“Maten a Darwin”, de Franco Félix

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, el sonorense Franco Félix acaba de sacar su nueva novela Maten a Darwin (Penguin Random House Grupo Editorial, 554 páginas).

Dividida en tres bloques (“Narices, nucas, lenguas”, “Hans Asperger conoce a Kant” y “Vaticano cuántico”), Maten a Darwin es una desmesurada selva narrativa, desquiciadamente minuciosa y total, según leemos en la contraportada de este libro en la colección Caballo de Troya:

“Los descendientes de Charles Darwin están obsesionados con encontrar la fórmula de la vida eterna. Sin embargo, y paradójicamente, al ser el resultado de una unión incestuosa, el linaje del famoso evolucionista parece destinado a desaparecer.”

“Además, debe enfrentar el odio de los dos más grandes enemigos de Darwin: Dios y los herederos de Patrick Matthew, un sabio de maderas que se adelantara varios años a Charles en postular la teoría de la selección natural. Precisamente Dios –o un conquistador espacial disfrazado de Dios—ha llegado a la Tierra. Pero (el cardenal) Joseph Ratzinger no permitirá que nadie usurpe su poder. ¿Podrá vencer a Dios, quien se ha aliado con Bruce Willis, la reencarnación de Emiliano Zapata y la última heredera de Darwin?”

Este fragmento es el comienzo de Maten a Darwin, tomado de la primera parte, “Narices, nucas, lenguas”, que se ubica en 1870 y conforme señala el autor, “144 años antes de la Gran Guerra Semiótica”.

Fenomenología (1) 1870

Los primeros ladrillos espirituales del fin del mundo cayeron, es verdad, cuando Charles Darwin y su prima Emma Wedgwood decidieron unirse en matrimonio, derribando así el extraño edificio de la civilización.

Es verdad también que de esta relación endogámica vinieron al mundo diez pequeños desgraciados que no pudieron prolongar su linaje por la imprecación genética que se origina al fornicar con un familiar cercano.

A pesar de la suspensión ancestral, el viejo Charlie estaba convencido de que los seres humanos debían defender, a toda costa, el compromiso que habían adoptado al nacer: el raro impulso de preservación de la especie. Por eso copulaba frenéticamente, gobernado por un deseo insaciable que lo conectaba con el origen de las especies, con su cansada esposa Emma. Porque quería cambiar el curso biológico de las cosas. Eso sí, también hay que decirlo, era un adicto sexual. Su personalidad se atrofiaba, perdía color, no podía concentrarse si no penetraba dos veces al día a su consorte. Una con amor. Otra con saña. Pueden pensar, si quieren, que el hombre fornicaba religiosamente al amanecer y poco antes de dormir, porque el acto del sueño implica una cama de por medio. Pero se equivocarían. El excéntrico Charles, conocido como el Asesino de Dios, se hundía en el erotismo a las horas más extrañas y en los lugares más estrafalarios de su residencia en Kent, la famosa Down House, ubicada al sudeste de Londres.

A veces expoliaba a Emma de sus tiernas actividades y la poseía sobre la mesa de billar, o encima del piano, o en invernadero, o en el brazo de un roble que él mismo había plantado en su jardín décadas atrás. Cuántas flores, en la corola, detentaban el viejo y árido semen del naturalista. El perfume de la venganza, el olor dulzón de una pequeña y secreta guerra que inauguraba el viejo contra la naturaleza.

Sus estudios se enfocaron, como dice la Historia, en la construcción precisa y noble de la ciencia moderna. Eso también es verdad, que pasó muchos años queriendo demostrar que todos los seres vivos en la Tierra tenían un pasado común y que habían evolucionado hasta alcanzar este punto descollante del siglo XIX.

Eso es cierto, pero lo que no saben los eruditos es que el hombre repudiaba verdaderamente la idea central de la ciencia y aborrecía sus propias teorías de selección natural. En su desesperación filial, había adoptado el espiritismo de manera sigilosa, aunque en cartas y documentos se presentaba a sí mismo como un escéptico de las ciencias ocultas. De manera oficial se había pronunciado a favor de la biología moderna, pero en sus laboratorios secretos desarrolló experimentos que atentaban contra la misma naturaleza, a la que ahora guardaba rencor por la imposibilidad de que sus hijos pudieran tener sus propios hijos. Buscaba, como muchos otros filósofos y pensadores de la época, el gran premio místico: la inmortalidad.

Es decir, quería patear el trasero de la muerte antes que nadie.

Al pobre Charles Darwin, preso de la sexualidad y el amor irracional que tenía por su prima Emma, no pudo advertir el error carnal ni hacer mucho para detener la condena genética, la maldición que había caído sobre sus retoños: todos sus hijos, o bien fallecieron en el amanecer de sus vidas, o nacieron deformes, o no pudieron continuar el linaje porque la paternidad les fue arrebatada. Qué dolor y cuánta injusticia para una celebridad que había cambiado el paradigma de la ciencia. Qué ironía y qué tristeza sentía la robusta Emma, esa máquina de bebés en la que se había convertido por el incontrolable apetito sexual de su marido, el semental podrido.

El pecado, decía ella, se ha pronunciado en nuestra contra, Charlie. Y aunque se mostraba más bien frío ante las acusaciones y fantasías de su amante, en soledad el viejo Darwin se sentía prisionero de la confusión y de la culpa.

La culpa, el mecanismo de responsabilidad que activa todas las obsesiones, originó un nuevo plan científico, un programa descabellado que nunca nadie pudo adivinar: dedicó todas sus energías a la búsqueda de la fuente simbólica de la juventud. Porque añoraba la expiación de sus deslices carnales: se prometió a sí mismo que antes de morir encontraría la forma, por más oscura y lúgubre que fuera, de conceder la posteridad y el futuro a sus hijos infértiles.

Así, atormentado y contrito, formó un grupo de investigadores, filósofos y naturalistas para encontrar la fórmula real de la vida eterna. Se reunió en las sombras con el más entusiasta y hostil de sus enemigos para echar abajo su propia teoría: hizo las paces con Patrick Matthew, un sabio en maderas para la construcción de barcos que se había adelantado ocho años em proponer la teoría de selección natural en su libro Madera naval y arboricultura, escrito en 1831. El rencor no era poco, porque Darwin se llevó todos los honores de la Royal Society junto a Alfred Russell Wallace a mediados de siglo.

Patrick, sin medallas ni gratificación, perdonó.

Pero Matthew era más bien sombrío y estaba seducido por las ciencias oscuras. Anhelaba con su negro corazón la catástrofe y confirmaba en la hipótesis de su publicación, que pasó más o menos inadvertida, que la calamidad ecológica había sido la responsable suprema del proceso evolutivo. Cada tanto, exponía, la Tierra debe resetearse. Encubierto, asistía regularmente a sesiones espiritistas en las que exigía la presencia fantasmal de Nostradamus y otros profetas famosos. Quería establecer una fecha exacta para la humanidad y su infalible enfrentamiento con la extinción.

Darwin, oculto también bajo una capucha, una noche invernal y de augurios mentales, descubrió a su colega (y acérrimo enemigo hasta entonces) en la misma mesa espiritual. Al finalizar la asamblea psíquica lo abordó. La idea, aunque peligrosa, era limar asperezas con su viejo adversario. Empezaría, sin duda, con una disculpa.

–Viejo Patrick, relaja tus puños. Hablemos…

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