“La cabra o la fábula del niño y su dóberman”

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- La cabeza es muy poderosa, y puede manipular al cuerpo a su gusto: hacerlo moverse si se tiene mucha voluntad, o paralizarlo si el miedo le consume.

La cabra o la fábula del niño y su dóberman es una obra de terror psicológico, escrita y dirigida por Guillermo Revilla.

Al estilo de esas películas de horror donde aparece gente encerrada en un espacio sin razón evidente, la obra mantiene en cautiverio –en un sitio que parece un circo macabro– a dos personajes –el texto sugiere que fueron migrantes–. El carcelero los llama, de manera despectiva y evidentemente misógina: Perra y Marrana.

Ello se explica porque los elefantes –machos– no pueden estar en cautiverio pues son muy agresivos. Las que vemos en los circos o zoológicos son elefantas, por mansitas. Como ellos.

Los presos no tienen ataduras físicas, sólo psicológicas. Parece que pueden hacer llamadas e incluso salir, pero los van dañando hasta el punto en el que deciden no hacerlo.

Perra y Marrana tienen otro compañero: una cabra. La condición es que lo que le pase a uno le pasa a todos. Entonces, si buscan su propio bienestar, deben cuidar a la cabra como se cuidarían a ellos mismos. Se van convirtiendo, poco a poco, en un solo ente, donde los recuerdos y las memorias se vuelven colectivos, se fusionan y crean historias con elementos de todos.

Los actores que conforman y construyen, con sus personalidades, son Andranik Castañón, Héctor Iván González, Tania María Muñoz, José Juan Sánchez, Óscar Serrano y Edgar Valadez.

El encierro no se explica del todo. En momentos parece ser una secta, en otros, obra de un loco.

Luces tenues, sonido repetitivo de una gotera a la manera de la tortura china que no para a lo largo de la obra, a veces un platillo o un silbato que sobresaltan a los espectadores. Y siempre, como leitmotiv, la canción de “Un elefante se columpiaba sobre la tela de una araña”. El inocente tema para niños, tarareado, se va relacionando con la violencia hasta convertirlo en una verdadera pieza de terror.

Cuentan –en repetidas ocasiones, con mínimas variantes– la historia del hombre que creó –como el Doctor Frankenstein– a los perros Dóberman, mezclando a las razas más agresivas.

Los tres prisioneros se convierten en la creación del carcelero. Hacen y dicen lo que a él le place. Y siguen la frase, que como mantra se repite una y otra vez: “Una criatura debe alabar y cuidar a su creador”. Ya no son los mismos que llegaron, aquellos que describen como “personas a las que el mundo desplazó y olvidó”. Ahora tienen un sentido, incluso si éste es servir.

El que más loco se vuelve en toda esta obra es el público, quien está en una constante lucha por encontrarle pies y cabeza a la trama repetitiva, inconexa, exhaustiva.

Muy en el fondo el montaje parece hablar de la solidaridad y la empatía, haciendo notar que nuestras acciones no pueden estar aisladas: pertenecemos a una sociedad y lo que le sucede a uno le afecta a todos. Y, según sugiere, esto debemos aprenderlo todos, si es necesario, a la mala.

La cita es los martes a las 20:30 horas, hasta el 18 de diciembre en el foro La Gruta del Centro Cultural Helénico (Av. Revolución 1500, Col. Guadalupe Inn).

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