De la Zeta a la A

Emiliano Zapata. Foto: Tomada de Twitter Emiliano Zapata. Foto: Tomada de Twitter

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Zapata debe leerse al derecho para empezar por el final. Entre sus extremos se contiene el alfabeto. La historia oficial nos dejó una visión sobre Emiliano Zapata como el líder torvo de una rebelión de saqueos y despojos que perdió la lucha en la Revolución mexicana por ser localista, antimoderno y hasta analfabeta. Por el contrario, el grupo ganador, el de los sonorenses, sería modernizador, con perspectiva nacional e ilustrado. Esta triste visión la resume el biógrafo John Womack Jr. al inicio de su ensayo: “Este es un libro acerca de unos campesinos que no querían cambiar y que, por lo mismo, hicieron una revolución”. Womack, sinodal del doctorado de Carlos Salinas en Harvard en 1976 y que hace poco defendió al candidato del PRI a la Presidencia, José Antonio Meade, “por ser el menos peor de los peores”, tiene una mirada priista sobre el zapatismo.

Con el año dedicado por el gobierno de López Obrador a Zapata, es bueno revisar lo que dicen las nuevas perspectivas sobre ese movimiento. Samuel Brunk, desde la Universidad de Nuevo México, ha escrito casi lo contrario de lo que hizo Womack: “El zapatismo no era anticapitalista ni antiprogreso. Zapata era un ranchero con movilidad social que creía en la propiedad y la iniciativa privadas. Buscaba simplemente que el progreso incluyera a todos los mexicanos, no sólo a los privilegiados”. Brunk documenta cómo la dirigencia zapatista no sólo estaba alfabetizada –Zapata escribía cartas, dedicaba fotografías con elocuencia y soltura– sino que se rodeó de lo que llama “los chicos de la ciudad”; es decir, un grupo de profesionistas que venían de carreras universitarias en Puebla y la Ciudad de México. Zapata los usó justo para no ser el que retrata Womack: para el trato diplomático con los demás grupos revolucionarios. Brunk tampoco comparte la idea de que el zapatismo sea de comunidades aisladas y documenta no sólo la cercanía de Morelos, Guerrero, Puebla y el Estado de México con la capital, sino cómo la propia industria azucarera los vinculaba a los circuitos comerciales urbanos. 

La escritura es fundamental para este grupo de revolucionarios. Desde la redacción del Plan de Ayala, como un manifiesto que desmiente que sean bandoleros, las ideas ahí contenidas no son de gente que se niega a cambiar sino todo lo contrario: propone una reforma agraria, un régimen parlamentario –ya en la Convención de Aguascalientes– que le ponga límites al presidente, y que sean los civiles y no los generales los que gobiernen el nuevo país. En sus libros sobre el zapatismo, Felipe Ávila aborda el prestigio que las ideas tienen para los campesinos en armas. Lo hace a través de dos figuras, el compadre Otilio Montaño y el arribista Manuel Palafox. Montaño, quien era maestro rural, redactó lo que él y Emiliano habían repetido en cuanta plaza pública, hacienda azucarera y escuela visitaron. El Plan de Ayala era el resumen. Hasta que pudo, fue el negociador con Madero. Palafox, un desertor de la carrera de ingeniero y que conocía el país porque era vendedor de puerta en puerta, se hizo el consejero de Zapata y lo radicalizó hasta el aislamiento.

Los zapatistas evaluaban así a los “chicos de la ciudad”: los que no eran “catrines” ni “científicos” –la mafia ilustrada en torno a Porfirio Díaz– y se mostraban leales al Plan de Ayala como manto ideológico, se convertían en negociadores a nombre de Zapata, diplomáticos, redactores y espías. Abraham Martínez era un estudiante de Puebla; Gildardo Magaña, Paulino Martínez y Dolores Jiménez y Muro impulsaban el Plan de Tacubaya, firmado en octubre de 1911; Genaro Amezcua, Enrique Villa y Alfonso Cuarón –el de aquellos lodos, que Womack rebautizó como Alfredo– eran profesionistas de la Ciudad de México; a Alfredo Serratos lo acercó Zapata porque sabía inglés, indispensable para negociar con los vendedores de armas. La palabra escrita hizo del zapatismo un movimiento rico en manifiestos, proclamas, aclaraciones en los periódicos de la capital. Pero, además, era en lo escrito donde residía el derecho: los títulos de propiedad, los juicios para restituir tierras, las cartas entre Zapata y Madero y Villa y la Convención. 

Es un juicio sumario el que enfrenta a Montaño con Palafox. Los detenidos, entre ellos el padre de Pascual Orozco –que en el Plan de Ayala sería el jefe de la Revolución–, piden clemencia; Palafox los quiere fusilar por ser enviados del usurpador Victoriano Huerta. Montaño cree que no hay suficiente evidencia para asesinarlos. Por su tibieza para ejercer la justicia revolucionaria, Montaño se opaca y asciende a Palafox, quien será el artífice de la alianza exclusiva con Pancho Villa. Los zapatistas ocuparán con él un lugar privilegiado dentro de los tres grupos revolucionarios –carrancistas, villistas y ellos mismos– porque harán jurar a todos sobre el texto del Plan de Ayala. Palafox lo resume así en esta juramentación: “No se le cambia ni una coma”. Habrá problemas con los villistas porque en el Plan se habla de Madero como un traidor –porque les envió a Victoriano Huerta a arrasar y quemar los pueblos y nunca tuvo la intención de repartir los latifundios– y con los carrancistas porque se le pide que renuncie a su puesto de Jefe Máximo (Obregón aceptará en un inicio esta petición).

La Convención es una idea de los intelectuales zapatistas, una mezcla de exmiembros del Partido Liberal Mexicano, entusiastas de la Revolución francesa –Antonio Díaz Soto y Gama defendía el poder de la asamblea–, anarcosindicalistas, juaristas radicales y maestros rurales. “Los que crean que sólo cambiando de presidente todo se va a arreglar se equivocan”, les asestó Paulino Martínez a quienes apoyaban a Carranza. “Los ciudadanos y no los militares son los que deben decidir cómo resolver los problemas del país”, les dijo Maurilio Mejía. “El Plan de Guadalupe de los constitucionalistas tiene como único objetivo elevar al poder a un hombre. En cambio, el del Plan de Ayala es hacer leyes de un conjunto de principios”, les gritó el doctor Cuarón. La Convención que comenzará en la Ciudad de México y, luego, se trasladará a Aguascalientes, encarna la preeminencia de una idea que comparten por igual villistas y zapatistas: que ellos han dado la sangre y la vida para lograr que otros, los civiles, los intelectuales, gobiernen. De la famosa conversación entre Pancho Villa y Emiliano Zapata en Xochimilco se desprende la misma frase: “la guerra la hacemos nosotros, los ignorantes, para que la aprovechen los gabinetes, pero que ya no nos den quehacer”. El “dar quehacer” es obligar a los pueblos a levantarse en armas para arreglar los desaguisados de la élite. Zapata concluirá la charla con un chiste:

–De que ando en las banquetas ya me quiero hasta caer. 

La Convención de la que escapan los carrancistas, incluyendo al siempre astuto Obregón, entrará a la Ciudad de México y perderá la guerra militar. Pero los zapatistas y villistas ganan para siempre la guerra de las ideas: que la Revolución es un reparto de propiedad, derechos y poder. Después de su cúspide –la entrada en Palacio Nacional (6 de diciembre de 1914)–Eulalio Gutiérrez, presidente interino, los traicionará al impedir que llegue el armamento para los zapatistas en su intento por ir a Veracruz a “ahogar a Carranza en el mar”, y Villa se irá a tratar de proteger su línea de acopio en la frontera norte. Sus principios, como quería Zapata, se erigirán en leyes redactadas por Luis Cabrera. Por eso, la Constitución de 1917 es, hasta 1968, una aspiración en letra de los motivos de los pueblos del sur y del norte. No es el México que somos sino el que quisimos ser. 

El final de los dos cerebros del zapatismo es, en sí mismo, emblemático. A finales de abril de 1917 Otilio Montaño es acusado de encabezar una escisión armada del zapatismo morelense. En un pueblo limítrofe con Guerrero, Buenavista de Cuéllar, Montaño es apresado. Antes de abandonarlo, Zapata da la instrucción de que se le perdone, salvo si se le demuestra su traición. Los papeles del juicio se perdieron en la disolución del zapatismo. Lo único seguro es que Montaño ni siquiera estaba en Buenavista cuando la rebelión ocurrió. Es fusilado el 18 de mayo. Así muere quien redactó el Plan de Ayala.

Manuel Palafox había presidido el jurado que condenó a Montaño. Poco después, Zapata apagó también su influencia, responsabilizándolo de no haber podido defender la Ciudad de México de las tropas de Obregón y del aislamiento político en el que cayó la Convención, la única instancia democrática creada por el movimiento revolucionario. Para inicios de 1915, Zapata lo sustituyó por un joven citadino de 26 años, Gildardo Magaña, quien encarnó una mezcla de esperanza desmedida en el futuro de la guerra a favor de ellos y cierta desesperación por su aislamiento. Los manifiestos de ese año proclaman la inminente victoria zapatista en todo el país y, por otra parte, tienden medidas de última hora para nombrar a Vázquez Gómez, el maderista, líder de la Revolución. En una semblanza que Zapata escribe sobre las deslealtades de Palafox, que ha llamado a una fallida escisión en 1918, no ve cómo aquel joven vendedor de 1911 se convirtió en el principal obstáculo para llegar a un acuerdo con Carranza que hubiera llevado el movimiento a otra instancia. Ahora, Zapata se propone hacer lo contrario: alianzas con quien sea que esté contra el grupo vencedor. Es en ese ambiente que Zapata acepta la invitación de Jesús Guajardo a Chinameca, donde lo asesinan a traición. Magaña asumirá, a su muerte, la cabeza del zapatismo hasta 1920 en que, al aceptar el Plan de Agua Prieta de Álvaro Obregón, el zapatismo se autodisuelve. 

Por curioso que parezca, ese movimiento que ha sido tachado de localista y analfabeto se consolidó a nivel global por sus manifiestos y consignas. La silla de montar de Zapata acabó en manos de José López Portillo. El caballo, As de Oros, transitó, quién lo dijera, por un puente interminable de palabras impresas. 

Esta columna se publicó el 17 de febrero de 2019 en la edición 2207 de la revista Proceso.

Comentarios

Load More