La moral y las moras

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En ninguna parte de sus Memorias, el cacique huasteco Gonzalo N. Santos imprimió la frase que siempre le atribuimos, la de la amoralidad de la política mexicana: “La moral es un árbol que da moras”. Lo que sí escribe es sobre cómo, en 1929, emborrachó a un diputado de la oposición para retratarlo, inconsciente, junto a un travesti y con esa foto como extorsión cambiar el sentido de una votación en el Congreso; cómo tomó las casillas en la elección de 1940 –la de Ávila Camacho– para “no dejar votar a nadie que no fuera democrático” y, en fin, cómo terminó por enriquecerse al amparo del Partido Único con un rancho del tamaño de San Luis Potosí. Su frase sobre la moral es fácilmente deducible de otras que sí publicó, como “El que manda, manda y, si se equivoca, vuelve a mandar” o “Es ley en la política comernos unos a los otros”. También relata a quiénes sobornó, amenazó o mandó matar. Para él, la política es un fin y todo lo demás son medios: ganar.

La semana pasada se repartieron 10 millones de ejemplares de la Cartilla Moral que Alfonso Reyes escribió para acompañar la Unidad Nacional de Ávila Camacho y cuya historia ya hicimos en esta columna (Proceso 2156). La frase célebre atribuida a Santos volvió a ser evocada por todos aquellos que creen que la moral es un tipo de vegetación. Las críticas a esta nueva edición del texto de Reyes fueron de lo más pintoresco –acusar de “comunista” a quien, por el huertismo de su padre, jamás se metió en política– a lo más obtuso: la acusación retrospectiva de “misoginia” por referirse al “hombre” como especie y no como género. De entre las objeciones al acto de reeditar la “cartilla”, detecté tres embrollos que a continuación desmadejaré. Antes, empezaré por una imagen: en una playa concurrida, un niño se está ahogando en el mar. Todos lo que lo ven manoteando, boqueando por aire, sentirán el impulso de ayudarlo. No importa si son católicos, ateos, saben o no nadar. Ese impulso es un acto de moral objetiva.

La moral es religiosa

El impulso moral precede a cualquier ordenamiento religioso porque no requiere de un tercero –Dios como juez que premia o castiga– para suceder. En las religiones existen ordenamientos de conducta que la mayoría juzgamos como inmorales: masacrar a los “infieles”, ofrendar a tu propio hijo a un Dios vengativo, hacer una cruzada, una guerra santa o una cristiada. Y no hablemos de las prohibiciones gastronómicas.

Las obligaciones de unos para con los otros que restringen nuestro interés propio no están en las leyes solamente ni en las liturgias. Tanto las leyes como los mandamientos religiosos tienen al castigo como motor de una acción. La ética se trata, en cambio, de una forma de vida social que no constriñe el actuar de los seres humanos, sino que los dota de fines en sí mismos. Las virtudes, los valores y sus formas de vida caen en el ámbito de esa ética social. La moral es un tipo especial de ética: se concentra en prohibiciones, obligaciones, y formas de tomar una decisión ante un dilema. Por eso la palabra “moral” en la Cartilla de Alfonso Reyes resulta hoy –no en la década de los cuarenta del siglo pasado– un poco chocante. La ética es mucho más un ambiente social de largo plazo de cómo debe vivirse y cómo debe ser uno en comunidad. El filósofo del micropoder, Michel Foucault, escribió sobre este impulso: “El pensamiento es nuestra forma de dar un paso atrás y presenciar nuestra propia conducta como un objeto para pensarse, preguntarnos sobre su significado, sus condiciones y sus fines”.
No es ni una forma del gusto o de simple obediencia a la autoridad. La ética no es sólo hacer el bien sino hacerlo por las razones adecuadas: no porque se nos antoje o porque alguien nos castigará si no lo hacemos, sino porque existe un valor intrínseco en actuar de esa forma. Cuando somos empáticos o buscamos intenciones en los ojos de los otros, cuando compartimos, ayudamos o buscamos algún tipo de regla para que las relaciones en un grupo –del trabajo, la escuela, la familia, el barrio– sean más justas, no estamos siendo religiosos ni ciudadanos, sino éticos. Las conductas no egoístas que carecen de una utilidad inmediata son el centro de lo ético. Nadie va ir al cielo por ellas. Ni tampoco se le dará la medalla Belisario Domínguez.
La moral es individual
y subjetiva
La ética está asentada en una orientación hacia fuera de nosotros mismos. La empatía y la cooperación o el juicio y la valoración se hacen con respecto a los otros. Todos tenemos reacciones ante el dolor o el placer de los otros; aversión a quien inflige un daño; impulso a compartir; un sentido de lo justo; cierta conformidad con las reglas, y un interés irrefrenable por adivinar las intenciones ajenas. Todas estas emociones éticas no pueden entenderse como un simple choque entre individuos autónomos y solitarios. No provienen ni de la conciencia de uno mismo ni de una intuición o de un simple hábito. Son resultado de nuestras interacciones sociales. No hay tal cosa como un “antes” del individuo y un “afuera” de su relación con los otros.

Nadie nace solo: de las manos del médico al seno materno a la palabra que nos designa con un nombre y apellidos y al apodo que nos pondrán en la primaria. Si la ética y su prima reglamentaria, la moral, no fueran un consenso cultural que varía en la historia de las comunidades –en la Alemania nazi, un judío era un “perro”–, la vida sería, como escribió Maquiavelo, “un enfrentamiento ininterrumpido entre desconfianzas aterrorizadas”. Si todos fuéramos enemigos o instrumentos de cada “yo” para lograr sus personales fines, ¿dónde habitarían las virtudes de la ciudad? La sociabilidad no es la “unidad de muchos”. Es una forma de interacción, mayor que la simple suma de sus partes individuales. Uno sólo puede conocerse por la reacción del otro a sus acciones. Y la reacción más inmediata de esa constitución subjetiva es el lenguaje.

En nuestra “voz interior” hay dos tipos de sujetos, el “yo” y el “mí”: toda conciencia es una experiencia de la conversación entre ambos. El “yo”, que nunca es objeto, es el que le responde al “mí”, que es el de las acciones exteriores, el que ven y juzgan los de afuera. Es esa conversación, mediada por las reacciones de los otros hacia el “mí”, la que funda la moralidad. Sin esa interacción con los otros, el “yo” jamás tendrá conciencia de sí mismo y sus acciones no estarían mediadas por el pensar de Foucault. La tensión entre “el yo” –los impulsos y apetitos legítimos– y el “mí” –que es la conformación delante de los otros –hace que nadie pueda actuar sólo con base en sus apetitos, sin tomar en cuenta un imperativo de segundo orden: haré esto porque quiero sólo si no se contrapone con la idea social de lo bueno y lo malo. Aristóteles lo llamó frónesis y Kant, “sentido del deber”.

La moral está en las leyes

No hay ley que prohíba mentir o traicionar. Ni reglamento que obligue a ayudar al débil. Las leyes pueden ser infringidas por considerarlas injustas y asumir el castigo por desobedecerlas. En el caso de quien hace el mal, nunca habrá justificación suficiente: obedecí órdenes, no tuve alternativa, no fui yo, fueron las drogas. Se puede desconocer una ley por injusta, pero no una acción de maldad. Por eso ley y ética tienen legitimidades distintas. 

Los que criticaron la reedición del opúsculo de Alfonso Reyes a veces tuvieron esta idea porfiriana de la ley sacrosanta que, si se cumple, arregla todos los conflictos. Aún si existiera el superhéroe estado de derecho, a veces –como en el caso de las adjudicaciones directas o la Casa Blanca–, lo legal no es moral. La distancia entre justicia y leyes, no sólo es la impunidad sino el sentido social que le damos a una y a las otras.

Pero quizás el propio gobierno de López Obrador incurrió en la idea de lo sagrado de imprimir las palabras de Reyes: no por enunciarlas y repartirlas, se hacen realidad. Sin embargo, creo que el Estado mexicano tiene potestad para enunciar una moral social. No de lo que cada quien tenga que decidir en un momento dado de su vida, sino en función de la comunidad a la que aspiramos todos. Básicamente una en la que nadie sea un medio para que otros alcancen sus fines. La idea de la Cartilla Moral se contrapone a la “moral” del egoísmo que nos recetó por todos los medios el neoliberalismo: la lucha por la autoconservación egoísta, el culpar a la voluntad solitaria de todos los males que le aquejan, la competencia despiadada como algo “natural”, el ganar a toda costa, sin importar las consecuencias. Los 10 millones de cartillas no son ni la mitad de lo que han vendido los libros de autoayuda con sus metáforas gastronómicas: caldos, quesos, y manzanas. Hay que contrapesar de alguna forma el valor del éxito, como acumulación obscena de dinero o celebridad mediática, reconociendo primero a quienes ayudan a los demás y a quienes resisten ante la necesidad y el destino. Ese “honor social” que es la dignidad debe conducir lo que valoramos como prestigioso. Y, quizás, para superar el cinismo de Gonzalo N. Santos, debamos volver al punto en que nos perdimos.

Esta columna se publicó el 20 de enero de 2019 en la edición 2203 de la revista Proceso.

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