Luna Bella: una mujer forjada en la polémica

Luna Bella. Foto: Alejandro Saldívar Luna Bella. Foto: Alejandro Saldívar

Al igual que su vida pública, la autobiografía de Verónica Meléndez Coronado, conocida como Mujer Luna Bella, ha causado controversia aun antes de salir al mercado. Publicado por Ediciones Proceso, su libro revela la historia que hay detrás de la joven que hace seis años desató el revuelo cuando se desnudó en un vagón del Metro de Monterrey. Luna Bella: la porno-youtuber que escandalizó a México. Una descarnada autobiografía expone el mundo de pobreza extrema, abusos y maltratos que padeció de niña. También desnuda las razones que la llevaron a entregar su vida a la noche, a la prostitución y a la pornografía hasta convertirse en una figura a seguir para millones en las redes sociales. Aquí se adelantan fragmentos del volumen que ya fue puesto en circulación.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Al abrir los ojos lo primero que vi fue la mano de mi padre estrellarse contra mi cara. No alcancé a quitarme. Fue un golpe rápido y seco. Antes de recibir el segundo trancazo me sentía un poco inconsciente y me dolía la cabeza por tanto alcohol que había bebido la noche anterior.

No sé cuánto tiempo transcurrió.

¿Qué había pasado? Pues que la noche anterior había llegado superestúpida…

En mi trabajo, un hombre me dijo que me pagaría el triple si tomaba de verdad con él; no quería que bebiera agua fingiendo que era alcohol, como era mi costumbre.

Nuevamente me llegaron al precio. En ese entonces el alcohol me daba asco, pero el tipo me tentó por la cantidad de dinero que me ofreció y no pude decirle que no. Como mi cuerpo no estaba acostumbrado, bastaron unos quince shots de tequila para que me pusiera hasta el ano.

Esa noche me destapé más de lo común, me deshice de cualquier rastro de pudor y dejé que el hombre me manoseara a su antojo.

Cuando terminó conmigo, un mesero buena onda, aunque tenía una famita de transa –en una de esas, hasta me robó algo de dinero–, me ayudó a cobrar y después me consiguió un taxista “de confianza”. Me subió al carro y le dijo al conductor “te la encargo mucho”. El otro sólo asintió.

Sin embargo, un pequeño despiste: se me había olvidado bañarme antes de salir del congal. Siempre me duchaba para no entrar en la casa de mis abuelos –donde vivía con mis padres– oliendo a putero, o sea, a cigarro, alcohol y sexo.

Al llegar, sin palabra de por medio le pagué al conductor, me bajé, azoté la puerta del taxi y entré. Apenas vi mi cama me dejé caer en ella; me sentía muy mareada, ebria, casi inconsciente.

Pero se me había olvidado otro detalle: esconder mi bolsa que, para acabarla de chingar, la traía abierta. Así que cuando me sorrajé para dormir se me cayó y salieron volando mentas, tangas, condones y muchos billetes de 500 pesos.

Después de sufrir una infancia de maltrato, de abusos físicos y mentales, después de lo que ya estaba empezando a vivir, y ya un poco más despierta, no me supo tan dura aquella golpiza de mi padre. Ni metí las manos, dejé que me tundiera hasta que se le acabaran las fuerzas y las ganas, porque sólo yo sabía por qué hacía lo que hacía; tenía mis razones y sólo yo me entendía.

Cuando terminó de sacar todo su odio contra mí, me dijo que tenía que agarrar mis cosas y largarme de la casa. Me gritó que no quería una puta cerca de la familia, que yo era una decepción y, sobre todo, un mal ejemplo para mis hermanas.

No lo dudé ni tantito. Yo ya tenía más ovarios que antes y no temía vagar por la ciudad. Agarré mis cosas, me despedí de mi madre y de mis hermanos y me fui.

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Cuando vivía en el rancho de San Luis Potosí me mandaban a dormir a una habitación oscura. Me acostaba en un colchón de alambre. Lloraba muchísimo. Me sentía sola, abandonada, sucia, usada. Sentía un horrible dolor en mi pecho. La garganta la tenía hecha nudos y no podía gritar porque si lo hacía venía mi abuela con un palo o una reata mojada a aplacarme. “Te voy a pegar para que así llores de verdad”, me consolaba.

Como no tenía de otra más que tragarme lo que estaba viviendo me hincaba en medio de la oscuridad, en el centro del cuarto, y abrazaba una almohada, la apretaba contra mi cara y sacaba todo lo que tenía:

“Mamá, te extraño. Necesito tus abrazos, tus besos, tu amor. Te necesito, ya vuelve. Ya no quiero estar solita. Estoy sufriendo mucho.”

Comencé a hacer lo mismo cada noche hasta que en una ocasión sucedió algo muy raro, diferente y especial que cambió mi vida: hincada con la mirada en el piso, llorando, levanté la cabeza y abrí los ojos… En ese preciso instante me cayó un rayo de luz. Me asusté y me moví. Vi que se trataba de un haz que había atravesado la pared de adobe. Me asomé por el hoyito y vi una resplandeciente luna. Nunca le había puesto atención como en aquella noche. Era hermosa, brillante e imponente. Quizás la lluvia había echado a perder la pared y se hizo el agujero. No lo sé, pero desde entonces jamás me sentí sola.

Desde que me conecté con la luna mis noches ya no fueron iguales. Cuando mi abuela me mandaba a la tienda ya no me daba miedo y hasta le empecé a agarrar el gusto. También me dejaron de importar las cortadas de los pies por ir descalza. Siempre que salía de noche sentía que la luna me acompañaba y me seguía, incluso cuando las nubes la tapaban. Se convirtió en mi amiga. Siempre le platicaba las cosas que me ocurrían en la casa y en la escuela, sobre los maltratos, los abusos y el bullying. Le decía lo mucho que me dolía el cuerpo. Me desahogaba llorando y le repetía que extrañaba a mi mamá.

Digamos que yo sabía poco de la luna, lo básico: que es enorme, se ve redonda, que parece que tiene un conejo sentado, aunque a veces como que se me figuraba el rostro de una mujer. En cambio, la luna sabía todo de mí, de mi familia y mi sufrimiento. A la luna le cantaba, le sonreía, le contaba si sacaba diez en un examen. Cuando llegaba a casa tomaba mi libreta y le escribía cosas lindas para después leérselas, aunque a veces batallaba por la falta de luz. Imaginaba que me sonreía y que le gustaba todo lo que hacía para ella. Después, de alguna manera, a la luna la hice como mi segunda madre. Jugaba con ella, me daba la luz que necesitaba para proyectar mi sombra y hacer divertidas las noches. Me aliviaba, me daba una paz inmensa. Desde niña cierro los ojos y pienso en ella.

El libro de Luna Bella
El libro de Luna Bella

De nuevo estaba sola. Decidí mantenerme en la Ciudad de México. Renté un depa con otras chicas y continué con mis clases de DJ. Una mañana recibí un mensaje de texto. Era mi exjefe del MB, al que metieron a la cárcel por tener trabajando a menores de edad. Me dijo que el hombre que me había sacado de prisión, el que me hizo la credencial falsa del IFE, me estaba buscando. Me ofreció que fuera a bailar a un table en Cancún. Dijo que sólo tenía que bailar y que me pagarían sueldo. Si yo quería hacer otra cosa, pues lo podía hacer; ya era mi problema.

Puse mi tarifa y él accedió sin peros. Nunca imaginé que ese güey tuviera tanto colmillo o, mejor dicho, creo que, aun cuando ya me había pasado de todo, yo seguía siendo noble. En realidad seguía estando bien pendeja.

Me pagaron todos los gastos del viaje y el hospedaje. Cuando me presentaron al dueño del congal lo reconocí y él a mí: era el del table al que había ido a trabajar hacía unos años a Cozumel, cuando acababa de recibir mi credencial falsa.

Llegué al congal –se encontraba abarrotado hasta las chanclas; incluso había gente que se quedó en la calle porque ya no había cupo–, subí a la pista, bailé, me desnudé y dejé que todo mundo me tomara fotos y video. Eso le encantó a la gente. También hice privados, servicios completos, jarras, botellas y copas.

Al acabar, una chica se me acercó y me preguntó que cuánto había cobrado y le contesté. Se sorprendió y me dijo: “¡No mames! ¡No regales tu trabajo! ¿Sabes cuánto ganaron estos cabrones con tu presentación? Más de 300 mil pesos y tu ni enterada”. O sea que el que me llevó al congal ganó diez veces más de lo que yo cobré.

Me creció el colmillo. Cuando esa gente quiso hacer más fechas conmigo por el mismo precio puse mis condiciones. Les subí seis veces la tarifa. Se quisieron poner sus moños, pero al final se doblaron.

Cuando se acabaron mis clases de DJ –¡hasta tengo mi diploma!– quise comprar el mejor equipo. Fui a ver precios y resultó que el que yo quería, que es el que usan los mejores, me costaba 100 mil pesos. No podía comprarlo de un golpe. Casi todo el dinero que ganaba se lo enviaba a mi familia en Monterrey. Estaba resignada a ahorrar de poquito en poquito cuando me llegó un mensaje directo (DM) vía Twitter. Era un chico llamado Fernando que me propuso hacer pornografía. Me explicó que tenía que grabar cuatro escenas, que cada una duraría entre dos y tres minutos y que por cada una de ellas me pagaría 25 mil. De inmediato acepté y así pude comprarme mi equipo de DJ.

Comencé a realizar pequeñas presentaciones como DJ. Al principio no ganaba mucho, pero sabía que este negocio es de constancia. Ya que estaba bien parada y sabía cómo estaba el desmadre mandé a la chingada al tipo que me llevaba a las presentaciones de Cancún. Descubrí que me había estafado en diferentes ocasiones, y conseguí un mejor manager.

Gracias a mis desmadres en redes sociales, a mis tocadas como DJ y a mis escenas pornográficas me salió bastante trabajo para mis presentaciones por todo el país. En todos lados me querían porque mis shows eran diferentes. La mayoría de las chicas usaba dildos y fingían. Yo, en cambio, sí me masturbaba de verdad. Me prendía más cuando me tomaban fotos o me grababan.

En vez de un consolador, me metía una botella de vidrio. A todos les causaba morbo porque pensaban que agarraría aire y que se me iba a quedar atorada. Para subirle de nivel a la locura, me metía una segunda botella por el ano. Después elegía a una víctima, claro, uno guapo, y lo subía a la pista. Lo cachondeaba, lo desvestía, sacaba los condones y me lo cogía frente a todos. Este espectáculo empezó a hacerse muy viral en las redes sociales. Cada vez tenía más fama, nadie quería perderse el show. Por un tiempo me la pasé en Cancún.

Me hice amiga del dueño de La Premier y me invitó a hospedarme en el departamento de las chicas. Aproveché la oportunidad y me la pasaba en el desmadre: playa, sexo y drogas. Por puro placer me cogí a varios extranjeros y lo disfruté mientras duró. En este lapso comencé con otras drogas alucinógenas, como peyote, hongos y ayahuasca.

Comenzaba a perder mucho. Cruzaba alcohol con dos o tres drogas. Al principio era porque sentía chido; después me hice adicta y ya no había fecha en la que no anduviera hasta el culo. Sin embargo, estaba sola. La fiesta, el dinero y las drogas ya no me llenaban. De verdad quería amar y que me amaran.

Salí con varios tipos y todos me decepcionaron. Creo que sólo me veían como un objeto. Mientras duraba la cogida lo disfrutaba; después, otra vez estaba vacía.

En cada presentación, antes de salir, me metía droga y tomaba alcohol para dar mi mejor espectáculo. Al acabar recibía mi fajo de billetes, llegaba al hotel, cerraba la puerta, aventaba el dinero y me dejaba caer en la cama para llorar.

Cada vez le fui subiendo el tono al espectáculo. Ya no cogía con uno sino que a veces me subía con dos mujeres y un hombre; en otras ocasiones, con cinco mujeres o cinco hombres y hacía de todo. Sentía que no tenía nada que perder. Me estaba dejando morir, explotando a todo lo que daba.

Luego comencé a jugar –ahora literalmente– con fuego. En mis presentaciones usaba veladoras. Las prendía y las colocaba alrededor de la pista de baile. Cuando era momento de desnudarme y masturbarme, cada cliente tomaba una y dejaba caer la cera derretida sobre mí. Sí. Me quemaban y me ardía, pero era necesario para calmar lo que sentía por dentro.

La gente disfrutaba de mí, los seguidores me decían que jamás habían visto algo así. Se iban felices, pero sólo se dejaban llevar por lo que veían, por la imagen que proyectaba. No creo que llegaran a imaginarse lo que me ocurría, mis traumas, mis recuerdos de la infancia y todo el desmadre sobre mis espaldas.

Ya no aguantaba estar tanto tiempo lejos de casa. Extrañaba a mis hermanos, a mi madre y sus cuidados. Así que me regresé.

Una noche, en mi cuarto de la casa de mis papás, comencé a drogarme y a embriagarme. Minutos después empecé a ver demonios y fantasmas. Algunas de las figuras tenían el rostro de las personas que en el pasado me dañaron; también tenían las caras de otras a las que había dañado. Unos se burlaban. Por momentos recordaba todos los comentarios negativos contra mí en redes sociales. El síntoma era obvio: aunque yo decía que esas opiniones no me importaban, en realidad sí me afectaban.

También escuchaba a mis compañeros de la primaria y de la secundaria que me hacían bullying. Tenía varios flashback de todas esas porquerías que hacía en mis espectáculos. Varios demonios me penetraban, dejando su mala vibra adentro de mi alma. Mi cabeza era un caos. Me estaba angustiando y sofocando. No sabía qué hacer o hacia dónde dirigirme. Entre la desesperación comencé a escuchar una voz: “¡Mátate, ¡mátate…!” Otra me decía que no lo hiciera, pero cada vez oía más aquella que me aconsejaba que ya no tenía nada que perder, que necesitaba acabar conmigo.

Como zombi caminé hacia el buró, abrí el cajón y saqué un foco nuevo. Le quité el empaque en el que venía y me lo llevé al baño. Me dejé caer sentada sobre la regadera. Primero apreté con fuerzas el foco, pero después me lo llevé a la boca y lo mordí. Mis labios y mi lengua comenzaron a sangrar; ahora, tenía que tragarme los pedazos de cristal para que me desgarraran en su trayecto de la garganta al estómago. A punto de hacerlo, de nuevo una voz me pedía parar: “¡Mírate al espejo! ¡Eres joven! ¡Tienes 24 años! ¡Aún puedes dar mucho en esta vida! ¡No lo hagas! ¡Quiérete un poco, por favor!”

Me quedé en shock durante unos segundos y luego, con cuidado, me saqué los vidrios de la boca. Como no paraba de sangrar me metí un trapo. Aun en ese estado, me paré frente al espejo y me vi guapa, tan joven, con un buen cuerpo y la piel suave. Pronto me sentí sin fuerzas y me eché a llorar.

“Tú te metiste aquí, ¿cierto? Pues así como te metiste, así te sales. ¡Tú puedes!”, fue lo último que recuerdo antes de quedarme dormida en el piso frente al espejo y ensangrentada.

Hula hoop. Nueva incursión. Foto: Especial
Hula hoop. Nueva incursión. Foto: Especial

Este adelanto de libro se publicó el 21 de octubre de 2018 en la edición 2190 de la revista Proceso.

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