¿Habrá Conservatorio en el gobierno de la 4T?

A Martha Elisa Almada de Lozada, cariñosamente

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El pasado martes 27 de noviembre del año del Señor de dos mil y dieciocho años, faltando tres días con trece horas y cero minutos para la toma de protesta de Don Andrés Manuel López Obrador y Ramón y González, tuvo lugar la presentación del tercer volumen de la colección de libros De música y de músicos ‒de la autoría del titular de esta columna‒ en el cuestionado auditorio Silvestre Revueltas del benemérito Conservatorio Nacional de Música que se ubica en la elegante avenida Presidente Mazaryk de la sobrevaluada colonia Polanco de la otrora Muy Noble, Insigne, Muy Leal e Imperial Ciudad de México, acorde con la cédula real de 1545 expedida por el excelentísimo Rey Don Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico.

Este farragoso párrafo viene expuesto sin ambages, dada la flema y el inusitado entusiasmo con que el centro rector de la educación musical del país quiso organizar dicha presentación. Es de asentar que entre los presentadores figuraron ‒perdónese nuevamente el obligado fárrago de cargos y títulos‒ el Dr. David Rodríguez de la Peña, director del Conservatorio Nacional de Música, el maestro Sergio Rommel Alfonso, titular de la Subdirección General de Educación e Investigación Artísticas del INBA, el Lic. Juan Antonio Araujo Riva Palacio, presidente del Instituto Mexicano para la Justicia, la afamada ganadora del premio Cervantes, doña Elena Poniatowska Amor ‒autora del prólogo del citado libro‒ y el maestro Armando Ponce Padilla, editor de la sección de Cultura de este semanario. Por petición expresa de éste último, o inclusive como una ordenanza indeclinable, al redactor de estas líneas le fue “sugerido” que transcribiera los pasajes sustantivos del acto, puesto que están directamente relacionados con el esperado aposentamiento en la silla presidencial del ínclito AMLO.

Pero antes, unas cuantas palabras de contextualización que, incluso, intentarán proporcionar las claves que harán inteligible el cometido que anima este texto.

Decir que fue borrascosa y exasperante la llegada al Conservatorio, es decir poco; fue “infernal”, en boca de prácticamente todos los que padecieron el trayecto. Hubo quienes, procedentes de colonias cercanas como la Condesa y la Irrigación emplearon más de una hora. Otros, aún estando ya en las inmediaciones, optaron por desistir. Así es de crítico el caos vial que enferma a la Muy Leal CDMX. Mas una vez librada la batalla contra nervios y reloj, el ingreso al auditorio tampoco ayudó para devolverles el sosiego a los asistentes. Un recinto en penumbra con un olor a rancio les dio la bienvenida, junto a un sistema de audio cuya amplificación distaba de ser idónea. Se sabría después que no había dinero en la institución ni para comprar las pilas de los micrófonos, ni para proporcionar botellas de agua para los presentadores y, mucho menos, para pensar en algún brindis posterior. Con esto aseverado, las entrelíneas relucen por sí mismas.

Soslayando por fuerza las cariñosas y doctas alocuciones de los maestros Rodríguez, Ponce y Alfonso ‒finalmente, las presentaciones editoriales tienden a mantenerse en la tónica del encomio‒ la participación del abogado penalista Araujo versó así sobre la materia del libro que se imparte en el Conservatorio: “¿Quién no ha llorado o quién no se ha puesto eufórico con una música particular en la historia de su vida? La música traduce el sentimiento en su última esencia y en su ser absoluto, como dijera Schopenhauer. Zigarán afirma que la música no admite la comunicación discursiva y reciproca del sentido, sino una comunión inmediata e inefable. La música nos conmueve en lo más profundo de nuestro ser y, sin embargo, no hay ciencia que logre explicar su poderío. La euforia o la melancolía de una sonata de Rachmaninov es también nuestra euforia, nuestra melancolía y esta alucinación se relaciona con el amor. El oyente-escuchado por la música descubre un vacío que no sabía que tenía; el amor entendido como la música que nos escucha, como una expresión de lo sublime.”

Y en cuanto a la alocución del responsable de estas líneas se entresaca lo siguiente: “Me encuentro embargado de emoción al estar de nuevo en este auditorio que pisé por primera vez hace cuatro décadas; entonces como parte del alumnado. Ahora pertenezco a la plantilla de profesores y me atrapa la misma sensación agridulce de mi mocedad. ¿Por qué, si somos los responsables de suscitar inacabables epifanías sensoriales y somos los custodios de una aurea cultura donde mora lo mejor del ser humano estamos confinados a un espacio ajado por la incuria? ¿Por qué no acabamos de insertarnos en una sociedad que no comparte nuestras preocupaciones y que nutre todavía hacia nuestra profesión, un arsenal de prejuicios que los siglos no logran desterrar?

¿Hablo de más, o es un hecho que desde que se fundó nuestra bienamada institución, por allá de 1866, la norma han sido las carencias y que nuestros servicios profesionales han llevado perennemente el velo de la sospecha? ¿Por qué habríamos de azorarnos al saber que, por decreto de Gobierno, este inmueble tendría que ser, hoy, un centro comercial, muy ad hoc para los “Fifis”  que deambulan por la zona?…

¿Hablo de más?… No lo sé, pero hurgando por la bruñida superficie de la epopeya conservatoriana encontramos asideros que nos enceguecen con luz inclemente. Valga un breve recuento para entender lo que seguimos aspirando y lo arduo que resulta apreciar nuestro reflejo en el nicho patrio que nos resguarda con desdén.

En los estertores de nuestro Segundo Imperio se estableció la Sociedad Filarmónica de la que nació nuestro Conservatorio. Se trató de un grupo de idealistas, donde estaba incluida la crema y nata de la intelectualidad mexicana. Brutal era el esfuerzo por las graves penurias que atravesaba el país, sin embargo, la generosidad de aquellos compatriotas perseveró y el proyecto educativo aguantó la primera década de vida.

La primigenia sede oficial fue una dádiva de Benito Juárez, contando el Conservatorio con el edificio de la primera universidad del continente. Asimismo, con el gobierno de la República restaurada se obtuvo una pequeña subvención para solventar los gastos más acuciantes. Pese a la mejor voluntad, nuestra Alma Mater pudo disponer entonces de 15 mil pesos anuales para cubrir apenas lo indispensable.

Avino después la nacionalización, ya con Porfirio Díaz instalado en el Poder, y de ahí se sucedió un largo elenco de ubicaciones, a cual más incomoda y aberrante. Y para recalar en el edificio que hoy nos alberga, fue necesario que México le declarara la guerra al Eje Berlín-Roma-Tokio. Me explico: somos producto de la expropiación del Club hípico alemán. Un terrenazo de 52 mil metros cuadrados donde, entre otras monerías, entrenaba la caballería secreta de la Gestapo y colgaban retratos de Hitler…[1]

¿Y qué se hizo de ese golpe inesperado de suerte?… Un llamativo elefante blanco, más creado para la ostentación que para la funcionalidad. La egolatría del arquitecto hizo jirones las necesidades reales de la profesión. Pero mejor no abundo en los descalabros que nos asisten porque la lista sería interminable… Preferible lanzarle al viento un ansia ferviente para el gobierno entrante: Nuestro terreno vale millones de dólares, es cierto, sin mencionar las mutilaciones que hemos padecido, sin embargo, a despecho de la incomprensión y la ignorancia, el quilate de la materia que aquí impartimos no puede tasarse en dinero. Somos los oficiantes de un Arte que campea invicto en las coordenadas espacio/tiempo y nuestro quehacer es fuego vibrante en aquella sensibilidad que nos hace erguirnos como individuos, únicos e irrepetibles.

Para decirlo con Platón: “La música le da un alma al universo, alas a la mente y vuelos a la imaginación”. El fagocitado inmueble que ocupamos nos pertenece como le pertenecen a la luna las mareas. Nuestros intangibles productos son el mejor incentivo para, valga la sentencia, armonizar los desajustes de nuestra frágil materia humana.”

Acéptese, en virtud de lo narrado, una exhortación abierta: Don Andrés Manuel, su mandato genera esperanzas por doquier, no las mancille recortando el presupuesto para la educación y la cultura. Debe ser intocable y, preferentemente debe incrementarse. Si lo recorta, atenta contra la integridad misma de la nación. ¿Quiere usted gobernar a una masa creciente de seres rupestres e inciviles? No dude que la música, la buena música por supuesto, puede ser su mejor aliada en su proyecto de transformación patria.[2] Y, ahondando, ¿qué pasaría si su hijo Jesús Ernesto decidiera inscribirse en el Conservatorio? ¿Le gustaría que, a pesar de la labor apostólica de sus residentes, fuera educado en la penuria y el deshaucio permanente?…

[1] Información proporcionada por el investigador Karl Bellinghausen.

[2] Se sugiere la escucha de la obra Mariposas monarca del conservatoriano José Enrique Guzmán en la interpretación de la arpista Alondra Máynez. Interpretación que avino durante la presentación referida en este texto. Pulse el código QR o acceda a la página: proceso.com.mx

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