El homenaje de Johansson a León-Portilla en el Museo de Geología

El historiador Miguel León-Portilla. Foto: Germán Canseco El historiador Miguel León-Portilla. Foto: Germán Canseco

CIUDAD DE MÉXICO (proceso.com.mx).- Apenas cumplidos sus 93 años ayer –en el Hospital Español donde está internado, recuperándose de una bronquitis–, el doctor Miguel León-Portilla recibió un homenaje de la UNAM en el Museo de Geología, frente a la Alameda de Santa María.

El acto no podía ser más contundente, pues el conferenciante era su alumno, el también doctor y nahuatlato francés Patrick Johansson, quien comenzó así:

“Miguel León-Portilla nació muy cerca de esta Alameda, Según me lo comunicó doña Ascensión, su esposa, nació en una casa situada en la Calle Sor Juana Inés de la Cruz, esquina con Cedros”.

Afuera, tras el enorme ventanal desde el que se recortaba la figura del investigador del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, en el centro de la Plaza, se admiraba el imponente Kiosko Morisco, pabellón que representara a México en 1895 en la Exposición Universal de Nueva Orleans, Estados Unidos, y que durante décadas estuvo en la Alameda Central de la ciudad.

Con ayuda de algunas imágenes y textos en pantalla, Johansson Keraudren abrevió enormemente su ensayo “El estudio del pensamiento y literatura náhuatl: Vida y obra de Miguel León-Portilla”, frente a un público ávido –más de cien personas–, jóvenes la mayoría, tras ser presentado por el director del extraordinario recinto decimonónico inaugurado por Porfirio Díaz, el paleontólogo Luis Espinosa Arrubarrena.

El doctor repuso inmediatamente:

“Si recordamos los planteamientos culturales que presidían al nacimiento, en tiempos prehispánicos, su ombligo está enterrado allí lo que lo arraiga de alguna manera en este lugar”.

Su texto de 17 cuartillas fue reducido al máximo para ajustarse a cincuenta minutos de duración, en los cuales repasó parte de la vida de León-Portilla, su trayectoria intelectual, su producción bibliográfica, sus aportes históricos, todo empezando a partir de un retrato del padre Angel María Garibay, quien lo iniciara en los estudios de la poesía y el mundo náhuatl.

Puso ante el público en la pantalla su traducción de un poema de Nezahualcóyitl y leyó fragmentos de sus propios versos:

Cuando muere una lengua,

todo lo que hay en el mundo,

mares y ríos,

animales y plantas,

ni se piensan, ni pronuncian

con atisbos y sonidos

que no existen ya.

 

Entonces se cierra

a todos los pueblos del mundo

una ventana, una puerta.

Un asomarse

de modo distinto

a las cosas divinas y humanas,

a cuanto es ser y vida en la tierra.

 

Cuando muere una lengua,

sus palabras de amor,

entonación del dolor y querencia,

tal vez viejos cantos,

relatos, discursos, plegarias,

nadie, cual fueron,

alcanzará a repetir.

 

Cuando muere una lengua,

ya muchas han muerto

Ante un público atentísimo, evocó el examen de La Sorbonna de París donde León-Portilla fue su sinodal y cómo, al final, los asistentes oyeron con asombro un diálogo entre ambos en la lengua de los antiguos mexicanos.

En el espléndido salón del Museo de Geología, Johansson pudo así recordar con gratitud la labor de un hombre excepcional en la vida de nuestro país, y repitió la frase que don Miguel gusta decir de sí mismo:

“Son 93 años años de juventud acumulada”.

Y entregó a la agencia apro este fragmento de su texto: “Miguel León-Portilla y Bernardino de Sahagún: vidas paralelas”.

* * *

La obra de Plutarco: Vidas paralelas, así como la estrategia comparativa que conlleva, se volvieron desde el siglo XVI, un paradigma en la aproximación biográfica a los grandes personajes de la historia. Al poner en un paralelismo contrastivo las vidas y obras respectivas de Alejandro Magno y César; de Teseo y Rómulo; de Demóstenes y de Cicerón; de Arístides y Catón, y otros más, Plutarco hacía “dialogar las particularidades”, reencontrando asimismo la condición humana en su diversidad, con matices vivos, rasgos individuales que se erigían en atributos carismáticos los cuales debían dar cuenta de destinos excepcionales.

Siguiendo el modelo del ilustre queronense, podemos establecer un paralelismo revelador entre la vida y obra del seráfico fray Bernardino de Sahagún, y la del eximio seglar Miguel León-Portilla quien, ayer 22 de febrero, cumplió 93 años de vida o, como él mismo suele decir: “de juventud acumulada”, una vida dedicada esencialmente a la investigación sobre las culturas indígenas de México, en sus periodos prehispánico, colonial y contemporáneo.

La primera similitud, a cinco siglos de “equidistancia”, radica en el perfil humanístico de los personajes. Ambos abrevaron al manantial de la antigüedad greco-latina, en sus respectivas universidades: la Universidad de Salamanca y la Universidad Nacional Autónoma de México. Sahagún, inmerso en la corriente intelectual renacentista que prevalecía en Europa a principios del siglo XVI, había rebasado (por no decir transgredido) los límites de una pesquisa que le había sido encomendada, de reunir información y textos con el solo fin de detectar “los síntomas de una enfermedad”: la idolatría, refutar el contenido de dichos textos antes de aplicar sutilmente el antídoto espiritual cristiano. Los testimonios y textos de la oralidad náhuatl, reunidos, transcritos y traducidos, si bien permitieron a los frailes conocer al otro indígena para evangelizarlo mejor, dan de él una imagen viva y expresan “sintomáticamente” la grandeza de su cultura.

Asimismo, Miguel León-Portilla como historiador, filólogo, lingüista, filósofo, y más generalmente humanista es, de alguna manera, “renacentista”; toma al pie de la letra el aforismo de Protágoras: “El hombre es la medida de todas las cosas”, y lo aplica al indígena cuya cultura y valores renacen en su obra, una obra paralela a la de Sahagún, que enaltece al indígena y engrandece a la humanidad.

Sahagún captó la voz indígena en su lengua, la transcribió antes de interpretarla. León-Portilla, además de analizar e interpretar, desde otra perspectiva, los textos recopilados por el franciscano y otros, dio la palabra al indígena y le abrió un horizonte de expresión con el proyecto Yancuic tlahtolli “la nueva palabra”, para que manifestara su visión de los hechos que le atañen.

Imbuido de letras clásicas, hablante del francés, inglés y alemán, Miguel León-Portilla tiene un profundo conocimiento de la lengua náhuatl. Como lo hizo Sahagún en su momento, estudia el pensamiento indígena en la lengua misma que lo entraña.

Convencido de que la idea tenía que “colarse” en un molde formal afín al pensamiento de los nativos para ser debidamente aprehendida, el franciscano había expresado el mensaje evangélico en la lengua y el frasis indígenas. En otro contexto, Miguel León-Portilla expresó sus ideas y sentimientos propios en la lengua de Nezahualcóyotl.

Ambos humanistas se enfrentaron a detractores, quienes tenían razones distintas pero una virulencia equiparable. Sahagún tuvo que defenderse de los que estimaban que su obra propiciaba el resurgimiento de la idolatría; León-Portilla se opuso a intelectuales que consideraban que el indígena, al no tener una escritura alfabética, no podía haber pensado en términos filosóficos como lo afirmaba el autor.

Paralelas a la Historia General de las Cosas de Nueva España de Sahagún, La filosofía náhuatl y Visión de los vencidos entre otras obras, fueron textos-claves que permitieron una aproximación veraz a la cultura náhuatl prehispánica.

El tema de la conversión genera otro paralelismo: el franciscano convirtió a los indígenas y les inculcó el dogma cristiano del dios único, a la vez que convencía a sus hermanos de religión de la dignidad de sus catecúmenos. Miguel León-Portilla, indigenista militante, realizó un verdadero apostolado cultural, convenció a los mexicanos de la grandeza de su pasado prehispánico, de la necesidad impostergable de reconocer a los herederos indígenas de este pasado, de legitimar jurídicamente su derecho a vivir según su tradición ancestral, estableciendo asimismo un nuevo credo cultural.

A la ferviente y piadosa espiritualidad que caracterizó la obra antropológica del religioso corresponde el misticismo filosófico de Miguel León-Portilla quien ve acertadamente en la poesía náhuatl por él traducida y analizada, una elevación de espíritu, una resignada, sabia, y florida ideología en relación con la existencia del hombre en la tierra.

Conclusión

La obra inmensa de Miguel León-Portilla es el resultado de un trabajo asiduo, apasionado y comprometido. Quiero decir que no sólo contribuyó, en gran parte, a mi formación como investigador del mundo prehispánico y muy específicamente de la lengua, la cultura y la historia de los pueblos nahuas, sino que definió mi destino.

Miguel León-Portilla es una luz, una tea, tlauilli, ocotl; un tlamatini, un sabio. Historiador, filósofo y maestro, abre caminos que son surcos en los que siembra la semilla de la reflexión, y del amor no sólo a la sabiduría sino también al solar nativo y a su gente.

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