“Los equívocos. Una tesis antropológica”, de Justo Somonte

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Partiendo de la pregunta fundamental del ser humano en torno a qué somos y cuál es el sentido de nuestra vida en la Tierra, Justo Somonte Altamira nos entrega su apasionante ensayo filosófico Los equívocos. Una tesis antropológica (Trama Editorial; Madrid, España. 176 páginas. trama@tramaeditorial.es).

Justo acaba de ser presentado en Madrid por el propio Justo Somonte Altamira, a los 90 años, pues este trasterrado de la República en México nació en Bilbao en 1928.

“Cercana ya la conclusión de mi tiempo, me iré con la pretensión de haber aportado, cuando menos, una distinta manera de ver las cosas y la posibilidad de cambio. Ahí quedan estas ideas que el tiempo se encargará de evaluar”, escribe Somonte en este libro conformado por los siguientes capítulos, ya de por sí sugerentes:

Origen del universo y sus consecuencias. El miedo y la curva. Sobre las diferencias. La revolución industrial. El dinero. ¿Cómo se comporta el hombre? ¿Cuál es su futuro? Individuo y especie, instinto y razón. Ideas sobre pena de muerte, crimen y suicidio. ¿Qué es el hombre? Del idealismo y otras corrientes filosóficas. De las teorías sobre el universo, el hombre y la vida. Las religiones. Conócete a ti mismo.

El autor debió exiliarse junto con su madre y hermanos en Bayona, Francia, en abril de 1937. Tiempo después, en diciembre de 1939, se embarcó en el trasatlántico De Grasse rumbo a Nueva York y México, en donde se reunió con su padre y hermano mayor, que habían llegado en agosto de ese año en el Mexique.

Hizo sus primeros estudios en el liceo de Bayona, y los continuó en México, en la Academia Hispano Mexicana. Inició la carrera de químico biólogo en el Instituto Politécnico Nacional, sin concluirla.

Fue gerente de publicidad en los laboratorios Smith, Kline & French (SFK) y director de mercadotecnia para México y América Latina de los laboratorios Glaxo Ltd. Posteriormente trabajó en el ámbito de la publicidad, primero en Noble y Asociados, más tarde en Foote, Cone & Belding como vicepresidente, y posteriormente fue director general en Suddler & Hennessey, filial de la Young & Rubicam.

También ejerció como director general de Procinemex, una de las ocho empresas del cine mexicano dependientes del Banco Nacional Cinematográfico.

El joven intelectual Rafael Guilhem hizo sobre el volumen un comentario “escueto” que, escribió, “apenas alcanza a acariciar la complejidad y sencillez interpoladas del libro,

Y del cual se recoge este párrafo que vale la pena reproducir:

“En fin, en general el libro es un escrito con una sabiduría que raya en la juventud, una exaltación de las contradicciones como motor de transformaciones y cambios, y además, una travesía transversal por varias disciplinas, que reorganiza los compartimentos a los que estamos habituados. Todo arte, toda gran obra, es siempre un indicio de disenso y una contra-estructura, o cuando menos, una navegación por los cimientos asentados. Me resulta muy enriquecedor las libertades que se toma para ir, cual viaje, entre épocas, temas y geografías (por ejemplo, cuando salta de la Edad Media a explicar el panorama del narcotráfico). Eso sólo tiene consistencia a partir del tono que se instaura en el texto desde el inicio: la idea de un curioso que busca explicarse cosas a partir de entrelazar y caminar por distintos senderos que iluminen aquellas dudas que van surgiendo y generando a su vez más preguntas. Todas las conexiones que genera, en ese sentido, lejos de parecer exageradas, nutren la difícil tarea de las correspondencias y el entendimiento de una cosa a partir de otra.”

A continuación, ofrecemos las primeras páginas de este Los equívocos. Una tesis antropológica (www.tramaeditorial.es), libro cuya portada fue realizada por Vicente Rojo Cama y con fotos de Carlos Somonte.

Comentario previo

Hace unos 25 siglos, a la entrada en el templo de Apolo en Delfos, había una inscripción que recomendaba al visitante: Conócete a ti mismo.

Dos milenios y pico más tarde, Edwin Schödinger, premio Nobel de Física, dice en su libro Ciencia y humanismo:

“Considero la ciencia parte integrante de nuestro esfuerzo para dar respuesta a la pregunta filosófica esencial que resume todas las demás, aquella que se planteaba escuetamente Plotino mediante su breve ¿qué somos? Aún más: considero esto no una de las tareas de la ciencia, sino LA TAREA, la única que cuenta realmente.”

Comentario que apoya la sugerencia del templo de Apolo, según Schödinger, que la TAREA de la ciencia, SABER QUÉ SOMOS, continúa siendo la cuestión por resolver.

Una madrugada de un par de décadas atrás me encontré pensando, sin razón aparente, en nosotros, los seres humanos, tema ajeno a mis desempeños cotidianos. Ni idea tengo del porqué de ese repentino interés, nunca me había preocupado el tema existencial. Tampoco he sido un entusiasta de esta vida, a la que uno es arrojado sin haberlo solicitado. Y lo que parecía un juego del pensamiento se tornó en apasionada curiosidad por averiguar alfo sobre esta obligada aventura.

A lo largo de los últimos años ese insospechado interés se ha convertido en el presente escrito. En esencia, un examen ambivalente de la vida. Por un lado, crítico por el requisito de devorarnos los unos a los otros para subsistir. Al ser así la cosa, las barbaridades cometidas por los seres humanos podrían tomarse solo como una consecuencia de ese cruel planteamiento. Pero, por otro lado, es una alabanza al extraño animal pensante que somos. Casualidad o decisión divina, el brote de inteligencia en el cerebro de un antropoide ha tenido como consecuencia el nacimiento de una extraordinaria especie animal capaz de razonar, para convertirla, con el paso del tiempo, en líder indiscutible del reino animal.

José Antonio Marina nos ilustra, en las 373 páginas de su fascinante libro Teoría de la inteligencia creadora, sobre aspectos de la inteligencia, prodigiosa cualidad que nos adorna. Comparadas con la inteligencia, palidecen todas y cada una de las diferencias que distinguen a los sujetos.

Resulta curioso, sin embargo, que nadie se pregunte a qué se debe que el inteligente ser humano haya construido una sociedad tan errática, injusta, represiva y violenta.

Pregunta que está directamente relacionada con nuestro íntimo desconocimiento y que parece sugerir que la deficiente sociedad vigente ha sido consecuencia de situaciones específicas a las que el hombre respondió como pudo, al no tener experiencia previa y sí necesidad de subsistir.

El hombre tardó milenios en cuestionarse qué somos. Y, para ese entonces, las normas de convivencia de los distintos pueblos ya estaban establecidas.

El presente texto recorre a trompicones momentos puntuales de la humanidad en los que podrían encontrarse respuestas al por qué del ser, a la existencia y al extraño comportamiento del hombre, a saber:

–el porqué de la vida y nuestra presencia en el planeta;

–nuestra aparente vocación criminal;

–la conflictiva relación entre los componentes de la racionalidad: instinto y razón;

–el nacimiento de la religión y el papel de las religiones;

–la muerte y su posible sentido;

–la sospecha de que la deficiente sociedad que nos gobierna es resultado de ignorar lo que somos;

–el Brexit, Donald Trump y los partidos políticos de ultraderecha internacional, repetición del error;

–la Unión Europea, embrión de la segunda era de la humanidad;

–qué futuro le espera a la humanidad.

Pistas que desembocan en la hipótesis de que todo obedece a que seguimos sin saber qué somos, ignorancia posiblemente responsable del desordenado comportamiento humano.

Una madrugada de unos quince años atrás, me sorprendió pensar en la supuesta sinrazón de nuestra existencia y en la muy difundida opinión de que la vida es caótica, absurda y carente de sentido.

En un principio este curioso interés en el tema existencial me hizo gracia, pero lo que por lógica debía haber sido intriga efímera, tomó prolongada obsesión y en perplejidad al aparecer aspectos sobre la cuestión ontológica, opuestos a la unánime negación filosófica del sentido de la vida y razón de ser del hombre.

El resultado es el presente ensayo que, a pesar de su brevedad, me ha costado años y no sé cuántos intentos fallidos por explicar lo que iba encontrando.

Doy por concluido el ensayo, pero sumido en la más profunda de las dudas sobre la validez de los conceptos vertidos.

Veinticinco siglos de negación sistemática al sentido de vida y razón de ser, son motivo más que suficiente para temer que mis ocurrencias y supuestos hallazgos no sean más que una colección de disparates.

No obstante, la posibilidad aunque sea remota de que lo encontrado tenga validez, justifica la osadía.
Me atengo al juicio de los lectores si llego a tener alguno.

“Filosofar es pensar la propia vida y vivir el propio pensamiento”, dice André Comte-Sponville.

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