El caso Gurlitt y el “arte degenerado”

BERLÍN (apro).- La imagen es cruda: sentada con las piernas semicruzadas, desnuda, la joven mira hacia abajo, triste y melancólica. Las rayas negras, gruesas e irregulares que definen sus facciones contrastan con la mancha cóncava y color sangre que emula su boca.

El contorno de su cuerpo flexionado lo forma una serie de burdas líneas rojizas que también dibujan los pliegues de la piel. Sus pechos asimétricos caen sobre el abdomen y el negro intenso de su vello púbico contrasta con el fondo blanco del cuerpo. Sujetándola por detrás, un individuo con las mismas características la mira complacido.

La xilografía titulada “La joven melancólica” fue grabada en 1922 por el artista alemán Ernst Ludwig Kirchner, considerado uno de los padres del movimiento expresionista alemán y fundador del grupo artístico Die Brücke-El Puente.

En plena dictadura nazi, el 28 de agosto de 1937, el Ministerio de Propaganda alemán incautó esta obra de Kirchner de la Sala de Arte municipal de la ciudad de Mannheim. Lo hizo bajo la llamada “acción de limpieza” del “arte degenerado”, así nombrado por los nazis. Bajo esta operación, durante 1937 y 1938, miles de obras fueron decomisadas de museos y galerías por no coincidir con el concepto de belleza y arte que Hitler y sus seguidores tenían en la cabeza.

Los nacionalsocialistas no sólo acabaron con la vida de cientos de miles de personas –judíos en su mayoría– a quienes consideraban inferiores por motivos de raza. Durante su estancia en el poder y en su delirio de superioridad, también arrasaron con el valioso trabajo de cientos de artistas que chocaba con su concepción del mundo.

Las cifras oficiales estiman que alrededor de 20 mil obras de arte de unos mil 400 creadores fueron confiscadas por los nazis de al menos cien museos, y su destino fue la destrucción o la venta en el extranjero. En estas cifras también se incluye el arte decomisado a numerosas familias judías, a quienes por el sólo hecho de serlo les fue arrebatado parte de su patrimonio.

A 86 años del ascenso de Hitler al poder –cumplidos el pasado 30 de enero–, sólo una parte mínima de ese tesoro cultural que se salvó de desaparecer ha vuelto a ver la luz, en manos de los descendientes de sus dueños originales.

Mädchen. Otto Dix. ©Kunstmuseum Bern

Melancholisches Mädchen. 1922. Ernst Ludwig Kirchner. ©Kunstmuseum Bern

Hippodrom in St. Pauli. 1923. Otto Griebel. Foto: Mick Vincenz ©Kunst- und Ausstellungshalle der Bundesrepublik Deutschland GmbH

El caso Gurlitt

En el año 2013 la noticia dio la vuelta al mundo. En un sórdido departamento de Múnich, en el que vivía un anciano solitario de nombre Cornelius Gurlitt, la policía bávara se topó con un hallazgo único: hacinadas, entre latas de comida, mil 406 obras de arte yacían ahí, sin las condiciones mínimas para su adecuada conservación.

No tardó mucho tiempo en confirmarse la sospecha de las autoridades alemanas, en el sentido de que las piezas formaban parte del botín de arte robado por los nazis muchas décadas atrás.

Y es que, además de la ya mencionada incautación de “arte degenerado”, es sabido que el régimen nacionalsocialista también se apropió ilegalmente de numerosas colecciones artísticas pertenecientes a familias judías.

El inusual hallazgo de Múnich también dejó al descubierto la fascinante y oscura historia del personaje que había heredado tal lote a Cornelius Gurlitt: su padre y marchante de arte durante el nazismo, Hildebrand Gurlitt.

El también historiador de arte y museólogo jugó en su destino un doble rol: el de víctima y, al mismo tiempo, colaborador y beneficiario del régimen. Como nieto de abuela judía y entusiasta admirador, seguidor e impulsor del modernismo y vanguardismo alemán, fue suspendido de sus puestos de trabajo en la Galería de Arte de Zwickau, la Asociación de Arte de Hamburgo y de su propia galería, que regenteaba en la ciudad de Dresden.

Pero al formar parte del reducido grupo de marchantes con amplios e importantes contactos en el mundo del arte, fue reclutado por la comisión especial que el mismo Hitler creó para adquirir las obras que formarían la colección de su mayor y más ambicioso proyecto cultural: el Führermuseum –Museo del Führer– de Linz.

Aprovechando las condiciones en extremo frágiles en que se encontraban muchos coleccionistas de arte de los territorios ocupados por los alemanes, Gurlitt y sus colegas adquirieron así un sinnúmero de valiosas piezas a precios irrisorios.

No sólo eso. El marchante también tuvo como encargo la venta en el extranjero de miles de piezas de “arte degenerado” incautadas por el gobierno. Fue así que él mismo adquirió de forma ventajosa decenas de obras de este tipo, con las que amasó una fortuna.

Con la derrota de los nazis en la Segunda Guerra Mundial, Gurlitt perdió temporalmente su valioso lote al ser éste retenido por las fuerzas estadunidenses. Sin embargo, el astuto marchante supo sacar provecho a los hechos de los que fue víctima del sistema nazi, y callar aquellos en los que fue cómplice. Con ello, convenció a los aliados de ser el dueño legítimo de las piezas y cinco años después, en 1950, recuperó toda su colección. A su muerte, su hijo Cornelius la heredó.

Tras el descubrimiento en Múnich y todo el revuelo mediático que causó el hallazgo, Gurlitt hijo firmó en 2014 un acuerdo con la República Federal Alemana en la que aprobaba que la colección que durante años había ocultado en su departamento fuera estudiada y, en caso de ubicarse piezas robadas por los nazis, éstas pudieran ser restituidas a los familiares de los dueños originales.

Ese mismo año, a los 81 años, el hijo del polémico marchante coleccionista de arte murió y dejó en herencia todo el lote a la fundación del Museo de Arte de Berna, en Suiza.

El trabajo posterior, que durante más de tres años ha realizado la institución suiza con el apoyo el Centro Alemán del Patrimonio Cultural Perdido para precisar el origen de las piezas de arte, logró hasta el momento restituir a sus dueños originales cuatro obras: “Dos jinetes en la playa”, de Max Liebermann; “Mujer sentada”, de Henri Matisse; el dibujo “Interior de una iglesia gótica”, de Adolph von Menzels, y la pintura de Camille Pissarro “El Sena visto desde el puente Nuevo con el Louvre de fondo”.

Además, han organizado dos grandes exposiciones en ambos países, donde parte de las obras del lote Gurlitt han sido presentadas por primera vez, luego de creerse perdidas durante años. La última de éstas, “El inventario Gurlitt. Un comerciante de arte en el Nacionalsocialismo”, tuvo como sede el museo Gropius Bau de Berlín hasta enero de este año.

Paar. 1924. Hans Christoph. Foto: Mick Vincenz ©Kunst- und Ausstellungshalle der Bundesrepublik Deutschland GmbH

En entrevista con Apro, la curadora de la exposición, Agnieszka Lulinska, precisa la importancia del caso en la historia alemana:

“El caso Gurlitt y la exposición muestran que aún no se puede poner un punto final a la discusión con ese pasado (nazi). Millones de seres humanos fueron asesinados, perseguidos y sus hogares saqueados. Todavía hoy los descendientes de los sobrevivientes del holocausto buscan rastros de sus propiedades y esperan con ello recuperar un trozo de identidad familiar. Y por ello es que no puede haber ningún tipo de prescripción.

“El eco mundial que generó el denominado hallazgo artístico alemán en 2013 en los medios de comunicación y el público en general no sólo atrajo la atención al caso, sino también a la problemática de cómo tratar nuestros bienes culturales y su respectiva historia, es decir, su procedencia. Es indispensable seguir explorando esta historia y asumir consecuencias prácticas”, puntualiza.

La curadora revela que, como parte de las investigaciones para determinar la procedencia de las obras, otras seis piezas de la colección Gurlitt han podido ser plenamente identificadas como robo de arte nazi y pronto podrán ser restituidas a los familiares de los dueños originales.

–¿Qué dimensión tuvo el robo de arte en el nazismo y en especial el denominado “arte degenerado”?

–La magnitud del robo asociado a la Alemania nazi superó a todos los predecesores históricos.

Y explica: “Los nazis se esforzaron por controlar todos los ámbitos de la vida política y social. El arte y la cultura también desempeñaron un papel destacado dentro del régimen. A partir de 1933 la vida cultural alemana fue ‘alineada’ y durante 1937 y 1938 diversos museos alemanes fueron ‘limpiados’ del ‘arte decadente’ que, según los nazis, provenía de artistas perseguidos racial o políticamente o porque no correspondían al gusto artístico de los nazis.

“Muchas de las aproximadamente 20 mil obras de arte confiscadas fueron presentadas en la exposición itinerante ‘Arte degenerado’, que de 1937 a 1941 fue presentada en 13 ciudades alemanas y que tenía por objeto causar indignación entre la población.

Los artistas afectados fueron expulsados de la Cámara imperial de Bellas Artes, lo que equivalía prácticamente a una prohibición para ejercer su trabajo. La medida no sólo amenazaba la existencia de estos artistas, sino que también los excluyó por muchos años el mundo artístico”.

Fue así que creadores de la talla de Max Beckmann, Ernst Ludwig Kirchner, George Grozs, Otto Dix, Emil Nolde, Edvard Munch y Max Lieberman, entre otros, vieron sus carreras truncadas y mucho de su trabajo desapareció de la faz de la tierra, cuando menos por un tiempo.

–¿Esta exposición cierra el capítulo Gurlitt en la historia alemana?

–No. La exposición marca un hito importante en la exploración del caso Gurlitt. Desde 2013 un equipo internacional de científicos y especialistas en tema de procedencia han estudiado la colección. Se trata de un trabajo muy laborioso y extremadamente elaborado cuyos resultados actuales presentamos en la exposición. Pero el análisis e investigación continúa y nuestra exposición también. En este 2019 la llevaremos a Israel.

Totenklage. Käthe Kollwitz. Kunstmuseum Bern

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