Rossini y el derecho de autor


CIUDAD DE MÉXICO (Proceso) En este 2018, el orbe está celebrando el sesquicentenario luctuoso del inmarcesible compositor italiano Gioachino Rossini, quien ve la luz el 29 de febrero de 1792 en la ciudad de Pesaro y fallece en Passy ‒XVI Distrito de París‒ el 13 de noviembre de 1868. Ya en otros textos abordamos su relevancia como gastrónomo (PROCESO 2023, 2027 y 2030), ya que se dedicó con ahínco y casi con exclusividad a la cocina durante la friolera de cuarenta años, básicamente la segunda mitad de su vida, mas no habíamos tenido oportunidad de glosar sobre su asombrosa faceta de músico y lo que de ella se derivó para el futuro de los compositores que hacen profesión de su arte y obtienen su modus vivendi, nada más y nada menos, que de la difícil comercialización de su obra.

Es fácil suponer que la despreocupada afición rossiniana por el buen comer pudo fraguarse por el inteligente manejo de sus finanzas pero, sobre todo, porque gracias a la popularidad de sus obras arrancó, reiteramos, la tutela institucionalizada de los derechos autorales. Volveremos a ello y con especial énfasis, pues eso sólo bastaría para que cotidianamente se eleven loas, vítores, hurras y loores a su memoria.

Pero antes de acercarnos a su biografía valdría la pena delinear algunos rasgos de su carácter puesto que fue un personaje singularísimo que sigue inspirando simpatía por donde se le mire y, obviamente, por donde se le escuche. Gracias a eso, digamos, a su buen humor y a la bonhomía que emana de su música es que se volvió un consentido en todos los teatros del planeta, desde su tiempo y hacia el avenir. Imaginemos a un sujeto siempre listo para bromear con una destacada vocación para encontrar el lado amable de la existencia y a un neurasténico que se reía de si mismo: así lo recordaron sus amigos y colegas. Un individuo que afrontaba las penas con la sonrisa a flor de labios y que tenía una especial inclinación para la generosidad y la empatía. Él mismo llegó a declarar que la única vez que le escurrieron lágrimas por las mejillas ‒de reparar que no fue por la muerte de algún ser querido que asimiló con la hondura de saberla parte del ciclo de la vida‒, sino la terrible ocasión en que se disponía a comerse un suculento pollo frito a bordo de una barca y éste, por un imperdonable descuido, se le cayó al agua…

Asimismo, son de citar sus palabras para entender la filosofía que animó su vida y para darnos claves de su esencia como el autor más encumbrado de la ópera cómica:

“Además del ocio, no conozco ocupación más deliciosa que comer como es debido. El apetito es para el estómago lo que el amor es para el corazón. El estómago es el maestro de capilla que dirige la gran orquesta de las pasiones. El estómago vacío representa al fagot en el que refunfuña el descontento; al contrario, el estómago lleno son los tambores del regocijo. En cuanto al amor, lo considero la actriz protagonista por excelencia, la diva que canta en el interior de la mente cavatinas con las que se embriaga el oído y el corazón acaba embelesado. Comer y amar, cantar y digerir; estos son, en verdad, los cuatro actos de esta ópera bufa que se llama vida y que se desvanece como la espuma del champaña. Quien la deja escapar sin haberla disfrutado está loco de remate.”

Leído lo anterior, procedamos como estipulado. Rossini nace en un hogar de clase media donde se hace música todos los días. Su padre era un cornista que redondeaba su sueldo como inspector de mataderos. Su madre era una cantante cuya familia se había dedicado a la pastelería y la panadería. Así pues, Gioachino recibe sus primeras nociones musicales prácticamente desde la cuna. Aprende a tocar el clavecín, después el piano, a cantar, a soplarle al corno, a “rascar” el violín y el chelo ‒cuando hace sus pininos como músico de cámara se declaró como el “menos perro” de sus colegas‒ y, por supuesto, a componer. A partir de los diez años de edad comienza a ganarse la vida cantando en las iglesias y ya entrado en los doce arranca sus deleitosas faenas como creador. Sus primeras composiciones datan de 1804 y dan fe de la extraordinaria capacidad melódica de la que estaba provisto. Se trata de seis sonatas “A Quattro” que compuso para tener algo que hacer durante unas vacaciones transcurridas en compañía de tres amigos mayores que él: un contrabajista, otro violinista y un violonchelista.[1]

En 1805 hace sus debut en el Teatro Comunale de Bolonia como cantante ‒la única vez que lo hizo‒ y alrededor de ese año comienza a escribir los retazos de una primera ópera (Demetrio e Pollibio que estrenará en 1812 como la sexta de su catálogo). A los 16 años gana un premio del Conservatorio de Bolonia por su Cantata Il pianto d´Armonia sulla morte d´Orfeo y al volverse mayor de edad inicia su centelleante carrera como operista. En cascada e invariablemente con éxitos inmediatos sus criaturas se ponen en escena apenas compuestas y su cantidad acumulará un asombroso total de 40. Merced a ellas amasa una fortuna dándose el lujo de concluir su vida laboral a los 37 años para dedicarse a gozar de los placeres de la vida. Casó en dos ocasiones, la primera con la cantante española Isabel Colbrán y escogió la capital francesa como el lugar ideal de retiro. Muere, no de gordura, sino por una neumonía que no quiso atenderse…

Pasando a lo que adelantamos, anotemos que los músicos hacen de su actividad un campo donde las apropiaciones de ideas ajenas son parte medular y, sobre todo, formativa. Así como sucede en el aprendizaje del resto de las artes, los compositores cimentan la personalidad de su lenguaje desentrañando las características particulares de esos predecesores a quienes copian sin miramientos. Sólo con el advenimiento de la tutela de los derechos de autor en la primera mitad del siglo XIX, la praxis de sustraer materiales de terceros empezó a frenarse.[2] Antes, su reciclaje solía interpretarse como una suerte de homenaje y nadie se sentía ultrajado. Hoy, cualquier creador, so riesgo de demanda, está obligado a dar crédito a la proveniencia de los temas que reelabora y ha de pagar lo correspondiente cuando los derechos autorales siguen todavía vigentes.

Fue precisamente un editor de partituras de ópera quien se preocupó de institucionalizar eso que en la actualidad se rige por el derecho internacional en aras del buen cobro de las ganancias que genera la música para sus distintos hacedores. En 1808 Giovanni Ricordi (1785-1853) fundó en Milán la primera Casa Editrice Musicale de Italia, merced a su labor como copista del Teatro Alla Scala, de donde, poco a poco, fue haciéndose propietario de sus fondos. Hacia 1814 publicó el primer catálogo de sus ediciones, asegurándose el trabajo de copiar en exclusiva los materiales de orquesta y de canto del teatro milanés para todas las representaciones a que hubiere lugar. Para ese entonces, su empresa contaba ya con 800 partituras en propiedad (donde yacían todas las de Rossini). Una década después pudo adquirir el acervo íntegro, cosa que obligó a los empresarios teatrales italianos a que dependieran exclusivamente de sus ediciones para montar las óperas en boga. En su Gran Catálogo de 1825 se presentó como Editore dell’Imperial Regio Conservatorio, delle Opere complete ed originali di Rossini e proprietario della musica degli Imperiali Regi teatri, subrayando así su vinculación con el compositor de más renombre del momento. En 1839 la primera ópera de Giuseppe Verdi, Oberto conte di San Bonifacio, obtuvo un discreto éxito en la Scala y el hábil editor milanés adquirió los derechos de la obra por 1600 liras.

Al año siguiente, para proteger a los autores junto a sus propios derechos de editor, Ricordi –quien reconocía para ese momento los derechos de los compositores pagándoles cuotas establecidas por contrato‒ convenció al gobierno invasor austriaco para que promulgara un convenio con el Re di Sardegna, al que se adhirieron inmediatamente después los otros Estados italianos. Con eso Ricordi sentó los fundamentos del Diritto d’autore, garantizándolo primero en Italia y después en el resto del mundo.[3] Como mexicanos debemos felicitarnos, ya que transcurrieron sólo 6 años, es decir, en 1846, para que se reconociera, mediante decreto de Gobierno, la Propiedad Literaria, donde podían absorberse a los autores de música que llevara texto… Lo demás es historia y Rossini yace en sus entretelones como el gran instigador. ¡Gracias se os dan y panegíricos atemporales se os elevan, inolvidable don Gioachino!

[1] Se recomienda la escucha de alguna de ellas. Utilice el escáner de cualquier app de lectura de códigos de su celular, para descifrar el QR que aparece impreso o visite la página: proceso.com.mx para escucharla. Audio 1: Gioachino Rossini – Allegro spiritoso de la Sonata a quattro n° 6. (I Musici. PHILIPS, 1997) Audio 2. Gioachino Rossini – Aria de Fígaro de la ópera Il barbiere di Siviglia. (Royal Opera House Production. LIVE RECORDING, 2012) https://youtu.be/7qHZkkgowdY

[2] Aunque es de recordarse que la vigencia tutelar rara vez excede los 75 años, después de los cuales el patrimonio intangible vuelve a ser tierra de conquista.

[3] Para mayores referencias consultar los apuntes de historia de la Casa Ricordi en su sitio de la www.

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