AMLO-Bolsonaro: en riesgo el equilibrio geopolítico latinoamericano

AMlo y Bolsonaro, como el agua y el aceite. Fotos: Benjamín Flores y AP / Leo Correa AMlo y Bolsonaro, como el agua y el aceite. Fotos: Benjamín Flores y AP / Leo Correa

La anhelada integración de América Latina deberá seguir en pausa. Los dos países más influyentes de la región –Brasil y México– estrenarán gobiernos ideológicamente discrepantes. Expertos en relaciones internacionales consultados por Proceso hablan de una etapa de equilibrios geopolíticos muy frágiles, dados los perfiles antagónicos de Andrés Manuel López Obrador y de Jair Bolsonaro. Y mencionan el caso venezolano como el que detonaría la ruptura.

BOGOTÁ (Proceso).- La llegada al poder de Andrés Manuel López Obrador, en México, y de Jair Bolsonaro, en Brasil, abrirá una etapa de “frágiles equilibrios” geopolíticos en América Latina y que no estará exenta de “tensiones” entre los dos países más influyentes de la región.

Así lo plantean expertos en relaciones internacionales consultados por Proceso,­ quienes coinciden, además, en que las “discrepancias ideológicas” entre los presidentes electos de México y de Brasil, y la complejidad de los problemas que deberán atender en sus respectivos países, anticipan una época de “poca relevancia” en materia de integración latinoamericana.

El izquierdista López Obrador, que asumirá como presidente de México el próximo 1 de diciembre, y el ultraderechista Jair Bolsonaro, quien será mandatario de Brasil a partir de enero, coincidirán en el poder al menos los próximos cuatro años.

Ambos representan proyectos de cambio en sus países y ese sello se expresará a escala regional por el peso que tienen en el área ambas naciones. México y Brasil generan las dos terceras partes del PIB de Latinoamérica y concentran 53% de la población de la región.

Mientras que López Obrador ha planteado que la política exterior mexicana ha estado excesivamente orientada hacia Estados Unidos y que buscará reposicionar a México en el escenario latinoamericano, Bolsonaro desdeña mecanismos regionales de integración, como la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y el Mercado Común del Sur (Mercosur), y quiere estrechar lazos con el mandatario estadunidense Donald Trump.

De hecho, a Bolsonaro –excapitán del ejército que se abrió paso en la política con posturas homofóbicas, racistas, misóginas y a favor de la tortura– se le conoce como “el Trump brasileño”, no sólo por sus comentarios altisonantes, sino porque ha expresado reiteradamente su admiración por el estadounidense.

En la otra orilla, López Obrador ha construido una carrera política con una agenda de marcado contenido social, incluyente y a favor de los derechos humanos.

“Son personajes contrastantes, de orientaciones políticas e ideológicas muy distintas, y sus visiones opuestas tarde o temprano se van a encontrar en el espacio geopolítico latinoamericano y van a crear mucha tensión”, asegura el profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad de los Andes en Colombia, Víctor Manuel Mijares.

De acuerdo con el doctor en ciencia política de la Universidad de Hamburgo, esa tensión se va a expresar en el tema Venezuela, que estuvo muy presente en las campañas de ambos presidentes electos.

López Obrador fue atacado por sus adversarios políticos por sus supuestas similitudes con el fallecido exmandatario venezolano Hugo Chávez y porque haría de México “otra Venezuela”, un país que en los últimos cinco años ha perdido las dos terceras partes del PIB y en el que ya hay hambre.

Bolsonaro, en cambio, dijo durante la campaña que si los brasileños elegían al candidato del izquierdista Partido de los Trabajadores (que gobernó Brasil de 2003 a 2016), Fernando Haddad, el país acabaría como Venezuela. Además, ha llamado “tirano” y “dictador” al mandatario venezolano Nicolás Maduro.

El Grupo de Lima

Mijares considera que “la primera víctima” de las posturas contrapuestas que López Obrador y Bolsonaro tienen frente a Venezuela será el Grupo de Lima, creado el año pasado por 13 países latinoamericanos y Canadá para buscar una salida pacífica a la crisis venezolana y el restablecimiento del orden democrático en esa nación.

Los gobiernos salientes de México y Brasil, que forman parte del Grupo de Lima, han condenado la “represión” y el encarcelamiento de opositores en Venezuela y consideran “ilegítimas” las elecciones en las que Maduro se reeligió en mayo pasado. También han sido enfáticos en rechazar una salida militar a la crisis venezolana.

Los lineamientos que ha perfilado López Obrador sobre lo que será su política exterior no incluyen presiones al régimen de Maduro, a quien invitó a su toma de posesión este 1 de diciembre.

El canciller designado por López Obrador, Marcelo Ebrard, dijo que el gobierno entrante de México retomará el principio de “no intervención” en asuntos internos de otros países.

Para Mijares, esto supone que “México ya no tendrá una presencia activa en el Grupo de Lima”, y que Brasil, con Bolsonaro, impulsaría en ese foro posturas “más contundentes” contra Maduro.

“La crisis en Venezuela va a ser la piedra angular de la conflictividad y las tensiones que podríamos ver en América Latina con López Obrador y Bolsonaro”, afirma el experto en geopolítica regional.

Aunque Bolsonaro afirmó la semana pasada que no prevé ninguna acción militar contra Venezuela, sus colaboradores más cercanos y su hijo, Eduardo Bolsonaro –que es diputado federal–, han dicho que una opción de fuerza no está descartada.

En Brasil nadie duda que Bolsonaro apoyará cualquier medida que Trump decida poner en práctica para propiciar un cambio de régimen en Caracas.

“Él quiere una alineación total con Trump”, afirma el especialista en relaciones internacionales de la Fundación Getulio Vargas de Brasil, Matias Spektor.

Para Juan Gabriel Gómez Albarello, investigador de la Universidad Nacional (UN) de Colombia, si se consolida una relación Trump-Bolsonaro, esta dupla será “como el paso de un vendaval” en Latinoamérica.

“Aquí estamos hablando del riesgo de que se produzca una intervención militar en Venezuela con el respaldo de ellos y de los halcones de Washington”, afirma el profesor del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la UN.

De acuerdo con Gómez Albarello, “esto abre un panorama muy complicado en la región frente al cual López Obrador estará en una postura muy defensiva, pero, según creo, muy decidido a recuperar el margen de independencia histórico que tuvo México en otras épocas”.

Y en este escenario, asegura, “se pueden producir desencuentros de diferente matiz” entre Bolsonaro y López Obrador.

El doctor en ciencia política considera que el futuro presidente mexicano intentará construir “un contrapeso de moderación” en la región, pero para ello necesita hacer alianzas con países gobernados por la centroizquierda –Ecuador y Uruguay– y con la “centroderecha razonable”, como la que representa el presidente de Chile, Sebastián Piñera.

“Creo que el destino de México, con López Obrador, es ser muy independiente frente a Estados Unidos y tratar de impulsar, con pragmatismo, una red de alianzas en la región. Esto dependerá mucho de que la agenda interna le permita jugar un papel activo en Latinoamérica”, afirma Gómez Albarello.

Golpe a Itamaraty

Para Spektor, lo que marcará la política exterior de Bolsonaro es su decisión de seguir a Trump “como un remolque” en todos los temas internacionales. Si logra hacerlo, asegura, Brasil dará el giro de política exterior “más significativo de los últimos 20 años”.

Durante las presidencias de los centroizquierdistas Fernando Henrique Cardoso (1995-2003), Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2011) y Dilma Rousseff (2011-2016), Brasil impulsó con fuerza un proceso de integración regional que derivó en la creación del Mercosur y de la Unasur.

Esas políticas fueron diseñadas por el competente cuerpo diplomático de carrera que tiene Brasil y cuyo símbolo principal es el Palacio de Itamaraty en Brasilia.

Con Bolsonaro, Itamaraty “podría tener que volverse sepulturero o anestesista de sus propias criaturas, como Unasur, Celac (la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), Mercosur y los Brics (el bloque Brasil, Rusia, India y China)”, sostiene Marcos Peckel, profesor de relaciones internacionales de la Universidad Externado de Colombia.

Bolsonaro ha dicho que el Mercosur –del que forman parte Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay– no es una prioridad ya que se trata de un tratado “sobrevalorado”. Él quiere buscar acuerdos bilaterales con las principales economías del mundo occidental.

Sobre la Unasur, un mecanismo de integración y concertación política creado hace una década por los 12 países sudamericanos bajo el liderazgo de Brasil, el vicepresidente electo, el general en retiro Hamilton Mourao, ha dicho que es un organismo “muerto”.

El pasado abril seis países –Argentina, Colombia, Chile, Brasil, Paraguay y Perú– abandonaron ese foro y advirtieron que sólo regresarían si se garantiza su “funcionamiento adecuado”.

Y en agosto Colombia anunció su salida definitiva y se espera que Bolsonaro tome la misma decisión, lo que será el “golpe mortal” para ese organismo y un “punto de quiebre” para las políticas integracionistas de Brasil que han surgido de Itamaraty y cuyo eje estratégico ha sido posicionar a ese país como un gran líder regional para proyectarlo como una potencia global.

Para Gómez Albarello, la impronta antiintegracionista de Bolsonaro contrasta con la aspiración de López Obrador de reposicionar a México en América Latina a partir de proyectos comunes.

En ese sentido, indica, el foro que le quedará al próximo presidente de México para articular un proyecto de integración regional es la Celac, que congrega a todos los países latinoamericanos pero que ha tenido poco protagonismo desde su fundación, en 2010.

Otra posibilidad, señala el internacionalista, es que utilice la Alianza del Pacífico –un mecanismo de integración comercial del que forman parte Colombia, Chile, México y Perú– como un “puente” con Sudamérica para construir en la región “una nueva iniciativa integracionista”.

Pero, de acuerdo con Gómez Albarello, esto dependerá de la disposición de López Obrador a ser “pragmático” en su agenda internacional y a “impulsar alianzas” con los gobiernos centroderechistas de Chile, Colombia y Perú.

“Esto evitaría que el torbellino que ha creado Bolsonaro arrastre a estos países a su lado”, asegura y agrega que no ve a López Obrador actuando en línea con los países de la izquierda latinoamericana agrupados en la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba), entre ellos Venezuela, Bolivia, Cuba y Nicaragua.

“México va a estar en un curso de acción de equilibrio geopolítico, no alineado con el Alba, sino buscando una ruta de integración más centroizquierdista. Con la izquierda de Venezuela ya no hay nada que hacer porque, sencillamente, ha implosionado y no tiene ningún futuro”, dice Gómez Albarello.

En cambio, el internacionalista venezolano Félix Arellano considera que la invitación que le hizo López Obrador a Maduro a su toma de posesión es “una señal muy preocupante” de la política que piensa formular frente a Venezuela, la cual se basará en el principio de la no intervención.

De acuerdo con el profesor de la Universidad Central de Venezuela, “el principio de no intervención no debería estar por encima de las violaciones a los derechos humanos y la anulación del sistema democrático que ha perpetrado el gobierno dictatorial de Maduro”.

Arellano valora como “positivo” el llamado al diálogo que formuló el año pasado López Obrador para resolver en forma pacífica la crisis venezolana, pero pidió al presidente electo preguntar al papa Francisco y al mandatario de la República Dominicana, Danilo Medina, cómo Maduro “les pateó la mesa” a principios de este año cuando las negociaciones con la oposición avanzaban.

Para el internacionalista, un entendimiento entre López Obrador y Bolsonaro sobre la crisis de Venezuela sería “fundamental” para buscar una salida a ese problema que ya tiene una dimensión regional por los 2 millones de venezolanos que han buscado refugio en países como Colombia, Ecuador, Perú, Chile y el propio Brasil.

Este reportaje se publicó el 11 de noviembre de 2018 en la edición 2193 de la revista Proceso.

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