#Caravana Migrante “Gracias, hermanos chilangos”

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El 12 de octubre último, cuando salieron de San Pedro Sula, Honduras, rumbo a Estados Unidos, los migrantes centroamericanos tenían el futuro incierto. Con penurias arribaron a la Ciudad de México, donde recibieron albergue durante casi siete días en el estadio Jesús Martínez Palillo de la Ciudad Deportiva.

Llegaron exhaustos la madrugada del domingo 4. Unos a pie, otros “de jalón”, en autobuses y autos particulares. Las autoridades capitalinas los recibieron con una cobija y los invitaron a “descansar” en las frías gradas de cemento. Más tarde les repartieron pan de dulce y las primeras bebidas calientes. 

Hacia el mediodía, la presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México (CDHCDMX), Nashieli Ramírez; el secretario de Gobierno, Guillermo Orozco, y quien lo sucederá en la próxima administración, Rosa Icela Rodríguez, ofrecieron la primera conferencia. Anunciaron que ya había 470 personas, incluidos 17 niños. 

Adelantaron que para el miércoles 7 esperaban alrededor de 5 mil. Y así fue.

Nunca en su historia reciente la Ciudad de México había atendido un fenómeno semejante. 

“Gracias a Dios, llegamos aquí. Gracias a Él y a los hermanos mexicanos que nos han ayudado en el camino”, declaró Delmy Rivera, oriunda de Honduras, donde dejó a dos de sus cinco hijos y a un hermano. Como muchos de sus compañeros, Delmy ignoraba cuántos kilómetros había recorrido y cuántos más le faltaban para llegar a su destino.

El lunes 5, cuando había entre mil y mil 500 migrantes, el albergue operaba con fluidez, pese a la desorganización, que acentuaba los problemas derivados del megacorte de agua. Había sólo 16 baños móviles en el estadio. Para el viernes 9 aumentaron a 161, incluidas tres zonas de “regaderas”.

Las autoridades capitalinas montaron al menos cinco carpas gigantes para proteger a los albergados de las bajas temperaturas. El primer día, la gente durmió sobre tablones de madera que la separaban del lodo y el pasto húmedo. Al día siguiente les repartieron colchonetas individuales que les aliviaron el descanso.

Quienes no alcanzaron espacio en las carpas, apartaron lugar en las gradas. Con tablones, otros improvisaron paredes y techos sobre la pista de caminata. Unas más, particularmente familias con casas de campaña, las montaron afuera del estadio, sobre el pasto y junto a árboles. 

Gradas. Refugio temporal. Foto: Eduardo Miranda

Gradas. Refugio temporal. Foto: Eduardo Miranda

La carpa más grande fue destinada a mujeres que viajan solas con sus hijos. Una más, a quienes lo hacen en familia. Al paso de los días y bajo los rayos del sol, la mezcla de olores a sudor, comida, ropa sucia y pañales usados comenzó a penetrar. Picaba nariz y garganta. Personal de derechos humanos entraba con cubrebocas a realizar un censo poblacional. 

En los alrededores de las carpas, el DIF capitalino y asociaciones sociales nacionales e internacionales –de las 60 que participan en el albergue– instalaron módulos e iniciaron jornadas de actividades lúdicas para los niños. Para “matar” las horas de ocio, las organizaciones ofrecían a los adultos clases de box, ajedrez, juegos de destreza, concursos de penaltis; algunos migrantes aprovechaban para cortarse el cabello con peluqueros que viajaban en la caravana, otros, los menos, acudían a los consultorios dentales o de terapia psicológica para aliviar un poco el estrés que hasta ahora les ha causado el viaje. 

Futbol para matar el ocio. Foto: Octavio Gómez

Futbol para matar el ocio. Foto: Octavio Gómez

El miércoles 7 por la tarde, Rubén Albarrán y Emmanuel del Real, integrantes del grupo Café Tacuba, acudieron al albergue para “expresar su apoyo a los migrantes”. El hecho fue severamente criticado en las redes sociales, mientras que los centroamericanos preguntaban: “Y esos, ¿quiénes son?”. Dos días después la alcaldesa en Álvaro Obregón, Layda Sansores, llevó mariachis al albergue y bailó con los centroamericanos.

Creatividad y violencia

La Secretaría de Desarrollo Social (Sedeso) instaló un comedor comunitario al que pronto tuvo que fijarle horarios de desayuno, comida y cena. En cada turno servían 6 mil raciones de arroz, frijoles, huevo con jamón y tortillas, pan dulce y bolillos, fruta donada por la Central de Abasto y agua de sabor.

Días después, voluntarios de las alcaldías tuvieron que hacer vallas humanas para que la gente no se colara en la fila y provocara protestas. 

Entre la espera y la ociosidad, en el albergue surgió el comercio informal. Como no había restricción para entrar o salir, jóvenes llegaban con cajas de pizza que, presuntamente, les donaban para repartir entre sus familiares y sus compañeros, pero pronto le encontraron el lucro y las vendían por rebanadas. 

Otros vendían cigarros sueltos: “¡tres cigarritos por cinco, de a 20 la cajita!”. Y la insistencia: “fúmele banda, fúmele”, ofrecían entre las gradas, dentro y fuera del estadio, en el estacionamiento y aun frente a las carpas de la Cruz Roja Internacional y el Ministerio Público móvil. Muy pronto, las cajas se convirtieron en paquetes similares a los de contrabando. 

El miércoles 7, una adolescente de 15 años llegó con una sombrilla y tendió su puesto de fundas para celulares, cargadores, pilas y audífonos. La gente comenzó a arremolinarse. En otras partes del estadio se habilitaron tomas “clandestinas” de corriente eléctrica reconocibles por la gente sentada en el piso alrededor de ellas o haciendo fila para esperar su turno. 

A la salida del deportivo mujeres con niños en brazos comenzaron a pedir limosna a los automovilistas; otras intercambiaban lempiras –la moneda hondureña–. En la puerta 6 de la Ciudad Deportiva otros migrantes esperaban a los automovilistas que donaban ropa, alimentos y juguetes para los menores.

Con el paso de los días surgieron los conflictos. El martes 6 por la noche se registró el primero: un hombre presuntamente golpeó a una mujer, quien se desmayó. Al día siguiente otro fue sorprendido cuando intentaba robar un celular. La oportuna intervención de la CDHCDMX evitó que lo lincharan. El viernes 9 otro intentó abusar de una joven. Los migrantes lo golpearon; fue trasladado al hospital Balbuena, pero rechazó la atención y se fue.

Ese mismo día por la mañana unos 250 migrantes comenzaron a recoger sus pocas pertenencias para dejar el albergue. Las autoridades informaron que sólo se marchó el 10%. Se despidieron con un “Gracias, hermanos chilangos”. 

Este texto se publicó el 11 de noviembre de 2018 en la edición 2193 de la revista Proceso.

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