Cuando el discurso del amor sustituye al del odio

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Durante más de 20 años Teresita Gaviria vivió un infierno: le mataron y desaparecieron a 13 familiares, entre sobrinos, primos y hermanos. A su padre lo empalaron y a su hijo Cristian Camilo –de sólo 15 años– lo desaparecieron.

Hoy, a sus 70 años, la directora de la asociación Caminos de Esperanza Madres de la Candelaria –con sede en Medellín, Colombia– dice a Proceso: “He perdonado lo imperdonable”.

–¿Cómo se pueden perdonar estas atrocidades? ¿Es posible hacerlo? –se le pregunta a la activista colombiana, nacida en Altamira de Urrao.

–Ha sido un proceso muy largo y difícil –responde tras un breve suspiro. 

Y añade: “Una mañana me levanté llorando y me di cuenta de que a las mamás nos estaba matando el odio. Nos estábamos enfermando. La gente me decía: ‘Teresita, ¿cómo va usted a perdonar? ¡Usted tiene a 13 víctimas!’… Entonces yo les dije: ‘No podemos seguir así. Las mamás se están muriendo de dolor. Hay que sembrar ahora para recoger mañana. ¡Yo no puedo seguir así!’”.

De esta forma, Teresita pasó del “discurso del odio” al “discurso del amor”:

“¡Las mamás nos estábamos enfermando! Nos dimos a la tarea de cambiar el discurso del odio. ¡Al principio incluso deseábamos la muerte de esos señores! ¡Esa es la verdad! ¡Era puro veneno el que traíamos! Nosotras comenzamos a darnos cuenta de que el veneno que les estábamos irradiando a ellos, era el mismo que nos consumía a nosotras. Entonces cambiamos el discurso. 

“Tuvimos la oportunidad de acercarnos a las cárceles de Máxima Seguridad de Colombia para investigar si ellos (los victimarios) nos podían decir la verdad. Los interpelamos. El único interés que teníamos nosotras era la búsqueda de la verdad, no la venganza.”

Cuenta que previo al perdón tuvo que experimentar una reconciliación múltiple: primero, perdonarse a sí misma, puesto que deseaba silenciosamente que la mataran. “Tuve que valorar mi propia vida, ver lo importante que era mi vida para mí y para la familia que me quedaba”, dice con ojos quebrados.

Hoy, Teresita Gaviria es un referente de resiliencia y reconciliación en Medellín, la otrora ciudad más violenta del mundo. Madres de la Candelaria –que cumplirá en marzo próximo dos décadas de existencia– agrupa a 886 madres de Medellín que buscan incansablemente a sus hijos desaparecidos en el contexto del conflicto armado en Colombia.

Reconciliarse con los verdugos

–¿Usted ha tenido contacto con los ­victimarios? 

–Sí, con muchos. Por ejemplo, con Fredy Rendón, que fue el que mató a mi padre con un empalamiento. ¡Es la muerte más horrible que pueda pasar! ¡Es lo más duro!

–¿Habló con él?

–¡Sí, claro! Como él no me daba la cara, me le metí a la celda, una habitación de cuatro metros cuadrados. Y me le senté ahí. Él me dijo: ‘¡Ay, Teresita! ¡Yo no quería tener este encuentro! Yo no tengo palabras para decirle a usted que me perdone’. Y se puso a llorar.

“‘Tú no tienes palabras para decirme que te perdone, pero yo sí tengo la facilidad para decirte que te quiero mucho, que ayer eras un sicario, un ladrón de tierras, eras una porquería. Pero hoy vengo a ofrecerte mi corazón.’

“Y lo abracé y lo besé y se fue cayendo. Entonces le dije: ‘¡Ánimo! ¡Ánimo! ¡Párese, hijo! ¡Párese!’. Me dijo: ‘Es que tengo una tembladera en los pies’. Al escuchar uno a esos tipos, a uno le da mucha alegría. Sabemos que si una persona sale de aquí, puede trabajar con las víctimas de Urabá, donde asesinaron a mi padre. De hecho ya lo están haciendo. Lo está haciendo también Rodrigo Pérez Alzate, alias Julián Bolívar.”

Teresita cuenta lo que ocurrió con este exjefe paramilitar, quien durante su proceso confesó la muerte de 45 personas y la desaparición de otras 20.

La activista reunió a 32 madres cuyas hijas fueron violadas y posteriormente asesinadas por paramilitares. En esa ocasión, también concentró a 112 padres y hermanos de las víctimas.

Relata:

“Yo reuní a todas esas familias en el sur de Bolívar. Llevé a Pérez Alzate allá y le dije: ‘¡Se me arrodilla ante ese público!’. ‘¡Es que me van a linchar!, contestó’. Dije: ‘No, yo no los dejo hacer eso’. Una mamá fue y le dijo: ‘¡Zurrón, asqueroso! ¡Cómo me mataste a mi niña! Si la violaste, ¿para qué la mataste?’.”

Narra que después del duro encuentro, Pérez Alzate les informó dónde habían enterrado a las jóvenes.

–¿Todas las mamás de la organización están en la misma línea? ¿Piensan de manera similar sobre el perdón?

–La mayoría, sí. Somos 886 y yo creo que habrá unas 100 mujeres que no le han entrado todavía, pero tampoco lanzan palabras contra el victimario. Anita de Dios era una de ellas. Lolita también. A Lolita la llevé a la cárcel y allá adoptó a tres victimarios que ahora son sus ahijados. Escuchó a los muchachos contar por qué se habían metido al paramilitarismo, a la guerrilla, como ladrones o como sicarios. Era por necesidad, por falta de oportunidades.

–¿Qué piensa del presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, y del perdón que propone?

–Me parece que la gente tiene muchas esperanzas en él. En el poco tiempo que he estado aquí en México, me di cuenta que tiene intenciones muy buenas con las víctimas. Me gusta mucho el acercamiento de este señor. ¡Me encanta! Yo nunca me he encontrado en este trasegar de la vida con presidentes que tengan ese acercamiento. Siempre son sacándole el cuerpo a uno.

–Y, sin embargo, no todos en México ven de buena manera el discurso del perdón.

–¡Sí! ¡Pero esperemos a que él llegue! Es que no podemos atacar sin llegar allá. A mí me han hablado bien del señor, y yo espero que cumpla su palabra de honor, palabra de un señor serio.

Verdad, justicia y reparación

Vilma Duque, doctora en psicología social por la Universidad Libre de Berlín y especialista en temas de promoción y educación para la paz, junto con Teresita Gaviria, participó la semana pasada en el Tercer Coloquio sobre Violencia, Narcotráfico y Salud Mental, realizado en la Facultad de Psicología de la UNAM y en la Universidad Autónoma Metropolitana Cuajimalpa.

Nacida en Guatemala, Duque trabaja para la cooperación alemana en temas de promoción y educación para la paz, transformación de conflictos, manejo de traumas y superación de pasados violentos. También labora como enviada de la agencia alemana Pan para el Mundo con el Equipo de Estudios Comunitarios y Acción Psicosocial de Guatemala.

–¿Es comprensible el escepticismo de un sector de víctimas en México con respecto a la declaración de Andrés Manuel López Obrador sobre el perdón?

–Si la búsqueda de perdón no va acompañada de medidas de resarcimiento individual y colectivo, creo que la intención queda en el vacío. Yo creo que México, hoy por hoy, no está en condiciones de decir “perdón y ya, somos una nueva sociedad”. Lo que sabemos de México es que está muy dañado por estos fenómenos de violencia incontrolable. Y yo creo que ahí está el juego: hay que buscar la verdad, hay que ver cuál fue la participación del mismo Estado, de las mismas instituciones del Estado en estos fenómenos. ¡Es un proceso largo!

–¿Se adelantó el presidente electo a poner en la mesa el tema del perdón en una nación con 99% de impunidad?

–Yo creo que a lo mejor él viene con buenas intenciones, pero hay que esperar. Personalmente, creo que se anticipó mucho. Primero hay que crear bases sólidas.

–¿Qué se puede sugerir a México desde una experiencia como la de Guatemala, ahora que estamos en pleno debate sobre el perdón?

–Mira, yo creo que es muy importante que esto se haga un tema nacional y sea respaldado por los diferentes sectores. Que se discuta y se debata y se llegue a consensos mínimos. Pero no de hoy para mañana; que se inicien esos procesos y que se vean como procesos de largo plazo. Los procesos de hoy para mañana no funcionan cuando hay tanto dolor y tanta pérdida y tantas heridas abiertas. Yo creo que como sociedad hay que pensar en el largo plazo, hay que pensar en medidas de depuración de las instituciones del Estado que también han estado involucradas en violaciones de derechos humanos.

Este texto se publicó el 14 de octubre de 2018 en la edición 2189 de la revista Proceso.

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