis sociales de mayor envergadura que hayan estremecido a nuestra sociedad en el tiempo reciente.

Las crisis culturales suelen expresarse desde movimientos multisectoriales y encrucijadas que se desplazan a través de fronteras sociales. Esto es especialmente cierto en lo que respecta al cisma de los sesenta. Una mejor perspectiva permitiría referirse más a esa década que al propio movimiento del 68. Por ello atribuir el origen de la transformación social mexicana en forma exclusiva al movimiento estudiantil significaría incurrir en un análisis reduccionista, lo que conduciría a resultados inexactos. Sin soslayar la importancia del movimiento, existen otras dimensiones, unas más explícitas que otras, que también singularizan la época.

El análisis cultural resulta particularmente útil y no se reduce a la mera exploración de conductas sino a los rituales, a las prácticas simbólicas, a las expresiones colectivas y, sobre todo, a los procesos de aculturación del movimiento, en los que resaltan los fenómenos de recepción y de absorción sociales. En ellos se advierte claramente una alteración de percepciones y sensibilidades, tanto individuales como colectivas.

Esta alteración resulta primordial, pues la evolución de los fundamentos que determinaban el comportamiento colectivo, los cuales balizaban las prácticas colectivas de nuestra sociedad, empezó a desfasarse ante las perturbaciones sociales y la emergencia de un nuevo género de vida. Las prácticas individuales y colectivas comenzaron a registrar una metamorfosis significativa, con lo que el corpus social adquirió una nueva morfología.

El propósito de este ensayo no es apologizar las exequias de los eventos del 68 ni componer una vulgata sobre el movimiento estudiantil, toda vez que se trata de acontecimientos que no admiten una lectura unívoca y, menos aún, dogmática, sino que, por lo contrario, exigen lecturas proteiformes. El dogmatismo iría a contracorriente de una revuelta que impulsaba el pensamiento crítico.

La plétora de lecturas actuales conlleva exégesis tan divergentes como plurales, muchas de ellas empero insuficientes para explicar la movilización social de miles de citadinos. Existe plena coincidencia en los hechos; las fuertes discrepancias y el análisis relevante radican en las causas. El énfasis no reside en estos eventos específicos, sino en la forma en la que han sido interpretados.

Las metamorfosis

Las transformaciones de entonces detonaron procesos sociales cuyas consecuencias son perceptibles en la actualidad. La consecuente efervescencia subvirtió los códigos culturales e introdujo una nueva narrativa de normas que regirían en adelante el comportamiento colectivo. En la época imperaban los estereotipos sociales, y en ellos difícilmente el individuo podía identificarse, a no ser que claudicara en la conquista de su libertad.

Asimismo, las estructuras sociales adolecían de una desadaptación generacional palpable que se convirtió justamente en el fermento de la rebeldía. Los movimientos culturales que se iniciaron en los años cincuenta, percibidos entonces con displicencia como insignificantes, cobraron un fulgor insólito en la década siguiente. Éstos se significaron por sus innovaciones, que se desarrollaron con una sincronía y celeridad universales inéditas (Arthur Marvick).

En una aproximación inicial puede constatarse que la rebelión estudiantil del 68 desarrolló en México el mito de la juventud como actor privilegiado del cambio social; mito que proviene de finales del siglo XIX europeo. (Michel Gauchet).

Otro de los argumentos igualmente esgrimidos es el relativo a la sustanciación del análisis en torno a la idea de generación del 68. La falta de homogeneidad dentro del amplio espectro que componía a la juventud mexicana impide empero formular generalizaciones y cimentar con ello un enunciado generacional único; al contrario: su carácter heterogéneo multiplica las premisas. Dentro de esta diversidad fue la vivencia y no la edad la que resultó relevante. El único común denominador lo conformaron las experiencias compartidas.

Este movimiento fue esencialmente urbano, factor que contribuyó a transfigurar la manifestación callejera en expresión política y conferir al ágora un carácter simbólico al convertirla en un enclave donde se daría en lo sucesivo la confrontación entre diferentes culturas políticas y las luchas correlativas. De esta manera la ciudad devino espacio público de coexistencia social para debatir expresiones conflictuales o cohesionar las convergentes, así fuera de manera superficial y efímera.

En las expresiones convergentes el movimiento logró federar energías liberadoras y se transfiguró por ello en un catalizador de varias crisis culturales concomitantes con significados, naturaleza y orígenes diferentes. Como portador de estos significados, fue el vehículo idóneo para la reverberación de la memoria colectiva. Su originalidad sin embargo no le era propia; antes bien, para mencionar lo obvio, su carácter fue híbrido.

Aun cuando el movimiento careció del poder de asolamiento que tuvieron otros eventos históricos nacionales, pudo adquirir consistencia por efecto de su condensación y amplificación; fue precisamente la condensación de episodios sucesivos lo que causó estupefacción en los mandarines políticos, quienes, en la confusión, le atribuyeron a la revuelta una contingencia desproporcionada: la subversión del status quo. La intensidad del movimiento provocó su amplificación, mientras que el efecto mediático contribuyó a darle un mayor vigor dramático.

El Zeitgeist cultural empezó a desplazar su centro de gravedad, lo que se hizo patente en especial por lo que respecta al principio de autoridad y a los vínculos jerárquicos y patriarcales vigentes en todo ámbito de poder, inclusive en el familiar. Estos vínculos jerárquicos, que fundaban su legitimidad en la sumisión y en las tradiciones, estuvieron sujetos a una recomposición –a una fractura, podría decirse– en un claro proceso de autoafirmación.

Era predecible que, ante la acometida antiautoritaria, las tradiciones se vieran confrontadas por temas tan sensibles como los relativos al pudor, el cuerpo o el placer, que son expresiones de fundamentos sociales como el nacimiento y la sexualidad. La concepción natal se vio alterada como consecuencia del desarrollo y amplia difusión de los métodos anticonceptivos, que desasociaron la reproducción del comportamiento sexual, y la sexualidad de la nupcialidad. De este modo, lo que podía conturbar en un momento dado a las buenas conciencias pasaría súbitamente como benigno, incluso como anodino.

Por lo demás, las interacciones individuales transitaban con fluidez de lo privado –o más exactamente de lo íntimo– a lo colectivo, lo que creó una profunda combadura social. El énfasis es necesario: la revuelta del 68 no particulariza el inicio de un nuevo ciclo en las costumbres, pero sí impele evoluciones culturales y sociales.

Por lo anterior, la rebelión del 68 no se significó por ser un movimiento fundacional sino, más bien, sintomático; lejos de ser revolucionario o incluso modernizador, se manifestó de manera reactiva. Además, su orfandad de epopeyas lo constriñó a procurarse afanosamente una filiación con las luchas sociales. Su ideario estuvo en gran medida animado por filósofos como Herbert Marcuse (1898-1979), que permearon los análisis de los comportamientos sociales e individuales de la época.

En lo que atañe al feminismo, fue en la década de los sesenta cuando, en su lucha secular por la emancipación, se vio propulsado por la liberación de la sexualidad respecto del desposorio; se inició el debate, aún inacabado, sobre el aborto, lo que impulsó el desarrollo de las primeras legislaciones en la materia. La jurisdicción acerca del tema en los países de tradición anglosajona empezó a tomar un nuevo rumbo.

Por su parte, la narrativa en torno a la equidad de género tuvo sus primeras expresiones legales, mientras que la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo se constituyó en un fermento cuyas repercusiones aún se observan con intensidad en nuestra época (Bénédicte Delorme-Montini).

La liberación de la palabra

En su análisis en torno al Mayo francés del 68 el historiador jesuita Michel de Certeau (1925-1986) sostuvo que una de las características de ese movimiento fue la requisa de la palabra y su consecuente liberalización. El resultado, dijo, fue una ruptura creativa; diagnóstico que resulta válido para otras latitudes, si bien con especificidades propias como en el caso del movimiento mexicano.

En efecto, se gestó una efervescencia verbal que provenía de varios flancos, especialmente del gubernamental y del estudiantil. El primero alternó con una franca afasia de muchos agentes del sistema. El poder recurrió al único lenguaje que articulaba con destreza: el de la violencia política. La acción del Estado terminó por brutalizar el comportamiento político y privilegió la irracionalidad policiaca junto con la intervención castrense desaforada.

De la efervescencia verbal estudiantil la única reminiscencia que perdura es la liberación de la palabra. El lenguaje prosopopéyico y engolado de los mandarines de la época, aislado del lenguaje social, evidenciaba el carácter arbitrario de los convencionalismos y la condición ficticia de las justificaciones sociales. La emancipación de la palabra en México trajo consigo la introducción de prácticas profanas y espontáneas del habla y de la lengua. Así, las expresiones conservadoras, rígidas y farragosas, fueron sustituidas por otras irreverentes, corrosivas e insolentes, libres; fenómeno que escandalizó a la élite.

Propio de una expresión urbana, el grafiti se convirtió rápidamente en parte del paisaje citadino. Quizá su antecedente sean las brigadas de pinta a cargo de Manuel Mirón y Francisco Carreño Guzmán, auspiciadas por Francisco J. Casillas, cuyo crédito se encuentra asentado en la resolución del 19 de agosto de 1968 del Comité de Huelga del Instituto Politécnico Nacional.

El grafitero remodeló el espacio público y sus inscripciones revelaron el ambiente que prevalecía en la ciudad. El nuevo lenguaje apostillado en las pancartas, en las mantas y en los muros permitió una comunicación directa y horizontal con la sociedad. Jean Paul Sartre lo resumiría así: hay que escribir para la época.

La aspiración de esta escritura –colectiva y anónima a la vez– era darles voz a quienes carecían de ella, así como representación a los dominados en la escena política. El anonimato del grafiti impidió empero un análisis sociológico de sus autores, de las condiciones sociales de su producción y, más aún, de su recepción. Pese a la naturaleza críptica y aun enigmática de esta escritura intransitiva, pudo observarse una clara escisión entre la fuerza de la palabra escolástica y la popular.

En esa década era pues advertible un lenguaje común: todo un código compartido con signos reconocibles pero que careció de un proyecto conceptual de transformación de la sociedad mexicana. En efecto, por más seductora que pudiera haber sido esta retórica –atributo debido en gran parte a su radicalidad–, resultó inconexa con la realidad mexicana, y fue precisamente ese radicalismo utópico lo que la llevó a ufanarse de que todo era asequible.

En este lenguaje se privilegiaron las proclamas sobre las propuestas. Éstas últimas terminaron por constreñirse a la futilidad de sentimientos de exaltación. Por sobre el texto escrito prevalecieron las imágenes de alto contenido dadaísta, y en las protestas sociales proliferaron signos y sonidos que se constituyeron en distintivos del movimiento del 68. De esta revuelta permanecen sus sueños, sus utopías estrafalarias, pero también sus colores y su atmósfera.

La década de los sesenta

El año 1968 se caracterizó en diversos países por revueltas y movimientos cuyo sincronismo y duración causaron desasosiego en sus contemporáneos. La rebelión estudiantil mexicana se imbricó en esos otros contextos internacionales, caracterizados por su simultaneidad, por su circulación y transferencia de protestas, que resultaban variopintas y respondían a circunstancias muy propias.

Una de las referencias importantes de la época es la Guerra de Vietnam, que se vio adosada por protestas de toda índole, muchas de ellas realizadas en los campus universitarios. En el caso de los Estados Unidos, las mutaciones sociales en esos recintos, tanto en lo que respecta a la militancia multiforme de éstos como a sus variadas fórmulas de movilización y su trasposición a otros enclaves nacionales, no hizo más que evidenciar una enorme porosidad en las sensibilidades socioculturales en el ámbito universal; fenómeno que en alguna forma explica el sincronismo de los eventos registrados en el 68 (Jean-Francois Sirinelli).

La de Vietnam fue la primera conflagración bélica que acaeció en los nuevos tiempos mediáticos. Los mass media vehicularon imágenes de otras latitudes y alimentaron a la sociedad de masas con nota distintiva ampliamente conocida: una desagregación de los contextos tradicionales, como lo era la cultura popular, expuesta a esos medios, fortalecidos a su vez por las nuevas tecnologías. Tal disociación creó un nuevo vínculo individual, sin mediación alguna de éstos con la sociedad de masas (Jean-Pierre Le Goff).

Era pues esperable en ese contexto que la resonancia mediática le confiriera mayor dramatismo al conflicto bélico. Ello provocó no solamente una asimilación política, sino la gestación de todo un vector de capilaridad social. Artistas, intelectuales y estudiantes se vieron súbitamente inmersos en las atrocidades de la guerra y fueron convocados a la protesta universal.

Por primera vez se constató una interacción entre la cultura de masas y los conflictos bélicos de la época. La generación de entonces fue la primera en quedar expuesta a un sinnúmero de imágenes y de sonidos atroces que terminaron por impregnarla. Su instrucción política se realizó en estas condiciones y las formas contestatarias migraron con facilidad de entornos que favorecieron la construcción de otros modelos igualmente contestatarios, bajo contextos ideológicos muy diversos.

El conflicto de Vietnam no fue un evento aislado. Estuvo antecedido por efemérides sociales importantes a inicios de la década de los sesenta. En Japón se escenificaron las manifestaciones y protestas más importantes después de la Segunda Guerra Mundial; el motivo: la renovación del tratado de cooperación mutua y seguridad con los Estados Unidos, conocido como Anpo. Una de las consecuencias de este movimiento fue el fortalecimiento del Zengakuren (Zen Nihon Gakusei Jichikai SÕrengÕ), de tendencia izquierdista, que tendría posteriormente un papel preponderante durante las protestas contra la intervención armada en Vietnam.

En los Estados Unidos la oposición a la guerra, que cobró vigor en 1964, y el movimiento en favor de los derechos humanos de 1967, produjeron una gran efervescencia en el norte del país. En pleno paroxismo fueron asesinados Martin Luther King, el presidente John F. Kennedy y su hermano Robert. La ciudad Chicago registró disturbios sin precedentes durante la convención del Partido Demócrata e hizo su aparición la guerrilla urbana Black Panters.

Otros eventos se sucedieron en forma vertiginosa en el plano internacional: En Europa, por citar sólo algunos de ellos, la Primavera de Praga, cuya euforia por el cambio social y el ensueño de restaurar la primera república de Tomás Masaryk, culminó en agosto de 1968 con el ingreso a Checoslovaquia de los tanques del Pacto de Varsovia. Al movimiento francés de mayo habría que añadir el ultraizquierdista de los provos en los Países Bajos, y en Alemania de la Federación Socialista Alemana de Estudiantes (Sozialistischer Deutscher Studentenbund) bajo el liderazgo de Rudi Dutschke (Bibia Pavard).

La represión

En la época era una práctica sistemática la obtención de declaraciones primero mediante tortura en las siniestras mazmorras de la Dirección Federal de Seguridad, y posteriormente ante la autoridad ministerial. Los testimonios y los partes de los agentes gubernamentales, así como los reportes de los delatores infiltrados en las diversas organizaciones políticas y estudiantiles, son empero de gran utilidad para el análisis de la historia del tiempo presente.

En el movimiento convergieron personajes y agrupaciones de ideologías muy diversas; basta recordar el mitin celebrado en la explanada de la Rectoría el 20 de agosto de 1968, como consta en el parte rendido en esa fecha por la Policía Judicial Federal.

Los reportes de los agentes infiltrados tenían una intencionalidad perversa: legitimar la represión. Ellos se empeñaron en sostener que el movimiento estudiantil pretendía sabotear los Juegos Olímpicos que se realizarían en el país en pleno año del conflicto; aprovechar la fogosidad de los jóvenes para subvertir el orden público; convocar a una huelga general y, en el colmo del despropósito, derrocar al gobierno de Gustavo Díaz Ordaz para instaurar en México un régimen comunista. Estas aseveraciones fueron negadas sistemáticamente por el Consejo Nacional de Huelga.

Los testimonios rendidos por los inculpados, quienes en su mayor parte fueron asesorados por el abogado José Rojo Coronado, oscilaban en dos extremos: por un lado la franca negación, incluso la aparente desmemoria, como en lo concerniente a la ubicación de los inmuebles de las calles de Mérida 186 y Córdoba 95, en la Ciudad de México, donde se encontraban respectivamente las sedes del Partido Comunista Mexicano, así como de las Juventudes Comunistas y de la Central de Estudiantes Democráticos, respectivamente; por el otro, la reivindicación de la garantía de libre asociación prevista en la Constitución política del país.

Existen empero varios comunes denominadores: la negación de cualquier paternidad en cuanto a la elaboración de folletos y propaganda, así como de cualquier pretensión de adoctrinamiento, si bien la redacción de materiales como el relativo al primer Congreso de la Unión Nacional de Estudiantes Revolucionarios, celebrado a principios de julio, se atribuyó a distinguidos académicos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y al escritor José Revueltas, quien encabezaba el grupo El Obrero Militante (parte del 20 de agosto de la Policía Federal Judicial).

Entre las referencias de este documento destacan por una parte las figuras de Revueltas y Heberto Castillo, y por otra la de eminentes universitarios cuya templanza y entereza se probaron en esos momentos aciagos.

El testimonio de Revueltas pertenece a las páginas memorables de nuestra historia reciente: ante la autoridad ministerial, y en su declaración vertida en un consignamiento clandestino, como él lo llamó, destacó su militancia comunista desde la edad de 14 años, su reclusión en las Islas Marías y una disertación acerca de las razones por las que era contrario al régimen. Explayó asimismo sus convicciones en favor de la transformación radical de la sociedad, admitió que participaba de manera plena en el movimiento y asumió la responsabilidad moral por los disturbios estudiantiles, entre otros muchos argumentos; una declaración que incluso amplió y ratificó ante la jurisdicción.

Para el resto de los inculpados tampoco valió argumento alguno; el sistema tenía necesidad de exorcizarse y la sentencia fue pródiga al respecto. La represión fue selectiva, pero el fundamento seguía siendo el mismo. Se recurrió para ello a los delitos de la época: incitación a la rebelión, asociación delictuosa, sedición, daño en propiedad ajena, ataques a las vías generales de comunicación, robo de uso, despojo, acopio de armas, homicidio y lesiones, falsificación y uso de documentos falsos, entre otros.

Epílogo

Las interrogantes que subsisten a 50 años de la revuelta del 68 son múltiples. En una vertiente, resulta difícil explicar de qué manera las tensiones sociales y conflictos bélicos como el de Vietnam pudieron por sí solos desatar protestas casi simultáneas a escala mundial y sin que mediara en ello crisis económica o ideología común identificables en condiciones sociales tan diferentes de un país a otro.

El perímetro histórico de la presente revisión se hace expansivo por la simultaneidad de los movimientos estudiantiles en el contexto universal. Lo que es un hecho es que este sincronismo en los eventos entretejió memorias colectivas concurrentes (Paul Berman).

Este ensayo aspira a darle un significado y una especificidad al movimiento del 68. Para ello la aproximación cultural resulta especialmente valiosa, más aún cuando se entrecruzan temporalidades diferentes: una secuencia histórica de largo aliento con otra de corto plazo.

Se puede formular una conclusión inicial: el movimiento del 68 encontró su identidad en eventos sucesivos que se agotaron en una deflagración y fueron producto de un espasmo social de frustración y angustia, pero también de esperanza, de romanticismo, de energía y de exuberancia. El movimiento se insertó sin duda en el epicentro de un cisma social, político y cultural.

La revuelta del 68 logró consolidar la protesta aun cuando ésta era poliforme, y legitimó con ello la rebeldía. En los días que corren se anticipan por doquier celebraciones cuyo propósito último es sublimar el movimiento en su cincuentenario, aunque en estas iniciativas prevalece un aire de nostalgia, una melancolía difusa por un pretérito idealizado. Y es esta melancolía la que remite a las imágenes del 68 esterilizadas por la brutalidad policiaca y la intervención castrense.

El movimiento del 68 se convirtió en la referencia de la crisis social mexicana, con algunas consecuencias identificables: su intensidad, que causó una verdadera explosión; su lenguaje, que irrumpió bruscamente en el espacio público, y un efecto catalizador cuya verdadera dimensión se percibe si se entreveran diferentes temporalidades.

La función de la historia es ahora la reconstrucción de los trágicos eventos; la de la memoria colectiva, en su travesía por periodos históricos y diferentes disciplinas, es actualizarlos en el tiempo presente.

Ambivalente y trágica, la historia transcurre en caminos pedregosos, plagados de conflictos y contradicciones, lo que conduce a una reflexión final: Ninguna persona puede decretar certidumbres que permitan predecir cuál es la única vía y, menos aún, cuál de ellas es la acertada.

*Doctor en derecho por la Universidad Panthéon-Assas.

Comentarios

Load More