Emmanuel Macron, el más odiado

Emmanuel Macron. Foto: Ludovic Marin / Via AP Emmanuel Macron. Foto: Ludovic Marin / Via AP

No obstante que el presidente francés, Emmanuel Macron, cedió ante la inusitada revuelta de los Chalecos Amarillos –el lunes 10 anunció un aumento sustancial al salario mínimo y la supresión de algunos impuestos que afectaban sobre todo a las clases bajas y los jubilados–, éstos no están conformes y exigen su renuncia. El odio contra el mandatario galo no es gratuito: viene de las expresiones de ese personaje, quien califica de “flojos” a los desempleados, ensalza a los empresarios y se indigna ante la cantidad desmedida de dinero que el Estado invierte en la ayuda social.

PARÍS (Proceso).- Dos semanas duró el mutismo de Emmanuel Macron ante la crisis social generada por los Chalecos Amarillos: 13 minutos duró la alocución que dirigió a los franceses la noche del lunes 10 para responder a ese movimiento de protesta.

Con el rostro cansado y mirada a menudo fija en el teleprónter, el presidente francés optó por un estilo sobrio, distinto al tono “jupiteriano” que suele adoptar en circunstancias solemnes.

Fue él mismo quien, en el alba de su periodo presidencial, aludió al todopoderoso dios romano para anunciar su intención de dirigir la política del país desde la altura a la que acababa de acceder.

A lo largo de su breve pero denso discurso, el jefe de Estado osciló entre la suma dureza para denunciar la violencia que sacude a Francia sábado tras sábado desde el pasado 17 de noviembre, y un esbozo de empatía cuando afirmó entender el “coraje justo y profundo” de quienes cuentan cada centavo al final del mes.

Luego presentó medidas económicas concretas e inmediatas: aumento de 100 euros mensuales al salario mínimo, supresión de gravámenes fiscales a las horas extra y reducción de la Contribución Social Generalizada, un impuesto que afecta particularmente a los jubilados.

Pero poco importó lo que dijo Macron… ni cómo lo dijo. 

La noche del lunes 10 la mayoría de los Chalecos Amarillos convocó a celebrar, este sábado 15, el llamado “acto V” de su marcha de protesta en París y en ciudades de provincia. 

Entrevistados en las glorietas y en los peajes de autopistas que siguen ocupando en toda Francia, los Chalecos Amarillos –aun cuando son mucho menos numerosos ahora– siguen exigiendo la renuncia de Macron, y lo hacen con una determinación y a veces con una violencia que deja atónitos tanto a los reporteros como a los numerosos “expertos” –sociólogos, politólogos, investigadores universitarios– que salen a su encuentro para tratar de entender este movimiento social atípico. 

Si bien los Chalecos Amarillos se muestran implacables con todos los partidos políticos y los sindicatos y hostiles con los medios, llama la atención el nivel de odio que manifiestan hacia Macron. Ese aborrecimiento se expresa tanto en sus innumerables discusiones en las redes sociales como en las manifestaciones y en los lugares que ocupan o bloquean. Reporteros de radio y televisión confiesan que no transmiten al aire los ataques más virulentos contra el jefe de Estado por su carácter difamatorio.

Los expresidentes Nicolas Sarkozy (2007-2012) y Francois Hollande (2012-2017) acabaron sus quinquenios con muy bajos índices de aprobación por no haber logrado resolver la crisis del desempleo que gangrena a Francia. 

El primero salió del Palacio del Elíseo detestado por su carácter intempestivo, su egolatría y sus ademanes de nuevo rico un tanto vulgar; el segundo terminó su periodo en medio de burlas y siendo objeto de despreció porque su afán de presentarse como “un presidente normal” lo convirtió en un dirigente sin mayor relieve.

Pero estos sentimientos nada tienen que ver con el odio que hoy expresa gran parte de los Chalecos Amarillos hacia Macron sólo un año y medio después de su acceso al poder. Se trata de un fenómeno sin precedente en la V República, y su intensidad es un elemento explosivo en la compleja situación por la que atraviesa el país.

Dos caras 

Entre las causas de semejante repulsa destacan dos: por una parte su manera brutal de llevar a cabo reformas neoliberales que castigan a las clases medias y pobres al tiempo que otorga mayores prebendas al sector empresarial y a las clases altas; por otra, su personalidad o el contraste entre las dos caras de su personalidad: la del candidato seductor y la del presidente autoritario al límite del autismo.

Elegante, anticonformista, capaz de vencer prejuicios sociales con un matrimonio fuera de las “normas”, integrante de la élite de la alta administración gala, con experiencia profesional en la Banca Rothschild y como ministro de Economía de Hollande, Macron desplegó una energía fenomenal para cautivar a los franceses. 

En abril de 2016 creó un movimiento político que dotó de un nombre dinámico: En Marcha, y se apoyó en las redes sociales y las nuevas tecnologías para tejer su propia red nacional “hiperactiva”, anticipando lo que hacen hoy en su contra los Chalecos Amarillos.

Afianzó su distancia con los viejos partidos “escleróticos” de derecha y socialdemócrata y al mismo tiempo su deseo de conciliar lo mejor de la derecha y de la izquierda, se presentó como único bastión contra los extremismos de ultraderecha y de ultraizquierda encarnados respectivamente por Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon. Realizó una amplia gira por toda Francia para “escuchar a todos sus conciudadanos y aprender de ellos”. Habló de liberalismo social y de hacer política de manera distinta.

Con todo eso impresionó a gran parte de los medios de comunicación y logró su loquísima apuesta: el 23 de abril de 2017 obtuvo 24.01% de los votos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales; el 8 de mayo se impuso frente a Le Pen con 66.1% de los sufragios convirtiéndose en el presidente más joven de la V República. Pero en realidad su base electoral (clase media, media alta urbana y jubilados) se limita a la cuarta parte de los votos “expresados” y a 17% del cuerpo electoral.

No son, sin embargo, estos porcentajes los que cuentan para Macron sino los 308 escaños que La República en Marcha ganó en las elecciones legislativas de junio de 2017 gracias a un sistema de votación complejo que lo favoreció. Y es esa amplia mayoría en el Parlamento, que cuenta con 577 diputados, la que le permitió imponer sus reformas a marchas forzadas, por lo menos hasta el surgimiento de los Chalecos Amarillos. 

El 9 de mayo de 2017, la noche de su imponente entronización en la majestuosa plaza Napoleón del Museo del Louvre, antiguo Palacio Real, a la vez símbolo histórico y cultural, se desvaneció para siempre el simpático candidato atípico y surgió el joven monarca republicano. Causó impacto la coreografía sofisticada, que él mismo supervisó, de su primera aparición pública como jefe de Estado.

Apenas llegado al Elíseo, no perdió tiempo: confió las riendas de la economía a dos ministros prófugos de Los Republicanos (derecha) que ostentan firmes convicciones neoliberales y en diciembre de 2017 cometió el pecado original de su quinquenio: modificó profundamente el Impuesto sobre la Fortuna, exonerando a la clase más adinerada de gravámenes sobre el capital –un regalo de 5 mil millones de euros, esencialmente al sector empresarial– al tiempo que empezó a deshacer a toda velocidad gran parte de la legislación laboral para “flexibilizar” el mercado del empleo.

El predicador del “liberalismo con rostro humano” se convirtió en “presidente de los ricos”.

Celebrado a nivel internacional como un nuevo fenómeno político –en su portada el semanario estadunidense Time se preguntó hace un año si Macron podría convertirse en líder de Europa–, dio la impresión de dejarse embriagar por el poder. 

Se tornó aún más “jupiteriano” y provocador, dándose el lujo de multiplicar “frasecitas” humillantes hacia sus compatriotas más desfavorecidos o que no comparten su visión liberal del mundo, tratándolos de “galos reacios al cambio”. 

Circulan en internet numerosos glosarios de estas expresiones abruptas que hoy los Chalecos Amarillos le devuelven, como bumeranes, en sus consignas.

Calificó a los desempleados de “flojos”, insistió en que la vida de un empresario es más dura que la de un empleado, puesto que el primero toma riesgos, mientras el segundo se beneficia de garantías laborales; explicó que el desempleo masivo en Francia se debe a la “sobreprotección” de los trabajadores; se indignó ante le pognon de dingue (la cantidad desmedida de “lana”) que el Estado invierte en la ayuda social para los franceses que viven en situación precaria… 

Hace tres meses un joven horticultor desempleado intentó exponerle su situación. Exasperado, Macron le espetó: “Yo cruzo la calle y de inmediato le consigo trabajo”, insinuando que su interlocutor podía ser reclutado para lavar platos en un restaurante cercano. La escena fue filmada y pronto se viralizó, sembrando coraje y burlas despiadadas.

Desdén presidencial 

En su libro Historia popular de Francia, publicado hace cuatro meses, Gerard Noiriel describe el lugar y el papel que ocupa el pueblo galo en todos los grandes acontecimientos que forjaron esta nación desde la Edad Media hasta mayo de 2018. 

Noiriel dedica el último capítulo de su trabajo a la elección de Macron y a su primer año en el poder. El afamado historiador leyó con lupa las 500 páginas de Revolution, que Macron publicó en noviembre de 2016. Esa radiografía del “libro-programa” del candidato presidencial es apasionante. Destacan unos párrafos:

“En ese ‘libro-programa’ no existen las clases populares. El vocabulario que Emmanuel Macron utiliza para designarlas es muy significativo. Los términos a los que recurre pertenecen al lenguaje forjado por la Iglesia Medieval: los ‘pobres’, los ‘modestos’, los ‘desfavorecidos’, los ‘débiles’, etcétera… Casi nunca aparece la palabra ‘obrero’. Evoca a los medios populares exclusivamente como problemas que deben ser resueltos y no como riqueza humana que debe ser movilizada”. 

Sigue Noiriel: “Macron presenta las reivindicaciones populares como patologías en un lenguaje que recuerda irresistiblemente el de la Comedia humana de Honoré de Balzac. Macron desacredita a quienes denuncian ‘la lepra del dinero’ y ‘la explotación del hombre por el hombre’ afirmando que sólo los anima ‘una amargura crítica’. Quienes lo acusan de ser ‘el presidente de los ricos’ sólo alimentan ‘las pasiones tristes’ de Francia y del pueblo francés que pinta como ‘resentido, celoso y envidioso’. Si bien aboga a favor de una República familiarizada con las nuevas tecnologías, Macron deplora que ‘internet muestre a los más pobres el estilo de vida de los más ricos, lo que puede generar frustración e inclusive rebelión’”.

En medio de la avalancha de análisis heterogéneos que provoca en Francia el aún más heterogéneo movimiento de los Chalecos Amarillos, las reflexiones de Noiriel son las que más arrojan luz sobre la dimensión pasional de la oposición a Macron cuya forma de ser, de pensar y de actuar cristaliza décadas de esperanzas sociales frustradas.

Los Chalecos Amarillos no necesitaron leer el último capítulo de Historia popular de Francia. Vivieron en carne propia el desdén del presidente y es la razón por la cual paralelamente a reivindicaciones concretas exigen que se respete su dignidad.

En su alocución del lunes 10, Macron les dijo: “Sé que mis palabras llegaron a herir a algunos de ustedes”. Ese esbozo de mea culpa no parece haberlos convencido.

Al cierre de esta edición no se puede medir todavía el impacto que tendrán las concesiones económicas anunciadas por el presidente sobre el movimiento de protesta de los Chalecos Amarillos ni mucho menos de qué manera lo afectará el atentado terrorista perpetrado en Estrasburgo el martes 11, que costó la vida a cuatro personas mientras que cinco de los 12 heridos se debaten entre la vida y la muerte.

La polémica provocada por las medidas que Macron tomó a favor de los Chalecos Amarillos se interrumpió durante poco más de 48 horas, entre el momento en que se dio a conocer la noticia del atentado y en el que el terrorista fue abatido por la policía, a las 21:00 horas del jueves 13.

Pero apenas “resuelta” la tragedia, los líderes políticos volvieron a sacar sus ­calculadoras. El gobierno estima que ese “giro social” costará entre 9 mil y 10 mil millones de euros. Los Republicanos hablan de 15 mil millones. Todo el espectro de la oposición de izquierda denuncia “medidas insuficientes”. 

El más virulento es Mélenchon, líder de los “insumisos”, quien advierte que “Macron no podrá detener la insurrección ciudadana que explotó en Francia con una mera distribución de monedas” al tiempo que celebra anticipadamente el éxito del Acto V de los Chalecos Amarillos previsto para este sábado 15.

Más cautelosa, Le Pen no se manifiesta acerca de ese nuevo día de protesta, pero la lideresa del Reagrupamiento Nacional estima que Macron sólo dio un pasito atrás y que lo peor está por venir.

¿Se tendrán que desplegar otra vez ­vehículos blindados y casi 100 mil policías en los Campos Elíseos y en las calles de París, y de otras grandes ciudades de Francia para mantener el orden este sábado 15? 

La democracia francesa se nota frágil en este crepúsculo de 2018.

Este reportaje se publicó el 16 de diciembre de 2018 en la edición 2198 de la revista Proceso.

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