Javier Barros Sierra, el gran rector frente a la tragedia

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El 13 de agosto de 1968 se realizó una marcha irrepetible en la historia reciente del país. El rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Javier Barros Sierra, encabezó la primera y gran manifestación hacia el Zócalo capitalino en defensa de la autonomía de la universidad, vulnerada con el bazukazo militar a la legendaria puerta de San Ildefonso, y en apoyo a las demandas de los jóvenes estudiantes del Politécnico y de la UNAM, recién organizados en el Consejo Nacional de Huelga (CNH) surgido el 2 de agosto.

“¡Viva la discrepancia porque es el espíritu de la universidad!”, había exclamado Barros Sierra para demostrarle a su viejo adversario político, el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, que el país de las unanimidades termina en la nación de los sepulcros. No podía proseguir el “milagro mexicano” sin libertades ni tolerancia.

Desde aquella marcha del 13 de agosto de 1968, Barros Sierra se transformó de máxima autoridad académica de la UNAM en una “autoridad moral” para el movimiento del 68, para los padres de familia, para la sociedad mexicana, en general, huérfana de figuras institucionales que permitieran la discrepancia.

Carlos Monsiváis, en sus múltiples ensayos sobre el 68, nunca dudó en definir como el personaje central de esta coyuntura histórica a Barros Sierra, quien viniendo del sistema autoritario se puso a la cabeza de la demanda de los jóvenes.

Nieto de Justo Sierra, fundador de la Universidad Nacional, ingeniero civil de profesión, exdirector de la Facultad de Ingeniería, socio de Grupo ICA, Barros Sierra también fue un humanista que asumió la rectoría de la UNAM muy joven, a los 51 años, en 1966.

Fue secretario de Obras Públicas en el gabinete de Adolfo López Mateos. Desde ahí, Barros Sierra conoció muy bien el talante autoritario del entonces secretario de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz, y de su subsecretario Luis Echeverría Álvarez. Díaz Ordaz, “el abogado de barandilla”, como solía describirlo Barros Sierra, aplicó la misma mano represiva contra el movimiento magisterial de los años sesenta, contra el movimiento ferrocarrilero de 1958 y contra el movimiento médico, predecesores del movimiento estudiantil del 68.

Por esos antecedentes, Barros Sierra leyó muy bien las circunstancias del 68. Sabía que debía plantársele a su adversario Díaz Ordaz, pero, al mismo tiempo, frenar el ímpetu del movimiento estudiantil que quería desafiar a quien no dudaba en aplicar la mano dura para “salvar a las instituciones”.

La misma mañana del 2 de octubre, en su casa del barrio de San Ángel, Barros Sierra fue el anfitrión de la primera y última negociación entre representantes del CNH y del gobierno de Díaz Ordaz, para evitar la provocación que ya estaba montada en la Plaza de las Tres Culturas. El gobierno de Díaz Ordaz prefería un baño de sangre como “escarmiento” a los estudiantes, que sentirse exhibido como ineficaz, en vísperas de las Olimpiadas de ese año.

El diálogo fue infructífero. Los “policías buenos” de Díaz Ordaz se presentaron sin ninguna solución ante los representantes del CNH. El abogado Jorge de la Vega y el ingeniero Andrés Caso Lombardo, enviados del gobierno federal, trataban simplemente de simular una negociación. Los representantes del CNH, Gilberto Guevara Niebla, Anselmo Muñoz y Luis González de Alba no cedieron: sólo podían negociar si retiraban al ejército de la UNAM, liberaban a los presos políticos y se sancionaba a los responsables de la represión en los actos previos.

Ya todo estaba listo para que ante un simulacro de “enfrentamiento” el ejército respondiera de manera represiva en la Operación Galeana preparada por el Estado Mayor Presidencial para la tarde de ese 2 de octubre, en el mitin convocado en Tlatelolco, para dirigirse al Casco de Santo Tomás.

Horas antes del mitin, los integrantes del CNH, reunidos en Zacatenco, sometieron a votación suspender la manifestación. El rector Barros Sierra les insistió: “Ustedes pueden arriesgar su vida, pero no tienen derecho a jugar con la vida de los demás estudiantes”.

Ganaron la votación quienes insistieron en el mitin de la Plaza de las Tres Culturas. El ejército ya rodeaba Tlatelolco y sus alrededores. Barros Sierra, en efecto, esperaba lo peor. Y eso sucedió.

En 1970, desde la cárcel, los líderes del CNH, Luis González de Alba, Eduardo Valle el Búho, Salvador Martínez de la Rocca El Pino y Gilberto Guevara Niebla, le escribieron una carta al rector Barros Sierra, profundamente desmoralizado por la matanza, la persecución y la nominación de Luis Echeverría a la presidencia de la República:

“Ahora los jóvenes sabemos que, para serlo, no basta tener 20 años, sino también muchas de las cualidades que caracterizan al rector del 68”.

Su hija, Cristina Barros, en un espléndido texto publicado este 2 de octubre en el portal www.sinembargo.mx, citó esta carta y uno de los párrafos medulares:

“Es necesario decirlo porque con su labor en la Rectoría termina un periodo que tuvo para todos una importancia que aún no podemos apreciar. No queremos decir con esto que se acabe una lucha que apenas empieza, sino que, en el recuerdo, que es lo que importa en cada hombre, en el recuerdo y en el afecto, se cierra un capítulo y se abren otros.

“Estamos convencidos de que, aunque usted va por su camino y nosotros por el nuestro, no sólo nunca estaremos en campos enemigos, sino que nos seguiremos encontrando en circunstancias similares”.

Los caminos han confluido, cincuenta años después. La grandeza moral de Barros Sierra crece, en la medida que las tentaciones represivas persistan y la pretensión de vulnerar a la UNAM se mantengan en los sótanos de un sistema autoritario que se niega morir.

Una última reflexión de Barros Sierra, citada por su hija, es un auténtico mantra para todos los gobernantes a 50 años de la matanza que no debió suceder en Tlatelolco:

“No sobra repetir que quienes renuncian a entender a la juventud de hoy y sus inquietudes, muy fácilmente caen en la creencia de que los únicos tratamientos que a ella pueden dársele son la represión o la corrupción, sea para neutralizarla o para utilizarla como instrumento. Se les escapa que la única posibilidad eficaz y válida, para no hablar de la puramente moral, es educarla”.

Qué mejor homenaje a Barros Sierra y al Movimiento del 68 que colocar su nombre en el mismo sitio donde alguna vez estuvo el de Gustavo Díaz Ordaz en cada rincón de la Ciudad de México y del Sistema Colectivo Metro.

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