Chalecos Amarillos: El incendio aún no se apaga

Protesta que evoluciona. Foto: AP / Claude Paris Protesta que evoluciona. Foto: AP / Claude Paris

El movimiento de los Chalecos Amarillos –que surgió por el alza del impuesto a los combustibles– derivó en una protesta social contra la política económica del presidente Emmanuel Macron y en cuestión de semanas dio un salto cualitativo: cuestiona ahora el funcionamiento del sistema democrático francés. Las concesiones que le han arrancado al presidente y a su primer ministro, Édouard Philippe, les parecen “insuficientes y tardías” y ya pusieron sobre la mesa una propuesta que sacude al establishment: el Referéndum de Iniciativa Ciudadana.

PARÍS (Proceso).- Fuertes disensiones entre “moderados” y “radicalizados”. Rechazo a la violencia. Miedo a la represión policiaca. Agotamiento físico después de cinco semanas de piquetes en glorietas, peajes de autopistas, refinerías o centros comerciales. Tregua navideña… Múltiples son los factores que explican la baja movilización de los Chalecos Amarillos en el Acto V de su protesta, el pasado sábado 15. 

Ese día ningún conato de guerrilla urbana sacudió París ni las ciudades de provincia, al contrario de lo que había sucedido el 24 de noviembre y los pasados sábados 1 y 8. Según datos oficiales –los únicos disponibles–, sólo 66 mil activistas marcharon en todo el país, cifra muy inferior a los 380 mil del inicio de la revuelta.

¿Esta insurrección 2.0 se estaría apagando tan repentinamente como surgió? Nadie se atreve a pensarlo en Francia, ni siquiera los más ardientes detractores de este movimiento polifacético que sigue hasta ahora sin representante ni líder y cuya identidad continúa siendo difícil de aprehender, ya que oscila entre claras características populistas y aspiraciones auténticamente democráticas.

Es imposible saber lo que está planeando la llamada “ala radical” de los Chalecos Amarillos. Algunos hablan de un Acto VI que se “celebrará” el sábado 22 en Versalles, “ciudad real” altamente simbólica –donde se inició la Revolución Francesa en mayo de 1789–, o el lunes 31 en los Campos Elíseos. Hay también proyectos de un Acto VI sin fecha definida, durante el cual se instalarán piquetes en puntos fronterizos para impedir el tránsito de camiones de transporte internacional de mercancías.

El movimiento es tan imprevisible e invertebrado que es difícil saber si los “radicalizados” tienen más poder de convocatoria que los “moderados”. 

Pase lo que pase, todo el mundo –los mismos Chalecos Amarillos, los “expertos” de toda índole que buscan entenderlos y los políticos– subraya la evolución rápida de su movimiento y de sus ­reivindicaciones. 

El punto de partida de la protesta fue meramente fiscal: movilizados mediante las redes sociales, miles de franceses de clase media empobrecida y de clases populares de provincia –que inevitablemente deben desplazarse en auto por falta de transporte público adecuado– se levantaron el pasado 17 de noviembre contra el alza al impuesto “ecológico” sobre los carburantes, prevista para aplicarse el 1 de enero de 2019.

El presidente, Emmanuel Macron, y su primer ministro, Édouard Philippe, los ­desoyeron. Empezó entonces un proceso acelerado de movilización, primero por internet y luego en lugares públicos “ocupados”. Se armaron discusiones, se debatieron ideas, se confrontaron opiniones y experiencias tanto de manera directa como en internet. Y de pronto estos mismos miles de automovilistas enojados salieron de su aislamiento y de su letargo cívico. 

Hasta donde se puede saber, buena parte de ellos pertenecen al 25.44% del electorado que no fue a votar en la segunda vuelta de las presidenciales de 2017, en las que compitieron Macron y la ultraderechista Marine Le Pen. Se trata de una tasa de abstención histórica en Francia.

Represión y concesiones

En menos de dos semanas la revuelta fiscal de los Chalecos Amarillos se convirtió en rebelión social. Los flamantes activistas exigieron más poder adquisitivo al tiempo que reafirmaron su rechazo hacia toda la clase política, los sindicatos, las instituciones republicanas y los medios, expresando además un odio casi visceral hacia Macron. 

Sin tomar en cuenta las reglas establecidas en Francia en materia de manifestaciones –coordinación de los organizadores de la protesta con las autoridades policiacas para determinar fechas, horas e itinerario de la marcha–, sábado tras sábado los Chalecos Amarillos llegaron a París desde todo el país. 

Espontánea y desorganizadamente se obstinaron en desfilar por los Campos Elíseos y cada vez se dejaron rebasar por grupos de extrema derecha y extrema izquierda entrenados para combates callejeros, así como por pandillas que se cuelan sistemáticamente en las marchas con el único afán de saquear comercios.

El nivel de violencia que sacudió a la capital y a varias ciudades de Francia fue tal que se tambaleó el poder. Y la respuesta del Ejecutivo fue doble: represión y concesiones.

El sábado 8 por primera vez en la historia de la Quinta República, las autoridades desplegaron vehículos blindados de la gendarmería en los barrios más exclusivos de París y en las avenidas de las grandes ciudades de provincia para enfrentar a los manifestantes, al tiempo que movilizaron 89 mil hombres de los distintos cuerpos policiacos. Una cifra récord.

La policía procedió también a realizar detenciones masivas. Se menciona la cifra de 5 mil manifestantes arrestados entre el 1 de noviembre y el pasado sábado 15, un centenar de los cuales acabaron ante los tribunales. Otra cifra récord.

El martes 4 el Ejecutivo, hasta entonces inflexible, empezó a capitular: Philippe anunció la cancelación temporal del impuesto sobre los carburantes y unas horas más tarde Macron dictaminó su supresión definitiva. 

Pero no fue suficiente. El lunes 10 Macron hizo más concesiones en aras de aumentar el poder adquisitivo de los franceses: alza del salario mínimo, eliminación de gravámenes a las horas extras, supresión del incremento a un impuesto que castigaba a los jubilados… Los Chalecos Amarillos moderados hablaron de medidas demasiado limitadas. 

El Partido Socialista y Los Republicanos (derecha) las censuraron por artificiosas y mañosas, mientas los Chalecos Amarillos radicalizados las calificaron de “migas” y “limosnas” inaceptables. Coincidieron con ellos el Reagrupamiento Nacional (ultraderecha) de Le Pen y Francia Insumisa (ultraizquierda) de Jean-Luc Mélenchon, que fingen respetar la independencia del movimiento pero no pierden oportunidad de echar aceite al fuego con el deseo secreto de cooptarlo a corto o mediano plazos.

Déficit democrático 

Como sea, los Chalecos Amarillos “moderados” o “radicales” están ahora en otra etapa. Si bien multiplican sus reivindicaciones sociales, empiezan a cuestionar cada vez con más virulencia el funcionamiento mismo de la democracia representativa gala.

La existencia del Senado les parece superflua y fuente de gastos exorbitantes y también consideran que los diputados pertenecen en su mayoría a una élite ajena a su propia realidad. Sin llegar a pedir la desaparición de la Asamblea Nacional –en la que efectivamente se encuentra sólo un diputado de origen obrero– exigen más democracia directa para asegurar una mayor intervención ciudadana en el proceso legislativo y en la vida política.

La instauración de un Referéndum de Iniciativa Ciudadana (RIC) les parece la mejor solución para “dar al pueblo la posibilidad de expresar su voluntad soberana”.

El jueves 13 Priscilla Ludosky, una de las primeras impulsoras del movimiento, y otros “comunicantes” –que no líderes ni voceros– de los Chalecos Amarillos, precisaron en rueda de prensa cómo concebían el RIC.

Afirmaron que tiene cuatro objetivos: “Dar al pueblo el poder de modificar la Constitución o de impedir toda modificación de esa misma Constitución que no haya sido aprobada por un referéndum; dar al pueblo la posibilidad de redactar o derogar una ley sobre el tema que el mismo pueblo elija; dar al pueblo el derecho de exigir un referéndum sobre todas las leyes votadas por el Parlamento; imponer al presidente de la república la obligación de someter todos los tratados, acuerdos y pactos internacionales a un referéndum antes de ratificarlos…”.

Más allá del radicalismo de estos planteamientos, el RIC hace correr mucha tinta. El interés que despierta rebasa el círculo de los Chalecos Amarillos y es sintomático del malestar creado por el creciente “déficit democrático” que afecta a Francia. En realidad, resulta cada vez más patente la necesidad de dar un nuevo respiro al sistema político francés.

El pasado lunes 17 Philippe se dijo también “interesado” en el RIC, pero sólo en ciertas circunstancias y para cuestiones determinadas. Aseguró además que sería uno de los temas a discutir en la amplia consulta ciudadana que Macron se apuró a lanzar en toda Francia para tratar de apaciguar a los Chalecos Amarillos y satisfacer su exigencia de expresarse y ser escuchados.

Inicialmente prevista para durar tres meses, la consulta empezará el 15 de enero, acabará el 15 de marzo y girará alrededor de cuatro grandes ejes: democracia y ciudadanía, sistema fiscal, organización del Estado y transición ecológica. Al cierre de esa edición (jueves 20), las modalidades de organización de esta concertación ciudadana eran muy vagas, mientras que crecía el escepticismo general.

Encargada de supervisar los preparativos, Chantal Jouanno, quien fue ministra de Deportes de Nicolas Sarkozy y quien ahora encabeza la Comisión Nacional del Debate Público (CNDP) –instancia administrativa independiente– advirtió en tono mordaz a Philippe que esa concertación nacional tenía que ser totalmente autónoma.

En carta dirigida al primer ministro, expresó: “Es imperativo aclarar que el gobierno no capitanea directa o indirectamente ese gran debate público”. 

Luego aclaró: “La CNDP impedirá que esos debates ciudadanos se conviertan en ‘mítines políticos’ a favor del gobierno o de la mayoría”.

Insistió en la neutralidad de la CNDP, la cual “escogerá sola cómo se debe organizar esa concertación y cómo tendrá que elaborar sus conclusiones”.

Jouanno manifestó abiertamente su desconfianza después de una reunión tensa sobre el tema con Macron y Philippe en el Palacio de Elíseo.

Estos roces envían una muy mala señal en el aún explosivo clima político y social francés. El incendio que prendieron los Chalecos Amarillos dista de estar controlado… cualquier chispa puede reavivarlo.

Este reportaje se publicó el 23 de diciembre de 2018 en la edición 2199 de la revista Proceso.

Comentarios

Load More