Morena y su desmesura

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Escribo este texto honrando la memoria de Don Julio  Scherer García, en el cuarto aniversario de su partida. Lo escribo, a raíz de la lectura de un artículo sobre ideas históricas del liderazgo morenista, publicado hace días, en una revista de letras de corte liberal. Abordaré un par de puntos del mismo.

Se habla en tal artículo, forzadamente, fuera de contexto y con categorías del presente aplicadas al pasado, del supuesto reflejo de la concepción neoescolástica del poder del siglo XVI, en el actual gobierno morenista, especialmente la de Francisco Suárez. Éste, jesuita, Doctor Eximio de la Escuela de Salamanca, brillante como pocas en la historia de la teología, de la filosofía y del derecho, con exponentes de prestigio universal como: Francisco de Vitoria, Domingo de Soto y Francisco Suárez.

En dicho artículo se atribuyen caracteres absolutistas a la concepción neoescolástica del poder político. Dicha atribución se aleja de la verdad.  Como bien señala Skinner en su libro sobre los Fundamentos del Pensamiento Político Moderno, dichos paladines de Salamanca, fueron fundadores del constitucionalismo moderno; ellos enderezaron sus baterías intelectuales contra las tesis luteranas descalificadoras de la razón y del derecho natural; tesis que condujeron al absolutismo de los monarcas y después al maquiavelismo político.

Con razón se dijo hace tiempo, “sin un Lutero, no habría habido un Luis XIV”. Lutero, pesimista, negaba al ser humano de naturaleza caída a raíz del pecado original, la posesión de una justicia inherente, haciéndolo incapaz de captar las leyes divinas en la conducción de su vida. A partir de ese pesimismo extremo, Lutero, en materia política, consideraba que el gobernante pío, recibía directamente de Dios la gracia del mandar soberano. Para el luteranismo político, no había derecho del ciudadano a la resistencia contra el ejercicio injusto del poder. La comunidad no era titular de soberanía política alguna, lo era el gobernante, el príncipe.

También te recomendamos

En cambio, Suárez y colegas, sostuvieron que era en la comunidad donde residía la autoridad política, la soberanía. A través de un pacto, la comunidad trasmite el poder al gobernante. Así, el poder del gobernante no deriva directamente de la divinidad, sino del pueblo. Una vez trasmitida la autoridad al gobernante, éste la ejerce sin más limitaciones que el respeto a las leyes. El gobernante, no obstante, no puede ser obligado por la fuerza a dicho respeto, pero el pueblo, si el gobernante es injusto, tiene el derecho de resistir al príncipe y deponerlo en su caso, en un acto de legítima defensa.

La sutileza insuperada, la hondura y amplitud de las ideas de vanguardia de Suárez, son elogiadas por Grocio; no en balde ellas influyen en el pensamiento de Leibniz, de Locke entre otros. Suárez supo conciliar, por un lado, la idea del deber de obediencia a la autoridad legítima que se ajusta al bien común, y por otro, la tesis de que es la comunidad la titular de la soberanía política, poseedora siempre “in habitu” de la misma, con su derecho a la resistencia en caso de que el gobernante, se aparte del derecho justo. Mediante esta conciliación, se evitan los abusos de los regímenes demagógicos.

Es evidente el contraste entre las tesis luteranas del poder, posibilitadoras del absolutismo político, y las de la neoescolástica salmantina, afines a la concepción democrática y del derecho a la resistencia. La filosofía de Suárez es mucho pedir para una historiografía de talante místico.

En consecuencia, el reflejo absolutista en el gobierno morenista -de por sí gelatinoso, sin nervio doctrinal, que vive del escándalo mediático como método de dominación, emulando al trumpismo- tendría sus antecedentes, no en la concepción neoescolástica del poder, precursora del constitucionalismo moderno, sino en la concepción política luterana, combatida por las ideas democráticas de Suárez y otros tomistas de genio.

El segundo punto de dicho artículo que procedo a comentar, es el del supuesto contraste entre maneras políticas del juarismo del Siglo XIX y las del morenismo. Se habla de un juarismo supuestamente respetuoso hasta el delirio de la ley, y de un morenismo ajeno a esa virtud. Veamos si hay tal contraste. Se considera al juarismo como un régimen de estadistas, visionarios, olvidándose que sus leyes de Reforma privaron a los indígenas de su propiedad comunitaria, quedando las comunidades impedidas para defender en juicio sus tierras, entregadas muchas de ellas a extranjeros. El mismo Ignacio Vallarta, en base a dichas leyes injustas, les negó a las comunidades indígenas el amparo protector de la justicia.

Tal despojo se extendió a los bienes de las corporaciones que sostenían hospicios, hospitales, escuelas, y que la Iglesia tenía para beneficio de los humildes. Olvidando dicho artículo la existencia del famoso Tratado MacLane Ocampo, firmado por el juarismo en 1859. Ponía ese tratado en manos del gobierno de los Estados Unidos la soberanía y el decoro nacionales, al venderse a tal país, a perpetuidad, el derecho de tránsito por el istmo de Tehuantepec y por otras zonas de la patria, poco después de habernos arrebatado la potencia del Norte, la mitad del territorio. Por fortuna, no se aplicó el mismo ya que los Estados Unidos atravesaban su guerra civil.

Omitiendo ese artículo también, que el juarismo, en boca de muchos liberales de su tiempo, como Altamirano y Ramírez, se convirtió en un estorbo para la democracia, al ocupar la presidencia y reelegirse en múltiples ocasiones al margen de la ley, apresando, por ejemplo, a González Ortega para evitar que pretendiera ocupar la presidencia. Payno, escritor liberal, menciona que la larga estancia del juarismo en el poder, había cansado a todos, convertido en una dictadura, emulada después por el porfirismo.

Se podrían seguir señalando hechos para distinguir entre el mito del juarismo y su realidad, favorecedora del capitalismo individualista anglosajón; un juarismo real tan obsequioso con el gobierno de los Estados Unidos en la Guerra de Reforma de 1858 a 1861-que fue entre mexicanos como bien lo señala Alfonso Junco-. En Veracruz, el apoyo que recibió por parte del gobierno yanki, al final de dicha guerra, fue decisivo para su triunfo.

No hay tal contraste entre el juarismo real de ayer y el morenismo de hoy. Hay notorios paralelismos: el tren Maya y las zonas económicas especiales de corte neoliberal, y su afectación a las comunidades indígenas originarias; su política migratoria respecto a los centroamericanos, al servicio de la mezquindad trumpista; política migratoria disfrazada con un lenguaje humanitario que es todo lo contrario a los derechos de los hermanos que huyen de la miseria y la violencia, y buscan refugio no en México -que ahora será una barrera casi infranqueable-, sino en los Estados Unidos.

Otros paralelismos: favorecer al capitalismo de un TLC2 vulnerador de lo que queda de soberanía, de  plantas trasnacionales que ponen en peligro a los cafetaleros del país; instrumentación de la Guardia Nacional antes de que se legalice la misma mediante reformas constitucionales, bajo el argumento de que “va porque va”, en paralelo a la falta calculada de planeación  en el combate al robo de gasolinas; la ausencia en un gobierno que se dice de izquierda y que se conducirá intachablemente en el uso de recursos públicos, de una política tributaria progresiva que fomente la redistribución de la riqueza concentrada en unos cuantos.

En resumen, no hay reflejo de la concepción política neoescolástica, en el morenismo, sino de las tesis absolutistas del luteranismo político; ni hay contraste entre varios aspectos del juarismo real del siglo XIX y las maneras políticas del morenismo del XXI practicadas por ahora. Es de esperarse que éste se sacuda la generalizada desmesura que proviene de la saciedad de poder, para que la legitimidad de origen que obtuvo en las elecciones pasadas, se corrobore mediante la legitimidad de ejercicio de su autoridad política, para bien del pueblo todo.

 

Comentarios