Prosa musical en el best-seller “La huella de la noche”

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Para todos aquellos que aman las lecturas de asesinatos sangrientos, intrigas detectivescas e historias de suspenso, la novela extranjera thriller de 2018 que recomendamos ampliamente a nuestros lectores es La huella de la noche, de la pluma del francés Guillaume Musso (Alianza de Novelas, traducción Amaya García Gallego del original francés ‘La jeune fille et la nuit’).

En 2008, la novela sobrenatural Y después… (‘Et après’) de Musso irrumpió en la gran pantalla cinematográfica, gracias a Afterwards (Premonición), cinta de Gilles Bourdes, protagonizada por John Malkovich, Romain Duris y Evangeline Lilly.

Ofrecemos a nuestros lectores un ejercicio recopilatorio de referencias musicales que, a lo largo de 333 páginas, nuestro autor –nacido en Antibes, Alpes Marítimos, en 1974– arma hilando cabos siniestros, y al final del libro confiesa en la adenda ‘Lo verdadero de lo falso’:

“Nueva York ha sido para mí una auténtica historia de amor, por eso la trama de mis primeras novelas se situaba en América del Norte. Luego, poco a poco, algunas emigraron a Francia. Hace varios años que me apetecía contar una historia que transcurriese en la Costa Azul, que es la región de mi infancia. Y concretamente en torno a la ciudad de Antibes, donde tengo tantos recuerdos.

“Pero no basta con querer, escribir una novela es un proceso delicado, complejo e incierto. Cuando empecé a escribir sobre este campus paralizado por la nieve, esos adultos paralizados por los jóvenes que fueron, supe que había llegado el momento. Así fue como el sur de Francia acabó siendo el decorado de ‘La huella de la noche’. He disfrutado muchísimo recreando esos lugares en dos épocas distintas.”

Ambos tiempos son: invierno de 1992 y primavera de 2017.

Sirva este pequeño malabar literario musical para aquellos jóvenes ‘sonorófilos’ quienes acaso hallen en la prosa de La huella de la noche algunas pistas para descubrir al Guillaume Musso (o en su defecto, al protagonista Thomas Degalais) que llevamos dentro (cual Doctor Jeckyll y Míster Hyde del siglo XXI). A manera de presentación:

Mayo de 2017, el año de la conformación política del equipo de (el actual presidente galo Macron) y de la fiesta por el 50 aniversario del liceo internacional Saint-Exupéry, de Antibes, a la cual asiste la vieja generación estudiantil del escritor Thomas Degalais. Este joven ha regresado allende el Atlántico al liceo de su adolescencia para enfrentar los fantasmas del pasado que lo remiten a la desaparición de una chica que amaba: Vinca Rockwell, en mayo de 1992. Pronto ocurrirán venganzas y varios crímenes…

La huella de la noche se divide en tres bloques con un total de 18 capítulos: Forever Young, El chico distinto a los demás y La muerte y la doncella. Como explica Guillaume Musso en la sección última (“Referencias”), el primero (traducido como “Por siempre joven”) lo tomó del álbum homónimo del conjunto Alphaville (WEA, 1984).

* Forever Young

En el altavoz sonaba un viejo éxito de REM, Losing my Religion, que, aunque la mayoría de la gente que cree que habla de la fe religiosa, en realidad habla del sufrimiento de un amor doloroso y no correspondido. El desamparo de un chico que le grita a la chica de la que está enamorado: “¡Ey, mira, estoy aquí! ¿Por qué no me ves?”. La historia abreviada
de mi vida. (1.- Capítulo “Coca-Cola Cherry”, 2. Página 33)

Paint it Black, No surprises, One…

Ya desde su entrada al recinto, la orquesta del centro recibía a los invitados interpretando temas de los Stones, de Radiohead y de U2. La música (espantosa y pegadiza a partes iguales) los acompañaba hasta el corazón del liceo: la plaza de los Castaños, donde iban a celebrar los festejos matutinos. (2.- “El primero de la clase y los bad boys”, 1. Pág. 36)

Suspiré. Después de que Vinca desapareciera y saliese a la luz el idilio que tenía con uno de los profesores del liceo, los rumores y los chismes se desataron hasta convertir a la joven en una especie de Laura Palmer provenzal. Twin Peaks en la tierra de Marcel Pagnol.

–Fanny, no empieces tú también.

–Como quieras. Seguro es más fácil hacer el avestruz. ‘Living is easy with eyes closed’, como cantaba aquél. (5. Pág. 50. Frase en cursivas de John Lennon en la rola “Strawberry Fields Forever” de Los Beatles.)

Junto con la política, la otra fijación de Stéphane Pianelli era el caso de Vinca Rockwell. Llegó incluso a escribir un libro, unos quince años antes, con un título de los más schubertiano: ‘La muerte y la doncella’. Un título de investigación muy serio y exhaustivo, pero que no aportaba grandes revelaciones sobre la desaparición de Vinca y de su amante. (Alusión al Cuarteto de cuerdas Número 14 en Re Menor D.810. 6. Pág. 53)

En el liceo, al contrario que yo, Maxime no era un buen alumno. Tampoco es que fuera un negado, sólo un chico inmaduro al que le interesaba más el deporte y las películas taquilleras que las sutilezas de ‘La educación sentimental’ y de ‘Manon Lescaut’. (Esta última, ópera de Puccini. 3.- “Lo que hicimos”. 2. Pág. 63)

Mientras nos adentrábamos en la sala principal cubierta con suelo sintético, no pude evitar pensar que esa noche, mientras los músicos recuperaban los grandes éxitos de INXS y los Red Hot Chili Peppers, decenas de parejas bailarían al lado de un cadáver. (4. Pág. 67)

–Hola, Thomas –dijo, quitándose de la nariz los lentes graduados.

Llevaba puestos unos jeans rotos, unos Converse desgastados y un suéter de mohair tamaño XL. La delicadeza y la luz de su mirada casi desaparecían bajo el kohl negruzco que le ahumaba los ojos. Un maquillaje a juego con el LP de The Cure que giraba en el plato.

–Hola, Fanny, necesito que me eches una mano.

*

Regresé al cuarto de Vinca. Abrió los ojos antes de incorporarse sobre la almohada.

–Tómate esto –le dije, alargándole dos comprimidos–. Estás ardiendo.

Aunque no deliraba estaba bastante mal. Cuando le pregunté por qué me había llamado, rompió a llorar… El sonido puro y cristalino de una celesta en una melodía folk de los años setenta. (5. Págs. 80 y 81)

Me acordaba de ese tatuaje. Las letras GRL PWR grabadas discretamente en su piel. “Girl Power”. Mujeres al poder. Mientras me contaba todo esto, Zélie abrió un documento en la computadora. Era el cartel de un espectáculo musical: Los últimos días de Vinca Rockwell. El póster me recordó la funda de un LP de Belle & Sebastian: foto en blanco y negro, filtro rosa, rotulación elegante y vanguardista. (5.- “Los últimos días de Vinca Rockwell”. 3. Pág. 101.

Por el escritorio, varios cedés amontonados en desorden. Música clásica (Satie, Chopin, Schubert), pop antiguo del bueno (Roxy Music, Kate Bush, Procol Harum) y algunas grabaciones más herméticas que yo conocía gracias a ella pero que no acababa de asimilar: Pierre Schaeffer, Pierre Henry, Olivier Messiaen…

Esperé a mi amiga durante unos minutos más. Me recorría el vientre una picazón extraña. Para no aburrirme, encendí el reproductor de cedés. Sonó Sunday Morning, la primera canción del mítico disco de Velvet Underground. Un tema que cuadraba bien con la situación. Diáfano, etéreo, tóxico. (6.- “Paisaje nevado”. 2. Págs. 106 y 107)

** El chico distinto a los demás

Fue el verano en que leí ‘Por el camino de Swann’ (la edición de bolsillo, con la catedral de Ruan que pintó Claude Monet en la cubierta) y me enamorisqué de una joven parisina con una melenita cuadrada de ondas rubias que respondía al hermoso nombre de Bérénice. Cuando iba a la playa, siempre se paraba delante de la garita del estacionamiento para charlar conmigo, aunque pronto me di cuenta de que le interesaban más Glenn Madeiros y los New Kids on the Block que los tormentos de Charles Swann y Odette de Crécy.

La ciudad del jazz, de los estadunidenses de la Lost Generation, la que Vinca había descubierto gracias a mí; la que, hecho extraordinario, había acogido a la mayoría de los artistas que significaban algo en mi vida. Mauppassant atracó allí su barco, Le Bel Amie; Scott Fitzgerald y Zelda durmieron en el hotel Belles Rives después de la guerra; Picasso montó un taller en el castillo Grimaldi, a dos pasos del apartamento donde Nicolas de Staël pintó sus cuadros más bellos. Y, por último, Keith Jarret (autor de la banda sonora de todos mis libros), que seguía actuando con regularidad en la Pinéde. (7.- “En las calles de Antibes”. 1. Págs. 117 y 118.

En el apogeo de su belleza y su juventud, Vinca devoraba con los ojos a su acompañante. Tenía una mirada que rebosaba amor, admiración y ansias de gustar. Estaba bailando una especie de paso de twist que el fotógrafo había inmortalizado para siempre en una pose grácil y sensual. “Grease” a través del objetivo de Robert Doisneau. (2. P. 121.

Al cerrar la libreta, de una de las solapas se salieron varios boletos. Al periodista se le iluminó la cara con una sonrisa:

–¡Tengo entradas para el concierto de Depeche Mode de esta noche!

–¿Dónde es?

–En Niza, en el estadio Charles-Ehrmann. ¿Vamos juntos?

–Puf. No me entusiasman los sintetizadores.

–¿Sintetizadores? Se nota que no has oído los últimos discos.

–Nunca llegaron a engancharme.

Entornó los ojos para rememorar mejor.

–A finales de los ochenta, cuando la gira 101, Depeche Mode era el mejor grupo de rock del mundo. En 1988 fui a verlos al Zénith de Montpellier. ¡Tenían un sonido que era la neta!

Los ojos echaban chispas. Empecé a meterme con él:

–A finales de los ochenta, el mejor grupo de rock del mundo era Queen.

–¡Madre mía! ¡Y lo peor es que lo dices en serio! Si todavía me dijeras U2, podría pasar, pero esto…

Durante unos minutos, los dos bajamos la guardia. Y en ese instante, volvimos a tener diecisiete años. Stéphane intentó convencerme de que Dave Grahan era el mejor vocalista de su generación y yo sostuve que no había nada que pudiera superar a Bohemian Rhapsody. 3. Págs. 127 y 128.

–¿En qué puedo ayudarlo, señor?

Pelo oxigenado, falda vaquera sin rematar, camiseta XXS y medias de leopardo: la recepcionista era como un clon de Debbie Harry. (8.- “El verano de Azul profundo”, 3. Pág. 135. Alusión a la cantante de Blondie)

Haciendo un ademán con la mano, me indicó que la siguiera fuera, al estacionamiento de personal. Allí se soltó el pelo, se quitó la bata y se sentó en el capó del que debía ser su coche: un Dodge Charger color sanguina que parecía salido de un viejo LP de Clapton o de Springsteen. (Pág. 137)

Con esas carreteras sinuosas, los bosquecillos de olivos y los setos bien cortados, el barrio de la Constance siempre me recordaba a los arabescos de ciertos fragmentos de jazz. Adornos elegantes que, a cada vuelta del camino, se repetían, se enriquecían y se contestaban en un diálogo bucólico e indolente. (9.- “Lo que viven las rosas”, 1. Pág. 144)

El Thomas Degalais de entonces se resumía en esas letras y en esa música. Seguía siendo el chico distinto a los demás, un poco desfasado, amable, insensible a las modas, en armonía con sus sentimientos: Samson Françoise tocando a Chopin, Jean Ferrat contando Les yeux d’Elsa, Léo Ferré recitando Une saison en enfer. Pero también Moondance de Van Morrison y Love Kills de Freddie Mercury, como una premonición… (2. Pág. 150)

De repente, veo a Francis sentado en un sillón. No me ha oído porque en el estéreo de alta fidelidad está sonando un impromptu de Schubert (lo cual ya es sorprendente de por sí en una casa donde normalmente los únicos que tienen derecho de entrada son Michel Sardou y Johnny Hallyday). (3. Pág. 168.)

Desde las puertas de cristal abiertas me llegaba un dúo de ópera: el aria más famosa del acto II del ‘Caballero de la rosa’ de Richard Strauss. Curiosamente, la puerta de la entrada no tenía timbre. Llamé, pero la música estaba tan alta que no acudió nadie. Siguiendo la costumbre del sur, di la vuelta por el jardín para acercarme a la fuente musical. (11.- “Detrás de su sonrisa”, 1. Pág. 180)

La muerte y la doncella

Piel de ébano, trencitas teñidas con reflejos rubios y sonrisa espléndida: la joven irradiaba una luz alegre en el entorno apagado del hospital. Como una melodía de Lauryn Hill de la época de Killing me softly. (13.- “La plaza de La Catastrophe”, 1. Pág. 217.

Delante de la terraza en un bar de vinos, una joven con una guitarra masacraba alegremente el repertorio de Los Cranberries, pero a su alrededor la gente que marcaba el ritmo dando palmas añadía un toque de júbilo vespertino. (2. Pág. 222)

Fanny

He puesto música para mantenerme despierta. En los bafles del estéreo de alta fidelidad, la profunda melancolía de The Cure se desgrana una canción a canción: Desintegration, Plainsong, Last Dance… El reflejo exacto de mi alma solitaria. (Página 230)

–¿Sabes lo que es Rohypnol?

–Claro que sí. Una porquería, pero en la actualidad ya no se receta.

–¿Lo has tomado alguna vez?

–No, ¿por qué quieres saberlo?

–Es para una novela que estoy escribiendo. Una historia que transcurre en los años noventa. ¿Cuántos comprimidos harían falta para que la dosis fuera mortal?

–Es lo que tomó Kurt Cobain para intentar suicidarse.

–Creí que se había volado los sesos.

–Te estoy hablando de un intento fallido, unos meses antes. Aquella vez le encontraron unos cincuenta comprimidos en el estómago. (14.- “El fiestón”, 1. Pág. 242)

La velada apenas había empezado, pero ya había un tipo pasando abiertamente coca y cristal detrás de la sala. Justo aquello de lo que yo siempre había huido. Vestida con una vieja chamarra de cuero remendado y una camiseta de Depeche Mode, Stéphane Pianello se había acodado a la barrera mientras vapeaba y sorbía una cerveza sin alcohol.

–¿Al final no fuiste al concierto? (3. Pág. 249)

Annabelle

Sábado 19 de diciembre de 1992

Conozco bien a Vinca y la aprecio, aunque sé perfectamente que mi hijo está enamorado de ella y eso lo hace sufrir. Es una de mis alumnas del club de teatro. Una de las que tienen más talento. Cerebral a la par que sensual, con un toque alocado que la hace entrañable. Es una artista culta y brillante. Compone canciones folk a escondidas y me ha dejado oír algunas. Estribillos elegantes de belleza mística, con influencias de P.J. Harvey y Leonard Cohen. (Página 256)

Richard

“Aprieta el gatillo de una vez si eres un hombre”.

No es el miedo lo que me lo impide. Es Mozart. Las tres notas de arpa y oboe que me avisan de que he recibido un SMS de Annabelle. (P. 291)

El privilegio del novelista

Apoyó la oreja en el pecho de la joven y oyó latir el corazón. Y era la música más hermosa que había oído nunca. (Página 324)

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