Tlahuelilpan y la banalidad de las redes sociales

La "zona cero" en Tlahuelilpan. Foto: Miguel Dimayuga La "zona cero" en Tlahuelilpan. Foto: Miguel Dimayuga

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- “Haber sufrido o visto sufrir en gran medida, es la quintaesencia del éxito moral”, expresión lapidaria de Roberto Mangabeira Unger, maestro de filosofía del derecho en la Universidad de Harvard. Tlahuelilpan y su drama dantesco, es emblemático: eclipsa todo éxito mundano que consume la vida en vanidades.

Cuando los poetas hablan del dolor, escucharlos resulta aleccionador. Wordsworth dice al describirlo, es el sufrimiento, permanente, obscuro y negro, y tiene la naturaleza de la infinitud; Wilde en su carta “De Profundis”, escribe: donde hay sufrimiento hay suelo sagrado, y solamente deseo dice, estar con los artistas y con los que sufren, porque los primeros conocen la Belleza, y los segundos, el Dolor que es verdad. Fiodor Dostoievski, el máximo horadador del alma humana, afirma que el sufrimiento redime toda falta. La verdadera desgracia es la de quienes no saben compadecer, pues la sequedad de corazón es el peor desorden: Albert Camus.

La dimensión desgarradora de la evitable tragedia en el poblado de Tlahuelilpan, paralizó el alma a los hombres de buena voluntad. Más de un centenar de muertos, algunos de ellos niños, en la alborada de la vida. Todo el país debió y debiera estar de luto. Sin embargo, las redes sociales en general, se volcaron para picotear y desgarrar a los muertos con comentarios de buitres: injuriando muchos los restos calcinados de esas personas porque cuando vivos, se atrevieron a robar unas cubetas de gasolina para ruina, según eso, de la nación entera.

Con qué frivolidad las redes lanzan sus condenatorias sentencias en este caso y en el de los migrantes denostados: expresan la “banalidad del mal” tan bien explorada por Hannah Arendt. Lo que sí conmueve hasta las lágrimas a sectores significativos del país, es el muy mexicano super tazón y el prioritario bienestar de perros, gatos y jumentos.

Festinaron algunos esa horrenda muerte, imputándoles a los fallecidos codicia, entre otros “terribles vicios”. Esto último recuerda al personaje de los Miserables de Víctor Hugo, Javert. Éste persigue al criminal que roba un ¡pan para satisfacer el hambre de un sobrino! Es el Javert desalmado, idólatra de la letra burocrática de la ley, y no de su espíritu al servicio siempre de lo justo. Otros de alma noble e inteligente, se compadecieron sin juzgar.

Se erigieron las domesticadas redes y muchos periodistas, en juzgadores implacables -desde la cumbre de su soberbia, de su pureza sin mancha- de esas infortunadas personas, sin tomar en cuenta todas las circunstancias del caso. Implacabilidad con las miserias y fallas de los de abajo, y condescendencia con las propias y con aquéllas de los de arriba, de las de grandes empresas que presumiblemente roban la misma substancia, pero a escala industrial, según información difundida en medios, y comentada por Jorge Carrasco Araizaga en un certero artículo publicado en Proceso.

No es el odio al mal lo que mueve a los inmisericordes de las redes, herederos del nihilismo de Nietzsche.  Lo que suele motivar el ataque artero, es el desprecio anónimo del débil, del pobre, de las virtudes de la compasión, de la piedad ante el sufrimiento del Otro, del prójimo sin el cual, el yo sucumbe. Detestan esos filisteos las virtudes del humanismo cristiano, expresado de manera admirable en la escena del ladrón perdonado por el Nazareno que pendía desgarrado de un madero. Es el Cristo que combatió en el tiempo a los filisteos, es decir a los carentes de alma, de espíritu.

No se compadecen esos del dolor de las pobres, víctimas hechas lumbre y vergüenza, sino por el contrario, eructan sobre cadáveres ennegrecidos. Son los modernos Javert que habitan la tierra desatada del sol, y que se beben el mar entero con su insolencia e hipocresía, para usar el lenguaje nietzscheano. Se reproduce la colmena de Platón, donde la masa zumbante gira en torno al poder intocable.

El nihilista admira la fuerza, el poder en sí de dominación: se denigra al de abajo para agradar, para justificar al poder. Por eso las redes sociales y sus secuaces elogian toda estrategia y conducta del poder que todo lo absorbe, sin reparar que sean o no las correctas -como esa llena de humor pero real, de que maestros que no saben inglés, lo enseñarán a los niños, o la de evitar licitaciones públicas al amparo de la ética, o la de recortar presupuestos en investigación en ciencia y tecnología-. Las apariencias verbales, las ficciones, las emociones míticas, suplantan los hechos bajo el bombardeo incesante de publicidad masiva.

Nietzsche fue el heraldo de la muerte de Dios, de la derrota de la compasión, y del reinado de la fuerza del superhombre, del poder mismo como fin, del legalismo implacable, frío y burocrático para con los infortunados.

El silencio ante el dolor de Tlahuelilpan debió ser la pauta elocuente para todos, incluyendo a las autoridades, en esas primeras horas de luto, en esos momentos de sufrimiento indescriptible, indecible, de honda desolación, por lo menos durante un par de días. El luto, el llanto del pueblo, de las madres, de las esposas, de los hijos por sus muertos, demandaba ese pudor, ese respeto.

En el contexto sordo de acontecimientos perturbadores, las cartillas morales no resuelven nada. El bien es hábito porque es virtud que se vive, que se practica a diario, mezclada ella con las caídas tan propias del misterio que entraña el ser humano, “horizonte no claro entre dos mundos”; el bien por ende, no es cuestión de saberes o lecturas, sino de hábitos que comienzan en la cuna, en la familia, hoy tan asediada y desnaturalizada por ideologías impuestas a izquierdas y derechas -si es que hay diferencias de fondo- por el  orden mundial hegemónico (FMI y secuaces) , por fortuna desafiado por una Rusia resurrecta, defensora paradójicamente de los valores fundantes de la civilización occidental, hoy traicionados por un Occidente filisteo de tenderos; una Rusia vilipendiada por los lacayos de la superpotencia americana en franco declive.

Todo Estado, parte instrumental del todo que encarna en el cuerpo político, es incompetente para extirpar el mal de la sociedad. No le compete la tarea de hacer buenos a los hombres y mujeres, sino de hacerlos felices en la medida de lo factible, como dice Aristóteles. Convocar por ejemplo a la delación, a la denuncia anónima, genera como regla el “funesto espíritu de sospecha” del que habla Hannah Arendt en su crítica al puritanismo, a la incorruptibilidad que degeneró en el terror de la guillotina francesa. Además, la moral sin el Dios declarado muerto, conduce al nihilismo, a la nada de los fines valiosos, de los valores trascendentes, como lo anticipó el autor de la Galla Ciencia, el profeta de la ruptura como le llama Henri de Lubac a Nietzsche.

Las virtudes vueltas locas son más dañinas que los vicios, decía Chesterton con ironía demoledora. La abstracción helada de la ley o de la moral, por otro lado, no puede hacer a un lado la particularidad de cada situación, de cada hombre concreto de carne y hueso, con sus virtudes y miserias. La aplicación extrema, descarnada de la ley, sin distingos y matices, lleva a la suma injusticia, como ya lo decían hace milenios, los romanos antiguos fundadores del derecho. El derecho como la filosofía viven de distingos; los análisis epidérmicos, de uniformidad a rajatabla, mecánica, injusta en suma.

Además, la estrategia contra la violencia para lograr la paz, a través de la militarización, ha resultado fallida desde el 2006, al margen del nombre con la que se la bautice. Datos empíricos de investigadores serios y calificados así lo demuestran. Dicha estrategia iniciada por el calderonismo, ha sido la causa principal del incremento inusitado de la violencia, con independencia de la desigualdad social que viene de muy atrás. Por ende, la Guardia Nacional parte de un diagnóstico equivocado. El fin de la sociedad política es la organización más idónea para el triunfo de las libertades de cada ciudadano, a través de medios democráticos; al respecto dice Camus, “es la justicia la que le da certeza, sentido al orden”, y esa justicia junto con la amistad cívica, conducen a la paz. Esos son los medios justos, correctos para alcanzarla. Si ya terminó la guerra, entonces ¿para qué la Guardia Nacional?

Descansen en paz los fallecidos en ese infortunado pueblo de Hidalgo. Hay certeza de que la Misericordia del Altísimo se apiada de ellos al ser infinita; sería conveniente pedirla para nosotros en estos tiempos convulsos que anhelan moderación y sabiduría. Ante estos hechos, frente al vértigo de los acontecimientos, es menester hacer todos una pausa con el fin de reflexionar y replantear con serenidad las rutas a seguir para el bien de la nación, no en abstracto, sino para el bien de cada ciudadano en concreto.

Poner ejemplo de honda reflexión, concordia y mesura sería el comienzo. Dice Ortega y Gasset que la espectacularidad en política no es fecunda en frutos verdaderos. (Escribo este texto en memoria del inolvidable padre Enrique Maza, jesuita comprometido, cofundador de Proceso).

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