País de fieras

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En 1805, Simón Bolívar trepó a una de las siete colinas de Roma y juró consagrar su vida a la libertad de América. Con ese gesto se teatraliza una idea de la independencia del continente que compara el fin del Imperio romano con el de la América española. Por lo tanto, la suerte de los esclavos, de los colonizados, será de los habitantes liberados del yugo de cualquier emperador. Tres años antes, el maestro de Bolívar, aunque casi de su misma edad, Andrés Bello, quiere subir al volcán Chimborazo para captar desde las alturas el territorio que debe ser liberado. Bello somete su timidez ante un Alexander Humboldt que ha llegado a Caracas con la épica intención de subir volcanes, cordilleras, y remontar el Orinoco. 

–¿Podría acompañarlo en su expedición? –le pregunta Bello al naturalista alemán. 

A Humboldt le bastó una mirada de Andrés Bello: enconchado, miope, se le extinguen las frases en la garganta aun antes de terminarlas. A pesar de la sabiduría libresca del venezolano, que aprendió inglés y francés traduciendo sin ayuda a Voltaire y a Lord Byron, el poeta puede convertirse en un lastre para la primera expedición europea en América que no busca oro y plata, sino coleccionar información estratégica. Así que Andrés Bello no sube a ninguna colina para jurarle la vida a su patria. En cambio, redacta y publica el primer libro de su país, Calendario manual y guía universal de forasteros en Venezuela, que contiene un resumen de su historia que, por vez primera también, va hasta 1810. 

Desde 1798, Simón Bolívar había sido su alumno en bellas artes y geografía, y compartían la idea tan extraña ahora de mirar a la independencia como el final del Imperio romano. Pero, si para Bolívar la libertad era un tema militar, para Bello era lingüístico: temía que la separación derivara en la extinción del español, como le había ocurrido al latín. Desde ese momento empieza a formular otro posible libro, de los 26 que escribirá: su Gramática de la Lengua en Latinoamérica que no es el castellano sino “el de mis hermanos de Hispanoamérica, un medio providencial de comunicación y un vínculo de fraternidad entre varias naciones derramadas en dos continentes”. La revolución de independencia estallada en Venezuela reúne, de nuevo, a Bolívar y a Bello. Son enviados por la Junta Provisional a Inglaterra para negociar el apoyo británico a la lucha contra el imperio español. Hay que recordar que las islas bajo la influencia británica quedan en las inmediaciones náuticas de Venezuela. De hecho, es Andrés Bello el que traduce el London Times que da a conocer la invasión de Napoleón a España y, con ello, se desata la rebelión americana. 

Así que Bello y Bolívar se vuelven a ver, después de que la prensa realista acusó al poeta de haber delatado al militar en la conspiración del 2 de abril de 1810, zarpan tres meses después, a bordo del Wellington, con instrucciones de la Junta: “Eviten en lo posible a Miranda”. El sospechoso es Francisco de Miranda, que vivía exiliado desde su fallido intento de independizar Venezuela en 1806. Llamado ahora El Precursor, Miranda participó en la Revolución francesa –su nombre está inscrito en el Arco del Triunfo en París– y se hizo amigo de George Washington. Su casa en Grafton Street estaba custodiada por espías de Napoleón y de la Corona española en desgracia. Ahí, Miranda formó la Logia Número Siete de Caballeros Racionales, a la que pertenecieron los libertadores de América del Sur, notablemente San Martín y O’Higgins, de Argentina y Chile, y también ahí asistían regularmente James Mill y Jeremy Bentham, dos de los principales racionalistas radicales de Gran Bretaña. Frente a la neutralidad de los ingleses que sólo reconocen a los independentistas como “fuerza beligerante”, Bolívar se regresa a hacer la guerra. Bello se queda. No sabe que jamás regresará a Venezuela, al borde del río Anauco, donde el poeta vio a Venus surgir de la espuma. Su idea de una América Cultural, del “Mundo de Colón”, se va afianzando en las discusiones con otros exiliados, tanto de las guerras napoleónicas como de las americanas. El problema de América no será político, sino cultural. 

De ahí que Bello discuta con el excanónigo de Sevilla José Blanco White y con Fray Servando Teresa de Mier, en su paso por Londres, “si es posible presentir la suerte del Nuevo Mundo, establecer principios sobre su política y casi profetizar la naturaleza del gobierno que debe adoptar”. Ante esa pretensión, Bello les pregunta: “¿Quién podría, en la infancia de la especie humana, haber previsto si su conservación era republicana o monárquica, pequeña o grande?”

La idea de una América nueva se va, sin embargo, desmoronando. La república geopolítica de Bolívar se desanda y comienza una guerra desgastante, casi tanto como la mexicana. Lejos del imperio español, América Latina se encuentra con el nuevo dragón, Estados Unidos y su “destino manifiesto”, que es su expansión constante y la idea de que cualquier intervención europea en América es una agresión contra Estados Unidos. Alguna vez le pregunté a Edmundo O’Gorman cómo entendía él esa doctrina y me respondió:

–¿Ve cómo es el futbol americano? Pues, es lo mismo: se trata sólo de avanzar, quién sabe por qué, pero forzar al otro a ceder sus yardas. 

Las independencias hispanoamericanas se enpantanan y Bolívar acaba por entregar a los españoles a Francisco de Miranda, que es ejecutado. Bello, desde su exilio, le pone su nombre a su primogénito. En una carta, el canciller bolivariano López Méndez le escribe sobre Venezuela: “Aquel país despareció ya, y sólo le habitan hombres convertidos en fieras”. 

Andrés Bello comienza entonces una nueva guerra, la de los medios de comunicación. Su meta es apoyar la libertad americana y desmentir las noticias falsas. Un ejemplo de ello son sus versos satíricos sobre la derrota y muerte de un general de Bolívar, Gregor MacGregor, escocés. No sólo no había muerto, sino que ganó una importante batalla contra los españoles. Bello publica unos versos donde el propio MacGregor lee sobre su muerte en el periódico realista:

De cómo fue batido, preso y muerto,

y cómo me le hicieron picadillo,

dos y tres veces repasó la historia;

Tanto, que, al fin, teniéndola por cierta,

exclamó compungido el pobrecillo:

–¿Conque es así? –Pues Dios me tenga
      en gloria.

Durante años –en los que se casa, enviuda y tiene nueve hijos, de los que ninguno le sobrevive, se vuelve a casar pero no con su gran amor, la hermana del mariscal Sucre– Andrés Bello representa a un país que todavía no existe y a una idea de la liberación que ni sus protagonistas creen. Simón Bolívar le manda un recado desde Cuzco al cronista de sus batallas en Junín, el ecuatoriano José Joaquín Olmedo: “Si yo no fuera tan bueno y usted tan poeta, me avanzaría a creer que usted habría querido hacer una parodia de La Iliada, con los héroes de nuestra propia farsa”. 

Cuando la política se estanca, toma el curso de la cultura. Andrés Bello formula en su exilio una ciudadanía americana que no existe; la llama “la gente educada”, una ciudadanía lectora, una opinión pública informada, una de las utopías republicanas de la modernidad. Sus dos grandes proyectos serán editoriales –Biblioteca Americana (1823) y Repertorio Americano (1826)– y educativos. A su llegada a Chile, fragua la creación de la Universidad Nacional, separada de la Iglesia católica, y redacta un código civil que prefigura el comportamiento de una ciudadanía que aún no existe. También hace la letra de una parte del himno nacional que a su compositor, Eusebio Lillo, le acarrea problemas con los recién derrotados españoles: “De Lautaro, Colocolo y Rengo/ reanimad el nativo valor/ y empeñad el coraje en las fieras/ que la España a extinguirnos mandó”. 

Andrés Bello muere en Chile, en 1865, todavía dentro de los ecos nebulosos de las polémicas sobre el romanticismo con el autor de Facundo, Domingo Faustino Sarmiento, exiliado argentino de la dictadura de Rosas, y rodeado de jóvenes. En ellos mira lo que en su vida no existió: hispanoamericanos liberados del yugo de un imperio que jamás tuvo a Séneca ni a Cicerón. Con él hay que tratar de leer la situación actual de Venezuela, con los opositores pidiendo ayuda de Estados Unidos, y los chavistas acorralados por sus propias insuficiencias. Al paso, como si el verso de Andrés Bello se refiriera a la Venezuela de esta semana:

Toda entera me pasé, te lo juro, esta
      mañana,

hilando coplas con tenaz porfía.

–Musa, son para el álbum, le decía,

de una joven beldad. –¡Plegaria vana!

No me salió ni una sola ni mediana. 

Esta columna se publicó el 3 de febrero de 2019 en la edición 2205 de la revista Proceso.

Comentarios