Euterpe en su sima

 

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En este 2018 tendrían que haberse festejado los 150 años del natalicio de Narcissa Florence Foster, una artista tristemente célebre cuya vida ha sido objeto de sugestivas obras de teatro y de sápidos largometrajes (de estos últimos, el más reciente se estrenó en 2016 a cargo de la actriz Meryl Streep, quien la encarnó magistralmente valiéndole otra nominación al Oscar).[1] ¿Cómo es entonces posible que a una figura que suscita tanto interés, ‒y tanto morbo‒ se le hayan escatimado los homenajes en su sesquicentenario? ¿No fue, acaso, un personaje que “deleitó” y enardeció a sus escuchas, que grabó cinco discos de 78 rpm que siguen reimprimiéndose, que atrapó la atención de los críticos más severos y que se retiró de los escenarios con un memorable recital en el Carnegie Hall de Nueva York, templo consagratorio de los valores musicales del planeta, agotando las localidades y dejando fuera a más de 2 mil admiradores? ¿No representó ella una vedada glorificación de los anhelos más recónditos del alma humana a través del canto y sus portentos?

Las respuestas estriban en que se trató de una especie de anti heroína, cuya inconsciencia y, por supuesto, enorme fortuna, la llevaron a situarse por encima de la valoración general de su desempeño artístico y que, contradiciendo las normas de excelencia musical, no tuvo empacho en exponer sus limitaciones, trastocándolas en virtudes frente a públicos a los que anonadó por lo inaudito de su impericia.

Sujetos que encajen en esa categoría nos son muy conocidos, es decir, estamos sobrados de falsos valores que se suben a los pódiums de las orquestas, que escalan en los puestos del servicio público, sobre todo los de mayor visibilidad política, y que insultan nuestra inteligencia mostrándose frente a cámaras de televisión o vociferando ante micrófonos de radio, empero, la inusitada candidez de Narcissa y su inmenso amor por la música suscitan una piedad que merece indulto y una empatía que incita a la reflexión. Después de todo, ¿quién puede sentirse enteramente satisfecho con su realización como ser humano?, ¿Quién puede atreverse a criticar soslayando lo criticable de sí mismo?, ¿Quién está libre de pecado para poder lanzar una piedra contra las pifias y los yerros de los demás?… Aunque hay niveles de aberración y desenfado, es cierto, como aseverarían los exigentes, pero el caso de Florence rebasó toda mesura, funcionando como ejemplo para ponderar la ineptitud como crisol de la vanidad ciega.

Mas comencemos por el principio, acercándonos a los entretelones de la vida de esa ilusa mujer que en vez de reconocimientos recibió escarnios y que, en lugar de ovaciones, animó coros de burlas y carcajadas. Así pues, Narcissa Florence, la “peor cantante de ópera del mundo” nació el 19 de julio de 1868 en la ciudad de Wilkes-Barre en el Estado de Pennsylvania de la Unión Americana. Sus avergonzados padres: el millonario Charles Foster, un abogado de renombre y un latifundista sin escrúpulos y Mary Jane Hoagland, un ama de casa acostumbrada a los lujos, de quien heredó la pasión por la música. Narcissa tuvo una hermana menor que falleció de niña por difteria, dejándola como hija única a partir de su promisoria e inquieta mocedad.

Sus lecciones musicales iniciaron a los cinco años de edad y fueron especialmente fructíferas, ya que en cosa de dos años estuvo lista para presentarse como concertista de piano bajo el apelativo de “Little Miss Foster”. Primero conquistó a pequeños auditorios improvisados en las residencias de la sociedad pudiente de Pennsylvania; y apenas unos meses después de haber degustado las tiernas mieles del aplauso fue convocada a tocar un concierto en la Casa Blanca, por invitación del recién electo Rutherford B. Hayes (19° presidente norteamericano). Narcissa Florence tenía ocho años y la aclamación tributada por ese selecto auditorio le dio el empuje para sentir que sus días terrenales se ligarían para siempre con la música hecha por ella misma. No eran sólo sueños de infancia, sino una certidumbre interior de que tenía mucho que decir a través de las teclas del piano (a la postre, esos sueños, sueños serían).

Transcurrió así su paso de la niñez a la pubertad, con delirios de grandeza cada vez más persistentes, hasta que llegó la hora de afrontar su futuro como una profesionista hecha y derecha, apta para ganarse la vida con su arte. Y ahí surgieron los problemas, ya que su progenitor no estuvo de acuerdo en que su nombre se volviera público y que su fama de artista la apartara de la senda que toda mujer decente había de proseguir. Por tanto, terminada la escuela secundaria externó su deseo de trasladarse a Europa a estudiar música en serio topándose con ese no definitivo, que además involucraría la renuncia de una cuantiosa herencia. ¿Qué hizo entonces la voluntariosa Florence?…

Huyó de su casa para irse con un extraño pretendiente que, si bien no podría sufragarle los estudios europeos, sí la acogería como esposa y compañera. La boda del encono tuvo lugar en Philadelphia en 1885. Ella era aún una menor de edad con 17 años y él, Thornton Jenkins, un médico de 33 años con una amplia fama de mujeriego. Para acabar de encuadrar el panorama de la desastrosa fuga emprendida por Narcissa, al poco tiempo del enlace conyugal, le fue diagnosticada una sífilis que no lograría curarse nunca, no obstante las tomas de mercurio y arsénico que se recetaban en su época.

Y no acaban aquí los amargos sinsabores, sino que ya separada del fulano con desordenes venéreos se vio obligada a mantenerse a sí misma sin ser la excelsa pianista que los aplausos le habían hecho creer. Sin mayores opciones, apeló a su fuerza de voluntad para ponerse a estudiar con vehemencia y con el tiempo que le quedaba libre se puso a dar clases particulares de piano. No es difícil imaginar que el inesperado ritmo de trabajo, aunado a la presión por querer destacar como la virtuosa inigualable salida de su fantasía, desato una lesión irreversible en los tendones de los brazos. ¿Qué hacer cual dilema de un melodrama en gestación?…

Narcissa, reflejada de cuerpo entero en el espejo de sus frustraciones, emprendió el camino de una vana resignación acercándose a su madre quien, para ventura de la malograda estrella, estaba divorciándose del tirano que le había deparado el destino. Se mudaron así, al cambio de siglo y como dos aves perdidas en su migración, a Nueva York. Una década sin pena ni gloria las vio acompañarse la una a la otra hasta que el sino funesto de Narcissa dio, inesperadamente, un vuelco a su favor: su padre fallece y la parte de su heredad era inmensa, tanto, que le permitió volver a soñar. ¿Por dónde podría llegar el resarcimiento de sus ajadas ensoñaciones musicales? ¿Sobre las alas de la voz? ¿Podía tornarse, ya casi cincuentona, en una triunfadora diva de la ópera?…

¡Naturalmente! y para eso estaba el dinero. ¡Cómo no usarlo a su favor cuando podía comprarlo todo, desde las clases privadas de canto con los maestros más respetados, la titularidad de incontables asociaciones de beneficencia, de clubes musicales para la promoción de talentos, de patronatos para las artes, hasta de un nuevo marido y de los foros idóneos para sus presentaciones!

En suma, su nombre hubo de tornarse en un sinónimo de la alta cultura neoyorquina, misma que tenía que llevarla como adalid y mecenas de la más alta alcurnia. Con esa perspectiva existencial ya no hubo freno para sus exabruptos canoros. Cada año ofreció un recital en el lujoso Hotel Ritz-Carlton, sólo para entendidos, añadiendo una cena pantagruélica para acabar de congraciarse con los que todavía no lograban captar la valía de sus habilidades. Asimismo, cooptó a sus pianistas acompañantes, modistas, maquillistas y consejeros para que la hicieran lucirse en los esplendores que sólo ella atinaba a vislumbrar. No faltaron los ingenieros de sonido que le grabaron para la posteridad sus imperdibles fonogramas…[2]

Al cabo de cuatro décadas de derroche ‒recibió también la herencia del lado materno‒, quiso coronar su trayectoria rentando el famoso Carnegie Hall. ¿Por qué no habría de hacerlo, si en su palco escénico se presentaban únicamente los elegidos del orbe? ¿El resultado? Incredulidad, ataques de risa sumados a algunas histerias por no poderla controlar. A manera del homenaje que no hubo, esta columna reproduce un par de críticas “Mrs. Foster tiene una gran voz, de hecho, puede cantar todo menos las notas” (New York Sun). “Lady Florence ha incurrido en una de las bromas masivas más bizarras que Nueva York jamás haya escuchado” (New York Post) Y cual justo post scriptum: ¡Larga vida a su memoria, la mediocridad de nuestro medio une sus vítores!

[1] El largometraje se intitula simplemente Florence Foster Jenkins y fue dirigido por el británico Stephen Frears.

[2] Se sugiere la hilarante audición de alguna de sus interpretaciones. Use el código QR o acuda a la página: proceso.com.mx

https://youtu.be/6h4f77T-LoM   https://youtu.be/KoGElIOB9tc

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