La propiedad de los archivos: El caso de José Rolón

José Rolón. Foto tomada del libro Creadores Artísticos de Jalisco "José Rolón" de Ricardo Miranda José Rolón. Foto tomada del libro Creadores Artísticos de Jalisco "José Rolón" de Ricardo Miranda

Este texto pone en el tapete de la discusión un tema apasionante: la pertenencia de las obras de un creador, ya fallecido, en manos de la familia o de los investigadores. Además de bordar sobre un ejemplo similar, el de la herencia de Franz Kafka, en este artículo entregado a Proceso el novelista, ensayista y dramaturgo Rodolfo Palma escudriña la pertenencia de la obra del compositor jalisciense (1876-1945), y para ahondar, entrevista al musicólogo Ricardo Miranda, a quien las nietas del músico en estas mismas páginas lo han acusado de haberse apropiado del archivo.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- “¿A quién pertenece Kafka?”. Hace algunos años –ya casi ocho– Judith Butler escribió un artículo con ese título, para hacer un recuento interesante y muy divertido sobre el destino del archivo de Kafka, si es que así se le puede denominar a aquel papelerío que ocupó primero algunas maletas, para luego terminar en una sola caja.

Como es sabido, Franz Kafka le entrega a Max Brod sus papeles y le pide que los queme sin publicarlos. A Butler le llama la atención que se haya tomado el esfuerzo de hacer el encargo, pudiéndolo haberlo hecho él mismo. Para beneficio de todos, Brod no acata las instrucciones y se los lleva a Israel, después de haber logrado la impresión de El proceso, El castillo y Amerika.

Allá y en el momento de su muerte, le lega las cajas de documentos a su secretaria Esther Hoffe, con la precisa instrucción de que sean entregadas a la Universidad Hebrea o a la Biblioteca de Tel Aviv. Tampoco se entiende por qué no lo había hecho Brod antes, ni por qué Esther debería obedecer a alguien que pasó a la historia precisamente por no seguir instrucciones. Se entiende major la actitud de la antigua secretaria cuando se descubre que vendió en 1988 –a casi treinta años de la muerte de Brod– el manuscrito de El proceso en dos millones de dólares. Al morir a los 101 años, Esther le hereda el archivo a sus hijas, Eva y Ruth, con la instrucción de que hagan con lo que queda de Kafka la mayor ganancia posible.

Es en ese momento que empieza el juicio para establecer quién es el verdadero propietario de los papeles de Kafka, porque las autoridades de Israel consideran que pertenecen al pueblo judío y que, por lo mismo, deben albergarse en alguna institución israelita, por ejemplo la Biblioteca Nacional de Tel Aviv –como finalmente dictaminó la Suprema Corte de aquel país, en agosto de 2016–. Dicho planteamiento fue el que provocó el artículo de Judith Butler. ¿Se debe considerar a Kafka como escritor judío, y judío de Israel?

En mi caso, traer a cuento a Kafka fue provocado por la propuesta que hicieron Eva y Ruth poco antes de que se diera la resolución. Las hermanas decidieron poner todos los documentos en una sola caja, rechazaron cualquier tipo de escrutinio y de validación de los mismos, y propusieron que la caja se pesara y se vendiera por kilo al mejor postor. Subrayo: sin acceso a revisar los materiales. Lo que conduce al punto central de este artículo: el valor de un archivo, más allá de su peso, lo adquiere a través del reconocimiento y evaluación de un tercero; generalmente de un especialista en la materia que convierte en un santiamén unos papeles viejos en un archivo.

¿De quién es José Rolón?

Con los papeles de Kafka y la nueva ley de archivos de México en mente –propuesta en 2018 para entrar en vigor este año– quiero recuperar una historia que apareció hace ya dos años en Proceso (22 de enero de 2017 bajo el título “Acusan nietas de José Rolón despojo de su archivo musical”), que relataba una situación que ocurre frecuentemente en nuestro país: un investigador se hace de los documentos del compositor mexicano José Rolón (1876-1945) –por lo general, papeles sueltos y desordenados– de alguien que considera de gran relevancia, los estudia, llega a crear un archivo, incluso completa sus investigaciones, publica, ¿y luego qué sucede?, ¿qué pasa con ese acervo?, ¿acaso le pertenece a alguien?, ¿o quién mejor que ese investigador para custodiarlo?

En este caso concreto –los papeles de Rolón vueltos archivo–, al investigador Ricardo Miranda se le acusó de todo, menos de no saber su oficio. Y él parecía saberlo cuando le respondió vía telefónica a la reportera Niza Rivera, autora del artículo citado sobre la apropiación tras el préstamo familiar: “Tengo dos objeciones: que el mejor que está capacitado para saber dónde van los materiales soy yo, y segundo, no les asiste la legalidad…”

Así, esta historia comienza con dos bolsas negras de plástico, debajo de la escalera de la casa de la nieta de Rolón, María Luisa Martínez Sotomayor, en agosto de 1990. Dentro de esas bolsas se hallaban los papeles del compsitor. A diferencia de las hermanas Hoffe, la nieta del músico jalisciense sí tuvo el interés de que sus documentos fueran rescatados, valorados y evaluados por un especialista.

Por eso hoy, tomo el teléfono, acuerdo un cita con Ricardo Miranda y realizo una extensa entrevista de la que presento algunos extractos.

*   *   *

Ricardo Miranda: Después de muchas sesiones donde yo sacaba los sobres manila de aquellas bolsas para esparcirlos por su sala [la de María Luisa Martínez Sotomayor, nieta del músico José Rolón] y entresacar materiales para fotocopiarlos, un día me ofreció que me llevara todo aquello a mi casa. Ese gesto de confianza y generosidad se lo he reconocido reiteradas ocasiones, en público y en privado. Hay que decir, sin embargo, que de aquellas bolsas también salió basura o, simplemente, papeles sin sentido: análisis médicos de familiares, notas de otros miembros de la familia y, sobre todo, partituras que pertenecieron a la hija de Rolón, cosas de danzas y bailes folclóricos. Había, además, una generosa dotación de papel pautado sin utilizar. Todo revuelto y arrumbado.

Durante el cuarto de siglo transcurrido he custodiado el archivo de Rolón y he tratado de trabajarlo en forma integral. En un principio comencé por ordenar el archivo y por transcribir los escritos de Rolón para dar a conocer su pensamiento. Porque un archivo de música no sólo se ordena y se cataloga, sino que –si funciona correctamente– debe generar nuevos materiales, enriquecerse y, sobre todo, escucharse. Con el auspicio del Cenidim publiqué mi primer libro sobre Rolón en 1994, El sonido de lo propio; un volumen documental que se nutrió tanto del mismo acervo como de las pesquisas que yo había realizado para escribir mi tesis doctoral. Poco después apareció un disco compacto –José Rolón, música de cámara–, con una selección de canciones y de música para cuerdas, donde participaron Lourdes Ambriz y el Cuarteto Latinoamericano. Tanto el disco como el libro recibieron, en esas páginas [de Proceso], los más elogiosos comentarios de José Antonio Alcaraz, que era un entusiasta incondicional de la música de Rolón.

Posteriormente he realizado muchas otras actividades alrededor de la obra de este importante músico: he publicado dos libros más –José Rolón, músico, editado por la Secretaría de Cultura de Jalisco en 2009 y El sonido de lo propio: José Rolón y su música, publicado por Conaculta en 2009. También he logrado –con la ayuda de distinguidos músicos como Francisco Savín y Rey Alejandro Conde– reconstruir los materiales necesarios para tocar dos partituras orquestales de Rolón, Cuauhtémoc –que Savín dirigió en Bellas Artes en un programa memorable– y la Obertura de Concierto. Además, hice duplicar en microfilme las partituras de Rolón depositadas en la Biblioteca Fleischer de Filadelfia y también encargué dibujar una partitura de Zapotlán, el poema sinfónico que poco después grabó la Orquesta de Jalisco, dirigida por José Guadalupe Flores y que no contaba con una partitura para el director. Cada vez que estas obras se han tocado, se ha debido al trabajo de reconstrucción que pudo hacerse a partir de las partituras o partichelas depositadas en el archivo y al dibujo musical de estas obras que hoy cuentan con el score necesario para poder ser dirigidas.

Quizá haya que contar con detalle la historia de Cuauhtémoc. La partitura original de esta importantísima pieza fue “obsequiada” por María Luisa Rolón Villalvazo –hija de Rolón– a José Antonio Alcaraz. En algún momento –ignoro la fecha– aquel precioso manuscrito quedó hecho cenizas en un incendio que afectó al propio Alcaraz. Reconstruir la partitura no fue tarea sencilla y hube de recurrir a los más diversos materiales para lograrlo: las partes de orquesta guardadas por Ediciones Mexicanas de Música, el microfilme de la colección Fleischer, otra partitura que generosamente me ofreció José Gorostiza desde Guadalajara. Sin la suma de los materiales aportados por todos estos archivos, seguiríamos sin poder interpretar esta obra tan importante.

Rodolfo Palma Rojo: Una vez probada la creación y existencia del archivo, ¿dónde habrá que depositarlo?

RM: Con el paso de los años, María Luisa Martínez Sotomayor me preguntó: “¿Qué hacemos con el archivo?”. Mi respuesta fue y sigue siendo la misma: depositarlo en una institución que lo digitalice y que lo preserve para futuras investigaciones.

Estuvimos de acuerdo con ello.

En 2009, a propósito de la publicación de uno de mis libros por parte del gobierno de Jalisco, la Secretaría de Cultura del Estado le ofreció a Malú precisamente eso: recibir en donación el archivo para digitalizarlo y preservarlo. Tengo la carta. Celebré que mi libro y las actividades en torno a su promoción hubieran servido para lograr aquello. Un día, sin embargo, recibí una llamada telefónica, alegando que Gorostiza había notado una falta de extintores en el edificio donde el acervo habría de preservarse. Me dijo que no seguiríamos aquel plan. No conozco dichas instalaciones, pero me parece algo inverosímil.

RPR: Y entonces surge la idea de entregarlo al Cenidim. En el artículo de Proceso de 2017, Magaly Cruz de Nicolás, coordinadora de Documentación y Conservación de ese centro, plantea que podría distribuirse el acervo en diferentes áreas fuera, pero cercanas, del Cenidim (Centro Nacional de Información, Documentación e Investigación Musical). Entiendo que no es lo idóneo segmentar un archivo, pero ¿cuáles son tus objeciones?

RM: María Luisa y Lorenza Sotomayor tomaron la iniciativa de donar el acervo al Cenidim. Hasta donde alcanzo a entender, se trató de una farsa, pues quisieron utilizar al centro para presionarme y nunca tuvieron por parte del INBA respuesta formal, alguna propuesta de convenio o algún documento semejante. Pero cierta o falsa, tal propuesta me preocupó profundamente. Conozco muy bien el Centro, fui su subdirector y sé los tristes detalles de tantos de los acervos que ahí se depositan. Cuento aquí sólo una entre tantas historias: ayudé a mis colegas Áurea Maya y Eugenio Delgado a trasladar a México el archivo Zeballos-Paniagua (Cenobio Paniagua 1821-1882 y Manuel M. Paniagua 1843-1907) que las familias habían donado al Cenidim. Han pasado varios años desde entonces y, salvo un catálogo que ellos mismos publicaron, el acervo sigue guardado: ignoro si ha sido catalogado y si esa catalogación está bien hecha –desafortunadamente varios de los documentalistas del Cenidim no saben música–, pero no está digitalizado ni puede consultarse con facilidad.

El Cenidim no tiene instalaciones, ni prestaciones tecnológicas, ni espacio para ello. Así que la idea de llevar el acervo de Rolón al Cenidim francamente horroriza. Y aunque mi negativa a semejante propuesta ha desatado los más injustos comentarios, debo enorgullecerme de ello: si el acervo hubiese ido allí, se habría caído en el temblor de septiembre, se hubiera maltratado bajo todos los anaqueles donde supuestamente se preservan los acervos y que cayeron al piso. Supe, además, que apenas hace algunos meses una partitura original de Manuel Enríquez, al cuidado del Centro, fue dañada seriamente por alguna persona que le puso cinta canela en una de sus páginas. ¿Ese es el cuidado que el Cenidim pone a las partituras?

Mi negativa para depositar el acervo en el Cenidim ha generado acusaciones y polémica. Las nietas me fueron a acusar con Rafael Tovar, entonces secretario de Cultura. Como él me conocía bien, dio por descontado que se trataba de un infundio y ni siquiera las recibió. Pero otras voces, incluso de profesores del Conservatorio, de la Nacional de Música, investigadores, colegas, sí que han lanzado acusaciones y vituperios. Es lo mismo de siempre: se acusa, se señala, se repite lo que otros dicen, pero nadie ofrece pruebas de nada, y a las palabras destempladas se les acompaña de aire, de vacuidad. ¿Se me puede acusar de haber cuidado y preservado durante veinticinco años un archivo que me fue entregado de buena fe y de cuyo trabajo he dado pruebas contundentes? ¿Acaso puedo robarme lo que ha estado en mi casa veinticinco años? Y, si tuviese alguna intención lucrativa, ¿no habría interpuesto hace años un juicio de prescripción? La ley es muy clara respecto al periodo en que caduca la propiedad de los bienes muebles. Pero no se trata de eso.

Yo mismo planteé hace algunos meses al subdirector general de Educación e Investigación del INBA, Sergio Rommel Alfonso, que podría darse un verdadero golpe de timón a todo aquello: el instituto podría, como encargado de la preservación del patrimonio musical mexicano, sentarnos a la mesa, hacernos firmar una carta de intención para asegurar que los materiales queden bajo la custodia del INBA y que el propio instituto, a su vez, se comprometa a lo verdaderamente básico: digitalizarlos, ponerlos al alcance de todos en una plataforma electrónica y a guardarlos en una ubicación ad hoc. Como esa propuesta la hice apenas este año que termina, ni el tiempo ni la voluntad alcanzaron.

RPR: Algo que contamina la discusión es la idea de propiedad. Retomando el ejemplo de Kafka, sin la valoración de un especialista, los papeles no tienen mayor valor que su peso. De ahí la extraña astucia de las hermanitas Hoffe de querer que no se valoraran sino que simplemente se pesaran. Ellas –se puede decir– eran propietarias de las hojas, pero no de la obra de Kafka. La figura que otorga a los particulares la nueva ley de archivos, en su artículo 95, es la de custodio. Así, el particular da aviso al Archivo General de la Nación del valor de los documentos que tiene bajo su custodia. Y el valor de esos documentos lo da el investigador. Y, quiero insistir, se trata de un valor patrimonial, no económico.

RM: Un investigador no sólo cataloga u ordena los papeles que algún compositor dejó. En la medida en que el acervo se trabaja, ese archivo adquiere un valor creciente y, a la vez que se preserva, se construye una visión renovada de la música mexicana y su historia. El investigador, el musicólogo, aporta su trabajo y acrecienta el valor del archivo. Pero la avidez de una generación de bisnietos sólo ve un valor pecuniario detrás de una música que ni escuchan ni conocen.

A pesar de los insultos y acusaciones sigo convencido de lo mismo: la necesidad de digitalizar el archivo y de depositar sus materiales en una institución idónea. Ahora que ese consenso fue roto en forma unilateral, ¿debo cruzarme de brazos ante ello o luchar para que así suceda? Entre otras cosas, quiero evitar que estos materiales corran la suerte de tantos otros archivos: el de Manuel M. Ponce, que se dispersó durante años y que hoy está desperdigado, fragmentado; o los de Candelario Huízar o Rafael J. Tello, que viven en litigio constante con el único resultado de que la música de estos autores resulta inaccesible. ¿No merecen los archivos de nuestros músicos mejor suerte?

Este texto se publicó el 20 de enero de 2019 en la edición 2203 de la revista Proceso.

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