El códice más enigmático del orbe y su sinfonía (Primera parte)

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Bajo la referencia MS 408, reposa en la Biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale un libro del siglo XV que se considera, justamente, como el “más misterioso del mundo”. Es el único manuscrito medieval que no ha logrado descifrarse y en torno a sus arcanos se acumulan teorías, especulaciones y demás empeños para esclarecer su contenido, su procedencia y la identidad de su autor. Se le conoce como Codex Voynich, por el bibliófilo que lo adquirió en Italia; y por vez primera, acaba de realizarse un trabajo creativo basado en la investigación, que eleva sus incógnitas a un plano sonoro.

Es una historia fascinante que debe contarse, tanto por la peregrinación del objeto, su naturaleza intrínseca y la jugosa biografía de su adquiriente, como por los intentos de decodificación surgidos al paso de los siglos. Hay entre éstos, el esfuerzo de un estudioso mexicano. Procédase, pues, a la lectura y a la consecuente degustación del contenido audiovisual propuesto.

El predestinado que lo obtuvo a precio de ganga

 Nacido en el seno de una familia polaca radicada en la actual Lituania, Wilfrid Voynich (1865-1930) estudió para farmacéutico en Moscú, sin embargo, nunca ejerció. Le interesaba más la política, de modo que se unió a los anarquistas que comandaba Serguei Stepniak (1851-1895), sendo personaje que quería destronar al Zar.[1] Como los intentos fueron sofocados con cárcel y paredón, Voynich se dirigió a Varsovia para afiliarse al Partido Proletario Polaco, cuyos miembros eran arrestados salvajemente por la dictadura rusa. Wilfrid trató de liberarlos sin éxito, presenciando su ejecución y terminando en la ergástula. De ella escapa, mas volvió a ser capturado y esa vez lo mandaron a Siberia. Sin que se entienda cómo, también logró evadirse, tres años después, de la dura reclusión siberiana, aunque ya con la salud irremediablemente minada. Lo siguiente que se sabe de él es que logró colarse de polizón en un buque carguero alemán con destino a la capital británica. En Londres, enfermo, sin dinero y sin hablar inglés se las arregló para integrarse a la Sociedad de Amigos de la Libertad Rusa, fraternidad donde conoce a Ethel, su futura consorte, y donde convive con revolucionarios rusos exiliados, entre ellos, de nuevo Stepniak, quien llevaba años documentando las atrocidades del zarismo. Lamentablemente, Stepniak muere arrollado por un tren y entonces la vocación de Wilfrid se desplaza vertiginosamente de la lucha política hacia el amor por los libros.

En poco tiempo se consolida como comerciante y su floreciente negocio abre filiales en París, Florencia, Varsovia y Nueva York. Su especialidad era la obtención de libros raros e incunables, mismos que revendía con enormes ganancias. Es así, que en el otoño de 1912 Voynich se encuentra cerca de Roma, inspeccionando un lote de libros que los jesuitas de la Villa Mondragone de Frascati necesitaban vender para realizar trabajos urgentes de restauro en su señorial sede. En un cofre, apilado como una posesión cualquiera, yacía el manuscrito que lo ingresaría de lleno a la historia. El precio era una relativa bicoca, mas la única clausula para su adquisición era tajante y sospechosa: no debía revelar jamás ningún detalle de la oscura transacción…

Su donación postrera

Hasta donde puede dilucidarse, Voynich acató su palabra, omitiendo en lo que le quedaba de vida, cualquier mención que vinculara al manuscrito con la Compañía de Jesús. En una conferencia ante el Colegio de Médicos de Filadelfía, en 1921, reveló únicamente que lo había encontrado en un castillo del sur de Europa. También confesó que “comparado con otros manuscritos del lote, ricamente decorados en oro y colores vivos, éste era el patito feo”, no obstante; el códice lo obsesionó, no cejando de intentar, por todos los medios, desvelar sus misterios. Fue tal su involucramiento, que acabó de perder el sueño y se olvidó de las ganancias millonarias que le generaría su reventa. Antes de morir instruyó a su esposa para que no se deshiciera de él y que si se veía forzada in extremis, no lo hiciera por menos de 160 mil dólares (en 1930 era una verdadera fortuna). Cuando Ethel fallece en 1960, lo hereda Anne Nill, secretaria de su marido, quien consiguió vendérselo por 24 mil dólares al notable anticuario judío Hans Peter Krauss. Éste, consciente de su inconmensurable valía, lo colocó en el mercado con la cifra estipulada por Voynich, sin hallar comprador. Conclusivamente, decide donarlo, en 1968, a la Biblioteca Beinecke.[2] Fue el gesto del que más se enorgulleció…

La reconstrucción de su peregrinaje

Para magnificar los entresijos, Voynich encontró dentro del libro una carta fechada en 1666, en Praga, con la que el médico Johannes Marci, su propietario de entonces, lo obsequiaba con franca desesperación al celebérrimo jesuita, matemático, musicólogo, criptógrafo, astrónomo, egiptólogo, políglota, orientalista, biólogo evolutivo, experto en jeroglíficos, teólogo y coleccionista alemán Athanasius Kircher (1602-1680).[3] Acorde con la misiva ‒catalogada en la Beinecke Library con la referencia MS 408a‒, en la que incidentalmente Marci cita como probable autor del códice al ínclito protocientífico británico Roger Bacon (1214-1292), Kircher era el único capaz de desentrañar sus insondables secretos. Asimismo, de la carta proceden muchas de las inferencias que, a la fecha, son las más aceptadas por la comunidad científica internacional. Las lagunas aún por colmar derivan de las hipótesis que Voynich postuló.

En apretada síntesis, el recorrido del manuscrito inicia en algún lugar ignoto alrededor de 1460, llegando presuntamente a manos del reconocido astrólogo, matemático y espiritista inglés John Dee en la segunda mitad del Siglo XVI. De Londres pasa a engrosar la biblioteca del emperador Rodolfo II de Habsburgo, un famoso cultor del ocultismo, quien después de haber pagado por él 600 ducados e intentado entenderlo se lo hereda a su médico y consejero, un cierto Jacobus Horcicky. Aún en territorio Bohemio, recala después en propiedad del botánico y alquimista Georg Baresh, quien dedicó la mayor parte de su vida a tratar de descifrarlo. Muerto el botánico, deviene pertenencia del doctor Marci, el redactor de la carta aludida, quien también se afanó infructuosamente en su decodificación. Al no conseguirlo, ya se dijo que lo obsequió a Kircher, a cuyo deceso en 1680 el libro ingresa como curiosidad al magno Museo Kircheriano de Roma. En la Ciudad Eterna tiene otros dueños entre los que reluce insistentemente la Compañía de Jesús representada por uno de sus generales, el padre Pierre-Jean Becks, quien se lo apoderó a la hora del desmantelamiento de todas las posesiones jesuíticas ordenada por el Rey de Italia, Vittorio Emmanuele II, en 1870. Merced al celo de Becks, el ininteligible y trashumante codex[4] pudo reposar, finalmente, en la citada Villa Mondragone, edificación palaciega construida en 1573, que fungió de residencia papal veraniega, antes de la ocupación de Castelgandolfo.

Sus particularidades y contenidos

En la referencia MS 408 mencionada puede leerse el siguiente extracto, que es festín de vaguedades: “Texto científico o mágico, de autor anónimo, en lengua no identificada; cifrado o en clave, aparentemente basado en minúsculos caracteres romanos, algunos griegos y en jeroglíficos de procedencia ignota. Escrito, quizá, en Europa Central, o norte de Italia, a mediados o finales del Siglo XV, el origen y la fecha del manuscrito siguen debatiéndose, al igual que sus extraños dibujos y su texto sin descifrar. La identificación de las plantas, como especies del Nuevo Mundo llevadas por Colón a Europa, parece indicar que no pudo haberse escrito antes de 1493…”

En cuanto al objeto concreto, los hechos magnifican sus misterios. Es un libro mediano (16 x 22.50 cm) de hechura burda cuyas cubiertas en pergamino no exhiben título ni nombre. Sus hojas son de tamaño desigual y al ser de piel de vitela permiten que las ilustraciones se transparenten de una cara a la otra. Muestra desgarres, agujeros y manchas. Originalmente debió de constar de 116 folios, pero varios de ellos… (Continuará)

[1] Es recordado principalmente por haber pasado a cuchillo al jefe de la Policía Secreta rusa en una calle de San Petersburgo en 1878.

[2] Ver video arriba.

[3] Se le considera, justamente, como uno de los científicos más prominentes de su época. Publicó 44 libros, muchos de ellos de una hondura impensable. Uno de los cráteres de la luna, fue bautizado en su nombre.

[4] Ver video arriba.

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