Los olvidados de 1918

A Hildegard Mehnert, amiga insustituible

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- No podemos permitir que finalice el año sin ocuparnos de tres músicos sobresalientes cuyos centenarios luctuosos tendrían que haberse preconizado con bombo y platillo y que, por esa desmemoria congénita y desdén por la historia que nos caracteriza, pasaron prácticamente inobservados. De los tres personajes, dos son hombres y extranjeros ‒aunque con una aguda (y trágica para uno de ellos) filiación mexicana‒ y el tercero es una dama compatriota, cuya olvidada trayectoria nos enorgullece ayudar a poner en relieve, ya que es pionera en el campo femenino de la composición musical de la nación y también en el de la impensable dirección de orquesta de su era.

Como puede suponerse, con la audición de sus composiciones se valida intrínsecamente la escritura de estas líneas pero, sobre todo, se realiza un acto específico de desagravio que queremos subrayar: la creación musical de la preclara mexicana recibe aquí su estreno fonográfico después de 151 años de silencio y esto es posible gracias a un mecenazgo otorgado por el Instituto Mexicano para la Justicia (IMJUS).[1] Púlsense los códigos QR del impreso o accédase a la página electrónica del semanario (proceso.com.mx) para escuchar las obras.

Muerte prematura en el ápice de la gloria Nacido en Madrid en enero de 1875, Joaquín (Quinito) Valverde Sanjuán obtiene de su padre, tanto nombre y apellido, como la enseñanza del arte sonoro. Su receptividad al ambiente teatral propiciado por su progenitor ‒el afamado compositor de zarzuelas Joaquín Valverde Durán (1846-1910)‒ da frutos en poco tiempo, al grado que a los 12 años de edad comienza a dirigir orquestas y a los 15 compone su primera zarzuela, Con las de Caín, que se estrena en Madrid en 1890. El éxito de su empeño melódico, aunado a la búsqueda de un estilo sencillo y sin pretensiones lo vuelven un consentido del público y la crítica. Año con año ratifica su talento, componiendo, produciendo y dirigiendo zarzuelas en los teatros de su patria ‒en sus 28 años de actividad compositiva escribe dos centenares de ellas‒, hasta que a la defunción de su padre decide probar suerte en París. No se equivoca, y en la Ville Lumiere cosecha clamorosos triunfos artísticos y pecuniarios (le irá tan bien monetariamente que llegará a decirse que fue el músico que ganó más en su época). Seducidos los exigentes auditorios parisinos, determina continuar sus conquistas en el Nuevo Mundo, así como lo hicieron sus antepasados con la cruz y la espada.

Desembarca primero en La Habana y no encuentra resistencia, al contrario, sus zarzuelas abarrotan los teatros, función tras función. Al cabo de extenuantes temporadas en Cuba, piensa que está listo para invadir Nueva York; y tampoco se equivoca. En Broadway sus criaturas son aplaudidas con fruición y los críticos se rinden a sus pies. De ese periodo data su canción Clavelitos, que se torna en un hit que le da la vuelta al mundo.[2] Aquello que no logra presentir es que viajar a México como responsable de la compañía de zarzuela Velasco, le costará la vida. Se instala en el otrora Distrito Federal y, de inmediato, comienza los ensayos de su revista musical La señorita en el teatro Esperanza Iris que sí logra estrenar, sin embargo, un tremendo malestar lo asalta y en cosa de días le entrega su alma al Señor (lo pescó la mortífera Influenza Española). Su deceso produce tal conmoción, que la incipiente industria fílmica nacional ‒La Azteca Film‒ registra para la posteridad su sepelio. Sus restos son depositados en el panteón español de la calzada México-Tacuba, donde ya nadie los visita…

Matrimonio y familia, sepulcros de la creación femenil[3] María Rita de la Preciosa Sangre García Garfías ve la luz en la Ciudad de México el 22 de mayo de 1849, como hija única de un matrimonio de clase media con gran afición por la cultura y el arte. Cual prueba de ello, a la niña le proporcionan una esmerada educación desde la más tierna edad. Entre los preceptores contratados destacan Agustín Balderas ‒el brillante pianista y maestro que fungió como jurado en el concurso para elegir el Himno Nacional mexicano‒, y los compositores Cenobio Paniagua ‒iniciador del movimiento operístico pseudo nacional‒ y Octaviano Valle. Lo notable del caso es que la infanta da pruebas de dotes descomunales y que apenas traspone la niñez comienza a plasmar, con inusitada claridad mental, sus primeras composiciones. La valía de las mismas y la fecha inicial de su creación (1861) la sitúan, hasta donde se tiene noticia, como la primera mujer compositora mexicana.[4] El nombre artístico que adopta es: María Garfias.

Su debut aviene en el Gran Teatro Nacional en noviembre de 1862 y el Siglo diez y nueve reseña: “Hubo la agradable novedad de oír tocar el piano a la señorita Garfias, niña que apenas tiene 13 años y que es un prodigio de precocidad en la creación artística; fue muy aplaudida y entre el estrépito de aplausos se le ofreció una corona.”

Y en ese tenor se suceden los triunfos. Concierto tras concierto, presenta obras de su inventiva y ofrece ejecuciones al piano de autores consagrados; incluso en uno de ellos dirige una obra, afirmándose como la primera mexicana en hacerlo públicamente. Quizá sin que pueda intuirlo, sus últimos resplandores musicales ocurren en su prometedora adolescencia. Al restaurar Benito Juárez la República en 1867, María se solidariza, componiendo justamente una Marcha Republicana que se estrena, otra vez en el Teatro Nacional, ante la presencia del Benemérito.[5] Las crónicas son entusiastas.

Pero el destino llega marcado y María contrae nupcias en 1868, a sus diecinueve años, naciendo al año siguiente su primogénito. A partir de ahí, se cierne el silencio creativo al cobijo de las exigencias familiares. La extinta artista conduce una sosegada existencia que culmina a sus 69 años, ya como feliz abuela. Su cuerpo también recibe sepultura en el panteón español, donde su descendencia se congrega, tributándole los respetos que su renuncia artística merece. Gracias a ella la familia subsistió y creció…

Un talento que subyuga al prejuicio racial José Silvestre de los Dolores White Lafitte, mejor conocido como José White, descubre las playas de la vida el 1 de enero de 1836 en Matanzas, Cuba. Natalicio que ocurre 32 años antes de la primera guerra de independencia cubana y 45 antes de la abolición de la esclavitud. Su genealogía procede de una negra libre y un comerciante francés con inclinación musical. Es precisamente su padre quien lo inicia en el violín a los 5 años de edad y quien lo apoya para convertirse en virtuoso. Con tres años de estudios paternos, el pequeño José está listo para recibir lecciones de un profesional del violín y para comenzar sus clases de composición.

Cuando tiene catorce compone su primera obra, un Himno para coro y orquesta y, según su padre, al cumplir los 19 domina 15 instrumentos: violín, viola, chelo, contrabajo, piano, guitarra, flauta, flautín, clarinete, trombón, corneta, trompeta, clavicordio, tuba y timbales. Con esa formación es natural que se pretenda mandarlo al conservatorio de París para los toques finales. Efectivamente, es admitido entre 70 aspirantes ‒ingresa el mismo año que Pablo de Sarasate‒ y no tarda en brillar en el medio francés. Llegan las giras, no habiendo público que no sea unánime en aclamarlo.

Desde que concluye sus estudios formales, París se convierte en su centro de operaciones para ir y venir sin tregua. Largas estadías en Latinoamérica y Europa lo ven consolidar su fama. En una estada en Cuba presenta una Fantasía sobre aires cubanos que enardece los sentimientos independentistas de los asistentes. Con tanta ferocidad, que las autoridades españolas de la isla lo “conminan”  a dejar el país por alborotador.

Es así que decide irse a México, donde en ese año de 1875 ofrece dos conciertos cuya memoria no fenece. Entre los asistentes se encuentra José Martí quien escribe exaltado: “Hay una lengua espléndida, que vibra en las cuerdas de la melodía y se habla con los movimientos del corazón…El color tiene límites; la palabra, labios; la música, cielo. Lo verdadero es lo que no termina; y la música está perpetuamente palpitando en el espacio… La música es la más bella forma de lo bello. White tiene en su genio toda la poesía de aquella tierra perpetuamente enamorada, todo el fuego de aquel sol vivísimo, toda la ternura de aquellos espíritus partidos…, las notas resbalan en sus cuerdas, se quejan, se deslizan, lloran; suenan unas tras otras como sonarían perlas cayendo. White no toca, ‒subyuga…[6]  !Oh, patria de mi amor!, ¡tú eres bendita a través del alejamiento y la amargura; tú me mandas amores y promesas en el alma de uno de tus hijos; tú me mandas un canto de esperanza en una inspirada criatura, engendrada entre tus suspiros y tus lágrimas, calentadas al fuego de mi Sol!… …Yo me siento orgulloso con que mi patria sea la patria de este artista perfecto y eminente…”

[1] Para saber más de sus actividades consulte su página: imjus.org.mx

[2] Se sugiere su escucha en la voz de la mezzosoprano hispana Teresa Berganza. www.youtube.com/watch?v=oygKfhKxjG8

[3] La información de este inciso proviene del valioso trabajo del musicólogo Fernando Carrasco Vázquez.

[4] Hay otras  mexicanas de la época que también intentaron la composición (Matilde Crowe y María Massón, por ejemplo), mas sus obras no se han localizado. Y con respecto a Ángela Peralta (1845-1883), quien también compuso y es 4 años menor que la Garfias, sus piezas son posteriores a las de ella.

[5] Audio 2:  María Garfias – Marcha republicana (Karina Peña, pianista. David Díaz, grabación y edición )

[6] Audio 3: José White – Habanera Jeunesse op. 29. (Fernando Muñoz, violinista. Ana Gabriela Fernández, pianista

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