Nueva Delhi: cuando respirar se vuelve un riesgo mortal

Para la OMS, el máximo “aceptable” de partículas suspendidas en el aire que inhalamos es de 25 por metro cúbico. India rompe ese límite con una media de 60, pero la que se lleva el título de ciudad más contaminada del mundo es su capital, Nueva Delhi, donde las 600 a 700 partículas por metro cúbico hacen de respirar un riesgo mortal. La contaminación en esa ciudad es alimentada en esta época del año por el fin de las lluvias, los escapes de sus 8 millones de automóviles, la quema de basura en la periferia y, sobre todo, la pirotecnia que inevitablemente acompaña la festividad religiosa del Diwali.

NUEVA DELHI (Proceso).- A finales de septiembre el monzón empieza a dar sus últimos coletazos en el norte de la India. Se despiden las lluvias, las nubes y los cielos azules, que no volverán en al menos ocho meses. Es entonces cuando los residentes de esta ciudad inician, casi sin darse cuenta, una rutina en sus vidas marcada por la toxicidad del aire, la que los obliga a cambiar sus hábitos: nuevos horarios, nuevas medidas de protección corporal, nuevas restricciones, nuevas precauciones…

Son cambios que los habitantes de la capital india van asimilando para sufrir menos el daño de un aire nocivo para los pulmones que irá empeorando conforme se acerque el invierno y que actualmente se encuentra en niveles alarmantes. Vivir en Nueva Delhi es vivir en la capital más contaminada del mundo.

Para medir la contaminación del aire hay que analizar la concentración de partículas en suspensión 2.5 (partículas de menos de 2.5 micras, conocidas como PM 2.5) por cada metro cúbico. Además de ser altamente tóxicas, son diminutas, lo que facilita su entrada en el sistema respiratorio. La Organización Mundial de la Salud (OMS) establece que el máximo aceptable es de 25 partículas por cada metro cúbico. India eleva ese punto de seguridad a 60.

Ciudad tóxica. Foto: telegraph.co.uk

Ciudad tóxica. Foto: telegraph.co.uk

Y ambas cifras están muy lejos de las cotidianas 600-700 que se alcanzan en Nueva Delhi durante estos meses. A partir de 300, según la OMS, el aire deja atrás los niveles “insalubre” y “muy insalubre” y se convierte en “peligroso”. En las últimas semanas –como viene siendo habitual por estas fechas– se han sobrepasado las mil PM 2.5. Respirar en esta ciudad, aseguran los expertos, equivale a fumar 40 cigarros al día.

El pasado martes 11, la calidad del aire en el centro de la Ciudad de México fue de 149 PM 2.5. Al mismo tiempo, en la capital india la cifra llegó a 467; y si nos remontamos a las últimas 24 horas, las máximas han llegado a 566. Un nivel “peligroso”.

Cuando el aire que se respira es considerado peligroso, vivir en esta ciudad se convierte en una experiencia de riesgo. El panorama en la principal ciudad india, hogar de 20 millones de habitantes, es desolador.

Cubierta por una bruma permanente, Nueva Delhi se vuelve una ciudad fantasma, de un aspecto posapocalíptico. La visibilidad se reduce drásticamente: los edificios y monumentos se borran por la niebla. Los peatones pasan a ser figuras difusas que caminan entre capas de polución. Algunos vehículos sólo se ven cuando llevan las luces encendidas. El gris lo inunda todo; el cielo deja de ser azul y los colores vivos de los famosos rickshaws (mototaxis) se mueren en la penumbra tóxica del smog.

Pero la vida sigue. Los agentes de policía, protegidos con mascarillas, ordenan como pueden el tráfico, mientras los estudiantes caminan hacia sus escuelas cubriéndose la nariz y la boca con algún pañuelo. Cada amanecer en el bulevar Rajpath, que une la Puerta de la India con la residencia presidencial, se puede ver gente corriendo o practicando ejercicio, como si la contaminación severa fuese compatible con una vida saludable. Hacen deporte en un entorno en el que cuesta respirar.

Sólo el hecho de caminar ya es más cansado que hace dos meses; ir a comprar algo a la tienda del barrio es garantía de volver fatigado a casa. Los ojos escuecen, la nariz pica, la garganta se irrita y la tos interrumpe todas las conversaciones. El ambiente tóxico no sólo se respira, también se huele. Hay quien considera que es un olor dulce.

Pirotecnia tradicional

“La situación ha empeorado últimamente, como de costumbre. Espero que mejore en los próximos días”, dice a Proceso Vaibhav Mahesh, un vecino del sur de Nueva Delhi que se acaba de mudar con su mujer y su hijo a una casa en Noida, a las afueras de la capital, donde la vida es más habitable. Tras su esperanza de que el aire se limpie pronto está la certeza de que no será así.

La huida a un entorno menos hostil es una de las opciones de los residentes de Nueva Delhi. Una minoría de la clase alta, incluidos diplomáticos, instala purificadores de aire para reducir los niveles de contaminación en el interior de sus hogares. Son filtros modernos que pueden costar de 400 a mil dólares, precio inaccesible para la gran mayoría de la población (muchos salarios no llegan a 200 dólares), que se conforma con cerrar las ventanas y esperar que entre la menor cantidad posible de contaminación.

Como en una película de terror, la neblina tóxica se cuela por cualquier ranura. Es inevitable. Apenas se ve, pero se siente, se huele, se percibe. De pronto los muebles se distinguen menos nítidos, como si un aura blanquecina invadiera la sala e impidiese ver con claridad. No es por culpa del polvo, que también se vuelve omnipresente en la época seca.

Los peores efectos los sufren quienes tienen que trabajar largas jornadas al aire libre, como los obreros, los agentes de tránsito, los conductores de rickshaws o los vendedores ambulantes… o quienes no tienen casa donde refugiarse porque viven en la calle. Su exposición ante la contaminación es permanente.

En Nueva Delhi los picos más altos de contaminación se suelen dar en torno al Diwali, el festival en el que millones de personas celebran el año nuevo hindú lanzando petardos y fuegos artificiales. Un estudio de 2014 afirmaba que el estado del aire durante el Diwali es hasta seis veces peor que en días normales. Este año el Tribunal Supremo, movido por un impulso ecologista, había restringido el uso de pirotecnia a sólo dos horas, pero la población optó por saltarse los vetos y celebró su fiesta con normalidad. Es sólo un día, dicen, y se trata de una costumbre histórica que no puede ser prohibida.

“Estuvo muy bien la fiesta pero, como cada año, el aire se puso fatal”, afirma en entrevista Charandeep, joven sij que vive en el sur de Nueva Delhi. Nos cuenta que él no lleva mascarilla cuando sale a la calle y que los días posteriores a Diwali –que este año se celebró el 7 de noviembre– sintió picores fuertes en la garganta. Pese a las advertencias y restricciones, no renunció a los petardos. En India la tradición pesa más que cualquier argumento. Por encima de todo está la libertad religiosa.

En el último Diwali se hicieron explotar 5 millones de kilos de fuegos artificiales, lo que dejó la ciudad envuelta en un denso humo, que se tarda días y hasta semanas en desaparecer. A la mañana siguiente, los índices de calidad del aire superaban las mil PM 2.5. Nada nuevo. El portal de datos IndianSpend comprobó que uno de los petardos más populares produce el mismo efecto que estar en una habitación que tuviera el humo de 464 cigarros.

Las organizaciones ambientales aplauden las restricciones durante el Diwali, pero insisten en que son necesarias medidas de largo plazo, porque las principales causas de la contaminación van mucho más allá de la festividad hindú. En Nueva Delhi se mezclan los gases que emiten los vehículos –circulan 8 millones de autos a diario–, las emisiones de la industria y de las centrales eléctricas de carbón y la ingente quema de residuos y de rastrojos en las zonas de cultivo de los estados vecinos.

“Los niveles de contaminación del aire son muy altos en toda la India, incluyendo la India rural. Aunque muchas fuentes de partículas finas se encuentren en áreas urbanas, estos contaminantes pueden viajar largas distancias”, afirma al reportero Anant Sudarshan, director de la rama surasiática del Instituto de Política Energética de la Universidad de Chicago.

“La India rural también tiene fuentes que provienen de la quema de biomasa en los hogares y del diésel”, dice el economista medioambiental, quien sostiene que estas emisiones no se producirían si hubiera un mejor suministro eléctrico en el país. “También es importante reformar la regulación ambiental en India”, añade.

Sudarshan es coautor de un informe de las universidades de Chicago, Harvard y Yale en el que se alerta sobre la reducción de la esperanza de vida en India por culpa de la contaminación del aire.

Los investigadores concluyeron que, por la contaminación, más de 660 millones de indios vivirán en promedio 3.2 años menos que el resto de sus compatriotas.

Casi toda la población india, señala el estudio, vive en zonas donde la toxicidad del aire está por encima de lo que la OMS considera un nivel seguro. No es de extrañar que muchas de las ciudades más contaminadas del planeta se encuentren en este país. Tampoco que India tenga la tasa más alta del mundo de muertes por enfermedades respiratorias, incluso por encima de China.

Problema sanitario. Foto: AP / Altaf Qadri

Problema sanitario. Foto: AP / Altaf Qadri

Principios de solución

A principios de noviembre, después de alcanzar niveles insostenibles de contaminación, las autoridades de Nueva Delhi tomaron medidas para intentar rebajar las cifras. Así, en la primera semana de ese mes se paralizaron las obras en toda la ciudad y se detuvo el trabajo en canteras y fábricas, se cerró una zona industrial y se pidió a los habitantes que no quemaran plásticos o basuras para calentarse. En otras ocasiones se han impuesto restricciones de tránsito o se han cerrado temporalmente los colegios.

La gente, en la calle, parece más consciente que antes frente a un problema alarmante. El momento determinante para cambiar la percepción popular se produjo cuando se empezaron a suspender partidos de críquet por la alta contaminación.

En China, cuyas ciudades han atravesado problemas similares, no tardó en normalizarse el uso de mascarillas antipolución. En Nueva Delhi se comenzaron a utilizar hace apenas dos años. El abanico es amplio: desde las que valen 40 rupias (unos 55 centavos de dólar) y cuya eficacia es discutible, hasta otras de mayor calidad que valen más de 2 mil rupias (28 dólares).

Más allá de llevar o no la cara cubierta, y pese a la creciente concientización, la mayoría de la población ha asimilado que esta época del año es así, como el que se acostumbra al calor del verano o a la nieve en el invierno. Sólo así se entiende que, bajo una nube tóxica, sea posible ver en un parque a gente practicando yoga o jugando críquet.

Las autoridades médicas advierten que la contaminación del aire puede provocar, primero, dolores de cabeza y molestias respiratorias, pero coinciden en que una alta exposición puede llegar a causar también problemas cardiovasculares, enfermedades respiratorias crónicas y, en casos extremos, cáncer de pulmón.

La contaminación afecta a todos, si bien los ancianos son más susceptibles de sufrir enfermedades cardiacas, mientras que los más jóvenes se enfrentan al riesgo de un desarrollo anormal. De hecho, según el Instituto Indio de Ciencias Médicas, la mitad de los alumnos de Nueva Delhi nunca recuperará por completo su capacidad pulmonar. Recientemente la OMS publicó un informe en el que detallaba que 125 mil menores de 15 años murieron en India en 2016 por la toxicidad del aire.

Este año en la capital india se han celebrado manifestaciones para denunciar la falta de medidas serias ante la mala calidad del aire. El lema de las protestas es una reivindicación muy básica, vital: “Mi derecho a respirar”. Lo gritan manifestantes, muchos de ellos menores de edad, que portan mascarillas. Dicen que no quieren vivir en una ciudad convertida en una cámara de gas. Parece obvio.

“Creo que el debate sobre la contaminación en este país ha empezado y se va a asentar. Los medios ya tratan el problema constantemente, la comunidad sanitaria ha levantado la voz y el gobierno ha reconocido el problema. Esto es el principio”, dice a este reportero la ecologista Aishwarya Madineni, portavoz de Greenpeace en India. “Estamos ante un problema urgente que tiene que ser incluido en un plan nacional. Es el mayor problema de todos porque es un asesino silencioso”, concluye.

Este reportaje se publicó el 16 de diciembre de 2018 en la edición 2198 de la revista Proceso.

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