Museo de La Radio

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Al descender a la estación del Metro Parque de los Venados, se aprecia un gran mural fotográfico dando la bienvenida al Museo de la Radio. En el amplio espacio entre los torniquetes de uno y otro lado, hay paredes cubiertas con una película de plástico que lleva fotografías y texto, alusivos a la función e historia de la radio.

La iniciativa de crear el museo provino de la Asociación de la Radio del Valle de México, del Sistema del Transporte Colectivo Metro y el Gobierno de la Ciudad.

Ya dentro se despliega la exhibición, por ambos lados de largos paneles paralelos. Divididos en rectángulos angostos podemos apreciar fotos y explicaciones sobre los desarrollos técnicos, los científicos precursores, la aparición del instrumento, las transmisiones iniciales en 1906, y cómo en la Exposición Universal de París de octubre de 1900 se logran sintonizar sonido e imagen en el cine. Resulta esclarecedora la tabla en donde se explica el largo de onda, demasiado técnico aquel que busca hacernos comprender lo que es el espectro.

Luego de mostrar la evolución de la radio en el mundo, se pasa en el siguiente panel a México.  En 1919 el precursor Tarnava emite desde Monterrey.  En 1921 la Ciudad de México inaugura su primer canal, aún al aire, con las siglas XEB. Y en 1924 sale al aire Radio Educación. Todavía no se obtenían las siglas de llamada XE y XH otorgadas por la OIT para diferenciar la radiodifusión del país de aquella perteneciente a otras latitudes. En esta parte hay omisiones graves: se menciona la creación del IMER (Instituto Mexicano e la Radio) en 1983, nada de las universitarias, de las culturales, de las indigenistas. Hay un énfasis visible en la radio mercantil.

Al fondo del corredor pende una rueda con motivos radiofónicos, y atrás sobre una pantalla enorme se proyectan videos acerca de distintos grupos empresariales. En otro espacio se montó una cabina de radio con todos los instrumentos para grabar y transmitir, y la salita en donde se ubican locutores, actores e invitados. Existen muestras de receptores, piezas de colección ya inexistentes. Igualmente veremos grabadoras de gran formato, de carrete, discos de acetato y de pasta, fonógrafos y gramófonos. Y se llega hasta la época actual al informar que los celulares pueden captar la señal de la radio gratuitamente.

Para continuar con la visita es necesario bajar la escalera para salir del otro lado o simplemente volver a pagar para desembocar en el ala opuesta. De este costado tendremos dos paneles paralelos, interrumpidos por grandes pantallas habilitadas con videos que cuentan la formación de compañías disqueras (Amprofon), o grupos radiofónicos como SIETE.  Estos videos son parciales, pues no aparecen todos los grupos, y en cierto sentido simulan publicidad para los patrocinadores del museo. Más adelante, en otra pantalla, veremos locutores hablando de las bondades de su profesión. Todos ellos contemporáneos y nuevamente de la esfera comercial.

La exhibición se apoya en documentos sonoros obtenidos en la Fonoteca Nacional; sin embargo, el sonido de la exposición falla. No se escuchan bien las palabras. No se oyen canciones, melodías, voces que fueron famosas y están grabadas. El ruido de los vagones del Metro al entrar a la estación dificulta aún más entender lo dicho. Un museo bien montado, para todo público, pero con exclusiones y más visual que auditivo.  

Este texto se publicó el 4 de noviembre de 2018 en la edición 2192 de la revista Proceso.

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