Juan Villoro, visitante espectral

Villoro en la Glorieta de Insurgentes. Foto: Alejandro Saldívar Villoro en la Glorieta de Insurgentes. Foto: Alejandro Saldívar

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Juan Villoro es un pasajero espectral en el Metro Balderas. En el caos subterráneo se inscribe el secreto de su literatura. Sus historias viajan de manera horizontal, como las cáscaras de pepitas en los vagones. Su nuevo libro El vértigo horizontal, publicado por Almadía y El Colegio Nacional, ofrece seis líneas de viaje: 1. Vivir en la ciudad, 2. Personajes de la ciudad, 3. Sobresaltos, 4. Travesías, 5. Lugares, 6. Ceremonias.

Juan Villoro es un comensal espectral en el café La Habana. Junto a él, un oficinista babea espaguetis. Una mano al tenedor y otra al celular. El bocado es importante: sorber la pasta, limpiarse la crema. El pasado es un sillón: Villoro fragua revoluciones literarias con los poetas Mario Santiago Papasquiaro y Samuel Noyola. En el café La Habana ya no se abandonan poemas en las servilletas, sólo crema agria.

Juan Villoro es un peatón espectral en el Reloj Chino. En la cebra, un tráiler bufa mientras un hombre con mirada de perdonavidas cruza Bucareli. Papasquiaro murió atropellado en 1998. Le gustaba cruzar las calles con los ojos cerrados. Las huellas de la Decena Trágica en 1913 están ocultas tras una placa: “Las voces del mismo sentir hacen ecos”.

Un hombre en la Biblioteca de México. Foto: Alejandro Saldívar
Un hombre en la Biblioteca de México. Foto: Alejandro Saldívar

Juan Villoro es un visitante espectral en la Biblioteca de México. Hurga en las bibliotecas personales de Carlos Monsiváis y Alí Chumacero. Convive con otros fantasmas literarios apilados en estantes de madera. A ellos, el apocalipsis les reservó un librero con resolana. En una de las salas de la Biblioteca, los libros aletean en las alturas.

Libros voladores en la exposición Máxima Expresión. Otras formas de ver y hacer los libros, en la Biblioteca de México. Foto: Alejandro Saldívar
Libros voladores en la exposición Máxima Expresión. Otras formas de ver y hacer los libros, en la Biblioteca de México. Foto: Alejandro Saldívar

En la Ciudadela, Martín ensaya sus pasos de danzón. Unodostres, cuatrocincoseis, sieteochonueve, diezoncedoce. Cada pasito repetido cinco veces es la receta contra el cuerpo estático. Junto a los bailarines se besan los enamorados. En la calle se extiende una fila de guacales para apartar lugar. La chimenea de un puesto de hamburguesas humea las copas de los árboles.

Paisaje urbano en una de las esquinas de la Ciudadela. Foto: Alejandro Saldívar
Paisaje urbano en una de las esquinas de la Ciudadela. Foto: Alejandro Saldívar

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Juan Villoro recibe a un grupo de excursionistas urbanos en la glorieta de Insurgentes. Firma sus libros. “¿Cómo le hago para ser tan buena traduciendo la ciudad?”, le pregunta una lectora. El Metrobús circunda una glorieta que articula el azar y el desorden.

Villoro firma uno de sus libros. Foto: Alejandro Saldívar
Villoro firma uno de sus libros. Foto: Alejandro Saldívar

En el escenario, Villoro detiene el sol con las manos, es un candidato de sí mismo. Levanta los brazos y saluda a la congregación. Merengueros, encargados, vulcanizadores y merolicos viajan en la Línea 2. Niños de la calle, influenza y terremoto en la Línea 3. Niños Héroes, la abuela y el Conscripto en la Línea 1.

“Uno lee el libro como si fuera un paseo en el Metro, tiene tantas posibilidades de conversación como habitantes tiene esta ciudad”, dice la escritora Paola Tinoco.

“Tenemos una ciudad inabarcable: limpiadores de alcantarillas que transportan mugre de demostración, carritos de camotes con un silbato náutico que atraviesa la oscuridad, las gorditas de nata como ansiolítico”, cuenta Villoro deslumbrado por el sol.

El vértigo horizontal, diseñado por Alejandro Magallanes, es un libro que contiene la ciudad de México en toda su horizontalidad. “La ciudad es el cielo del Metro. Todas las cosmogonías prehispánicas nacen en la tierra y terminan en ella”, asegura Villoro.

“Querer a la Ciudad de México es como enamorarte de la mujer barbuda del circo”, concluye.

Detrás de Villoro, una mujer lo observa desde un anuncio espectacular. Tiene la mirada doblada al margen de un edificio. Con un ojo mira al oriente y con otro hacía occidente. Es una pasajera de las alturas, que seduce con la mano a quienes salen del Metro Insurgentes.

Mirada en la Glorieta de Insurgentes. Foto: Alejandro Saldívar
Mirada en la Glorieta de Insurgentes. Foto: Alejandro Saldívar

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