La lucha contra un enemigo invisible

La desminadora Sirun, en un descanso de su trabajo. Foto: Andrés Mourenza La desminadora Sirun, en un descanso de su trabajo. Foto: Andrés Mourenza

NAGORNO KARABAJ.- Durante 2003 el precio del trigo se incrementó repentinamente, en torno a una cuarta parte, en los mercados internacionales. Al año siguiente, se disparó el número de víctimas de las minas antipersona en el Nagorno Karabaj.

Ambos hechos están relacionados: al elevarse los precios del trigo, los campesinos se lanzaron a plantar cereal por todo el territorio, incluso en lugares que no conocían o permanecían abandonados. Las minas esperaban, silenciosas y escondidas, desde la guerra que, en los años noventa, asoló esta montañosa región del Cáucaso disputada por armenios y azerbaiyanos.

“La gente va al bosque por leña, a cazar al monte o cultiva donde puede. Ése es el problema del Karabaj y por eso tenemos que limpiar cada metro cuadrado, porque la gente lo necesita”, explica Amasya Zargaryan, jefe del programa de la oenegé Halo Trust en el Karabaj.

Prácticamente cada hora, alguien en algún punto del planeta activa una mina antipersonal. 23 víctimas al día; más de 8 mil al año. Pierden una mano o una pierna. Quedan lisiados para el resto de su vida. Mueren, si tienen mala suerte. Familias que pierden a quien se encargaba de llevar el sustento a casa. Niños que jugaban entre los escombros. Campos que quedan sin cultivar por miedo a que pueda haber más explosivos. Comunidades que ven cómo el camino hacia la normalidad queda truncado por los remanentes de un conflicto.

Vista de pueblos azerbaiyanos destruidos por los armenios durante la guerra del Karabaj. Foto : Andrés Mourenza
Vista de pueblos azerbaiyanos destruidos por los armenios durante la guerra del Karabaj. Foto : Andrés Mourenza

“Una vez plantadas, las minas permanecen en estado latente y siguen siendo letales por mucho tiempo, continúan mutilando y matando civiles. Desafortunadamente sucede que el uso de minas terrestres ha estado expresamente dirigido contra la población civil como medio de control y de terror”, denuncia el mexicano Héctor Guerra, director de la Campaña Internacional por la Prohibición de las Minas terrestres: “La amenaza de estas minas también deja enormes superficies de tierra inutilizables para la agricultura o la construcción de infraestructura (transporte, agua, salubridad, etc.). Es así que las minas no son sólo fuente de sufrimiento y muerte, sino también de pobreza”.

La mina es una de las armas más simples: una carcasa de plástico o metal rellena de explosivo, en mayor o menor cantidad si se trata de minas antipersonales o antitanques, que se activan de diferentes formas, bien pisando sobre ellas bien tocando el cordel al que van conectadas o bien por aproximación.

“Esta es la más común que nos encontramos en esta zona”, dice Zargaryan sujetando una pieza de plástico verde, similar a las cajas donde se guardaban las antiguas bobinas de película: “Son PMN2, de fabricación soviética. Contiene 100 gramos de explosivo. Es muy simple, la pisas y estalla. No requiere mucha presión. Cualquiera que pase sobre ella la activará”.

El problema de las minas es que no conocen tratados de paz ni armisticios. Siguen ahí donde fueron colocadas mucho después de que se levante el frente y los soldados sean desmovilizados. Así que entre el 70% y el 85 % de sus víctimas son civiles. Aún se hallan de vez en cuando minas y explosivos de la Primera y la Segunda Guerra Mundial en Europa y el norte de África, aunque el mayor peligro es para aquellos países que han sufrido conflictos recientes. Se calcula que en torno a 60 países del mundo están “contaminados”, el término que usan quienes trabajan en estas labores, y sus poblaciones viven sometidas a la amenaza de este enemigo prácticamente invisible.

Los países con más víctimas de las minas son Afganistán (22 mil 530 muertos y heridos), Colombia (10 mil 654), Yemen (8 mil 958), Camboya (8 mil 686) e Irán e Irak (con 5 mil cada uno). Pero el Karabaj, dada su escasa población, es uno de los territorios con mayor proporción de víctimas: 2.5 por cada mil habitantes. Muy por encima de los siguientes en la lista: Afganistán, Camboya, Libia, Yemen y Kosovo (con entre 0.3 y 0.6 por mil).

“Desde el alto el fuego de 1995, unas 300 personas han resultado heridas y cerca de 80 han muerto por las minas. Pero estos son los accidentes de los que tenemos registro, probablemente el número es algo mayor”, explica el jefe de Halo Trust en el Karabaj. “Los accidentes han disminuido mucho en los últimos años, pero todavía no hemos tenido un año sin accidente. Precisamente esta mañana he actualizado las estadísticas porque hace unos días unos niños activaron una mina antitanque. Resultaron heridos, aunque se recuperarán, afortunadamente no perdieron ningún dedo ni los ojos”, comenta.

Halo Trust es la mayor organización dedicada al desminado en el mundo. Fundada en 1988 está presente en una veintena de países y ha desactivado cerca de 400 mil minas y explosivos en las últimas tres décadas. Sólo en el Karabaj ha inutilizado 1 mil 600 minas y 12 mil municiones de fragmentación.

El problema es que limpiar una zona de minas no es fácil ni barato. Si el precio de uno de estos artefactos explosivos varía entre 3 y 30 dólares, el de retirarlas es 100 veces superior, así que el desminado depende de las donaciones de gobiernos y entidades privadas.

El reportero acompaña a uno de los equipos de Halo Trust en sus labores de desminado en la colina de Mengelenata. Desde lo alto se divisan varias localidades destruidas por la guerra, como Fizuli, de la que sus habitantes fueron expulsados y es, ahora, una ciudad fantasma y en ruinas. La línea del frente de guerra se sitúa a menos de 20 kilómetros. “Esta era una posición estratégica porque desde aquí se pueden bombardear los pueblos de los alrededores y por eso cambió de manos varias veces durante la guerra. Y cada vez que cambiaba de manos, se colocaban nuevas minas para evitar que el enemigo tomase la posición”, explica Arayk Markaryan, jefe del equipo de desminadores de Mengelenata.

Los miembros del equipo se internan en el campo minado a través de unos escalones cavados en la tierra. Se trata de una colina con un desnivel muy pronunciado. A los lados de la senda, en terreno todavía por limpiar, se advierten restos de los combates, por ejemplo, el tubo destrozado de un lanzagranadas. Sirun, una desminadora de 37 años trabaja atada a una cuerda, para, en el caso de que pierda el equilibrio, no caiga por la colina y active los explosivos aún por desactivar. Cubierta por un peto protector y un casco con visor, y arrodillada sobre el suelo, Sirun aparta la tierra con una pequeña azada, muy cuidadosamente para no ejercer presión en caso de hallar un explosivo. Es un trabajo meticuloso, continuamente debe comprobar con una regla que ha retirado una capa de 15 centímetros de tierra. Es repetitivo y normalmente transcurren meses sin encontrar nada: en esta colina se trabaja desde 2010 y se ha limpiado una extensión equivalente a dos campos de fútbol, han aparecido 29 minas antipersonales y otros 17 artefactos explosivos. Sirun aún no ha hallado ninguno pero no puede perder la concentración: debe limpiar cada palmo de terreno para asegurarse de que no queden minas.

“El trabajo es pesado y físico, pero muy interesante”, explica.

Las mujeres son todavía una minoría en este oficio, pues deben enfrentarse a ciertos tabúes sociales, pero poco a poco cunde su ejemplo y ya hay incluso jefas de equipo. Sirun trabajaba hasta hace poco como ama de casa pero decidió unirse a Halo Trust y tras pasar por un curso de formación se inició en las labores de desminado: “Creo que es un trabajo importante. Ayuda a la comunidad y hace que la región sea más segura, deje atrás la guerra. También lo hice por dinero, el salario (unos 500 dólares) es mejor que el de otros trabajos en el Karabaj”, explica.

Para ella lo peor es que le obliga a estar ausente de casa cinco días por semana, pues los desminadores duermen en un asentamiento cercano y trabajan en el campo minado llueva o haga un calor extremo, sólo si nieva copiosamente interrumpen su labor. “Nada más puedo ver a mis hijos los fines de semana, y los echo de menos. Son tres, y son pequeños. Saben cuál es mi trabajo y la verdad es que están muy orgullosos de tener una madre así”, dice.

En la década de los noventa hubo una intensa movilización contra las minas antipersonales liderada por varias ONG que convergieron en la Campaña Internacional por la Prohibición de las Minas (ICBL, por sus siglas en inglés), galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 1997.

Las minas habían perdido incluso su sentido militar, argüía un informe del Comité Internacional de la Cruz Roja en 1996, pues las tecnologías de la guerra moderna permiten a un Ejército sortear un campo minado en apenas 30 minutos, además de mostrarse inefectivas a la hora de controlar las fronteras, ya que habitualmente los traficantes de personas y contrabandistas conocen la disposición de los explosivos y se las ingenian para evitarlos. Así que en 1997 se firmó la conocida como Convención de Ottawa, el primer tratado internacional promovido por países que no son grandes potencias (Canadá, Noruega, Australia, Zimbabwe, entre otros) y que prohíbe el uso, producción, almacenaje o comercio de minas antipersonales. El 80 % de los países del mundo la han ratificado y su cumplimiento “ha sido generalmente muy bueno”, según la ICBL. Desde su entrada en vigor en 1999, se han destruido 53 millones de minas almacenadas por los estados firmantes y 28 países “contaminados” han sido declarados “libres de minas”, si bien el proceso de limpieza de territorios minados avanza con mayor lentitud de lo previsto y no parece factible que se cumpla el objetivo de lograr un mundo libre de minas para 2025.

Uno de los puntos débiles del tratado es que los países más poderosos de La Tierra (Estados Unidos, Rusia y China) no lo han firmado, como tampoco lo han hecho países inmersos en conflictos como India, Pakistán, las dos Coreas, Israel, Irán, Libia, Siria, Armenia o Azerbaiyán, algunos de los cuales siguen fabricándolas. En total poseen unos 50 millones de minas (la mitad de ellas en manos de Rusia). Además, se ha detectado que algunos gobiernos han colocado nuevas minas en los últimos años, por ejemplo Birmania, Libia y Siria.

Algunas de las minas antipersona y antitanque halladas por los desminadores de Halo Trust en su trabajo en el Karabaj. Foto: Andrés Mourenza
Algunas de las minas antipersona y antitanque halladas por los desminadores de Halo Trust en su trabajo en el Karabaj. Foto: Andrés Mourenza

En el caso de Birmania, Héctor Guerra se queja de que en la “represión a gran escala que lleva a cabo contra la minoría rohingya, las fuerzas armadas de ese país han plantado minas en su frontera con Bangladés para bloquear el regreso de los refugiados”.

Esta es una de las razones por las que en los últimos años ha aumentado el número de víctimas hasta cifras similares a las que había a la entrada en vigor de la Convención de Ottawa después de años de paulatino descenso. Aunque otra de las razones es que los sistemas de recuento son cada vez más precisos ya que hace dos décadas -el tratado entró en vigor en 1999- se cree que las cifras reales eran el doble de las reportadas.

Pero hay otro enemigo silencioso que, poco a poco, va sustituyendo a las minas: la munición de fragmentación o bombas de racimo. “Estas municiones no se habían utilizado nunca en la guerra del Karabaj, hasta los enfrentamientos de 2016. Son bombas racimo de fabricación israelí. Se lanzan desde el aire en una gran bomba que estalla y suelta un centenar de pequeñas bombas como estas que a veces no explotan al entrar en contacto con el suelo”, dice Zargaryan sosteniendo en sus manos un pequeño artefacto esférico con una llamativa cinta rosa unida a la espoleta: “Así que tuvimos que ir pueblo a pueblo a educar a la gente sobre esta nueva amenaza, que es particularmente peligrosa porque puede ser atractiva para los niños. Es una pequeña bomba. Si la tomas con las manos, puedes perder los dedos o la mano entera. Si la sujetas cerca de tus órganos vitales, te puede matar”.

A raíz de la Guerra de Líbano en 2006 –en la que según estimaciones de la ONU, el 40 % de las bombas de racimo lanzadas por Israel no detonaron y quedaron en estado latente como las minas–, se comenzó a debatir la prohibición de este tipo de armas. La Convención sobre Munición de Fragmentación, que prohíbe su uso, fabricación y comercio, ha sido ratificada por 104 estados. Pero, una vez más, Estados Unidos, Rusia y China se negaron a firmarla, como tampoco han hecho la mayor parte de los países de Asia y Medio Oriente ni Brasil, Argentina, Venezuela o Surinam en América.

En algunos países se han comenzado a utilizar perros o ratas entrenados para la desactivación de minas y bombas de racimo, pero en general el trabajo es mayormente humano. Y en el Karabaj en su totalidad.

“Los detectores de metales tampoco nos dan una garantía al cien por cien, porque hay muchas minas de plástico. Y debido a la dificultad del terreno montañoso y a la presencia de numerosos restos de munición y armas, tenemos que limpiar manualmente todo el territorio”, asegura Markaryan.

Frente a la gloria y los honores oficiales que se rinden a los combatientes, estos desminadores son héroes prácticamente anónimos, humildes héroes de la paz que hacen un trabajo de hormiguita, constante, sufrido. Y peligroso. Aunque quienes trabajan en ello aseguran que, siguiendo las estrictas normas de seguridad, apenas hay riesgo, este nunca está completamente ausente. El pasado 29 de marzo, tres compañeros fallecieron y otros dos resultaron heridos a causa de una mina antitanque que explotó al paso de su vehículo.

“Fue una conmoción porque se trataba del primer accidente mortal que hemos tenido en nuestra historia aquí en el Karabaj”, apunta Zargaryan. “Dimos dos semanas de baja a todos los equipos para que se recuperasen, pero finalmente todos volvieron a trabajar. A lo que sí afecto fue a la contratación, normalmente había mucha gente interesada, pero en los últimos meses hemos tenido más difícil hallar candidatos”.

Hay quienes se unen a este trabajo por deber cívico o por el sueldo. Otros, como Maher, para superar los fantasmas del pasado. Este joven de 25 años participó en la guerra de 2016, cuando se renovaron las hostilidades entre azerbaiyanos y armenios del Karabaj en una feroz contienda de cuatro días que dejó unos 200 muertos. Maher quedó traumatizado por lo que vivió, pero enrolarse en Halo Trust le ha ayudado a superarlo. “Al limpiar las minas permitimos que este lugar pueda ser utilizado de nuevo por la gente, así que es muy bueno hacer esto. Hace que me sienta bien”, comenta.

Cuando él y sus compañeros terminen el trabajo en Mengelenata, en estos terrenos habrá pasto para el ganado y los feligreses podrán regresar a la ermita que corona la colina. En este olvidado rincón del mundo, la vida podrá volver, poco a poco, a la normalidad.

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