Confrontar o tomar posición

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En los medios académicos y entre comentaristas de cuestiones internacionales hay preocupación sobre si, bajo el paraguas de la no intervención, México se dirige hacia una política exterior desconectada de los problemas que ocurren en el mundo, en particular en el hemisferio occidental. Al hacerlo, deja vacío el espacio desde el cual un gobierno de izquierda podría hacer contrapeso a las corrientes de extrema derecha que provienen del norte y del sur.

El año comienza en medio de incertidumbres y dificultades para el gobierno recién electo de Andrés Manuel López Obrador. La dimensión de los problemas internos va más allá de lo imaginado. El robo de combustible era conocido y combatirlo, indispensable. Sin embargo, el enfrentarlo ha perturbado el ánimo nacional y el funcionamiento de la economía. La atención se concentra en ese tema, mientras quedan en el horizonte problemas igualmente complejos cuya solución lo será otro tanto.

En el ámbito de las relaciones exteriores el panorama está lleno de nubarrones. Se anuncia la llegada de otra caravana procedente de Centroamérica; el asunto de Venezuela sigue dando motivo a conocidos opositores de AMLO para reiterar su supuesta amistad con el gobierno de ese país; los intentos de levantar entusiasmo hacia Pemex entre inversionistas extranjeros parecen haber fracasado.

Sin embargo, los problemas más difíciles están con los vecinos del norte y las veleidades de su presidente. El cierre parcial del gobierno decidido por Donald Trump, el más largo de que se tenga memoria, afecta directamente a 800 mil trabajadores del gobierno. Los costos económicos de tan disparatada decisión son enormes. Lo importante para nuestro país es el grado en que, al centro del huracán que sacude la vida política en Estados Unidos, se encuentra México. En efecto, el motivo para el cierre del gobierno es la disputa con los demócratas, ahora con mayoría en la Cámara de Representantes, quienes se niegan a aprobar el presupuesto de 5 billones de dólares solicitado por Trump para construir el muro que detenga a migrantes y drogas procedentes de México.

Para justificar su petición, Trump ha dedicado numerosos tuits y discursos a enumerar los males que, según él, causan los migrantes mexicanos a los ciudadanos estadunidenses. Tales acusaciones son falsas, racistas, dirigidas sólo a satisfacer las obsesiones xenófobas de su clientela política interna. Así lo han demostrado los investigadores de la prensa liberal de los Estados Unidos como The New York Times (12/01/2019).

Ahora bien, existe desconcierto entre algunos reconocidos comentaristas de aquel país por la ausencia de algún pronunciamiento por parte del gobierno mexicano sobre lo que Trump está difundiendo. “La no intervención no coarta el legítimo derecho soberano de México de expresar su desacuerdo ante un patrón de insultos y mentiras contra una parte vulnerable de la población mexicana”, reclama Dolia Estevez (“El que calla otorga”, Sin Embargo, 11/01/2019).

AMLO no comparte ese punto de vista. En respuesta a un reportero de la cadena ABC, en una de sus conferencias matutinas, señaló que México no haría comentarios sobre declaraciones que responden a disputas políticas internas de Estados Unidos; por el contrario –dijo–, su gobierno apuesta por el diálogo y el entendimiento. Tales declaraciones, sumadas a su tendencia a minimizar la importancia de los temas internacionales en su comportamiento político, son las que llevan a preguntarse: ¿Qué consecuencias tiene que un país tan importante como México en América Latina se mantenga distante de los problemas que provienen de Estados Unidos o de situaciones que tienen lugar hacia el sur del hemisferio occidental?

Responder a la pregunta anterior obliga a referirse a una de las debilidades notorias de la política del nuevo gobierno: la manera tan errática de comunicar las acciones que se llevan a cabo y, en general, las posiciones que se adoptan, por ejemplo, en materia de política exterior. No se distingue entre el diálogo espontáneo sobre actividades del gobierno que tiene lugar en las conocidas conferencias matutinas que ofrece López Obrador y la información cuidadosa, provenientes de expertos en las diversas áreas del gobierno. Esta última requiere de un uso cuidadoso de los datos, el lenguaje y la manera en que se transmite.

El prestigio que en momentos significativos ha tenido la diplomacia mexicana se obtuvo cuando grandes expertos como Matías Romero, en los años de Benito Juárez; Isidro Fabela, en los de Lázaro Cárdenas, y Bernardo Sepúlveda, en los años difíciles de las guerras centroamericanas tomaron posiciones que defendían principios y asumían compromisos. No fue una tarea improvisada. Requirió siempre de mensajes muy elaborados, claridad en los fines que se perseguían y selección adecuada del momento político en que se expresaban. En diplomacia la forma es fondo.

Quizá hace bien AMLO en tocar el tema de las agresiones de Trump superficialmente en la conferencia matutina. Lo importante es otra cosa. En el momento político que se vive en el continente no se puede optar por el silencio. Al hacerlo, México se desdibuja, pierde el respeto hacia su política exterior y deja el campo abierto a Bolsonaro desde Brasil, o Duque desde Colombia para que, muy posiblemente aliados con Trump, fortalezcan tendencias injerencistas y de alto riesgo en el hemisferio.

La Cuarta Transformación no puede ver con indiferencia y descuido lo que ocurre en el mundo. La política exterior es un elemento central para dar legitimidad a los propósitos de un gobierno de izquierda. Por ello estamos esperando algo más. Un documento sustantivo de la Cancillería encabezada por Marcelo Ebrard que dé forma a la estrategia de las relaciones exteriores de México en momentos de importantes cambios internos y externos. Hasta ahora, ni las ideas centrales ni la implementación de las mismas han sido dadas a conocer.

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