Sones huastecos y calentanos, a la conquista de Europa

“Virtuosos mexicanos del violín”, el apoteósico recital que ofrecieron en el fantástico Museo de Branly de París cinco intérpretes de tres grupos de soneros, es resultado del posicionamiento que estas expresiones han alcanzado en el mapa musical europeo. Julia Chardavoine y Diego Brossolet-Hernández son los promotores de esta historia que logró situarlos, primero, en el famoso catálogo alemán Música del Mundo, y ahora proyectarlos en el libro Mexican Folk Fiddle Tunes, 42 Traditional Pieces For Violin. Son huasteco. Son calentano.

PARÍS (Proceso).- Los Hermanos Tavira, Los Carácuaros y Gorrión Serrano no podían sonar mejor que en el Museo Branly para lucir la  riqueza musical  del son calentano y del son huasteco en la Ciudad Luz.

No cabía un alfiler en el amplio Teatro Claude Lévi-Strauss de este  museo dedicado a las artes y las civilizaciones de África, Asia, Oceanía y las Américas en el que los tres grupos se presentaron el domingo 7.

Fue tal la afluencia, que el espectáculo empezó con media hora de retraso, y Juan Manuel Gómez Robledo, embajador de México en Francia, y Federico Salas, representante de México ante la Unesco, no pudieron subir a la tarima para dar la bienvenida oficial al evento.

Violon virtuose mexicain –Virtuosos mexicanos del violín– prometía el programa de este auténtico festival de sones de la Huasteca y de Tierra Caliente. Y ciertamente virtuosos, cada cual en su estilo, resultaron los cinco instrumentistas: Rafael y Cuauhtémoc Tavira Peralta y Vadim Tavira Carmona, de los Hermanos Tavira; Alex Montano, auténtico prodigio de escasos 18 años, del grupo Gorrión Serrano; y Serafín Ibarra Cortez, de Los Carácuaros, ovacionados todos al final del concierto.

A la altura de una tradición familiar de 150 años se mostraron Los Hermanos Tavira, que intercalaron sones calentanos tradicionales como “El gusto federal”, compuesto por su abuelo Juan Bartolo Tavira, con uno que otro foxtrot y pasodoble compuestos por Cuauhtémoc Tavira. Este último confió a la reportera que el grupo musical había dedicado ese memorable concierto parisino a su padre Félix Tavira López, afamado violinista de Tierra Caliente, y a su tío Ángel Tavira, ya fallecido –y quien como protagonista de la película El violín, de Francisco Vargas, obtuvo el premio a Mejor Actuación Masculina en la sección Una cierta mirada del Festival de Cannes, Francia en 2006.

Impresionó también al público del Museo Branly la maestría y la enjundia con las cuales Gorrión Serrano, trío radicado en la Ciudad de México, maneja todos los códigos del huapango huasteco. Llamó la atención de algunos puristas su uso del guitarrón en lugar de la guitarra huapanguera, detalle original que no le restó calidad al desempeño musical del trío.

Sin duda alguna, los Carácuaros, grupo fundado en 1929 en el pueblo homónimo de Michoacán, fue el que más sorprendió al público poco acostumbrado a ciertas disonancias del violín que caracterizan el son calentano puro. El talento de Serafín Ibarra Cortez, considerado como maestro del arte de la síncopa y de los cuartos de tono, acabó sin embargo imponiéndose.

¿Cómo llegaron a París todos estos músicos virtuosos?

“Es una larga historia –dice Julia Chardavoine, violonista francesa quien junto con su compañero Diego Brossolet-Hernández, franco-mexicano, también violonista, fue la instigadora del evento.”

Cuenta:

“Todo empezó hace poco más tres años en un concierto del Trío Chicontepec que nos permitió descubrir al maestro Rolando Hernández, El Quecho. Más que amor, fue pasión a primera vista. Sé que los puristas del son campesino manifiestan cierta distancia con él por considerarlo muy urbano y algo rebuscado. Diego y yo nos mantenemos al margen de estas polémicas. Como violinistas nos fascina el virtuosismo de ese músico de ochenta años y nos trastorna la voz tan trabajada y tan pura de su violín.”

Recién establecidos en Mexico, Julia y Diego decidieron explorar el mundo del son, sobre todo en lo que a violín se refiere.

“Queríamos entender el son, bucar sus raíces y sobre todo aprender a tocarlo.”

Corrieron de conciertos y recitales a fiestas pueblerinas, escucharon un sinnúmero de grabaciones, se sumergieron en discografías, y no tardaron en descubrir otro son, mucho menos conocido que el huasteco: el son calentano. Fue otra revelación.

“En ambos sones, el mestizaje es de una riqueza increíble: la música profana de los conquistadores españoles y la de los villancicos o las malagueñas se mezclan con las  voces de falsete y los adornos barrocos de la música sacra, al tiempo que se entrelazan con música prehispánica. Debo confesar que nos dejó atónitos la rítmica sesquialtera sumamente compleja que  caracteriza esa música.”

Ante el desconcierto de la reportera, Julia precisa:

“El término sesquialtera define ese compás único en el que intervienen al mismo tiempo un ritmo binario y uno ternario. Eso no existe en las músicas clásicas occidentales y nunca antes nos habíamos topado con algo semejante.”

Según cuenta, para realizar su investigación la pareja se apoyó en el  trabajo de rescate del son calentano realizado en los años 80 por Paul Anastasio, un músico estadunidense que, a pesar de la desconfianza que despertó entre los grupos de música tradicionl de Guerrero, logró salvar del olvido parte de ese patrimonio musical. 

“Fue Paul Anastasio quien dio a conocer en México a Juan Reynoso, un violonista que tocaba el son calentano como nadie nunca lo volverá a tocar”, recuerda Julia.

Murió en 2001 y entró en la historia como el Paganini de Tierra Caliente.

Julia Chardavoine y Diego Brossolet-Hernández buscaron en vano partituras para violín de ambos sones. No tardaron en entender que casi no había y que las pocas que existían eran bastante básicas. Les dolió pensar que “una música de semejante nivel” de tradición oral corría el riesgo de desaparecer.

Nació entonces un sueño que retrospectivamente Julia califica de “bastante loco”:

“Consultamos el catálogo de libros de partituras de la coleccción Música del Mundo, de la prestigiada editorial alemana Schott Musik –creada a finales del siglo XVIII y que publicó en exclusiva las partituras de Wagner, entre muchas otras–, y vimos que no había un solo libro de partituras para violín de música tradicional mexicana. Había de violín argentino y de numerosos países, mas no de México.”

Con una audacia que aún hoy la asombra, Julia montó un proyecto de libro de recopilación de partituras de son huasteco y calentano para violín que propuso a Schott Musik junto con grabaciones de violín de ambos sones.

“La directora de la colección Música del Mundo es violinista y quedó subyugada –comenta–. Percibió de inmediato que esa música es absolutamente excepcional para un violonista, pues es muy melódica, requiere un gran virtuosismo y ofrece distintas posibilidades de interpretación, ya que puede ser tocada en forma sencilla o con muchos adornos. Al igual que nosotros, valoró su rítmica sesquialtera tan peculiar, que representa un auténtico reto para un violonista. Por lo general el violinista interviene ecencialmente a nivel de la melodía. En el caso del son huasteco y del son calentano, se le exige además tener toda una reflexión sobre el ritmo.”

Schott Musik dió luz verde, “y nos entró el pánico”, recuerda Julia.

La editorial alemana no facilitó financiamento alguno. 

“Solicitamos ayuda de Conaculta. En vano. Tocamos a muchas puertas. Sin resultados. Pero finalmente conseguí una beca de la Fondation de France que creyó en nuestro proyecto.”

También se sumó a esa aventura César Juárez Joyner, músico y compositor mexicano egresado de la Escuela Nacional de Música, defensor de la música tradicional de la Huasteca que conoce mejor que nadie e interpreta con su grupo Nostalgia Huasteca.

“La colaboración de César, que toca jarana, fue muy fructífera –enfatiza Julia–. Nos compartió su inmensa cultura musical mexicana, y su aporte para transcribir las partituras fue determinante. El violinista tiene un oído muy fino, pero le falta una cierta comprensión de la armonía. Para nosotros era importante incluír todos los acuerdos de guitarra en las partituras del son para violín, y fue César quien nos permitió realizar esa tarea.”

El trío recorrió incansablemente los estados de Veracruz, San Luis Potosí, Hidalgo, Guerrero, grabando centenares de sones para poder abarcar todos los estilos, que varían de una región a otra. Luego tuvieron que seleccionar 42 piezas (21 del son huasteco y 21 del son calentano) y se lanzaron a la transcripción de las partituras y a la composición del libro.

“Fue bastante estresante –insiste Julia–, porque teníamos que respetar imperativos un tanto contradictorios. Por un lado, Schott Musik exige que los libros de partituras sean pedagógicos y que respeten un modelo bastante rígido: partir de piezas simples para llegar a piezas cada vez más complejas. Por otro lado, no queríamos ‘petrificar’ los sones huastecos y calentanos que cuentan con una melodía básica fija y con adornos complejos improvisados, en los que se manifiesta todo el virtuosismo del músico. Los adornos son como el alma del son. ¿Cómo transcribir en una partitura ‘formal’ una improvisación que por esencia es efímera?”

Los tres músicos resolvieron el dilema ofreciendo para cada pieza un modelo fijo de partitura que describe la estructura de la melodía, y aparte un pequeño tratado de adornos que explica cómo liberarse de esa estructura y mofidificar la partitura gracias a la improvisación.

“Esa es una especie de revolución para nosotros, músicos europeos moldeados por la música clásica que tantos problemas nos da para atrevernos a improvisar”, comenta Julia divertida.

Así nació Mexican Folk Fiddle Tunes, 42 Traditional Pieces For Violin. Son huasteco. Son calentano, publicado en abril de este año.

“Schott Musik suele editar sus libros en tres idiomas: alemán, inglés y francés. Exigimos que se agregara el español”, se enorgullece Julia Chardavoine, quien tradujo personalmente las palabras de las canciones a las tres lenguas y escribió un prefacio en el que reseña brevemente la historia de los dos sones.

El libro está acompañado con un disco que grabaron Diego Brossolet-Hernández y César Juárez Joyner.

“Es un CD muy didáctico –insiste Julia–. Consta de dos partes. En la primera se toca la pieza con todos los instrumentos; y en la segunda, desaparece el violín, dando así la posibilidad a un violinista de cualquier lugar del mundo para integrarse al grupo de músicos mexicanos y sentir que toca con ellos.”

Una vez publicado el libro, sus autores quisieron agradecer la generosidad de los músicos con los cuales habían trabajado durante tantos meses.   

Julia Chardavoine movió cielo y tierra para organizar dos conciertos: uno en el Claustro de Sor Juana de la Ciudad de Mexico el pasado 30 de agosto, y otro en el Museo Branly.

“Mi sueño es que tanto Mexican Folk Fiddle Tunes… como ese concierto en el Teatro Claude Lévi-Strauss que mucho emocionó al público, abran las puertas de Francia y de Europa a esa música y a sus fantásticos intérpretes”, sueña Julia Chardavoine.   

Este texto se publicó el 14 de octubre de 2018 en la edición 2189 de la revista Proceso.

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