Ucrania: Putin cierra el cerco

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, durante la cumbre del G20 en Argentina. Foto: AP/Natacha Pisarenko El presidente de Rusia, Vladimir Putin, durante la cumbre del G20 en Argentina. Foto: AP/Natacha Pisarenko
El presidente de Ucrania, Petro Poroshenko, entregó nuevos aviones y equipo militar a las Fuerzas Armadas en la región de Vasylkiv. Foto: AP
El presidente de Ucrania, Petro Poroshenko, entregó nuevos aviones y equipo militar a las Fuerzas Armadas en la región de Vasylkiv. Foto: AP

CIUDAD DE MÉXICO (apro).– Aunque un acuerdo bilateral del año 2003 avala la posición de Ucrania, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, justificó los disparos que sus fuerzas navales realizaron el domingo 25 contra tres buques de ese país, así como la detención de sus tripulantes.

Todavía más: Putin asegura que su homólogo ucraniano, Petro Poroshenko, está tensando la cuerda por razones electorales, y para demostrarlo minimiza lo sucedido. Poroshenko hizo aprobar una declaración de estado de guerra que afecta a diez provincias, y Putin recordó que el ucraniano no hizo nada parecido en dos ocasiones pasadas a pesar de que, según el ruso, entonces tenía mayores motivos para hacerlo: cuando Moscú ocupó la península de Crimea y se la anexó, y cuando milicias apoyadas por los rusos se alzaron en armas en el oriente del país.

Algunos acusan de cínico a Putin. Pero dentro de Ucrania, incluso entre los más anti rusos, hay quienes coinciden con él en sus sospechas sobre Poroshenko, que enfrenta elecciones presidenciales en marzo del próximo año y ahora tiene un escaso 8% en las encuestas, y por lo tanto tendría un interés en ganar popularidad a costa de agravar las tensiones con Rusia.

Tampoco son ingenuos, sin embargo: para Putin también hay beneficios políticos qué sacar de esta crisis. Y por partida doble. En esos mismos comicios, él tiene candidata preferida, la exprimera ministra Yulia Timoshenko, quien si gana podría facilitarle a Moscú obtener concesiones, destrabar este conflicto que ya lleva cinco años y conseguir que la Unión Europea y Estados Unidos levanten al menos algunas de las sanciones económicas que le impusieron al apoderarse de Crimea.

Y personalmente, el todopoderoso Putin pasa por su momento de menor popularidad en casa, con una población indignada porque elevó cinco años la edad de jubilación. Volver a demostrar que es el gran líder que apalea al enemigo podrá ayudarle a recuperar apoyo.

 

Castigo ruso

Para poder transportar sus exportaciones al mundo e importar lo que necesita, Ucrania depende de sus tres salidas al Mar Negro, por el que, a su vez, sus naves transitan al Mediterráneo. Una de esas salidas era la península de Crimea, que Rusia le arrebató militarmente en 2014.

Al oriente de Crimea, un pequeño brazo de tierra se aproxima a la Rusia continental y casi cierra otra de esas salidas, la del Mar de Azov, que contiene el puerto industrial ucraniano de Mariupol y sólo respira hacia el Mar Negro a través del estrecho de Kerch.

Ahí fue donde se produjo el incidente bélico del domingo 25. En 2003, Ucrania y Rusia firmaron un acuerdo que reconoce el libre derecho de paso de los buques de ambos países. Esto es lo que intentaba hacer una flotilla militar ucraniana compuesta por tres buques. La armada rusa, muy superior en sus capacidades, disparó, hiriendo a dos personas, se lanzó al abordaje y capturó las naves y a 24 marineros ucranianos, a los que amenaza con procesar judicialmente por “invadir mar territorial ruso”.

Esto anula la utilidad del puerto de Mariupol, desde donde son embarcadas las exportaciones ucranianas de metales y productos agrícolas, y clausura en los hechos el Mar de Azov como salida al mar para Ucrania, que se queda así sólo con la que está al occidente de Crimea: la que sirve a la ciudad de Odesa y no es tan vulnerable porque no depende de un estrecho, pero que de todas formas queda a merced de la flota rusa, ubicada en Sebastopol.

Este es el episodio más reciente de un conflicto que empezó el 21 de noviembre de 2013, cuando un movimiento popular pro occidental, llamado del Euromaidán, se alzó contra el gobierno de Viktor Yanukovich, aliado de Putin, provocó su caída en febrero de 2014 y alentó un cambio de lealtades favorable a las potencias occidentales, expresado en la firma de un acuerdo de asociación con la Unión Europea.

Moscú respondió con dos grandes acciones: soldados rusos con uniformes, pero sin insignias, que utilizaron la base naval de Sebastopol, simularon ser milicias locales y conquistaron Crimea para incorporarla a Rusia. Moscú presentó los hechos como una iniciativa espontánea de los crimeanos, a los que Rusia no dejaría abandonados.

La segunda fue que las regiones de Donetsk y Lugansk, en el extremo oriental de Ucrania y con población mayoritaria de habla rusa, se levantaron en armas y se declararon independientes. Fuerzas del ejército ruso han sido detectadas apoyando a los rebeldes e incluso, en junio de 2014, un avión civil de Air Malaysia, que volaba de Kuala Lumpur a Amsterdam, fue derribado por error por milicianos que utilizaron una batería antiaérea rusa. Murieron los 298 ocupantes del vuelo. En esta guerra civil, paralizada por un alto al fuego vigente desde febrero de 2015, han perecido unas 10 mil personas, incluidos 3 mil civiles.

 

La jugada de Poroshenko

Un incidente así genera nuevas amenazas a la estabilidad regional, acerca la posibilidad de guerra. Y es más peligroso cuando los protagonistas mezclan intereses personales, como los de tipo electoral.

Con 8% de popularidad, Poroshenko tiene las cosas muy difíciles para conseguir su reelección en Ucrania, con comicios presidenciales programados para el próximo 31 de marzo. Como respuesta al ataque contra sus buques, presentó ante la Rada Suprema (Parlamento) una petición de declarar el estado de guerra en todo el país por 60 días. Los legisladores sólo le concedieron una limitada a 10 de las 27 regiones, por 30 días, y además sin movilización de tropas porque no es una declaración de guerra, sino de estado de guerra. Temen, precisamente, el uso político que el presidente le podría dar.

El jueves 29, en la Cumbre del G20, la canciller alemana Angela Markel tuvo que ponerle un alto a Poroshenko, que la considera su mejor aliada, después de que el ucraniano le pidió que movilizara a la OTAN para que enviara fuerzas militares al Mar de Azov, lo que precipitaría una confrontación armada con Rusia. Propuso, además, el cierre del estratégico estrecho del Bósforo, en Turquía, para impedir la salida de los buques ruso al Mediterráneo. “Mantenga la prudencia”, le respondió Merkel, recomendándole “resolver las cosas siendo razonables, dialogando los unos con los otros”.

Se negó así a caer en la jugada electorera que denuncia Putin, quien asegura que el intento de los buques ucranianos de pasar por el estrecho “fue una provocación planeada sin lugar a dudas, organizada por el presidente (Poroshenko) porque va en quinto lugar y por tanto tenía que hacer algo. La usó (la provocación) para introducir la ley marcial”.

La que va al frente en las preferencias es una exprimera ministra, Yulia Tymochenko, a quien se considera como la preferida de Moscú. La anexión de Crimea provocó que Washington y la Unión Europea le impusieran sanciones comerciales a Rusia. Donald Trump ha sugerido que le gustaría levantar el castigo como gesto amistoso para Putin, lo que implicaría reconocer la legalidad de la apropiación de la península, pero no ha actuado al respecto.

El escándalo forzó a Trump a cancelar una reunión con Putin que debería haber tenido lugar durante la cumbre del G20. Pero no a causa del ataque militar, sino porque, precisó el estadunidense, Rusia no ha regresado la tripulación y los barcos que capturó. Sin embargo, aclaró en Twitter, “¡tengo ganas de una nueva cumbre significativa tan pronto como esta situación se aclare!”.

Si Tymochenko accediera a llegar algunos acuerdos, como se cree que hará de llegar a la presidencia ucraniana, eso facilitaría no sólo que Trump diera la orden esperada, sino también una reconsideración por parte de la Unión Europea.

El peligro de una escalada que condujera a una guerra total podría asustar a los electores y beneficiar a Tymoshenko, lo que operaría a favor de Rusia.

Mostrar mano dura en un momento crítico le ha traído siempre beneficios a Putin. Y ahora, que le urge recuperarse, con esta crisis gana una oportunidad.

En noviembre de 2017, una encuesta del independiente Levada Centre le dio 59% de popularidad entre sus compatriotas. En octubre de 2018, en otro sondeo del mismo grupo se desplomó 20 puntos, hasta 39%. Una encuestadora diferente, la Fundación para la Opinión Pública (FOM, por sus siglas en ruso) registró una caída en la intención de voto para Putin de 67% a 45% a lo largo de 2018. Y su partido, Rusia Unida, bajó de 51% a 31% en ese mismo periodo.

A principios de octubre, Putin firmó un decreto que eleva la edad mínima de retiro de 60 a 65 años para hombres, y de 55 a 60 para mujeres: así les impuso a los trabajadores cinco años más de labor antes de poder acceder a una magra pensión laboral.

“La gente piensa que el Estado está tratando de resolver sus problemas a costas de la población”, dijo Lev Gudkov, presidente del Levada Centre, al periódico financiero ruso Vedomosti. “Está invadiendo algo que la gente considera suyo”.

Un video mostró el momento en que los guardacostas rusos chocan un navío ucraniano. Foto: AP
Un video mostró el momento en que los guardacostas rusos chocan un navío ucraniano. Foto: AP

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