La verdad, primer paso para pacificar a México

BOGOTÁ (apro). Si alguien en Colombia ha recorrido de manera obstinada los escarpados caminos de la construcción de paz, es el sacerdote jesuita Francisco de Roux, quien hoy preside la Comisión de la Verdad creada en el marco de los acuerdos con la exguerrilla de las FARC para esclarecer las atrocidades cometidas durante los 52 años de conflicto armado interno.

De Roux ha llevado una vida frugal, discreta y entregada a la defensa de los derechos humanos. Siempre lo ha hecho desde la trinchera de las víctimas, que en Colombia suman millones, entre muertos, desaparecidos y desplazados por la guerra.

Y como en Colombia la mayor parte de las víctimas son campesinos pobres, el sacerdote, filósofo, teólogo y economista ha optado por vivir durante años en áreas rurales y violentas, junto a ellos.

Los desplazados, las madres de los desaparecidos, los familiares de los muertos, lo llaman “el padre Pacho”.

A sus 75 años, De Roux ha visto caer asesinados a 31 activistas por la paz que trabajaron a su lado. Él mismo está habituado a las amenazas de muerte y sabe lo que es sobrevivir a un atentado. También le son familiares las críticas desde los extremos. Lo han llamado “cura guerrillero” y “testaferro de paramilitares”.

Pero por encima de los ataques, el presidente de la Comisión de la Verdad de Colombia ocupa ese cargo –desde el cual tendrá la monumental labor de contar al país lo que ocurrió en más de medio siglo de guerra interna— porque su trabajo con las víctimas y su radical pacifismo militante le hicieron ganarse el respeto de los colombianos.

En su oficina en la sede de la Comisión de la Verdad, este religioso menudo y reposado busca entre sus libros un informe del caso Ayotzinapa.

“Por aquí lo debo tener”, dice.

Mientras esculca en el módulo superior del librero, De Roux explica que lo que busca son los informes que emitió el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) sobre la desaparición de los 43 estudiantes de la normal de Ayotzinapa ocurrida la noche del 26 y 27 de septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero.

“Yo conozco esos estudios, son trabajos muy serios”, asegura.

El padre De Roux sabe que el GIEI y diversas organizaciones humanitarias han deplorado la investigación que hizo de ese caso el gobierno de Enrique Peña Nieto (2012-2018) y las labores de obstrucción que se dieron desde la propia Procuraduría General de la República (PGR).

“Es un caso que golpeó mucho a la sociedad mexicana y que restó legitimidad al gobierno anterior, porque rechazó las investigaciones independientes que se hicieron”, señala.

El religioso también sabe que el presidente Andrés Manuel López Obrador firmó el 3 de diciembre, dos días después de asumir el cargo, un decreto para crear una Comisión de la Verdad para esclarecer el caso Ayotzinapa y dar respuestas a los padres de los normalistas desaparecidos.

–¿La Comisión de la Verdad de Colombia puede ser un referente para el caso Ayotzinapa, o para México en general? –se le pregunta al sacerdote jesuita.

–En los conflictos de México y de Colombia hay muchas semejanzas, pero también diferencias. En los dos países está muy presente el narcotráfico, y aquí y en México tenemos que esclarecer la relación entre el narcotráfico y el conflicto, y los efectos de esto sobre la política.

Las complejidades de la verdad

En línea con la larga tradición intelectual jesuita, Francisco de Roux ha cursado dos licenciaturas, una en filosofía y otra en teología, y dos maestrías y un doctorado en economía.

Tras pasar por la Sorbona de París y la Escuela de Economía de Londres, regresó a Colombia como subdirector del Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep), una institución jesuita que documentó como ninguna otra las violaciones a los derechos humanos en los 80 y 90, en medio de la cruenta guerra interna en Colombia.

En 1995, decidió irse a la primera línea de fuego del conflicto colombiano y fundó el Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio, una región de 30 municipios incendiada por grupos paramilitares y guerrilleros.

Además de intentar detener las masacres, las desapariciones forzadas y los asesinatos selectivos, el sacerdote y economista creó en esa zona empresas comunitarias y se dedicó a la defensa de las víctimas de la guerra, lo que lo colocó en la mira de los bandos en disputa.

En 2008, De Roux fue nombrado provincial (jerarca principal) de la orden jesuita en Colombia, y algunos de sus allegados han revelado que, además de sus méritos para ocupar ese cargo, esa designación tuvo como propósito sacarlo del Magdalena Medio y salvarlo de un inminente atentado en su contra.

Pero en 2014, en plena negociación de paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC, el sacerdote optó por involucrarse de lleno en labores de facilitación de ese proceso y el superior mundial de la orden, Adolfo Nicolás, lo reemplazó en sus labores como provincial.

La tragedia mexicana

Como experto en conflictos, a De Roux no le es ajeno lo que él llama “la tragedia mexicana” de los últimos 12 años, durante los cuales han muerto 259 mil mexicanos y otros 50 mil han desaparecido, entre estos últimos los 43 estudiantes de la normal de Ayotzinapa.

–¿Usted cree que una Comisión de la Verdad puede esclarecer la desaparición de los normalistas? –se le pregunta al sacerdote jesuita.

–Puede ayudar muchísimo, porque esa comisión tiene que irse detrás de la verdad de lo que pasó ahí. Pero esto requiere un equipo que, en primer lugar, no acepte ningún argumento de autoridad. Las cosas no pueden ser verdad sólo porque las diga un partido, o el presidente o la Secretaría de Gobernación o el Ejército. No. La comisión tiene que escuchar a todo el mundo.

–¿Y esos múltiples testimonios llevan a la verdad?

–La verdad humana es muy compleja, está llena de matices. En México no se sabe qué ocurrió en el caso Ayotzinapa y para la sociedad es muy importante llegar a una comprensión muy rigurosa de lo que pasó ahí: qué actores participaron en esos hechos, qué intereses económicos y políticos había ahí, qué elementos culturales y qué situación histórica se daba en ese territorio en ese momento.

–¿Qué tan importante es el contexto para esclarecer el caso Ayotzinapa?

–Muy importante, porque el contexto es la serie de cosas juntas que llevaron a la desaparición de estos muchachos. Es lo que conducirá a la Comisión de la Verdad a saber qué pasó con ellos, quiénes los atacaron, por qué, quién los mandó, por órdenes de quién. Esta es la verdad que exigen las víctimas, y hay que llegar a ella a partir de las necesidades de las víctimas.

–¿Es la principal labor que cumple una comisión de la verdad?

–Sí, llegar a la verdad histórica, a la verdadera verdad histórica (que contrasta con la versión que defendió la PGR el sexenio pasado: que los 43 estudiantes fueron asesinados e incinerados en el basurero de Cocula, a pesar del cúmulo de evidencias e irregularidades que desacreditan esa versión).  Y esa verdad, se establece con los contextos explicativos.

–O con lo que usted define como los patrones de conducta que conducen a un hecho…

–Sí, porque esos patrones o contextos nos explican lo que pasó y nos ayudan a que eso no vuelva a pasar. Son patrones que se repiten y se repiten. Y para que eso cambie, los países tienen que desmontar esos patrones, desactivarlos y buscar alternativas.

–¿Y qué le parece el diseño de la comisión que se creará en México, en la que estarán los padres de los desaparecidos, expertos independientes, representantes del gobierno y fiscales?

–La veo como una comisión ad-hoc nombrada por el gobierno, pero me parece interesante, con todos estos elementos, para hacer claridad del caso de Ayotzinapa. Eso es valioso para esclarecer un asunto que golpeó tanto a la sociedad mexicana.

–La Comisión de la Verdad de Colombia sólo tiene la labor de buscar la verdad del conflicto, pero la comisión del caso Ayotzinapa buscará, también, llevar a la justicia a los responsables…

–La justicia es muy importante, para que no haya impunidad, pero hay que distinguir entre la verdad judicial y la verdad histórica, humana y social. La verdad judicial es en blanco y negro: alguien puede ser o culpable o inocente, y punto. La verdad humana, en cambio, es muy compleja, está llena de matices.

–¿Qué le parece la incorporación de expertos internacionales a esa comisión? En concreto, los que fueron parte del GIEI (el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes).

–Es muy importante que los incorporen, porque ya tienen avances y han hecho un trabajo muy serio de investigación. Esto sería un buen paso, después de que el presidente anterior (Enrique Peña Nieto) rechazó los estudios (del GIEI) sobre el caso.

Más que Ayotzinapa

Para Francisco de Roux, la Comisión de la Verdad para el caso Ayotzinapa debe ser el primer paso para buscar la verdad del “conflicto mexicano” en su conjunto, el de los homicidios, los desaparecidos, las violaciones a los derechos humanos y los delitos de lesa humanidad de los últimos dos sexenios.

El presidente de la Comisión de la Verdad de Colombia, quien ha escrito varios libros sobre solución de conflictos, como “La audacia de la paz imperfecta”, dice que la violencia que afecta a México es un fenómeno “complejo, pero eso no quiere decir que sea inexplicable ni que no se pueda entender”.

Y a ese objetivo, agrega, debería apuntar una Comisión de la Verdad para esclarecer el conflicto mexicano y ayude al país a entender lo que pasó en estos años de violencia.

De Roux recomienda que una eventual comisión de esa naturaleza no sea nombrada por el Ejecutivo, sino por un grupo de expertos de varios países, como fue el caso de la Comisión de la Verdad de Colombia, cuyos 11 integrantes fueron electos por un Comité de Escogencia designado por organismos internacionales, universidades públicas y la Corte Suprema de Justicia.

Esto, asegura, garantizaría “que la Comisión de la Verdad sea una institución de Estado, independiente y autónoma”.

–¿Cómo la Comisión de la Verdad colombiana?

–Sí, independiente del gobierno. Eso es lo que México necesita si quiere llegar a fondo en la verdad del conflicto. De lo contrario, no vamos a aclarar cuáles son esos aparatos que se armaron y produjeron tantas víctimas. Con toda seguridad, en México hay muchos Ayotzinapas.

–Hay unos 50 mil desaparecidos…

–Entonces hay que avanzar hacia la verdad. Es mi opinión. El tema es muy bravo, pero la verdad es necesaria frente a tanta violencia. Es el primer paso para pacificar a un país, a México, a Colombia.

–¿Y la verdad contribuye a detener la violencia?

–Pero claro. Es que el único propósito es que no se siga repitiendo la violencia, que la verdad esté al servicio de parar esto. La determinación de fondo es esa, detener la violencia y lograr la reconciliación nacional. Pero hay que reconciliarnos sobre la verdad. Mientras nos ocultemos cosas, no hay salida.

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