Estado Mayor Presidencial, retos en puerta

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Coincido en la decisión del presidente electo Andrés Manuel López Obrador de que el Estado Mayor Presidencial (EMP) –que empezó como una modesta ayudantía hasta convertirse casi en un ejército paralelo– pase a retiro como cuerpo orgánico de la Presidencia de la República, y sus integrantes se incorporen a la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) o la de Marina (Semar). No hay ningún lugar en el mundo donde se haya dejado crecer un cuerpo de seguridad, logística e inteligencia de esas magnitudes para custodiar la seguridad de un jefe de Estado o de gobierno. Vamos, en Estados Unidos, la primera potencia mundial, no hay ni por asomo algo similar al EMP mexicano. Hay un servicio secreto con alcances y fines mucho más modestos: custodiar la seguridad del presidente y su familia.

En México el EMP es –ha sido– al mismo tiempo un cuerpo de seguridad presidencial, un equipo de inteligencia militar y un grupo con destrezas de logística y estrategia bien preparado y, especialmente, muy bien remunerado, si se le compara con los miembros regulares de las fuerzas armadas del país. El qué está fuera de duda. El cómo es todavía un interrogante por los retos que ese proceso de reinserción conlleva, para que cumpla los propósitos que serían deseables para el interés de la nación.

Con una nómina formal de más de 6 mil elementos, así como más de 2 mil contratados por honorarios, el EMP es incluso mucho más grande que el ejército regular con el que cuentan varios países de América Latina.

A diferencia de lo que sucede en la burocracia, donde la salida de los “expertos” –que se ha vendido como un espantapájaros para justificar los sueldos de privilegio que no tienen relación alguna en la experiencia comparada–  puede fácilmente ser suplida con creces por muchísimos doctores mexicanos que estudiaron con becas pagadas por el pueblo de México en las mejores universidades del mundo, en el caso del EMP el asunto es muy distinto.

En el caso de los burócratas se tiene contemplado que haya un estado anímico de depresión y enojo. Esa circunstancia, empero,  no representa ningún peligro para la estabilidad y la seguridad nacional de México. Pero. ¿qué decir de cientos de expertos en explosivos, de maestros en artillería, de especialistas en guerra de guerrillas, de doctos en el manejo de equipos de intercepción de comunicaciones, de elementos de élite formados en Estados Unidos e Israel con las mejores técnicas para abatir al enemigo? ¿Alguien cree que estos hombres y mujeres, que por circunstancias del destino hoy tienen sueldos elevados y con labores especializadas, van a aceptar con franciscana resignación llegar a la Sedena o a la Semar con ingresos menores y destinados a tareas operativas, sin el estatus psicológico y real que significa ser parte del EMP?

De entrada, sería una locura tener en la Sedena y en la Semar a elementos de primera y elementos de segunda, no sólo porque no hay –o por lo menos no están pensados para ese propósito– recursos públicos, sino porque hacer esa distinción generaría una caída pertinaz en el estado de ánimo de la mayor parte de las fuerzas armadas.

De cara a este contexto, es previsible la salida en las mejores condiciones que puedan negociar y eventualmente con el grado superior de una porción significativa de los elementos asignados a las distintas secciones del EMP para su inserción a la vida civil. Las opciones que pueden encontrar en el mercado no son muchas ni tampoco atractivas: a) las empresas de protección y seguridad privada que proveen servicios de escolta a empresarios y personas de interés público es una alternativa que va a generar, por lo menos al principio, una contracción en ese mercado, al subir de un día para otro la oferta más que la demanda, abaratando con ello los sueldos que se perciben en ese sector y un aumento en la competitividad por alcanzar un buen espacio; y b) la incursión en actividades empresariales en su campo de conocimiento, que no se ve fácil porque una cosa es ser el mejor experto en explosivos y otra ser un estratega empresarial. Algunos, por supuesto, podrán tener futuro si deciden emprender ese incierto camino.

Si no se lleva con el cuidado y la sensibilidad adecuada, un porcentaje de esos elementos se va a enfrentar a la necesidad-conveniencia de engrosar las filas del crimen organizado en cualquiera de sus modalidades, aprovechando sus ventajas competitivas en ese siempre redituable negocio: equipo, información privilegiada y formación especializada que, es evidente, será debidamente aprovechada y reconocida económicamente por los empresarios de este giro. No debemos olvidar que los “gafes” (los integrantes del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales) se convirtieron luego en Los Zetas.

Y en ese escenario, que es más probable que posible, sí se tendría un problema de seguridad nacional de efectos imprevisibles. Hasta ahora se prevé en el equipo de transición del nuevo gobierno-régimen este hecho, pero no estoy seguro de si el porcentaje de lo que tiene previsto que transite hacia esos negocios sea el real y se le pueda dar seguimiento. Es de esperar, por el bien de todos, que la transición en esta singular agrupación se haga minimizando, en verdad, el número de efectivos que fortalezcan el crimen organizado, por omisión, desconocimiento o fallas de estrategia. Para bien o para mal, en los próximos meses-años se habrá de ver qué tan bien se está manejando este proceso.

@evillanuevamx

ernestovillanueva@hushmail.com

Este análisis se publicó el 21 de octubre de 2018 en la edición 2190 de la revista Proceso.

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