La fascinante Teresa Proenza

Para que no se olvide: Teresa Proenza (1908-1989). Una espía cubana en la política, la cultura y el arte de México, es este libro ampliamente documentado del que su autor ofrece de adelanto a Proceso la Introducción y dos fragmentos (Secretaría de Cultura). Doctor en historia por la UNAM, sus indagaciones sobre la agente cubana, quien llegara a tener un papel destacado en el medio cultural gracias a su cercanía con Diego Rivera, de quien fue secretaria, son apasionantes y reveladoras. El volumen será presentado este jueves en la Sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes, con Ana García Bergua, Ricardo Pérez Montfort, Carlos Martínez Assad, Carlos Illades y Carlos Silva, moderados por Carlos Guevara Meza.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La noticia del asesinato del presidente John F. Kennedy, el 22 de noviembre de 1963, corrió como reguero de pólvora por todo el mundo. En la Ciudad de México una serie de llamadas telefónicas y cables internacionales interrumpieron constantemente las labores que Teresa Proenza desarrollaba desde 1959 como Agregada de Prensa, así como Cultural de la embajada de Cuba en México.

Su trayectoria militante y profesional le otorgaba los méritos suficientes para desempeñarse en esos puestos, amén de poseer un aura que la iluminaba, pues había sido la secretaria de Diego Rivera entre 1953 y 1957, lo que le generó prestigio debido a la gran cantidad de personas de ámbitos diversos con las que tejió una buena relación y una amplia red de contactos. Las semanas anteriores a aquel fin de año de 1963 para ella fueron tan vertiginosas como difíciles. Por el auricular escuchaba cómo las recriminaciones contra su persona subían de tono.

En un cable telefónico del 10 de diciembre la conminaron a presentarse  inmediatamente en la isla. Algunos de los señalamientos que le hacían eran fundados, otros absurdos y desmedidos. Se cernieron sobre ella tres acusaciones claras y dos sospechas, que deben tenerse bien presentes y mantenerse separadas para no confundirse; asimismo es necesario distinguir de dónde provenían cada una de éstas.

La primera acusación era de sus compatriotas; ellos la señalaron porque le tocó recibir a Lee Harvey Oswald en la sede de la embajada de Cuba en la Ciudad de México un mes antes del magnicidio cometido contra el presidente del país vecino, lo cual está documentado. La segunda acusación provino de los mexicanos; ellos albergaban otra certeza distinta: descubrieron que Proenza era espía, o por lo menos estaban seguros que mezcló sus actividades diplomáticas con la reunión de información para entregarla a la entonces URSS y Cuba. De lo anterior se derivó la tercera acusación, pues el hecho de comprobarse que Proenza era una espía ponía a los servicios de inteligencia cubanos al descubierto y los exhibía actuando contra un país aliado.

Ahora bien, al calor de las denuncias sus connacionales también sospecharon si ella fue en realidad una agente doble y, en tal caso, si habría compartido información con E.U., por aquel entonces el enemigo acérrimo de su revolución, e incluso dudaban de su posible participación en el asesinato de Kennedy, todo lo cual era ya una clara desmesura. Con el paso de las semanas, los mexicanos empezaron a incubar otra suspicacia que aderezó bien su caso: ¿apoyó a las guerrillas en el país?, se preguntaban los agentes de la policía secreta nacional y, por lo tanto, en los aparatos de seguridad se tenía esta otra sospecha, pues existía cierto fundamento, al aparecer indicios que así lo apuntaban en algunos informes de la temida Dirección Federal de Seguridad (DFS) de México.

Lo anterior nunca se comprobó y nunca se negó. Sin embargo, de ser cierto esto último, de nueva cuenta, a los mexicanos les incomodaba la sorpresa de descubrir que los cubanos hubiesen violado el pacto no escrito entre su país y México, acordado luego del triunfo de su revolución, para respetar sus mutuos procesos, frenar la “exportación” de sus ideas, e impedir acciones de desestabilización en México.

Hacia el año de 1985, yo trabajaba en el Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas (Cenidiap) del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). En ese momento me encontraba colaborando en los preparativos para festejar el centenario del muralista Diego Rivera. Conocí a Teresa Proenza gracias a Julieta Martínez Rivera y Raquel Tibol. Lo que inició como una relación regida por el interés institucional para obtener información, pronto se transformó entre nosotros en un intercambio fluido de materiales, testimonios y pistas, que me servían para aportarlos a la celebración que el INBA organizaba. Sin embargo, poco a poco y cada vez más, ese mismo contacto fue arropado por otros sentimientos que se desbordaron a lo afectivo, y derivaron en una amistad fundada en las sonrisas y el placer por vernos. La generosidad y confianza que me tuvo Teresa Proenza fue inconmensurable. Así, no obstante nuestras diferencias de edades e intereses fuimos tejiendo una sólida amistad. Ella se había jubilado hacía poco de la Biblioteca Nacional de Cuba. Combinaba temporadas largas de seis meses entre México y su isla natal. Ella tenía 77 años, yo por entonces 27.

Cierto día, también de 1985, coincidimos en algún evento público Teresa Proenza y el querido arquitecto Carlos Leduc Montaño. Los presenté. Leduc estrechó la mano de la cubana, pero permaneció en silencio. Recuerdo vívidamente que, cuando Proenza se alejó, don Carlos, tras sus lentes de marco grueso y negro, me miró fijamente y con admiración me dijo en su peculiar estilo, después de lo cual volvió a guardar silencio:

–¡Tú no tienes idea de quién era esta pinche vieja hace años!

–No, ¿quién era?

–¡Era un miembro por demás importante de la nomenklatura! Pensé que había muerto…

A lo largo de estos años al ir encontrando información, a veces de manera accidental me pregunté muchas veces: ¿Dónde nació? ¿Cómo, cuándo y porqué llegó a México? ¿Cómo se relacionó con Diego Rivera, Frida Kahlo y tantas otras personalidades significativas de aquellos años? ¿De qué forma se construyó su posición dentro del mundo de la política, la cultura y el arte?

Recientemente el Museo Casa-Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo, al solicitarme un testimonio sobre Proenza para incluirse en el catálogo de la exposición Diego Rivera y la experiencia en la URSS (2017), leí libros e indagué en archivos para fundamentar mis recuerdos. Así empecé a reconstruir más sistemáticamente su vida. Por lo anterior, al documentar y empezar a entender el clima de histeria a raíz del asesinato de Kennedy y las acusaciones fundadas, así como las infundadas contra Proenza, otra serie de interrogantes me asaltaron: ¿Cómo es que pudo actuar en situaciones tan delicadas y se vio envuelta en tramas tan complejas? ¿Cómo sorteó aquellas acusaciones? ¿Fue culpable? ¿De qué exactamente? ¿Y, si lo fue, en qué medida? ¿Cómo entender sus actividades? ¿Salió bien librada?

Teresa Proenza fue una militante comunista toda su vida, y para comprender la mentalidad típica que guiaba a aquellos que se afiliaban por entonces al Partido no debe olvidarse que, lo han explicado entre otros Diego Rivera, Eric J. Hobsbawm y Gregorio Luri, al ser aceptados renunciaban conscientemente a su individualidad y tenían a la modestia, disciplina y lealtad como sus principales rasgos de carácter. Si fue culpable o no, ella siempre se distinguió por su respeto a la doctrina, por su discreción y mantuvo congruencia con sus convicciones. Así, hoy mi mayor interrogante es otra: ¿Quién fue realmente esa mujer tan enigmática y contrastada?

Los espías son tan antiguos como las guerras y posguerras. Personas que, haciendo caso a sus convicciones y siendo fieles a un gobierno, a sus superiores, o a un partido, acechan, se infiltran dentro de las líneas enemigas, observan con disimulo, a veces se hacen pasar por quienes no son, y abusan de otros, para obtener –en ocasiones también para difundir– información, o para llevar a cabo acciones en beneficio de su gobierno, sus superiores o su partido. Existen de igual manera los agentes dobles, pero todos transitan por territorios físicos y éticos que entienden como relativos. Por vivir realidades inestables lindan la frontera entre el héroe y el sicario, o son mercenarios, o personas con una militancia férrea que viven subordinadas y con destinos inciertos. Hay una consideración básica más: un buen espía no deja huellas o rastros de sus actividades, o frecuentemente esos indicios, cuando se encuentran, son confusos y enmarañados. Consecuencia de lo anterior es que la información sobre sus vidas y acciones sea difícilmente disponible e interpretable.

Por lo tanto, por un lado, Diego Rivera sin duda alguna es uno de los artistas plásticos más reconocidos en el mundo. Sobre su figura y obra se han escrito miles de páginas. Sin embargo, casi nada se sabe de su relación con Teresa Proenza, quien, en los últimos años de la vida del muralista, trabajó como su secretaria y, desde esa posición, no sólo lo apoyó en labores importantes y nimias, sino que llegó a convertirse en su confidente y amiga. De tal modo, resulta por demás interesante saber quién fue ella, cómo se formó y, con posterioridad la manera en que sus caminos se unieron, en principio y fundamentalmente por su comunión de ideas políticas.

Pero más significativo sería entender cómo ambos ordenaron y conceptualizaron, dadas sus convicciones de izquierda, sus creencias en torno al sustento del arte para transformarse a sí mismos, participar en las diversas luchas de su momento, así como la base de sus compromisos y sueños para cambiar el mundo: los murales que Rivera realizó por entonces y la biografía que Proenza intentó escribir sobre el artista son prueba clara de ello. De igual forma es importante reconstruir la trayectoria de Proenza después de las muertes de Frida Kahlo y Diego Rivera, pues se extendió más de treinta años y abundó en hechos hasta ahora tan sorprendentes, como desconocidos y sintomáticos de un tipo de personalidad y época, ya que –debo subrayarlo–, la vida y labores de Proenza fueron mucho más allá de su relación con Kahlo y Rivera. Esta última es un episodio importante, sin embargo, es sólo eso, uno entre los muchos que abarcó.

Por otro lado, investigar, estudiar y entender, para explicar a una espía, sólo puede arrojar resultados provisionales. Por lo pronto, este libro es local, pero ofrece algunas conclusiones. Respecto a lo primero, lo impiden los complicados trámites para revisar los archivos rusos y cubanos en relación a los partidos comunistas y sus líneas de acción, así como tampoco es accesible de modo pleno la información sobre el asesinato de Kennedy en los repositorios norteamericanos.

En relación a lo segundo, las tres acusaciones claras contra Proenza me parece, como se verá adelante, están aquí documentadas. Sin embargo, este trabajo es un primer esfuerzo hacia futuras versiones que, enriquecido con los archivos en el extranjero, deberá también trascender los hermetismos, fallas de memoria, autocensuras, discreciones y francos miedos que muchos testigos vivos en México aún se imponen, para cruzar esa información y testimonios con los datos duros que podrían encontrarse lejos del país.

Las líneas que siguen desean iniciar la comprensión de la vida y labor de Teresa Proenza, luchadora cubana, quien vivió a contracorriente y feliz venciendo sus adversidades y orfandades: el exilio y la lejanía de su patria, su condición desventajosa de mujer en un mundo machista, su militancia comunista, así como la orientación homosexual que la definió y asumió. Ella no creía ser modelo de nada; se sentía un simple ser humano. Pero fue de esa manera como logró ser testigo y partícipe de algunos procesos nodales de la historia contemporánea del mundo y, otros más, vinculados estrechamente a México.

Esta investigación no pretende ser la verdad definitiva y última sobre una persona o unos hechos; es más bien el resultado de lo que he podido indagar, leer, reunir y reflexionar, para armarlo en una primera explicación dramática, con la finalidad de que el lector quede atrapado, quizá, como a mí me sucedió con esta mujer cuando la conocí, así como con su vida, que ahora creo entender un poco más, para que no se olvide, para que no la olvidemos. Va pues este primer corte de caja con la aspiración de aportar algo a la comprensión de una época, así como a la mentalidad y acciones típicas de una comunista, mismas que por su cercanía se resisten aún a ser diseccionadas.

Este texto se publicó el 10 de febrero de 2019 en la edición 2206 de la revista Proceso.

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