“La huella de la noche”, novela de Guillaume Musso

Portada de “La huella de la noche”, de Guillaume Musso. Foto: Cortesía Alianza Editorial Portada de “La huella de la noche”, de Guillaume Musso. Foto: Cortesía Alianza Editorial

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Se le conoce como el autor de suspenso más leído de Francia. Las novelas de Guillaume Musso han sido traducidas a 42 idiomas, y ahora Alianza Editorial publica La huella de la noche, en traducción al castellano de Amaya García Gallego, de la cual ofrecemos sus primeras páginas (de un total de 333), en extremo excitantes para nuestros lectores.

Para la agencia noticiosa France-Press, contar el final de La huella de la noche, “sería un auténtico crimen”.

La senda de los contrabandistas

“La doncella”:

¡Vete, ay vete!

¡Desaparece, esqueleto cruel!

¡Aún soy joven, mejor vete!

Y no me toques.

“La muerte”:

¡Dame la mano, tierna y hermosa criatura!

Soy amiga tuya y no vengo a castigarte.

Confía en mí, no soy cruel.

Ven a dormir plácidamente entre mis brazos.

MATTHIAS CLAUDIUS (1740-1815), La muerte y la doncella.

“2017”

Punta sur del cabo de Antibes

13 de mayo

Manon Agostini se estacionó al final del camino de la Garoupe. La agente de la policía local cerró la vieja Kangoo de servicio de un portazo mientras despotricaba en su fuero interno contra la sucesión de circunstancias que la habían llevado hasta allí.

A eso de las nueve de la noche, el portero de una de las lujosas mansiones del cabo llamó a la comisaría de Antibes para avisar que se había oído un disparo o un petardazo (un ruido extraño, en cualquier caso) por el sendero rocoso que lindaba con el parque de la finca. En la comisaría no se tomaron muy en serio la llamada y la derivaron al puesto de la policía local, donde no se les ocurrió nada mejor que llamar a Manon, aunque ya no estaba de servicio.

Cuando su superior la llamó para pedirle que fuera a echar un vistazo al camino costero, estaba ya lista para salir, con vestido de noche y todo. Le hubiera gustado mandarlo al diablo, pero no podía negarle ese favor. Esa misma mañana, el buenazo del jefe le había dado permiso de usar la Kangoo después del trabajo. El coche particular de Manon acababa de pasar a mejor vida y ese sábado por la noche necesitaba a toda costa un vehículo para acudir a una cita trascendental.

El liceo en el que había estudiado, el Saint-Exupéry, celebraba, con ocasión de su quincuagésimo aniversario, una velada de antiguos alumnos donde estarían reunidos sus compañeros de clase. Manon albergaba en secreto la esperanza de volver a ver allí a un chico que le había dejado huella. Un chico distinto a los demás, al que en su momento no hizo ni caso, pues le llamaban más la atención los tipos mayores, que a la postre resultaron ser unos estúpidos. Aquella esperanza era del todo irracional, ni siquiera tenía la certeza de que él fuera a estar presente, y sin duda no se acordaría de que ella existía, pero necesitaba creer que por fin le iba a pasar algo en la vida. Manicura, corte de pelo y ropa nueva: Manon se había pasado la tarde arreglándose. Se gastó 300 eurazos en un vestido recto de encaje y punto de seda azul noche, le tomó prestado un collar de perlas a su hermana y unos zapatos de salón a su mejor amiga (un par de Stuart Weitzman de ante que le lastimaban).

Encaramada a los tacones, Manon encendió la linterna del celular y se metió por el angosto camino que bordeaba la costa a lo largo de más de dos kilómetros, hasta la Villa Eilenroc. Conocía bien ese lugar. De pequeña, su padre la llevaba a pescar a las caletas. Antes, los lugareños llamaban a esa zona, la senda de los aduaneros o de los contrabandistas. Luego, aquel sitio apareció en las guías de viajes bajo el pintoresco nombre de senda de “Tire-Poil”. En la actualidad, se lo conocía con el nombre, más soso y aséptico, de la senda costera.

Al cabo de unos cincuenta metros, Manon topó con una barrera y la correspondiente advertencia: “Zona peligrosa: Prohibido el paso”. A mediados de semana hubo una fuerte tormenta. Los violentos golpes de mar habían causado derrumbes y algunos tramos del paseo resultaban intransitables.

Manon lo pensó un momento antes de decidirse a pasar por encima de la valla.

“1992”

Punta sur del cabo de Antibes

1 de octubre    

Con el corazón alborozado, Vinca Rockwell pasó dando saltitos por delante de la playa de Joliette. Eran las diez de la noche. Para ir hasta allí desde el liceo había logrado convencer a una amiga, alumna de ella de la clase preparatoria a la rama de letras de la escuela Normal, para que la dejara allí camino de Garoupe.

Al enfilar la senda de los contrabandistas, notó un vacío en su estómago. Iba a encontrarse con Alexis. ¡Iba a encontrarse con su amor!

A pesar del vendaval que soplaba, la noche estaba tan bonita y el cielo tan claro que se veía casi igual de bien que a la luz del día. A Vinca siempre le había encantado ese rincón porque se conservaba salvaje y no se parecía a la manida imagen estival de la French Riviera. A pleno sol, el resplandor blanco y ocre de las rocas calcáreas resultaba subyugante, así que como las variaciones infinitas del mar que bañaba las caletas.

Una vez, mirando en dirección a las islas de Lérins, Vinca había llegado a divisar delfines.

Cuando arreciaba el viento, como esa noche, el paisaje cambiaba radicalmente. Las rocas escarpadas se volvían peligrosas, los olivos y los pinos parecían retorcerse de dolor, como si quisieran descuajarse. Pero A Vinca le tenía sin cuidado. Iba a encontrarse con Alexis. ¡Iba a encontrarse con su amor!

“2017”

“Me cago en todo!”

A Manon se le acababa de partir un tacón. “Pues vaya.” Antes de ir a la velada, tendría que pasar por su casa, y mañana su amiga le echaría bronca. Se quitó los zapatos, los metió en su bolso y siguió adelante descalza.

Continuó avanzando por el trazado angosto pero asfaltado que coronaba los acantilados. El aire era puro y vivificante. El mistral había despejado la noche y cuajado el cielo de estrellas.

La vista apabullante abarcaba desde las murallas del casco viejo de Antibes hasta la bahía de Niza, pasando por las montañas de tierra adentro. Resguardadas detrás de los pinos estaban algunas de las fincas más hermosas de la Costa Azul. Se oía cómo las olas arrojaban la espuma y se notaba toda la fuerza y la potencia de los embates.

Antaño, aquel lugar había sido escenario de trágicos accidentes. El oleaje ya se había llevado a varios pescadores, turistas o enamorados que iban a besuquearse a la orilla del mar. Ante la avalancha de críticas, a las autoridades no les quedó más remedio que mejorar la seguridad del camino construyendo escaleras sólidas, señalizando e instalando barreras de seguridad que limitasen las veleidades de los excursionistas de acercarse demasiado al borde. Pero bastaba con que se desencadenase el viento unas cuantas horas para que el lugar volviera a ser peligroso.

Manon llegó precisamente a un punto donde un puno carrasco caído había arrancado la baranda de la rampa e impedía el paso. No se podía ir más allá. Pensó en dar media vuelta. Ahí no había ni un alma. La fuerza del mistral había desanimado a los paseantes.

“Lárgate, bonita.”

Se quedó muy quieta y escuchó el bramido del viento. Arrastraba como una especie de quejido, lejano y próximo a la vez. Una sorda amenaza.

Aunque estaba descalza, se subió a una roca para rodear el obstáculo y siguió avanzando sin más iluminación que la linterna del celular.

Un bulto oscuro se dibujaba a los pies del acantilado. Manon entornó los ojos. No, estaba demasiado lejos para distinguir nada. Intentó bajar con muchísimo cuidado. Se oyó un crujido. El bajo del vestido de encaje acababa de desgarrarse, pero ni siquiera se fijó. Era un cuerpo. El cadáver de una mujer, abandonado encima de las rocas. Cuanto más se acercaba, mayor era su espanto. No se trataba de un accidente. A esa mujer le habían machacado la cara, que ya no era más que una papilla sanguinolenta. “Dios mío”. Manon sintió que le flojeaban las piernas y que estaba a punto de desplomarse. Desbloqueó su celular para pedir ayuda. No tenía cobertura, pero en la pantalla decía: “Sólo emergencias”. Estaba a punto de hacer la llamada cuando se percató de que no estaba sola. A cierta distancia estaba sentado un hombre, presa del llanto. Sollozaba, derrotado, con la cara entre las manos.

Manon estaba aterrorizada. En ese momento, echó de menos no llevar un arma encima. Se acercó con prudencia. El hombre se incorporó. Cuando alzó el rostro, Manon lo reconoció.

–Lo hice yo –dijo señalando el cadáver con el dedo.

“1992”

Vinca Rockwell saltaba por las rocas, grácil y liviana. El viento soplaba cada vez más fuerte. Pero a Vinca le gustaba. El oleaje, el peligro. El aire marino que se le subía a la cabeza, el vértigo de los precipicios. En toda su vida nunca le había pasado nada como conocer a Alexis. Un profundo y absoluto deslumbramiento. Una fusión de ambos en cuerpo y alma. Aunque viviera cien años, nunca nada podría rivalizar con ese recuerdo. La perspectiva de volver a ver a Alexis de forma clandestina y de hacer el amor en los huecos de las rocas la trastornaba (…) ¡Iba a encontrarse con Alexis, iba a encontrarse con su amor! (…)

–¡Alexis!

Cuando Vinca abrazó por fin al objeto de su amor, una voz interior le susurró de nuevo que todo acabaría mal. Pero a la muchacha le importaba un bledo el futuro. El amor o lo es todo o no es nada.

Sólo contaba el momento presente.

La seducción ardiente y ponzoñosa de la noche.

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