Un Yo para llevar, por favor

Cartón de Rocha Cartón de Rocha

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Junto con la ideología neoliberal que sirvió para despojar a una mayoría de los bienes y servicios públicos para privatizarlos, surgió una literatura para no-lectores que llamamos de “autoayuda”. La idea era que, ante la desatención y desamparo en la que el retiro del Estado dejaba a las personas, éstas tomaran todo el peso de su fracaso social de forma que fuera imputable sólo a su autoestima, falta de esfuerzo o persistencia. Los problemas que se derivaron del despojo institucional y las privaciones sociales que dejó a su paso la privatización se convirtieron en problemas del sujeto consigo mismo. Los lectores de este caudal de libros-recetarios buscaron en ellos una forma de atenazarse a un mundo que los abandonaba. Buscaron una solución biográfica a un problema sistémico.

La historia de estos libros es, en sí misma, significativa. Había sido inventada mucho antes de los años noventa –cuanto tuvo su explosión comercial– por el vendedor Dale Carnegie durante la Gran Depresión de los años treinta, con un título sugerente: Cómo ganar amigos e influir sobre las personas (1936).

La idea de quien había vendido tocino y manteca a los rancheros de todo el sur de Estados Unidos era que “los demás piensen como tú”, es decir, persuadirlos de comprarte. El secreto de Carnegie es explotar en los demás “el anhelo de ser apreciados” y agrega: “La única diferencia entre Dillinger (el ladrón de bancos) y Rockefeller (el dueño de la Standard Oil) es la forma en que satisfacen su deseo de ser importantes”. Así, los amigos del título son clientes y la simpatía es un instrumento para el éxito, es decir, vender y ganar más. Carnegie había cambiado su apellido –Carnegey– para dar la impresión de que venía de la misma familia que el magnate de los ferrocarriles y no le importaba mentir y engañar porque el éxito lo era todo en una crisis que había mandado al desempleo a una gran mayoría de los estadunidenses. 

La “autoayuda” sufre un primer giro desde la técnica exterior a la interior en los años posteriores con libros como El poder del pensamiento positivo, de Norman Pale (1952) y El método Silva de control mental de José Silva (1982). Ya no se trata de cambiar la forma en que los demás piensan de uno, sino de cambiar la forma en que uno es. Ya no es un “saber-hacer”, sino un “saber-ser”. Aquí la noción de “autoayuda” implica que no debe esperarse nada de los otros, que el Yo es causa y remedio de todos los males, y que hay que adaptarse con pura fuerza de voluntad y una serie de técnicas que vienen en el libro. Hay en toda esta literatura para no-lectores –en el sentido en que no se lee por placer, sino para obtener una utilidad práctica– una idea en común: que dentro de cada uno existe una “fuerza” inexplotada. Puede que se trate de unas palabras mágicas, de la creencia en un ser cósmico, o la voluntad de adaptarse a una “normalidad” que ha patologizado conductas que antes eran sólo timidez, dispersión, o pensar que los demás no son medios para nuestros fines personales. 

Cuento esto porque en días pasados los comentólogos han insistido en las ventajas del neoliberalismo ante las críticas que han recibido sus resultados: violencia, desigualdad extrema, corrupción. Asociado a una “libertad del mercado” –que no reconoce la creación de monopolios que controlan ya las principales corporaciones–, el neoliberalismo creó un sujeto y un tipo de no-lector, no-ciudadano. Los que algún locutor llamó en televisión “perdedores del modelo económico” –90% de la población– ahora viven en el miedo, el estrés y la angustia. Carlos Monsiváis lo describió así: “El neoliberalismo es un país en el que sólo viven felices las cifras macroeconómicas”. Más extensa, Judith Butler, la teórica de la “desposesión”, quien recibiera el mes pasado el Honoris Causa en la Feria del Libro de Guadalajara, describe así el nuevo mundo que nos dejó el neoliberalismo: 

“La política económica es la de la precariedad en la forma de trabajos temporales, mal pagados e inseguros, en combinación con los recortes a la previsión social y la expropiación de la educación pública y las instituciones de salud. Organismos financieros internacionales que prescriben a los países deudores medidas de austeridad (como el recorte al gasto público) como prerrequisito para préstamos. Se protege la soberanía del mercado y los bancos mientras se ataca a los trabajadores con menores salarios, la amenaza de la desocupación y la penuria social. Los activos que se crearon colectivamente son convertidos en bienes privados. Es una acumulación por desposesión.” 

El personaje de los libros de la autoayuda es el “perdedor del modelo económico”. Se le llama “emprendedor”, restringido a su mundo individual dispuesto a resolver su malestar cotidiano sin jamás preocuparse por la historia común de sus causas. El “emprendedor” no quiere modificar el mundo, sino las representaciones que él se hace del exterior. Es un sujeto al que se le privatizó una vida que, se le dice, es una gestión de un “proyecto de vida”. El personaje no tiene en estos libros una historia personal, sino una serie de “testimonios” sobre cómo se hizo “responsable” de su propia situación. Tiene que ser “flexible” –“resiliente”, es decir, el movimiento de un resorte que vuelve a su posición original–, “adaptable”, autoconfiado y equilibrado, con “velocidad de respuesta en la acción”. Su fortaleza no es física, sino subjetiva, y su origen es la empresa, no la vida. El “emprendedor” no tiene futuro o porvenir social, sino que debe “estar abierto a la contingencia”, es decir, al nuevo desastre económico. “No hay crisis, sino oportunidad”, dice el eslogan de los entrenadores empresariales. 

No hay que lamentarse por “la pérdida del queso” –como en el best seller de autoayuda– ni preguntarse quién se lo llevó, sino salir a encontrar otro. Ser “emprendedor” es no tener creencias, principios ni conocimientos. Es pura adaptabilidad. No hay ética más que de los fines. El sujeto neoliberal es la oferta que se adapta a la demanda. Aunque se haga hincapié en el interior y sus fuerzas inexploradas, lo cierto es que el poder exterior parece ilegible, de crisis en crisis, con un criterio de éxito que se decide desde afuera. El “emprendedor” depende de sus propias fuerzas para adherirse al exterior inasible. Su vida es una planificación de “cosas por hacer”, es una lista en la que reflexionar, dudar, descansar son “tiempos muertos”, inútiles, improductivos. 

Hay, dentro de todo este mundo de procedimientos y no de preguntas, una idea en la que la cultura entera ha caído: todo es instrumental, todo tiene que tener una aplicación concreta. Lo descriptivo ya no importa. Importan las técnicas. Nos hemos vuelto tecnócratas espirituales. Sólo así se explica, no sólo el retiro de las narrativas literarias a favor de las recetas de qué hacer, sino también el predominio de los expertos sobre los que simplemente reflexionan. Los defensores del neoliberalismo en la televisión son, por supuesto, expertos que tienen un saber instrumental, un procedimiento, un discurso “científico” que le otorga una inevitabilidad al abuso de los “triunfadores” sobre los “perdedores” de la precariedad. 

 El problema de haber generalizado la idea de que las relaciones sociales, familiares, escolares e íntimas funcionan como las de una empresa, es que no somos vendedores de tocino y manteca. O no sólo. Según esta idea, los “emprendedores” adaptan sus acciones a unos cálculos que obedecen a conseguir un objetivo prefijado. Solos, sin debatir ni incorporar a los demás. 

“La calidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos”, rezaba el eslogan de la autoayuda en los años noventa. El detalle es que, desde el instante mismo de nacer, nuestra vida se construye con lazos apasionados. La ficción de que somos producto de la soledad es quizá la razón por la que leer un libro de autoayuda me resulta, hasta la fecha, tan triste.  

Esta columna se publicó el 16 de diciembre de 2018 en la edición 2198 de la revista Proceso.

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