“Toma interior”, la lírica de Van Morrison

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- La obra fundamental de un gran maestro del rock irlandés, por fin reunida en una magnífica edición bilingüe en pasta dura de Malpaso, con selección lírica de Eamonn Hughes y traducción de Miquel Izquierdo.

Se trata de Toma interior, volumen de 360 páginas que contiene un tercio de la producción que Van Morrison (Belfast, 1945) ha legado a sus fans en más de medio siglo de carrera en las arenas del canto poético.

En esta representativa antología de uno de los compositores más innovadores de la escena finisecular (recordemos su actuación en the Last Waltz con the Band), el lector encontrará destellos de todo el imaginario que el León de Belfast ha ido destilando en su prolífica obra: recuerdos del paisaje de su primera memoria, accesos místicos para iniciados, retazos de una infancia no siempre añorada, tribulaciones propias del desencanto que llega con la madurez…

Con la radio como telón de fondo y fuente primera del descubrimiento musical, Van Morrison rinde un generoso homenaje a todos los artistas que trazaron el sendero luminoso por el que ha transitado, un camino de soledades, amores febriles y desengaños, de amistades tumultuosas, estados de gracia e iluminaciones inesperadas.

Para nuestros lectores, el prólogo de Ian Rankin y una letra del propio autor de “Gloria”, traducida de esta edición de Malpaso.

Prólogo

Me puse a escuchar a Van Morrison en una playa de Scarborough azotada por el viento.

Me gustaba lo que había escuchado hasta entonces, pero tampoco era mucho. Estábamos en 1989 y la vida era dura: un piso en Tottenham que compartía con mi esposa y un gato; una carrera de escritor no del todo boyante; un trayecto de noventa minutos a mi trabajo como crítico en una revista para melómanos, empleo que ejercía en un sótano tenebroso de Upper Norwood.

Una mañana, mientras me abría paso a codazos hacia el tren, sentí que el corazón me iba a estallar. Sudaba y temblaba. Se me disparó la adrenalina. El tren partió sin mí y me dirigí a la consulta del médico. Ataque de pánico, dictaminó. Si puede, váyase un tiempo de Londres.

En la maleta apenas metí cuatro cosas, entre ellas mi walkman y una docena de casetes de Van Morrison: su discografía estaba reeditando sus primeras obras y me había enviado unas copias para que las reseñara. De Tottenham Hale a la estación de King’s Cross y de allí a York, donde permanecí en el andén contemplando el panel de salidas. Nunca había estado en Scarborough. Boleto, tren, y al final, un hostal sin vistas abierto fuera de temporada, Me pongo los audífonos y me encamino hacia el desierto paseo marítimo con Veedom Fleece, Saint Dominic’s Preview, Hard Nose the Highway

Sus canciones contaban historias protagonizada por algunos personajes y había cierta reflexión. Una búsqueda de lo espiritual a lo ordinario, la esfera personal dilatándose en una dimensión universal. Sonreí con lo de “chamols cleaning all the windows” (gamuza que limpia todas las ventanas) tratando de pensar en otro gran letrista capaz de empezar una canción evocando una tarea tan cotidiana. Los cristales de las ventanas están necesitados de una buena limpieza o se trata de una absoluta falta de claridad. Entre la poesía, había espacio para el desencanto y la rabia. “The Great Deception” abordaba cuestiones como la política, los ideales, los espurios y la industria discográfica. Era una música repleta de visiones hermosas, cantada con pasión y un fraseo inmaculado por un cantante tan mundano como arraigado a una crianza y paisaje específicos.

Mi esposa había crecido en el Belfast del periodo más conflictivo, de modo que pude reconocer algunos nombres de calles y ciertos paisajes de la campiña irlandesa. Claro, no tenía idea de lo que pudiera significar “hard –  noising the highway” (vendría a ser algo así como “emplearse con ganas”, “ir por ello. N. del T.), pero empezaba a intuirlo.

Cuando Van Morrison cantaba sobre permanecer en el umbral, me di cuenta de que podría estar hablando por todos nosotros, suspendidos entre lo que ya habíamos experimentado y lo que nos aguardaba.

Yo trataba de envalentonarme para dejar mi trabajo y dedicarme a escribir a tiempo completo, para abandonar Londres y viajar. Quizá aquello supusiera el fin de los ataques de pánico: no lo sabría hasta que diera aquel paso más allá del umbral. Entre tanto, me arrebujé contra el embate de los elementos y, cuando la música se detuvo, saqué una cinta y puse otra. Melodía y arreglos espléndidos, impecables dotes musicales y aquella voz inimitable… la letra era un factor vital del conjunto, incluso cuando el sentimiento expresado era un llano y jubiloso “I’m in heaven when you smile” (Estoy en el cielo cuando tú sonríes).

En cualquier caso, tras unos días solo, tuve que regresar a Londres, donde mi esposa y yo empezamos a planificar nuestra huida. Casi treinta años después sigo teniendo esos casetes, además de algunos vinilos. (Y a mi esposa) Y Van Morrison ha seguido escribiendo con talento poético, pasión y lucidez.

De “Mystic Eyes” (1964-1966) a “Mystic of the East” (2012), pervive un elemento espiritual y sigue contando historias que bullen de personajes y peripecias, así como de apuntes de viaje y de la apreciación de los placeres sencillos de la vida: el amor, la amistad, tomarse una copa en paz, los espacios desiertos y silenciosos.

En “Songwriter” (1995) implora a su público: “Please, don’t call me a sage”, / I’m a songwriter” (No me llames sabio, por favor, / sólo soy un cantautor). Y así es, pero no todas las letras de los cantautores destilan tanto embrujo al despojarlas de la música. Sus palabras trazan su recorrido vital, de Belfast a Boston y más allá. Sentirás que lo conoces más después de leerlas.

Mejor aún, te llevarán de vuelta a su música, música que sosiega el alma, tal como me ocurrió a mí en aquella gélida playa de Scarborough durante aquella semana de 1989 en que mi vida cambió para siempre.

IAN RANKIN.

“Cul-de-sac”

En el callejón sin salida

Un edredón limpio y suave

Échate un rato

Y reposa.

 

Yo paso mucho tiempo

Desde que te perdiste en una canción

Relájate

Y escóndete

 

No muy lejos

La estrella más a mano

Monte Palomar

Qué más da a quién conoces

Importa qué eres y quién

 

Y cuando se vayan todos a casa

Sobre los adoquines

Puedes volverte

Al callejón sin salida

Puedes volverte

Al callejón sin salida

Puedes volverte

Al callejón sin salida.

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