La esperanza centroamericana de llegar al norte

Migrantes centroamericanos en el albergue habilitado en el estadio Jesús Martínez "Palillo". Foto: Octavio Gómez Migrantes centroamericanos en el albergue habilitado en el estadio Jesús Martínez "Palillo". Foto: Octavio Gómez

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Rosa Miriam Salmerón es una migrante de 50 años que huyó del poblado de Zambrano, Honduras, debido a que miembros del Partido Nacional de su país, actualmente en el poder, incendiaron su casa y la amenazaron con matarla si ella o su familia se atrevía a presentar una denuncia.

Ella se asume como miembro del partido liberal, y los suyos como parte de la resistencia.

Rosa hace fila para que le corten el cabello, ese que tiene recogido en una coleta y de donde escapan algunos hilos necios, aún negros. Es la única mujer formada y viste una falda café con una playera negra. Resalta por ser la más bajita en la columna.

No abandonó su país sola, la acompañan su hijo, su marido y un sobrino, cuyos nombres se reserva.

Con lo básico, los tres salieron dos días después de que partió la caravana. Ello los obligó a acortar el camino para alcanzar al grupo, pero ese les costó un susto: unos tres kilómetros antes de llegar a Tenosique, Tabasco, unos sujetos los golpearon y los amenazaron machete en mano. Además, les quitaron sus documentos y una parte del dinero que traían consigo.

A raíz de ese incidente, Rosa y su familia decidió continuar el trayecto a esta ciudad en autobús.

Cuenta que ya estaban listos para salir, cuando oficiales mexicanos –no supo de qué corporación– subieron con un perro al camión y los acusaron de no haber pagado “la pasada”, así que les pidieron 400 dólares a cada uno para seguir su camino y no entregarlos a la migra.

“Les dijimos que nosotros no andamos dinero, lo que andamos son 600 pesos para podernos mover, aunque sea poquito, más adelante”, dice.

Los agentes, prosigue, se burlaron, les dijeron que no era suficiente, aunque terminaron tomando el dinero de todas formas no sin antes advertirles que “aquí no ha pasado nada”.

Rosa hace una pausa, traga saliva y continúa con su relato. Recuerda que se quedaron varados, sin dinero y sin un lugar donde comer y dormir.

Tres días estuvieron prácticamente detenidos, pidiendo apoyo y caminando a ratos, muy poquito, para no perder camino. Ya luego recogieron otro dinerito y subieron al tren de Tierra Blanca a Orizaba.

Al final, tardaron 12 días en alcanzar a la caravana y desde entonces se sienten más seguros, protegidos. Aunque su esposo se quedó rezagado en Puebla, sabe que llegará, pues viene acompañado y esperaba verlo cuando el último contingente llegara al albergue temporal.

Rosa sube el volumen, habla más despacio y su acento salta al oído, dice que no tiene dinero para quedarse en México, pero aún se siente fuerte para trabajar y ganar aunque sea poquito, del otro lado, en Estados Unidos. Su esperanza es llegar a la frontera norte.

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Jorge es un joven de 19 años que dejó la escuela y salió de Honduras junto con sus primos en busca del sueño americano.

Tiene el cabello largo, lacio, y la piel apiñonada, con chapas pronunciadas en los pómulos. Dice que salió de su país la crisis política, la elección del presidente Juan Orlando Hernández; la violencia y la falta de oportunidades de trabajo.

Él y sus primos salieron de San Pedro Sula el pasado 9 de enero, seis días antes de que partiera la caravana. En Pijijiapan, Chiapas, se enteraron que sus compatriotas ya venían, así que decidieron frenar su marcha y esperarlos y sumarse al grupo en Arriaga.

Jorge cuenta que el trayecto fue difícil, que sufrieron “un chingo”. Entre risas, recuerda que los persiguió la migra y que tuvieron que aventarse a un pantano. “Subimos por montañas para que no nos encontraran”.

Aún no saben si se quedaran en territorio nacional o si se irán “hasta arriba”, a la frontera. Todavía sopesa las opciones: pedir asilo político o quedarse a trabajar.

La única duda que arrastra es que en Estados Unidos puede estar mejor económicamente.

Se confiesa indeciso, pero mira hacia donde están sus primos y asegura que pronto lo resolverán. Entre tanto, sus compañeros de viaje lo miran, uno con cierta vergüenza, a unos metros sobre la acera, y otro con algo de aburrimiento, desde la lejanía del barandal de la puerta 6 del deportivo.

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Dunia Rivera, va y viene entre los puestos de atención médica, con una mano sostiene una receta y con la otra a un niño de dos años que llora y al que trata de tranquilizar haciéndolo brincar mientras ella se mueve de un lado a otro.

Es chaparrita, trae un chongo en el cabello, que es rubio; viste un mallón y una blusa rosa fuerte, tiene ojeras en el rostro, evidencia del cansancio provocado por el camino y por el bebé, que desde ayer está enfermo, según los doctores, de gripa.

Dunia tiene 34 años y es mamá soltera de tres niños, el primero de quince, el segundo de nueve y el tercero de un año, tres meses; el cuarto viene en camino, tiene siete meses de embarazo.

Se animó a emprender el viaje cuando vio en redes sociales que una nueva caravana saldría de San Pedro Sula. Dice que ya no pudo trabajar en Honduras, los maras le pedían cuota para poder vender ropa usada en la calle así que se despidió del negocio. Antes mataba cerdos, pero ya no encontró trabajo y debe mantener a sus hijos.

Quiere llegar a Estados Unidos y tener a su bebé allá, se trajo al niño chiquito y a su hermana para que juntas trabajen y se acompañen. Va a hacer la lucha para ver si pasa, de lo contrario se quedará en México, en Tijuana, pero tiene fe. “Dios decidirá”.

No le importa de que se trate el trabajo, a ella le gusta trabajar de todo, lo que le importa es ganar dinero suficiente para mantener a sus hijos, los que trae y los que se quedaron en Honduras, a cargo de su mamá y su familia.

No tiene ningún otro interés que sus hijos, a quienes les enseñaba a estudiar en sus ratos libres allá en su país.

El niño aparenta ser un poco más grande, pero sólo sabe decir mamá. Tiene rizos castaños, la piel blanca que se ha vuelto roja por el sol y los ojos grandes.  Le pide a su mamá que le haga caso, mientras sigue llorando.  Ella, que no ha dejado en ningún momento de arrullarlo, se despide justo cuando su hermana la interrumpe para decirle que se apure y, en cuanto la escucha, emprende la carrera hacia donde están los dormitorios.

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A José Serrano le gusta el futbol soccer. Ríe, levanta los brazos y se pega a la reja metálica de la cancha en el estadio Jesús Martínez Palillo para ver mejor los partidos que desde su llegada organizan los integrantes de la caravana migrante, sus compañeros de viaje.

José Serrano decidió buscar otros horizontes fuera de su país. Foto: Ixtlixóchitl López
José Serrano decidió buscar otros horizontes fuera de su país. Foto: Ixtlixóchitl López

Cuenta que antes jugaba, allá en la Entrada de Copán, en Honduras, su lugar de origen y desde donde ha emprendido el viaje en busca de llegar a Estados Unidos.

Un accidente acabó de tajó con el gusto de patear el balón. Tenía 21 años cuando la imprudencia de un conductor lo sacó de la carretera cuando conducía en una moto. A causa de ese accidente ya no volvió a caminar, tiene que moverse con la ayuda de una silla de ruedas.

A sus 31 años, José decidió buscar otros horizontes fuera de su país, a pesar de que está consciente de que no será nada fácil conseguir empleo.

De vez en cuando hace tapetes de lana y los vende. Pensaba llevar uno en su travesía a Estados Unidos, pero dice que se le olvidó.

Habla con frases cortas, es tímido y su tono de voz lo hace parecer más joven de lo que es en realidad. José trae puesta una gorra de estambre con una estrella azul y la leyenda “Dallas”, también le gusta el futbol americano y es seguidor de los “Cowboys”, aunque no hayan llegado al Super Bowl.

Afirma que la situación en su país es muy difícil, por eso decidió dejar la casa donde vivía con su padre y sus hermanos en un pueblo que, asegura, no cuenta con más de 30 mil habitantes.

José espera que en Estados Unidos exista una oportunidad de recuperarse para poder trabajar. Allá lo esperan sus hermanos y su mamá, quien acababa de llamarlo y estaba contenta de saber que él ya está más cerca de llegar. Piensa llegar a la frontera y “primero Dios, cruzar”.

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Gustavo Gudiel es un salvadoreño que también emprendió el viaje en silla de ruedas. Nació con una malformación en los pies, por lo que ha sufrido marginación y discriminación. Durante mucho tiempo pidió ayuda a las autoridades de su país para que le ayudaran a conseguir un empleo, pero nunca obtuvo respuesta.

Gustavo Gudiel tiene espíritu aventurero, asegura que el camino recorrido no ha sido en vano. Foto: Ixtlixóchitl López
Gustavo Gudiel tiene espíritu aventurero, asegura que el camino recorrido no ha sido en vano. Foto: Ixtlixóchitl López

Con 28 años de edad, cree que no todo está dicho, quiere hallar una oportunidad diferente de vida, progresar económicamente y cumplir sus sueños de encontrar una persona que lo quiera, tener una familia, conocer lugares, que nunca le falte nada.

Gustavo, quien también se llama José, esboza una sonrisa y trata de tapar su piel blanca, de la resolana que ya le ha quemado la cara antes. Trae un suéter tejido, de jerga; su cabello, castaño oscuro, está un poco crecido, pero bien peinado.

Recuerda que en poblado de Santa Ana, en el Salvador, sólo se puede trabajar en las fincas recogiendo café y que para llegar a la población rural más cercana tenía que cruzar nueve kilómetros de terracería, por lo cual conseguir un empleo era prácticamente imposible para él.

Sus padres lo mantenían con lo poco que ganaban, pero considera que ha llegado el momento de buscar una oportunidad de ser independiente y autosuficiente.

Aunque su sueño es llegar a Estados Unidos, en México ha encontrado a personas que le han brindado orientación y que lo van a ayudar a incorporarse al ámbito laboral para poder depender de él mismo. Lo dice con entusiasmo y agradecimiento, mientras dirige la mirada a una mujer que porta un gafete del gobierno de la CDMX.

A Gustavo no le interesa de qué se trata el trabajo, sólo capacitarse para poder hacerlo bien. Admite la dificultad de la travesía que emprendió en El Salvador, pero le sabe aventura, conoció lugares diferentes y hermosos.

A pesar de están anclado a una silla de ruedas, Gustavo tiene espíritu aventurero, asegura que el camino recorrido no ha sido en vano, pues pudo llegar a la Ciudad de México, ver la estructura de sus pueblos, de sus parques. “Se siente bonito”, dice.

Además, confiesa que le gustaría conocer el Estadio Azteca, entre otros lugares de la megaurbe.

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